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Himno a la Caridad – 1ª Corintios 13,1-13

16 mayo, 2011 1 comentario

Aunque hablara las lenguas de los ángeles,
si no tengo amor, nada.
Aunque tuviera el don de profecía,
y conociera todos los misterios;
aunque tuviera plenitud de fe
y pudiera trasladar montañas,
si no tengo amor, nada.
Aunque repartiera
todos mis bienes a los pobres,
y entregara mi cuerpo a las llamas,
si no tengo amor, nada.

PORQUE EL AMOR,
EL AMOR, EL AMOR,
ES PACIENTE, ES SERVICIAL;
NO ES ENVIDIOSO,
NO SE JACTA, NO SE ENGRÍE;
ES DECOROSO;
NO BUSCA LO SUYO; NO SE IRRITA;
NO TOMA EN CUENTA EL MAL,
NO TOMA EN CUENTA EL MAL;
NO SE ALEGRA DE LA INJUSTICIA;
SE ALEGRA CON LA VERDAD.

TODO LO CREE.
TODO LO EXCUSA.
TODO LO ESPERA.
SOPORTA TODO, SOPORTA TODO.
PORQUE EL AMOR, EL AMOR,
PORQUE EL AMOR,
ES DIOS, ES DIOS, ES DIOS.

En su Primera Carta a los Corintios, tras haber explicado, con la imagen del cuerpo, que los diferentes dones del Espíritu Santo contribuyen al bien de la única Iglesia, Pablo muestra el “camino” de la perfección. Éste, dice, no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar idiomas nuevos, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Consiste, por el contrario, en la caridad (ágape), es decir, en el amor auténtico, que Dios nos ha revelado en Jesucristo. La caridad es el don “más grande”, que da valor a todos los demás, y sin embargo “no hace alarde, no se envanece”, es más, “se regocija con la verdad” y con el bien del otro. Quien ama verdaderamente “no busca su propio interés”, “no tiene en cuenta el mal recibido”, “todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (Cf. 1 Corintios 13,4-7). Al final, cuando nos encontraremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desfallecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, pues Dios es amor y nosotros seremos semejantes a Él, en comunión perfecta con Él.

Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace.  El amor es la esencia del mismo Dios, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por así decir, el “estilo” de Dios y del creyente, es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo.

En Jesucristo, estos dos aspectos forman una unidad perfecta: Él es el Amor encarnado. Este Amor se nos ha revelado plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarle, podemos confesar con el apóstol Juan: “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él” (Cf. 1 Juan 4,16; encíclica Deus caritas est, 1). Si pensamos en los santos, reconocemos la verdad de sus dones espirituales, y también de sus caracteres humanos. Pero la vida de cada uno de ellos es un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios.

Benedicto XVI

La ley de Dios, de que se habla en este lugar, debe entenderse que es la caridad, por la cual podemos siempre leer en nuestro interior cuales son los preceptos de vida que hemos de practicar.

Acerca de esta ley, dice aquel que es la misma Verdad: Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros. Acerca de ella dice san Pablo: Amar es cumplir la ley entera. Y también: Arrimad todos, el hombro, a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo. Lo que mejor define la ley de Cristo es la caridad, y esta caridad la practicamos de verdad cuando toleramos por amor las cargas de los hermanos.

Pero esta ley abarca muchos aspectos, porque la caridad celosa y solícita incluye los actos de todas las virtudes. Lo que empieza por sólo dos preceptos se extiende a innumerables facetas.

Esta multiplicidad de aspectos de la ley es enumerada adecuadamente por Pablo, cuando dice: El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es ambicioso ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.

El amor es paciente, porque tolera con ecuanimidad los males que se le infligen. Es afable porque devuelve generosamente bien por mal. No tiene envidia, porque, al no desear nada de este mundo, ignora lo que es la envidia por los éxitos terrenos. No presume, porque desea ansiosamente el premio de la retribución espiritual, y
por esto no se vanagloria de los bienes exteriores. No se engríe, porque tiene por único objetivo el amor de Dios y del prójimo, y por esto ignora todo lo que se aparta del recto camino.

No es ambicioso, porque, dedicado con ardor a su provecho interior, no siente deseo alguno de las cosas ajenas y exteriores. No es egoísta, porque considera como ajenas todas las cosas que posee aquí de modo transitorio, ya que sólo reconoce como propio aquello que ha de perdurar junto con él. No se irrita, porque, aunque sufra injurias, no se incita a sí mismo a la venganza, pues espera un premio muy superior a sus sufrimientos. No lleva cuentas del mal, porque, afincada su mente en el amor de la pureza, arrancando de raíz toda clase de odio, su alma está libre de toda maquinación malsana.

No se alegra de la injusticia, porque, anheloso únicamente del amor para con todos, no se alegra ni de la perdición de sus mismos contrarios. Goza con la verdad, porque, amando a los demás como a sí mismo, al observar en los otros la rectitud, se alegra como si se tratara de su propio provecho. Vemos, pues, como esta ley de Dios abarca muchos aspectos.

San Gregorio Magno

Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme… Pero no es así… Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre. Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones : siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas… Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla…

Siento en mí la vocación de sacerdote . ¡Con qué amor, Jesús, te llevaría en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo…! ¡Con qué amor te entregaría a las almas…! Pero, ¡ay!, aun deseando ser sacerdote, admiro y envidio la humildad de san Francisco de Asís y siento en mí la vocación de imitarle renunciado a la sublime dignidad del sacerdocio.

¡Oh, Jesús, amor mío, mi vida…!, ¿cómo hermanar estos contrastes? ¿Cómo convertir en realidad los deseos de mi pobrecita alma?
Sí, a pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los profetas y como los doctores.

Tengo vocación de apóstol… Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas… Quisiera se misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos…

Pero, sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre… ¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo… Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio… Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos…

Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada…
Quisiera morir desollada, como san Bartolomé…
Quisiera ser sumergida, como san Juan, en aceite hirviendo…
Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires…
Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar mi cuello a la espada,
y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús…

Al pensar en los tormentos que serán el lote de los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí… Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti…

Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras…? ¿Existe acaso un alma pequeña y más impotente que la mía…? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más grandes que el universo…

Como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios…

Leí en el primero que no todos pueden ser apóstoles, o profetas, o doctores, etc…; que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano.

… La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba la paz…

Al igual que Magdalena, inclinándose sin cesar sobre la tumba vacía, acabó por encontrar lo que buscaba, así también yo, abajándome hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar mi intento…

Seguí leyendo, sin desanimarme, y esta frase me reconfortó: «Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable». Y el apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el amor… Y que la caridad es ese camino inigualable que conduce a Dios con total seguridad.

Podía, por fin, descansar… Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos…

La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor.

Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre…

Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares… En una palabra, ¡que el amor es eterno…!

Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…!

Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado… En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo… ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad…!!!

¿Por qué hablar de alegría delirante? No, no es ésta la expresión justa. Es, más bien, la paz tranquila y serena del navegante al divisar el faro que ha de conducirle al puerto… ¡Oh, faro luminoso del amor, yo sé cómo llegar hasta ti! He encontrado el secreto para apropiarme tu llama.

No soy más que una niña, impotente y débil. Sin embargo, es precisamente mi debilidad lo que me da la audacia para ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh Jesús! Antiguamente, sólo las hostias puras y sin mancha eran aceptadas por el Dios fuerte y poderoso. Para satisfacer a la justicia divina, se necesitaban víctimas perfectas. Pero a la ley del temor le ha sucedido la ley del amor, y el amor me ha escogido a mí, débil e imperfecta criatura, como holocausto… ¿No es ésta una elección digna del amor…? Sí, para que el amor quede plenamente satisfecho, es preciso que se abaje hasta la nada y que transforme en fuego esa nada…

Lo sé, Jesús, el amor sólo con amor se paga. Por eso he buscado y hallado la forma de aliviar mi corazón devolviéndote amor por amor.

«Ganaos amigos con el dinero injusto, para que os reciban en las moradas eternas». Este es, Señor, el consejo que diste a tus discípulos después de decirles que «los hijos de las tinieblas son más astutos en sus negocios que los hijos de la luz».

Y yo, como hija de la luz, comprendí que mis deseos de serlo todo, de abarcar todas las vocaciones, eran riquezas que podían muy bien hacerme injusta; por eso me he servido de ellas para ganarme amigos…

Acordándome de la oración de Eliseo a su Padre Elías, cuando se atrevió a pedirle su doble espíritu, me presenté ante los ángeles y los santos y les dije: «Yo soy la más pequeña de las criaturas. Conozco mi miseria y mi debilidad. Pero sé también cuánto les gusta a los corazones nobles y generosos hacer el bien. Os suplico, pues, bienaventurados moradores del cielo, os suplico que me adoptéis por hija. Sólo vuestra será la gloria que me hagáis adquirir, pero dignaos escuchar mi súplica. Ya sé que es temeraria, sin embargo me atrevo a pediros que me alcancéis: vuestro doble amor ».

Jesús, no puedo ir más allá en mi petición, temería verme aplastada bajo el peso de mis audaces deseos…

La excusa que tengo es que soy una niña, y los niños no piensan en el alcance de sus palabras. Sin embargo sus padres, cuando ocupan un trono y poseen inmensos tesoros, no dudan en satisfacer los deseos de esos pequeñajos a los que aman tanto como a sí mismos; por complacerles, hacen locuras y hasta se vuelven débiles…

Pues bien, yo soy la HIJA de la Iglesia, y la Iglesia es Reina, pues es tu Esposa, oh, divino Rey de reyes…

Santa Teresita del Niño Jesús

Categorías:Cantos, Jueves Santo

Himno a la Kénosis – Filipenses 2, 1-11

Con un mismo amor,
con un mismo espíritu,
con los mismos sentimientos.
Nada por rivalidad, ni por vanagloria
mas todo con humildad.

Considerando a los otros
como superiores a ti,
no buscando tu propio interés,
teniendo los sentimientos de Jesús.

El cual, siendo Dios,
no retuvo ávidamente su dignidad,
sino que se hizo hombre.
Y hecho hombre, se humilló a sí mismo,
tomando condición de esclavo,
obedeciendo hasta la muerte.

¡Y qué muerte! muerte de pecador,
muerte de malhechor,
¡muerte de cruz!

Por eso Dios, lo resucitó,
lo exaltó y le dio el nombre
más alto que existe:

Cristo Jesús es el Señor. ALELUYA.
Cristo Jesús es el Señor. ALELUYA.
Cristo Jesús es el Señor. ALELUYA.
¡ALELUYA!

ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
¡ALELUYA!

Cristo Jesús es mi Señor, ALELUYA.
Cristo Jesús es tu Señor, ALELUYA.
Cristo Jesús es el Señor, ALELUYA.
¡ALELUYA!

Este cántico revela una doble trayectoria vertical, un movimiento, primero en descenso y, luego, en ascenso. En efecto, por un lado, está el abajamiento humillante del Hijo de Dios cuando, en la Encarnación, se hace hombre por amor a los hombres. Cae en la kénosis, es decir, en el «vaciamiento» de su gloria divina, llevado hasta la muerte en cruz, el suplicio de los esclavos, que lo ha convertido en el último de los hombres, haciéndolo auténtico hermano de la humanidad sufriente, pecadora y repudiada. Leer más…

Categorías:Cantos, Jueves Santo

Jerusalén reconstruida – Tobías 13, 11-17

 

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Bendice, alma mía al Señor.
Bendice, alma mía, al gran Rey
porque será reconstruida,
Jerusalén, Jerusalén.

JERUSALÉN, JERUSALÉN
JERUSALÉN, JERUSALÉN.
JERUSALÉN, RECONSTRUIDA,
JERUSALÉN PARA SIEMPRE.

Jerusalén será reconstruida,
con zafiros y esmeraldas.
De piedras preciosas sus murallas,
sus torres de oro puro;
sus plazas son de rubí,
sus calles de oro de Ofir,
en sus puertas se exultará
y en sus casas se cantará.

Brillará tu luz hasta los confines de la tierra
vendrán a ti pueblos numerosos,
vendrán a ti todas las naciones,
hasta la casa de su Nombre.
Las generaciones te cantarán,
todos los pueblos exultarán
y en ti el nombre de tu Elegido
será para siempre, será para siempre.

Malditos sean, los que te dicen palabras crueles
malditos sean los que te destruyen,
todos los que derriban tus murallas
y tiran por tierra tus torres.
Mas sean benditos, benditos para siempre,
los que te construyen, los que te edifican.
Benditos los que te aman,
los que lloran por tus castigos,
porque en tus puertas se exultará,
porque en tus casas se cantará.

ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.

El libro de Tobías pone nuestro cántico en labios del anciano patriarca Tobit, tan probado por Dios. Al ver Tobit que el Señor le ha devuelto la vista, después de los largos años de ceguera, siente crecer su esperanza. Como la ceguera ha conocido el fin, también tendrá fin el destierro de Babilonia, y Jerusalén, la ciudad amada, recobrará su antiguo esplendor, hasta tal punto que vendrán de lejos muchos pueblos, con ofrendas para el Rey del cielo.

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Categorías:Cantos, Jueves Santo

Mirad que estupendo – Salmo 133 (132)

¡MIRAD QUÉ ESTUPENDO,
GUSTAD QUÉ ALEGRÍA,
EL AMOR ENTRE LOS HERMANOS!

Es ungüento perfumado que desciende,
que desciende, por la barba de Aarón.
ES UNGÜENTO PERFUMADO QUE DESCIENDE,
HASTA EL BORDE DEL MANTO.

Es como rocío del Hermón,
que desciende sobre el monte Sión.
ES ROCÍO DEL HERMÓN QUE DESCIENDE
SOBRE EL MONTE SIÓN.

Porque allí el Señor nos ha dado,
nos ha dado su bendición.
PORQUE ALLÍ EL SEÑOR NOS HA DADO
NOS HA DADO SU AMOR.

Porque allí el Señor nos ha dado,
la vida eternamente.
PORQUE ALLÍ EL SEÑOR NOS HA DADO
LA VIDA PARA SIEMPRE.

Este delicado poema es un elogio de la convivencia fraternal, tanto en la intimidad de la familia como en la comunidad nacional y religiosa.

Las grandes fiestas anuales -cuando toda la comunidad de Israel se congregaba en el monte Sión-  eran la ocasión más propicia para intensificar los vínculos fraternales entre los miembros del Pueblo de Dios.

De allí la inserción de este Salmo en el grupo de los “Cantos de peregrinación”.

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Este es el mandamiento mío – Juan 15, 12ss

ESTE ES EL MANDAMIENTO MÍO: QUE OS AMÉIS.
ESTE ES EL MANDAMIENTO MÍO: QUE OS AMÉIS
LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO.
COMO YO OS HE AMADO, COMO YO OS HE AMADO.

Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos,
vosotros sois mis amigos, vosotros sois mis amigos.
Vosotros sois mis amigos,
vosotros sois mis amigos.

No me habéis elegido vosotros a mí.
sino que yo os he elegido a vosotros.

Si el mundo os odia sabed que antes
me ha odiado a mí, si el mundo os odia …

Padre: como tú estás en mí y yo estoy en ti
que ellos sean uno en nosotros
para que el mundo crea que tú me has enviado,
para que el mundo crea que tú me has enviado.

Estando todas las palabras del Señor llenas de preceptos, ¿por qué hace del amor como un especial mandato, sino porque en el amor radica todo mandato? ¿No pueden todos los preceptos reducirse a uno, supuesto que todos se basan en la caridad? Porque así como de un solo tronco nacen muchas ramas, así también muchas virtudes se derivan de la caridad. Y no tiene lozanía la rama de las buenas obras, si no está en el tronco de la caridad. Los preceptos del Señor son muchos, en cuanto a la diversidad de las obras, pero se unifican todos en su tronco, que es la caridad.

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