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Un retoño brota del tronco de Jesé – Isaías 11,1-11

UN RETOÑO BROTA DEL TRONCO DE JESÉ,
UN GERMEN DE SUS RAÍCES.
SOBRE ÉL SE POSA EL ESPÍRITU DEL SEÑOR:
ESPÍRITU DE SABIDURÍA E INTELIGENCIA,
ESPÍRITU DE CONSEJO Y FORTALEZA,
ESPÍRITU DE CIENCIA Y DE PIEDAD,
ESPÍRITU DE TEMOR DEL SEÑOR.

No juzgará de oídas,
sino que ayudará a los oprimidos.
Su palabra será una vara contra el violento
y con el soplo de su boca matará al malvado.
El lobo vivirá con el cordero,
la pantera se echará con el cabrito,
el león y el novillo pacerán juntos,
y un niño los guiará, y un niño los guiará.

La vaca y la osa estarán juntas,
el león, como el buey, comerá paja.
El niño de pecho hurgará
en el agujero del áspid,
el recién nacido meterá la mano
en la hura de la víbora.
Porque ya nadie hará daño.
Porque la tierra estará llena
del conocimiento del Señor.
Porque aquel día
la raíz de Jesé se levantará
como estandarte de los pueblos,
y las gentes lo seguirán con ansia.
En aquel día el Señor extenderá su mano
y un camino se formará,
una vía para todas las naciones,
que la Virgen indicará.

Conviene remontarse ante todo a la profecía de Isaías, llamada a veces « el quinto evangelio » o bien el « evangelio del Antiguo Testamento ». Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelación neotestamentaria identificará con Jesús, Isaías relaciona la persona y su misión con una acción especial del Espíritu de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el Profeta:

« Saldrá un vástago del tronco de Jesé
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y de temor del Señor.
Y le inspirará en el temor del Señor ».52

Este texto es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de « espíritu », entendido ante todo como « aliento carismático », y el « Espíritu » como persona y como don, don para la persona. El Mesías de la estirpe de David (« del tronco de Jesé ») es precisamente aquella persona sobre la que « se posará » el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo, con aquella alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre, por decirlo de algún modo, la vía sobre la que se prepara la plena revelación del Espíritu Santo en la unidad del misterio trinitario, que se manifestará finalmente en la Nueva Alianza.

Juan Pablo II

El único Espíritu enriquece a la Iglesia con la diversi­dad de sus dones: “El Espíri­tu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo…Guía a la Iglesia y la provee con diversos dones jerárquicos y carismá­ticos y la embe­llece con sus fru­tos” (LG,­n.4). La acción vivi­fi­cante del Espíritu inspira con la multi­forme variedad de su dones toda la vida del cristiano. El es el inicio de la justi­ficación, moviendo al pecador a conver­sión (Denz.797):

También el inicio de la fe, más aún, la misma disposi­ción a creer tiene lugar en nosotros por un don de la gracia, es decir, de la inspiración del Espíritu Santo, quien lleva nuestra voluntad de la incredulidad a la fe.

Nadie puede acoger la predicación evangélica sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo, que da a todos la docilidad necesaria para aceptar y creer en la verdad.

Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe…y penetra más profundamente en ella con juicio certero (LG,n.12).

Esta fe suscitada en el fiel por el Espíritu Santo, lue­go, la guía e impulsa en todas las etapas de su santi­fica­ción, como “Espíritu santificador”. Actúa como principio de vida nueva en el baño de regene­ra­ción (Tit 3,5-7), que sella con su unción; forma el hombre nuevo (Ef 3,16) o la nueva criatu­ra (2Cor 5,17);consagra a los fieles como pueblo de Dios (2­Cor 1,22), tem­plo de Dios y templo pro­pio (1Cor 6,19-20);como dador de cono­cimiento y sabiduría (1Cor 12,8), instru­ye, mani­fies­ta y revela a Dios (Ef 1,17), enseña a orar (Rom 8,26);­habitando en el cristiano, su templo (1Cor 6,19-20), crea y atestigua nues­tra filiación adoptiva (Rom 8,16;Gál 4,5-6), derrama en noso­tros el amor de Dios (Rom 5,5), nos guía hacia Dios (Rom 8,14), nos une con Cristo (Rom 8,9), nos atestigua que estamos en el amor de Dios y en Dios mismo (1Jn 4,19;3,24), nos consa­gra a Dios (Ef 1,13-14), nos inserta en la vida trinitaria en comuni­cación con el Padre y el Hijo (1Jn 1,3);es prenda y primicia de nuestra glorificación plena en el cielo (Rom 8,23). Como dice San Ireneo, el Espíritu Santo es la escala de nues­tras ascen­siones hacia Dios. Y San Cirilo nos dice:

El Espíritu predicó acerca de Cristo en los profetas. Actuó en los Apóstoles. El, hasta el día de hoy, sella las almas en el bautismo. Y el Padre da al Hijo y el Hijo comunica al Espíritu Santo. Y el Padre por medio del Hijo, con el Espíritu Santo, da todos los dones. No son unos los dones del Padre y otros los del Hijo y otros los del Espíritu Santo, pues una es la salvación, uno el poder, una la fe (Ef 4,5). Un solo Dios, el Padre; un solo Señor, su Hijo unigénito; un solo Espíritu Santo, el Paráclito.

Entre los dones del Espíritu Santo cabe destacar el don de la esperanza (1Cor 12,13), que se ofrece a quien se abre a Cristo. Pablo desea que rebosemos “de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rom 15,13). Y Juan Pablo II dirá:

Se puede decir que la vida cristiana en la tierra es como una iniciación en la participación plena en la glo­ria de Dios; y el Espíritu Santo, como prenda de la feli­cidad futura (Ef 1,13-14), es la garantía de alcanzar la pleni­tud de la vida eterna cuando, por efecto de la Re­dención, sean vencidos también los restos del pecado, como el dolor y la muerte. Así, la esperan­za cristiana no sólo es garantía, sino también anticipación de la reali­dad futura.

Don importante del Espíritu es la parresía que hace a los após­toles anunciar con fuerza el Evangelio.El es el Pará­clito, que defiende en la persecución e inspira el testimonio ante jueces y magistrados (Mt 10,20). El Espíritu Santo, con el don de fortaleza, otorga al cristiano la fidelidad, la pacien­cia y la perseverancia en el camino del Evangelio (Gál 5,22).

Orígenes, por su parte, considera el don del discerni­miento como el más necesario y permanente en la Iglesia. Este discernimiento se basa, no en criterios de sabiduría humana, que es necedad ante Dios, sino en la sabiduría que viene de Dios. Y Novaciano, antes de su cisma de la Iglesia, escribió esta bella página:

El Espíritu que dio a los discípulos el don de no temer, por el nombre del Señor, ni los poderes del mundo ni los tormentos, este mismo Espíritu hace regalos similares, como joyas, a la esposa de Cristo, la Iglesia. El suscita profetas en la Iglesia, instruye a los doctores, anima las lenguas, procura fuerzas y salud, realiza maravillas, otorga el discernimiento de los espíritus, asiste a los que dirigen, inspira los consejos, dispone los restantes dones de la gracia. De esta manera perfecciona y consuma la Iglesia del Señor por doquier y en todo.

Santo Tomás, confrontando la ley antigua con la nueva, dice límpidamente: “…Puesto que el reino de Dios está hecho de santidad, paz y gozo interiores, todos los actos externos que se oponen a la santidad, a la paz y al gozo espirituales son contrarios al reino de Dios y, por tanto, deben rechazarse en el evangelio del reino”. Para él, precisamente, el don de consejo tiene la misión de “calmar el ansia de la duda”. La acción del Espíritu Santo da una luz especial, como una intui­ción que hace al cristiano actuar “con prontitud y seguridad”, “como si hubiese pedido consejo a Dios”.

Conviene insistir, con San Pablo, en que la riqueza de los dones del Espíritu Santo, al ser suscitados por el único Espí­ritu, hace que todos ellos converjan en “la edifica­ción del único Cuerpo” de Cristo, que es la Igle­sia (1Cor 12,13):

Ya que aspiráis a los dones espirituales, procurad abun­dar en ellos para la edificación de la asamblea (1Cor 14,12).

Por ello, es evidente que el don más excelente del Espí­ritu Santo es el amor (1Cor 14,1), al que Pablo eleva el himno del capítulo 13 de esta carta, “himno a la cari­dad que puede considerarse un himno a la influencia del Espí­ritu Santo en la vida del cristiano”. En el cristiano hay un amor nuevo, participación del amor de Dios:

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5).

El Espíritu Santo hace al cristiano partícipe del amor de Dios Padre y del amor filial del Hijo al Padre. Amor que lleva al cristiano a amar, no sólo a Dios, sino también al prójimo como Cristo le ama a él. Es el amor signo y distintivo de los cristianos (Jn 13,34-35).

Emiliano Jimenez Hernández
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Categorías:Adviento, Cantos, Pentecostés
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