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Archive for the ‘Pentecostés’ Category

Pentecostés en la tradición judía y cristiana

En la Tradición judía

Como las demás fiestas judías (Pascua, Fiesta de las Tiendas, etc.). Pentecostés fue en su inicio una celebración relacionada con un acontecimiento de orden natural. Los textos bíblicos más antiguos han conservado su nombre original: la Fiesta de la Siega.

El pueblo judía iluminado por la sabiduría divina, va transformando los ritos paganos y cósmicos en celebraciones con un sentido más histórico y espiritual.

En el mes de mayo, “tercer mes del año” según el calendario hebreo, las cosechas de cereales alcanzan su madurez en Palestina: la fiesta debe santificar y coronar la siega, de la misma manera que Sukkot o la Fiesta de las Tiendas santificaba y coronaba la cosecha de las viñas y de los furtales en el inicio del otoño.

El Deuteronomio elevará la Fiesta de la Siega al rango de la Pascua y de Sukkot, obligando a los fieles a peregrinar a Jerusalén para ofrecer a Yahveh las primicias de la cosecha y manifestar así el gozo y la gratitud experimentada por las bendiciones divinas. En esta época adquirirá el nombre de Savuot o Fiesta de las Semanas, es decir, “la que se celebra después de una semana de semanas (7×7 = 49 días después de la Pascua).

El primer intento de espiritualizar la fiesta se produce después del destierro. La Fiesta de las Semanas deja de vincularse directamente con la cosecha de cereales para pasar a ser un satélite de la Pascua. De 49 días se pasa a contar 50, es decir, siete veces siete más un día, que es símbolo de perfección y plenitud dentro de la tradición cabalística judía. De los intensos debates relacionados con el sentido de la fiesta, mantenidos entre los movimientos sectarios de Israel (fariseos, esenio, saduceos…), comienza a surgir una nueva visión de la fiesta de Pentecostés (=50 dias) que deja de ser un rito vinculado con la naturaleza para pasar a conmemorar un acontecimiento histórico recordatorio del Éxodo. A partir de aquí es cuando Pentecostés se convierte en la celebración de la entrega de la Ley en el Sinaí. La relación entre Pascua y Pentecostés se intensifica: la primera proporciona el acontecimiento y la segunda ofrece la manera de vivir en función del mismo.

En la Tradición cristiana

La mañana de Pentecostés siguiente a la Pascua del Señor, los apóstoles se hallaban reuniros mientras, problablemente al igual que el resto de sus contemporáneos, meditaban la promulgación de la Ley, renovándose para ellos los acontecimientos y los fenómentos del Sinaí en una dimensión distinta a cómo los venían celebrando.

La intención de San Lucas en la narración recogida en los Hechos es describir la constitución del nuevo pueblo de Dios en el tiempo escatológico, como un nuevo Israel en el Sinaí. Ya la sabiduría hebrea consideraba la Alianza como una renovación de la humanidad, una nueva creación que devolvía al ser humano a su condición original antes del pecado. No lo interpreta como un don de Dios para beneficiar exclusivamente a un pueblo, sino que trasciende a todo el género humano, Este mismo sentido se desprende del relato de los Hechos de los Apóstoles ya que la efusión del Espíritu no se concibe únicamente como una santificación personal e interior, sino como una investidura profética de quienes han de llevar adelante la evangelización.
Existen referencias paralelas entre los relatos del Éxodo (Alianza del Sinaí) y de los Hechos (Pentecostés): viento fuerte, ruido que hace temblar la tierra, lenguas de fuego, un pueblo unido “en un solo corazón”…

En la tradición judía se da gran importancia a la figura de Moisés que asciende al Sinaí para buscar las Tablas de la Ley y entregárselas a Israel. Este sentido es aplicado a la Ascensión de Jesús en el relato cristiano: la subida del Señor al cielo para buscar la Nueva Ley, la Nueva Alianza que es el Espíritu Santo para convertirlo en don gratuito para los hombres.

Este don del Espíritu no es citado por ninguna fuente judía en las interpretaciones que se hacen de la Alianza del Sinaí, donde según su criterio lo único que se entregó por Dios fueron las Tablas de la Ley. El Espíritu quedaba reservado para la era mesiánica en la que el mismo Yahveh ha de restaurar a Israel. Precisamente esta es la constancia que quiere dejar San Lucas por medio de su relato en los Hechos: con el Pentecostés cristiano se inaugura la era mesiánica en el poder de Jesucristo resucitado.

Así concluye la evolución de la fiesta de Pentecostés en la Escritura. Después de permanecer largo tiempo en un plano agrícola, pasó a significar la promulgación de la Alianza. La Pascua situaba a los judíos en un estado de salvación y liberación; Pentecostés, por el don de la Ley, les ofrecía la posibilidad de mantenerse en ese estado para no volver jamás a la esclavitud.

También para los cristianos la Pascua supone un acontecimiento redentor, mientras que Pentecostés consuma la obra dándoles el Espíritu Santo que les permite alcanzar la filiación divina y la liberación en el poder de Jesucristo resucitado. La ley cede su puesto al Espíritu para mantener a sus hijos en estado de resucitados:
“Una vez celebrada la Pascua, nos espera una fiesta que lleva la imagen del cielo, una fuesta espléndida, como si ya estuviéramos reunidos con nuestro Salvador en posesión de su Reino…” (Eusebio de Cesárea)

Emiliano Jiménez Hernandez

Categorías:Libros, Pentecostés

Un retoño brota del tronco de Jesé – Isaías 11,1-11

UN RETOÑO BROTA DEL TRONCO DE JESÉ,
UN GERMEN DE SUS RAÍCES.
SOBRE ÉL SE POSA EL ESPÍRITU DEL SEÑOR:
ESPÍRITU DE SABIDURÍA E INTELIGENCIA,
ESPÍRITU DE CONSEJO Y FORTALEZA,
ESPÍRITU DE CIENCIA Y DE PIEDAD,
ESPÍRITU DE TEMOR DEL SEÑOR.

No juzgará de oídas,
sino que ayudará a los oprimidos.
Su palabra será una vara contra el violento
y con el soplo de su boca matará al malvado.
El lobo vivirá con el cordero,
la pantera se echará con el cabrito,
el león y el novillo pacerán juntos,
y un niño los guiará, y un niño los guiará.

La vaca y la osa estarán juntas,
el león, como el buey, comerá paja.
El niño de pecho hurgará
en el agujero del áspid,
el recién nacido meterá la mano
en la hura de la víbora.
Porque ya nadie hará daño.
Porque la tierra estará llena
del conocimiento del Señor.
Porque aquel día
la raíz de Jesé se levantará
como estandarte de los pueblos,
y las gentes lo seguirán con ansia.
En aquel día el Señor extenderá su mano
y un camino se formará,
una vía para todas las naciones,
que la Virgen indicará.

Conviene remontarse ante todo a la profecía de Isaías, llamada a veces « el quinto evangelio » o bien el « evangelio del Antiguo Testamento ». Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelación neotestamentaria identificará con Jesús, Isaías relaciona la persona y su misión con una acción especial del Espíritu de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el Profeta:

« Saldrá un vástago del tronco de Jesé
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y de temor del Señor.
Y le inspirará en el temor del Señor ».52

Este texto es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de « espíritu », entendido ante todo como « aliento carismático », y el « Espíritu » como persona y como don, don para la persona. El Mesías de la estirpe de David (« del tronco de Jesé ») es precisamente aquella persona sobre la que « se posará » el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo, con aquella alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre, por decirlo de algún modo, la vía sobre la que se prepara la plena revelación del Espíritu Santo en la unidad del misterio trinitario, que se manifestará finalmente en la Nueva Alianza.

Juan Pablo II

El único Espíritu enriquece a la Iglesia con la diversi­dad de sus dones: “El Espíri­tu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo…Guía a la Iglesia y la provee con diversos dones jerárquicos y carismá­ticos y la embe­llece con sus fru­tos” (LG,­n.4). La acción vivi­fi­cante del Espíritu inspira con la multi­forme variedad de su dones toda la vida del cristiano. El es el inicio de la justi­ficación, moviendo al pecador a conver­sión (Denz.797):

También el inicio de la fe, más aún, la misma disposi­ción a creer tiene lugar en nosotros por un don de la gracia, es decir, de la inspiración del Espíritu Santo, quien lleva nuestra voluntad de la incredulidad a la fe.

Nadie puede acoger la predicación evangélica sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo, que da a todos la docilidad necesaria para aceptar y creer en la verdad.

Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe…y penetra más profundamente en ella con juicio certero (LG,n.12).

Esta fe suscitada en el fiel por el Espíritu Santo, lue­go, la guía e impulsa en todas las etapas de su santi­fica­ción, como “Espíritu santificador”. Actúa como principio de vida nueva en el baño de regene­ra­ción (Tit 3,5-7), que sella con su unción; forma el hombre nuevo (Ef 3,16) o la nueva criatu­ra (2Cor 5,17);consagra a los fieles como pueblo de Dios (2­Cor 1,22), tem­plo de Dios y templo pro­pio (1Cor 6,19-20);como dador de cono­cimiento y sabiduría (1Cor 12,8), instru­ye, mani­fies­ta y revela a Dios (Ef 1,17), enseña a orar (Rom 8,26);­habitando en el cristiano, su templo (1Cor 6,19-20), crea y atestigua nues­tra filiación adoptiva (Rom 8,16;Gál 4,5-6), derrama en noso­tros el amor de Dios (Rom 5,5), nos guía hacia Dios (Rom 8,14), nos une con Cristo (Rom 8,9), nos atestigua que estamos en el amor de Dios y en Dios mismo (1Jn 4,19;3,24), nos consa­gra a Dios (Ef 1,13-14), nos inserta en la vida trinitaria en comuni­cación con el Padre y el Hijo (1Jn 1,3);es prenda y primicia de nuestra glorificación plena en el cielo (Rom 8,23). Como dice San Ireneo, el Espíritu Santo es la escala de nues­tras ascen­siones hacia Dios. Y San Cirilo nos dice:

El Espíritu predicó acerca de Cristo en los profetas. Actuó en los Apóstoles. El, hasta el día de hoy, sella las almas en el bautismo. Y el Padre da al Hijo y el Hijo comunica al Espíritu Santo. Y el Padre por medio del Hijo, con el Espíritu Santo, da todos los dones. No son unos los dones del Padre y otros los del Hijo y otros los del Espíritu Santo, pues una es la salvación, uno el poder, una la fe (Ef 4,5). Un solo Dios, el Padre; un solo Señor, su Hijo unigénito; un solo Espíritu Santo, el Paráclito.

Entre los dones del Espíritu Santo cabe destacar el don de la esperanza (1Cor 12,13), que se ofrece a quien se abre a Cristo. Pablo desea que rebosemos “de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rom 15,13). Y Juan Pablo II dirá:

Se puede decir que la vida cristiana en la tierra es como una iniciación en la participación plena en la glo­ria de Dios; y el Espíritu Santo, como prenda de la feli­cidad futura (Ef 1,13-14), es la garantía de alcanzar la pleni­tud de la vida eterna cuando, por efecto de la Re­dención, sean vencidos también los restos del pecado, como el dolor y la muerte. Así, la esperan­za cristiana no sólo es garantía, sino también anticipación de la reali­dad futura.

Don importante del Espíritu es la parresía que hace a los após­toles anunciar con fuerza el Evangelio.El es el Pará­clito, que defiende en la persecución e inspira el testimonio ante jueces y magistrados (Mt 10,20). El Espíritu Santo, con el don de fortaleza, otorga al cristiano la fidelidad, la pacien­cia y la perseverancia en el camino del Evangelio (Gál 5,22).

Orígenes, por su parte, considera el don del discerni­miento como el más necesario y permanente en la Iglesia. Este discernimiento se basa, no en criterios de sabiduría humana, que es necedad ante Dios, sino en la sabiduría que viene de Dios. Y Novaciano, antes de su cisma de la Iglesia, escribió esta bella página:

El Espíritu que dio a los discípulos el don de no temer, por el nombre del Señor, ni los poderes del mundo ni los tormentos, este mismo Espíritu hace regalos similares, como joyas, a la esposa de Cristo, la Iglesia. El suscita profetas en la Iglesia, instruye a los doctores, anima las lenguas, procura fuerzas y salud, realiza maravillas, otorga el discernimiento de los espíritus, asiste a los que dirigen, inspira los consejos, dispone los restantes dones de la gracia. De esta manera perfecciona y consuma la Iglesia del Señor por doquier y en todo.

Santo Tomás, confrontando la ley antigua con la nueva, dice límpidamente: “…Puesto que el reino de Dios está hecho de santidad, paz y gozo interiores, todos los actos externos que se oponen a la santidad, a la paz y al gozo espirituales son contrarios al reino de Dios y, por tanto, deben rechazarse en el evangelio del reino”. Para él, precisamente, el don de consejo tiene la misión de “calmar el ansia de la duda”. La acción del Espíritu Santo da una luz especial, como una intui­ción que hace al cristiano actuar “con prontitud y seguridad”, “como si hubiese pedido consejo a Dios”.

Conviene insistir, con San Pablo, en que la riqueza de los dones del Espíritu Santo, al ser suscitados por el único Espí­ritu, hace que todos ellos converjan en “la edifica­ción del único Cuerpo” de Cristo, que es la Igle­sia (1Cor 12,13):

Ya que aspiráis a los dones espirituales, procurad abun­dar en ellos para la edificación de la asamblea (1Cor 14,12).

Por ello, es evidente que el don más excelente del Espí­ritu Santo es el amor (1Cor 14,1), al que Pablo eleva el himno del capítulo 13 de esta carta, “himno a la cari­dad que puede considerarse un himno a la influencia del Espí­ritu Santo en la vida del cristiano”. En el cristiano hay un amor nuevo, participación del amor de Dios:

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5).

El Espíritu Santo hace al cristiano partícipe del amor de Dios Padre y del amor filial del Hijo al Padre. Amor que lleva al cristiano a amar, no sólo a Dios, sino también al prójimo como Cristo le ama a él. Es el amor signo y distintivo de los cristianos (Jn 13,34-35).

Emiliano Jimenez Hernández
Categorías:Adviento, Cantos, Pentecostés

Os tomaré de entre las naciones – Cántico de Ezequiel – Ez 36,24-28

OS TOMARÉ DE ENTRE LAS NACIONES,
OS REUNIRÉ DE TODOS LOS PUEBLOS.
OS ROCIARÉ CON AGUA PURA
Y YO OS PURIFICARÉ.

Os daré un corazón nuevo,
infundiré en vosotros un espíritu nuevo,
os quitaré el corazón de piedra,
os daré un corazón de carne.

Pondré mi Espíritu dentro de vosotros
y haré que caminéis según mi Palabra.
Vosotros seréis mi pueblo
y yo seré vuestro Dios.

El cántico que acaba de resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón fue compuesto por uno de los profetas mayores de Israel. Se trata de Ezequiel, testigo de una de las épocas más trágicas que vivió el pueblo judío: la de la caída del reino de Judá y de su capital, Jerusalén, a la que siguió el amargo destierro en Babilonia (siglo VI a.C.). Del capítulo 36 de Ezequiel está tomado el pasaje que entró a formar parte de la oración cristiana de Laudes.

El contexto de esta página, transformada en himno por la liturgia, quiere captar el sentido profundo de la tragedia que vivió el pueblo en aquellos años. El pecado de idolatría había contaminado la tierra que el Señor dio en herencia a Israel. Ese pecado, más que otras causas, es responsable, en definitiva, de la pérdida de la patria y de la dispersión entre las naciones. En efecto, Dios no es indiferente ante el bien y el mal; entra misteriosamente en escena en la historia de la humanidad con su juicio que, antes o después, desenmascara el mal, defiende a las víctimas y señala la senda de la justicia.

Pero la meta de la acción de Dios nunca es la ruina, la mera condena, el aniquilamiento del pecador. El mismo profeta Ezequiel refiere estas palabras divinas: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (…) Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere. Convertíos y viviréis» (Ez 18,23.32). A la luz de esas palabras se logra comprender el significado de nuestro cántico, lleno de esperanza y salvación.

Después de la purificación mediante la prueba y el sufrimiento, está a punto de surgir el alba de una nueva era, que ya había anunciado el profeta Jeremías cuando habló de una «nueva alianza» entre el Señor e Israel (cf. Jr 31,31-34). El mismo Ezequiel, en el capítulo 11 de su libro profético, había proclamado estas palabras divinas: «Yo les daré un corazón nuevo y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios» (Ez 11,19-20).

En nuestro cántico (cf. Ez 36,24-28), el profeta repite ese oráculo y lo completa con una precisión estupenda: el «espíritu nuevo» que Dios dará a los hijos de su pueblo será su Espíritu, el Espíritu de Dios mismo (cf. v. 27).

Así pues, no sólo se anuncia una purificación, expresada mediante el signo del agua que lava las inmundicias de la conciencia. No sólo está el aspecto, aun necesario, de la liberación del mal y del pecado (cf. v. 25). El acento del mensaje de Ezequiel está puesto sobre todo en otro aspecto mucho más sorprendente. En efecto, la humanidad está destinada a nacer a una nueva existencia. El primer símbolo es el del «corazón» que, en el lenguaje bíblico, remite a la interioridad, a la conciencia personal. De nuestro pecho será arrancado el «corazón de piedra», gélido e insensible, signo de la obstinación en el mal. Dios nos infundirá un «corazón de carne», es decir, un manantial de vida y de amor (cf. v. 26). En la nueva economía de gracia, en vez del espíritu vital, que en la creación nos había convertido en criaturas vivas (cf. Gn 2,7), se nos infundirá el Espíritu Santo, que nos sostiene, nos mueve y nos guía hacia la luz de la verdad y hacia «el amor de Dios en nuestros corazones» (Rm 5,5).

Así aparece la «nueva creación» que describe san Pablo (cf. 2 Co 5,17; Ga 6,15), cuando afirma la muerte en nosotros del «hombre viejo», del «cuerpo del pecado», porque «ya no somos esclavos del pecado», sino criaturas nuevas, transformadas por el Espíritu de Cristo resucitado: «Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3,9-10; cf. Rm 6,6). El profeta Ezequiel anuncia un nuevo pueblo, que en el Nuevo Testamento será convocado por Dios mismo a través de la obra de su Hijo. Esta comunidad, cuyos miembros tienen «corazón de carne» y a los que se les ha infundido el «Espíritu», experimentará una presencia viva y operante de Dios mismo, el cual animará a los creyentes actuando en ellos con su gracia eficaz. «Quien guarda sus mandamientos -dice san Juan- permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio» (1 Jn 3,24).

Concluyamos nuestra meditación sobre el cántico de Ezequiel escuchando a san Cirilo de Jerusalén, el cual, en su Tercera catequesis bautismal, vislumbra en la página profética al pueblo del bautismo cristiano.

En el bautismo -recuerda- se perdonan todos los pecados, incluidas las transgresiones más graves. Por eso, el obispo dice a sus oyentes: «Ten confianza, Jerusalén, el Señor eliminará tus iniquidades (cf. Sof 3,14-15). El Señor lavará vuestras inmundicias (…); “derramará sobre vosotros un agua pura que os purificará de todo pecado” (Ez 36,25). Los ángeles os rodean con júbilo y pronto cantarán: “¿Quién es la que sube inmaculada, apoyada en su amado?” (Ct 8,5). En efecto, se trata del alma que era esclava y ahora, ya libre, puede llamar hermano adoptivo a su Señor, el cual, acogiendo su propósito sincero, le dice: “¡Qué bella eres, amada mía!, ¡qué bella eres!” (Ct 4,1). (…) Así dice él, aludiendo a los frutos de una confesión hecha con buena conciencia (…). Quiera Dios que todos (…) mantengáis vivo el recuerdo de estas palabras y saquéis fruto de ellas traduciéndolas en obras santas para presentaros irreprensibles al místico Esposo, obteniendo así del Padre el perdón de los pecados» (n. 16: Le catechesi, Roma 1993, pp. 79-80).

Juan Pablo II

El cántico de Ezequiel se realiza plenamente en el nuevo Israel de Dios. También nosotros y toda la comunidad eclesial hemos sido infieles, nos hemos mancillado con nuestras repetidas infidelidades. Pero Dios no nos abandona: él ha derramado sobre nosotros un agua pura y, en el bautismo, con la sangre de su Hijo, nos ha purificado de todas nuestras inmundicias. Y, junto con el perdón de nuestros pecados, «hemos recibido el Espíritu» (Hch 2, 38), como prometió Pedro a los que se bautizaron el día de Pentecostés. Así preparados, el Señor nos promete un nuevo éxodo hacia la Jerusalén definitiva y santa: Os recogeré de entre las naciones, y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; allí, cuando «el primer cielo y la primera tierra habrán pasado», en «la ciudad santa, la nueva Jerusalén» (Ap 21,1.2), seremos definitivamente su pueblo y él será nuestro Dios.

Pedro Farnés

Categorías:Cantos, Pentecostés

Ven Espíritu Santo – Secuencia de Pentecostés

VEN, ESPÍRITU SANTO,
ENVÍA UN RAYO DE TU LUZ.

Ven, padre de los pobres,
ven, luz del corazón.
Ven, consolador buenísimo,
dulce huésped del alma.

Ven, dulce refrigerio,
en la fatiga tú eres descanso;
en el calor tú eres nuestro alivio;
en el llanto eres consuelo.

Oh luz dichosísima
inunda de tu resplandor
lo íntimo del corazón de tus fieles,
llega hasta el fondo del alma.

Sin tu luz nada hay puro en el hombre,
nada hay inocente.
Mira la fuerza del pecado,
cuando tú no estás con nosotros.

Lava lo que está sucio,
riega lo que está árido,
sana lo que está enfermo.
Convierte al duro y al rígido.

Inflama lo que está tibio,
encamina al que se ha extraviado.
Danos tus siete dones,
danos tu amor y tu alegría.

Danos virtud y premio,
danos la alegría de la salvación,
danos una muerte santa,
danos el gozo eterno.

Danos sabiduría y entendimiento,
danos ciencia y piedad,
danos consejo y fortaleza,
danos el temor de Dios.

Danos tus santos frutos:
danos paciencia y bondad,
danos amor y alegría,
danos justicia y verdad.

Todos hemos visto en alguna ocasión la escena de un coche averiado: dentro está el conductor y detrás una o dos personas empujando fatigosamente el vehículo, intentando inútilmente darle la velocidad necesaria para que arranque. Se detienen, se secan el sudor, vuelven a empujar… Y de repente, un ruido, el motor se pone en marcha, el coche avanza y los que lo empujaban se yerguen con un suspiro de alivio. Es una imagen de lo que ocurre en la vida cristiana. Se camina a fuerza de impulsos, con fatiga, sin grandes progresos. Y pensar que tenemos a disposición un motor potentísimo («¡el poder de lo alto!») que espera sólo que se le ponga en marcha. La fiesta de Pentecostés debería ayudarnos a descubrir este motor y cómo ponerlo en movimiento.

El relato de Hechos de los Apóstoles comienza diciendo: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar». De estas palabras deducimos que Pentecostés preexistía… a Pentecostés. En otras palabras: había ya una fiesta de Pentecostés en el judaísmo y fue durante tal fiesta que descendió el Espíritu Santo. No se entiende el Pentecostés cristiano sin tener en cuenta el Pentecostés judío que lo preparó. En el Antiguo Testamento ha habido dos interpretaciones de la fiesta de Pentecostés. Al principio era la fiesta de las siete semanas, la fiesta de la cosecha, cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo; pero sucesivamente, y ciertamente en tiempos de Jesús, la fiesta se había enriquecido de un nuevo significado: era la fiesta de la entrega de la ley en el monte Sinaí y de la alianza.

Si el Espíritu Santo viene sobre la Iglesia precisamente el día en que en Israel se celebraba la fiesta de la ley y de la alianza es para indicar que el Espíritu Santo es la ley nueva, la ley espiritual que sella la nueva y eterna alianza. Una ley escrita ya no sobre tablas de piedra, sino en tablas de carne, que son los corazones de los hombres. Estas consideraciones suscitan de inmediato un interrogante: ¿vivimos bajo la antigua ley o bajo la ley nueva? ¿Cumplimos nuestros deberes religiosos por constricción, por temor y por acostumbramiento, o en cambio por convicción íntima y casi por atracción? ¿Sentimos a Dios como padre o como patrón?

El secreto para experimentar aquello que Juan XXIII llamaba «un nuevo Pentecostés» se llama oración. ¡Es ahí donde se prende la «chispa» que enciende el motor! Jesús ha prometido que el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan (Lc 11, 13). Entonces, ¡pedir! La liturgia de Pentecostés nos ofrece magníficas expresiones para hacerlo: «Ven, Espíritu Santo… Ven, Padre de los pobres; ven, dador de los dones; ven, luz de los corazones. En el esfuerzo, descanso; refugio en las horas de fuego; consuelo en el llanto. ¡Ven Espíritu Santo!».

Rainero Cantalamessa ofmcap

Categorías:Cantos, Pentecostés

Pentecostés – Himno

SI SIENTES UN SOPLO DEL CIELO,
UN VIENTO QUE MUEVE LAS PUERTAS,
ESCUCHA LA VOZ QUE TE LLAMA,
TE INVITA A CAMINAR LEJOS.
ES FUEGO QUE NACE
EN QUIEN SABE ESPERAR,
EN QUIEN SABE NUTRIR
ESPERANZAS DE AMOR.

Eran pobres hombres
como tú, como yo,
habían echado las redes al lago,
recogido los impuestos
a la puerta de la ciudad.

Que yo recuerde
entre ellos no había ningún doctor;
y aquel que llamaban Maestro
estaba muerto y sepultado.

Tenían un corazón como tú, como yo,
que una mano de hielo oprimía;
tenían los ojos llenos de lágrimas.
Pensaban sin duda en el amigo perdido;
en la mujer dejada en la puerta de la casa;
en la cruz levantada en la cima del monte.

Y el viento llamó a la puerta de la casa,
entró como un rayo en toda la estancia;
y tuvieron los ojos y el corazón llenos fuego,
salieron a la calle gritando de alegría.

Hombre que esperas
escondido en las sombras,
la voz que canta es para ti;
te trae la alegría de una buena noticia:
¡EL REINO DE DIOS HA LLEGADO YA!

Pentecostés era la fiesta de la recolección, cuyas primicias habían sido ofrecidas el día después de pascua, con lo que ambas fiestas quedaban unidas como principio y fin de la cosecha. Luego, Pentecostés pasó a ser la fiesta de la donación de la Ley de la alianza. Pentecostés será el don pleno de la ley de la nueva alianza: el Espíritu Santo. Las tablas de la ley fueron escritas por el dedo de Dios (Ex 31,18). En adelante ese dedo será el Espíritu Santo (Lc 11,20), que graba la ley nueva en el corazón de los cristianos.

Así como el nuevo santuario es Jesucristo, abierto a todas las naciones, la ley nueva será el Espíritu Santo, que da testimonio de Jesús en todos los pueblos. El signo de las lenguas profetiza la catolicidad de la evangelización. Los discípulos hablan la lengua de todos los pueblos, anuncian en esas lenguas las maravillas de Dios. Los padres de la Iglesia, la liturgia y, sin duda, también ya san Lucas, han visto en este milagro la inversión de la dispersión de Babel (Gén 11,1-9).

“Pero otros burlándose decían: están llenos de mosto” (He 2,8). Decían la verdad, aunque fuera de burla. Porque el vino era realmente nuevo: la gracia del Nuevo Testamento. Pero este vino nuevo procedía de la viña espiritual que ya había dado muchas veces fruto en los profetas y que había rebrotado en el Nuevo Testamento. Porque así como de manera visible la viña permanece siempre la misma, pero a sus tiempos da frutos nuevos, de igual manera el mismo Espíritu, permaneciendo lo que es, actuó también muchas veces en los profetas y ahora se ha mostrado en modo nuevo y admirable. En efecto, la gracia vino también sobre los Padres, pero ahora ha venido sobreabundantemente. Cierto que allí participaban del Espíritu Santo, pero aquí han sido plenamente bautizados.[1]

 Pero Pedro, que tenía el Espíritu Santo y era consciente de ello, dice: “Israelitas”, que predicáis a Joel sin conocer las Escrituras, “éstos no están ebrios como vosotros pensáis”, sino como está escrito: ‘Se embriagarán de la abundancia de tu casa y les darás a beber de los torrentes de tus delicias’ (Sal 35,9). Están ebrios con sobria embriaguez que da muerte al pecado y vivifica el corazón, con una embriaguez contraria a la del cuerpo. Pues ésta produce el olvido incluso de lo conocido, y aquella proporciona el conocimiento incluso de lo desconocido. Están ebrios porque han bebido de la vid espiritual, que dice: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15,15).[2]

La embriaguez del Espíritu es embriaguez no de vino, de aquí que sea sobria, lúcida y penetrante. Son muchos los Padres que hablan de la sobria embriaguez, viendo en el Espíritu Santo el vino nuevo. Baste citar un texto más:

Nuestro Salvador después de su resurrección, cuando todo lo viejo ya había pasado y todo se había hecho nuevo (2Cor 5,17), siendo El en persona el hombre nuevo (Ef 2,15) y el primogénito de entre los muertos (Col 1,18), dice a los Apóstoles, renovados también por la fe en su resurrección: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22). Esto es sin duda lo que el mismo Señor y Salvador indicaba en el Evangelio cuando decía que el vino nuevo no puede verterse en odres viejos (Mt 9,17), sino que mandaba que los odres se hicieran nuevos, es decir, que los hombres anduvieran conforme a la novedad de vida (Rom 6,4), para recibir el vino nuevo, es decir, la novedad de la gracia del Espíritu Santo.[3]

Emiliano Jimenez Hernández


     [1] Lo mismo dice Novaciano: “Es, pues, el único e idéntico Espíritu el que actúa en los profetas y en los Apóstoles, salvo que en aquellos eventualmente y en éstos siempre. Por lo demás, allí no con el propósito de estar en ellos siempre, en éstos para morar siempre en ellos. Y allí distribuido limitadamente, aquí en una total efusión; allí otorgado con parsimonia, aquí concedido con largueza”(De Trinitate, XXIX 165).

     [2] SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVII 18-19.

     [3] ORIGENES, De Principiis I 3,7. San Pablo dirá a los Efesios: “No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu”(5,18).

Categorías:Cantos, Pentecostés
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