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Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? (1ª Corintios 15)

20 abril, 2011 1 comentario

Resurrection of the dead and weighing of souls at the Last Judgment

En un instante, en un pestañear de ojos,
al toque de la trompeta final,
porque sonará la trompeta,
y los muertos resucitarán incorruptibles
y nosotros seremos transformados.

POR ESO CANTAMOS:
LA MUERTE ES ABSORBIDA
EN LA VICTORIA
ALELUYA, ALELUYA.
OH MUERTE ¿DÓNDE ESTÁ TU VICTORIA?
ALELUYA, ALELUYA.
OH MUERTE ¿DÓNDE ESTÁ TU AGUIJÓN?
ALELUYA, ALELUYA.

El aguijón de la muerte es el pecado;
y la fuerza del pecado, está en la Ley.
¡Pero nosotros vencemos en Cristo resucitado!

Yo os recuerdo, hermanos,
el Evangelio que yo os he anunciado,
el mismo que yo he recibido.

A saber:
que Cristo murió por los pecados,
SEGÚN LAS ESCRITURAS;
que él ha resucitado,
SEGÚN LAS ESCRITURAS;
que se apareció primero a Pedro,
luego a los Doce; después a más
de quinientos hermanos a la vez.
Y por último se me apareció a mí.

Hay hombres –lo vemos en el fenómeno de los terroristas suicidas– que mueren por una causa equivocada o incluso inicua, considerando sin razón que es buena. Por sí misma, la muerte de Cristo no testimonia la verdad de su causa, sino sólo el hecho de que Él creía en la verdad de ella. La muerte de Cristo es testimonio supremo de su caridad , pero no de su verdad. Ésta es testimoniada adecuadamente sólo por la resurrección. «La fe de los cristianos -dice San Agustín- es la resurrección de Cristo. No es gran cosa creer que Jesús ha muerto; esto lo creen también los paganos; todos lo creen. Lo verdaderamente grande es creer que ha resucitado».

Ateniéndonos al objetivo que nos ha guiado hasta aquí, estamos obligados a dejar de lado, de momento, la fe, para atenernos a la historia. Desearíamos buscar respuesta al interrogante: ¿podemos o no definir la resurrección de Cristo como un evento histórico, en el sentido común del término, esto es, «realmente ocurrido»?

Lo que se ofrece a la consideración del historiador y le permite hablar de la resurrección son dos hechos: primero, la imprevista e inexplicable fe de los discípulos, una fe tan tenaz como para resistir hasta la prueba del martirio; segundo, la explicación que, de tal fe, nos han dejado los interesados, esto es, los discípulos. En el momento decisivo, cuando Jesús fue prendido y ajusticiado, los discípulos no alimentaban esperanza alguna de una resurrección. Huyeron y dieron por acabado el caso de Jesús.

Entonces tuvo que intervenir algo que en poco tiempo no sólo provocó el cambio radical de su estado de ánimo, sino que les llevó también a una actividad del todo nueva y a la fundación de la Iglesia. Este «algo» es el núcleo histórico de la fe de Pascua.

El testimonio más antiguo de la resurrección es el de Pablo, y dice así: «Os he transmitido, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago, y más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara» (1 Corintios 15, 3-8). La fecha en la que se escribieron estas palabras es el 56 o 57 d.C. El núcleo central del texto, sin embargo, está constituido por un credo anterior que San Pablo dice haber recibido él mismo de otros. Teniendo en cuenta que Pablo conoció tales fórmulas inmediatamente después de su conversión, podemos situarlas en torno al año 35 d.C., eso es, unos cinco o seis años después de la muerte de Cristo. Testimonio, por lo tanto, de raro valor histórico.

Los relatos de los evangelistas se escribieron algunas décadas más tarde y reflejan una fase ulterior de la reflexión de la Iglesia. El núcleo central del testimonio, sin embargo, permanece intacto: el Señor ha resucitado y se ha aparecido vivo. A ello se añade un elemento nuevo, tal vez determinado por preocupación apologética y por ello de menor valor histórico: la insistencia sobre el hecho del sepulcro vacío. Para los Evangelios el hecho decisivo siguen siendo las apariciones del Resucitado.

Las apariciones, además, testimonian también la nueva dimensión del Resucitado, su modo de ser «según el Espíritu», que es nuevo y diferente respecto al modo de existir anterior, «según la carne». Él, por ejemplo, puede ser reconocido no por cualquiera que le vea, sino sólo por aquél a quien Él mismo se dé a conocer. Su corporeidad es diferente de la de antes. Está libre de las leyes físicas: entra y sale con las puertas cerradas; aparece y desaparece.

Una explicación diferente de la resurrección, aquella que presentó Rudolf Bultmann, todavía la proponen algunos, y es que se trató de visiones psicógenas, esto es, de fenómenos subjetivos del tipo de las alucinaciones. Pero esto, si fuera verdad, constituiría al final un milagro no inferior que el que se quiere evitar admitir. Supone de hecho que personas distintas, en situaciones y lugares diferentes, tuvieron todas la misma impresión o alucinación.

Los discípulos no pudieron engañarse: eran gente concreta, pescadores, lo contrario de personas dadas a las visiones. En un primer momento no creen; Jesús debe casi vencer su resistencia: «¡tardos de corazón en creer!». Tampoco pudieron querer engañar a los demás. Todos sus intereses se oponían a ello; habrían sido los primeros en sentirse engañados por Jesús. Si Él no hubiera resucitado, ¿para qué afrontar las persecuciones y la muerte por Él? ¿Qué provecho material podían sacar?

Negado el carácter histórico, esto es, el carácter objetivo y no sólo el subjetivo, de la resurrección, el nacimiento de la Iglesia y de la fe se convierte en un misterio más inexplicable que la resurrección misma. Se ha observado justamente: «La idea de que el imponente edificio de la historia del cristianismo sea como una enorme pirámide puesta en vilo sobre un hecho insignificante es ciertamente menos creíble que la afirmación de que todo el evento –o sea, el dato de hecho más el significado inherente a él- realmente haya ocupado un lugar en la historia comparable al que le atribuye el Nuevo Testamento».

¿Cuál es entonces el punto de llegada de la investigación histórica a propósito de la resurrección? Podemos percibirlo en las palabras de los discípulos de Emaús: algunos discípulos, la mañana de Pascua, fueron al sepulcro de Jesús y encontraron que las cosas estaban como habían referido las mujeres, quienes habían acudido antes que ellos, «pero a Él no le vieron». También la historia se acerca al sepulcro de Jesús y debe constatar que las cosas están como los testigos dijeron. Pero a Él, al resucitado, no lo ve. No basta constatar históricamente, es necesario ver al Resucitado, y esto no lo puede dar la historia, sino sólo la fe.

El ángel que se apareció a las mujeres, la mañana de Pascua, les dijo: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lucas 24, 5). Os confieso que al término de estas reflexiones siento este reproche como si se dirigiera también a mí. Como si el ángel me dijera: «¿Por qué te empeñas a buscar entre los muertos argumentos humanos de la historia, al que está vivo y actúa en la Iglesia y en el mundo? Ve mejor y di a tus hermanos que Él ha resucitado».

Rainero Cantalamessa ofmcap

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Himno a Cristo Luz

TE BENDECIMOS EN ESTA HORA,
OH CRISTO MÍO, VERBO DE DIOS;
LUZ DE LA LUZ SIN COMIENZO.
TE BENDECIMOS VERBO DE DIOS,
TE BENDECIMOS VERBO DE DIOS.

¡Te bendecimos oh triple luz de una indivisa gloria!
Has dominado las tinieblas,
has resurgido la luz resucitando de la noche.
Tú eres la eterna luz que ilumina nuestras vidas.
Tú eres la eterna luz que alboreas sobre el mundo.
Tú eres la eterna luz.
¡Te bendecimos Señor!

El hombre, que ha salido del agua bautismal o renovado su bautismo en la Vigilia pascual, vive la pentecostés pascual, los cincuenta días de fiesta, como tiempo de gracia, simbolizado en la vestidura blanca de su bautismo, que viste en la celebración eucarística. Es el tiempo gozoso de la mistagogia: catequesis sobre los «signos», gestos y palabras, experimentados en la celebración pascual. El OICA presenta «el último tiempo de la iniciación cristiana como el tiempo de la mistagogia», es decir, el tiempo «en que se consigue una más plena y fructuosa inteligencia de los misterios con la novedad de la catequesis y especialmente con la experiencia de los sacramentos recibidos» (n.38).[1]

            Esta catequesis se orienta a la iniciación a los sig­nos litúrgicos, constituidos por hechos, cosas, gestos y palabras, que introducen al neófito en la participación, mediante el Espíritu Santo, en el misterio salvífico de Cristo, que se da al hombre concreto en todo su ser, como espíritu encarnado en el mundo, dinámicamente inserto en la historia, en diálogo creador con los otros. La luz, la palabra creadora, el agua, el pan, el vino, el aceite, la asamblea, el canto…. revelan el misterio de salvación, «que evocan y realizan».[2] 

            Al comienzo de la Vigilia, al encender el cirio pascual con la luz nueva sacada del pedernal, el bautizado ha escuchado: «La luz de Cristo que resucita glorioso disipa las tinieblas del corazón y del espíritu». En vida se actualiza la luz de la creación, que como columna de fuego le guiará en el camino hacia el Reino. El sabe por experiencia que, por nacimiento, pertenece a las tinieblas, pero sabe también que Dios «le ha llamado de las tinieblas a su luz admirable» (1Pe 2,9). En el bautismo «Cristo le ha iluminado» (Ef 5,14) y de tiniebla que era ha sido transformado en “luz en el Señor” (Ef 5,8). La catequesis mistagócica se lo ilumina y el Espíritu que ha recibido en el bautismo se lo testimonia.

Emiliano Jiménez Hernández


[1]      OICA= Ordo initiationis christianae adultorum. Cfr. E. BARGELLINI, Catechesi e liturgia: é ancora attuale il metodo mistagogico dei Padri?, Vita monastica 116 (1974)37‑67;G. FRANCESCONI, Storia e simbolo, Brescia 1981;T. FEDERICI, La mistagogia della Chiesa. Ricerca spirituale, en Mistagogia e direzione spintuale, Milano 1985, p.162‑245;D. SARTORE, La mistagogia, modello e sorgente di spiritualità cristiana, Rivista liturgica 73(1986)508‑521;E. MAZZA, La mistagogia. Una teologia della liturgia in epoca patristica, Roma 1988.

[2]      Ibídem, n.115.

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Dayenú (De la Hagadá de Pésaj hebrea)

Cuando decimos dayenu -es bastante- en la Hagadá respecto a los sucesos manifestados por el Eterno para Israel desde la Salida de Egipto hasta la edificación del Templo en la Tierra Prometida, estamos reconociendo la infinita bondad de Dios, que nos dispensa Sus bienes graciosamente incluso cuando no somos merecedores de ellos.

Él luchó nuestras batallas, nos rescató, nos protegió, nos alimentó, selló una alianza eterna con nosotros, nos entregó Su Torá, nos regaló con Sus mandamientos, nos introdujo a la Tierra de Israel, nos edificó el Templo: no por nuestros méritos, sino por Su Amor a nosotros.

Tal como el padre cuida y vivifica a su recién nacido, a cambio de nada, solamente por amor. Y así continúa por largo tiempo nutriendo y conduciendo a su vástago querido.

El niño cuando se hace maduro ve para atrás, y si es persona de valores no duda en agradecer por cada beneficio recibido del padre, e incluso no vacila en aceptar que recibió más de lo que ha podido devolver.

Por tanto: dayenu -es bastante-, ¿cómo pedir más?

Otro motivo:

Quizás para los hebreos hubiera sido suficiente ser liberados de la opresión y alimentados y protegidos, y entonces dirían: dayenu -nos basta con esto, no queremos más-.

Pero, Dios tiene Sus planes, y Sus pensamientos no son como los nuestros.

Por tanto, humanamente dayenu, pero divinamente lo-dayjem -no es suficiente para ustedes:

Tomen la libertad, pero también la responsabilidad.

Coman el maná, pero también el alimento espiritual de la Torá (la escritura).

Sean protegidos de sus enemigos, pero también luchen las batallas contra sus instintos negativos.

Gocen del mundo, pero no olviden de cumplir los preceptos.

Sean hijos de Dios, pero jamás supongan que han dejado de ser Sus siervos.

Yehuda Ribco

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Gritad jubilosos (Isaías 12)

GRITAD JUBILOSOS:
«QUÉ GRANDE ES EN MEDIO DE TI
EL SANTO DE ISRAEL.»

El Señor es mi Dios y mi Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi canto es el Señor,
él es mi salvación.

Sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación.
Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
proclamad entre los pueblos sus hazañas.

Cantad al Señor, que hizo proezas,
anunciadlas por toda la tierra;
gritad jubilosos,
exultad habitantes de Sión.

Los estudiosos consideran que el himno al que nos estamos refiriendo (cf. Is 12,1-6), tanto por su calidad literaria como por su tono general, es una composición posterior al profeta Isaías, que vivió en el siglo VIII antes de Cristo. Casi es una cita, un texto de estilo sálmico, tal vez para uso litúrgico, que se incrusta en este punto para servir de conclusión del «libro del Emmanuel». En efecto, evoca algunos temas referentes a él: la salvación, la confianza, la alegría, la acción divina, la presencia entre el pueblo del «Santo de Israel», expresión que indica tanto la trascendente «santidad» de Dios como su cercanía amorosa y activa, con la que el pueblo de Israel puede contar.

El cantor es una persona que ha vivido una experiencia amarga, sentida como un acto del juicio divino. Pero ahora la prueba ha pasado, la purificación ya se ha producido; la cólera del Señor ha dado paso a la sonrisa y a la disponibilidad para salvar y consolar.

Las dos estrofas del himno marcan casi dos momentos. En el primero (cf. vv. 1-3), que comienza con la invitación a orar: «Dirás aquel día», domina la palabra «salvación», repetida tres veces y aplicada al Señor: «Dios es mi salvación… Él fue mi salvación… las fuentes de la salvación». Recordemos, por lo demás, que el nombre de Isaías -como el de Jesús- contiene la raíz del verbo hebreo yša’, que alude a la «salvación». Por eso, nuestro orante tiene la certeza inquebrantable de que en la raíz de la liberación y de la esperanza está la gracia divina.

Es significativo notar que hace referencia implícita al gran acontecimiento salvífico del éxodo de la esclavitud de Egipto, porque cita las palabras del canto de liberación entonado por Moisés: «Mi fuerza y mi canto es el Señor» (Ex 15,2).

La salvación dada por Dios, capaz de suscitar la alegría y la confianza incluso en el día oscuro de la prueba, se presenta con la imagen, clásica en la Biblia, del agua: «Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación» (Is 12,3). El pensamiento se dirige idealmente a la escena de la mujer samaritana, cuando Jesús le ofrece la posibilidad de tener en ella misma una «fuente de agua que salta para la vida eterna» (Jn 4,14).

Al respecto, san Cirilo de Alejandría comenta de modo sugestivo: «Jesús llama agua viva al don vivificante del Espíritu, por medio del cual sólo la humanidad, aunque abandonada completamente, como los troncos en los montes, y seca, y privada por las insidias del diablo de toda especie de virtud, es restituida a la antigua belleza de la naturaleza… El Salvador llama agua a la gracia del Espíritu Santo, y si uno participa de él, tendrá en sí mismo la fuente de las enseñanzas divinas, de forma que ya no tendrá necesidad de consejos de los demás, y podrá exhortar a quienes tengan sed de la palabra de Dios. Eso es lo que eran, mientras se encontraban en esta vida y en la tierra, los santos profetas y los Apóstoles y sus sucesores en su ministerio. De ellos está escrito: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación» (Comentario al Evangelio de san Juan II, 4, Roma 1994, pp. 272.75).

Por desgracia, la humanidad con frecuencia abandona esta fuente que sacia a todo el ser de la persona, como afirma con amargura el profeta Jeremías: «Me abandonaron a mí, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua» (Jr 2,13). También Isaías, pocas páginas antes, había exaltado «las aguas de Siloé, que corren mansamente», símbolo del Señor presente en Sión, y había amenazado el castigo de la inundación de «las aguas del río -es decir, el Éufrates- impetuosas y copiosas» (Is 8,6-7), símbolo del poder militar y económico, así como de la idolatría, aguas que fascinaban entonces a Judá, pero que la anegarían.

La segunda estrofa (cf. Is 12,4-6) comienza con otra invitación -«Aquel día diréis»-, que es una llamada continua a la alabanza gozosa en honor del Señor. Se multiplican los imperativos para cantar: «dad gracias, invocad, contad, proclamad, tañed, anunciad, gritad».

En el centro de la alabanza hay una única profesión de fe en Dios salvador, que actúa en la historia y está al lado de su criatura, compartiendo sus vicisitudes: «El Señor hizo proezas… ¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!» (vv. 5-6). Esta profesión de fe tiene también una función misionera: «Contad a los pueblos sus hazañas… Anunciadlas a toda la tierra» (vv. 4-5). La salvación obtenida debe ser testimoniada al mundo, de forma que la humanidad entera acuda a esas fuentes de paz, de alegría y de libertad.

Juan Pablo II

Para Israel el motivo de esta acción de gracias fue, pues, la llegada de este Rey mesiánico: «En los días de nuestras infidelidades -dice el pueblo- estabas airado contra nosotros, pero con la venida del Rey justo -nos dice- ha cesado tu ira y nos has consolado». Para el pueblo cristiano que hoy repite esta oración, el gran motivo de su acción de gracias es la venida del Libertador definitivo, Cristo, el Hijo de Dios. Israel confiaba en que podría sacar aguas con gozo de las fuentes de la salvación, aludiendo al rito de derramar agua, como signo de acción de gracias por la cosecha, cuando Israel, después del castigo, celebraría festivamente su liturgia en la fiesta de los tabernáculos; el pueblo cristiano cree firmemente que, «como dice la Escritura: de las entrañas del que cree en Dios manarán torrentes de agua viva» (Jn 7,38), y por esto da gracias al Señor, Dios y Salvador, que es fuerza y poder, incluso para el pueblo que le ha sido infiel.—

Pedro Farnés

El nombre de Isaías («Dios-salva») simboliza y localiza la fuente salvadora de Israel. Salvación que si en el pasado fue liberación de Egipto, en el presente es confianza sin temor. En uno y otro caso es lícito celebrar a Dios como fortaleza, poder y salvación. La iniquidad de Israel consistió en haber abandonado a Dios, fuente inagotable de agua viva, salvadora, y haber excavado cisternas agrietadas que no pueden retener el agua. A pesar de todo, el mensaje de Isaías se abre hacia el futuro al invitar a los sedientos a beber gratuitamente. Quien sienta sed está predispuesto a adherirse a Jesús, la roca de la que mana el agua, nuevo Templo y fuente abierta en Jerusalén. Quien bebe en el costado del Traspasado recibe el Espíritu de la nueva Creación. Es un hombre nacido de nuevo y de arriba; goza de la vida que caracteriza a la creación terminada. Este hombre nuevo forma parte de la comitiva del Éxodo iniciado por Jesús.

La comunidad posexílica puede proclamar ante el mundo cuanto Dios hizo por ella en el pasado. Corresponde a la comunidad restaurada celebrar jubilosamente las proezas de Dios, contar sus hazañas, proclamar la grandeza del «Santo de Israel», dar gracias a Dios salvador. Es la misma misión confiada a la Iglesia: primero vive la salvación que brota de sus fuentes y después la difunde por el mundo entero. Ser testigos del Resucitado en Jerusalén, en Judea y Samaria y hasta los confines de la Tierra es el programa misionero de la Iglesia. La finalidad del testimonio es llevar a otros hombres a la fe, a la adhesión personal a Jesús Mesías. Quienes aceptan el testimonio eclesial poseen en sí mismos el testimonio de Jesús, que es la Profecía de los tiempos nuevos. La sangre del Cordero y la Palabra del Testimonio son armas eficaces para vencer los poderes de la Bestia. Ser testigos de Jesús es gritar la grandeza del Santo de Israel.

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

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Aquedah – Del Targum Neofiti sobre el sacrificio de Isaac (Gn 22,1-19)

8 abril, 2011 2 comentarios

Era todavía de noche cuando Abraham
se disponía a sacrificar a su hijo;
los dos se miraban fijamente
cuando le dijo su hijo Isaac:

AQUEDAH, AQUEDAH,
AQUEDAH, AQUEDAH.

Átame, átame fuerte, Padre mío,
no sea que por el miedo me resista
y no sea válido tu sacrificio
y los dos seamos rechazados.

ÁTAME, ÁTAME FUERTE,
PADRE MÍO,
QUE YO NO ME RESISTA.

Venid y ved la fe sobre la tierra,
venid y ved la fe sobre la tierra,
el Padre que sacrifica a su hijo,
y el hijo querido,
que le ofrece su cuello.

Abraham seguía caminado en busca del lugar fijado por el Señor. El no lo conocía. Pero al tercer día, alzando los ojos, Abraham descubrió el lugar que sin duda el Señor había elegido. En efecto, una columna de fuego se elevaba desde la montaña hasta el cielo y una densa nube cubría la montaña, manifestando sobre ella la gloria del Señor. Se dirigió al hijo:

-Hijo mío Isaac, ¿ves también tú un monte allá a lo lejos como le veo yo?

-Sí, padre mío.

-¿Y qué más ves?

-Veo una columna de fuego que llega hasta el cielo y una densa nube que cubre la montaña como si la cobijara la gloria de Dios.

Abraham se dirigió entonces a los dos siervos y les preguntó:

-¿Veis vosotros un monte y algo sobre él?

-No, no vemos nada; sólo vemos el desierto, como aquí donde nos encontramos.

Abraham comprendió entonces que Isaac era la ofrenda agradable a Yahveh y que, en cambio, no le agradaba la presencia de los dos siervos. Por ello dijo a los siervos:

-Quedaos aquí con el asno (vosotros sois como el asno, veis tan poco como él, pensó para sí Abraham). Yo y el muchacho iremos hasta allí, haremos adoración y volveremos donde vosotros.[1] Leer más…

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