Archivo

Posts Tagged ‘Pascua’

Dayenú (De la Hagadá de Pésaj hebrea)

Cuando decimos dayenu -es bastante- en la Hagadá respecto a los sucesos manifestados por el Eterno para Israel desde la Salida de Egipto hasta la edificación del Templo en la Tierra Prometida, estamos reconociendo la infinita bondad de Dios, que nos dispensa Sus bienes graciosamente incluso cuando no somos merecedores de ellos.

Él luchó nuestras batallas, nos rescató, nos protegió, nos alimentó, selló una alianza eterna con nosotros, nos entregó Su Torá, nos regaló con Sus mandamientos, nos introdujo a la Tierra de Israel, nos edificó el Templo: no por nuestros méritos, sino por Su Amor a nosotros.

Tal como el padre cuida y vivifica a su recién nacido, a cambio de nada, solamente por amor. Y así continúa por largo tiempo nutriendo y conduciendo a su vástago querido.

El niño cuando se hace maduro ve para atrás, y si es persona de valores no duda en agradecer por cada beneficio recibido del padre, e incluso no vacila en aceptar que recibió más de lo que ha podido devolver.

Por tanto: dayenu -es bastante-, ¿cómo pedir más?

Otro motivo:

Quizás para los hebreos hubiera sido suficiente ser liberados de la opresión y alimentados y protegidos, y entonces dirían: dayenu -nos basta con esto, no queremos más-.

Pero, Dios tiene Sus planes, y Sus pensamientos no son como los nuestros.

Por tanto, humanamente dayenu, pero divinamente lo-dayjem -no es suficiente para ustedes:

Tomen la libertad, pero también la responsabilidad.

Coman el maná, pero también el alimento espiritual de la Torá (la escritura).

Sean protegidos de sus enemigos, pero también luchen las batallas contra sus instintos negativos.

Gocen del mundo, pero no olviden de cumplir los preceptos.

Sean hijos de Dios, pero jamás supongan que han dejado de ser Sus siervos.

Yehuda Ribco

Categorías:Cantos, Pascua Etiquetas:

Gritad jubilosos (Isaías 12)

GRITAD JUBILOSOS:
«QUÉ GRANDE ES EN MEDIO DE TI
EL SANTO DE ISRAEL.»

El Señor es mi Dios y mi Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi canto es el Señor,
él es mi salvación.

Sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación.
Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
proclamad entre los pueblos sus hazañas.

Cantad al Señor, que hizo proezas,
anunciadlas por toda la tierra;
gritad jubilosos,
exultad habitantes de Sión.

Los estudiosos consideran que el himno al que nos estamos refiriendo (cf. Is 12,1-6), tanto por su calidad literaria como por su tono general, es una composición posterior al profeta Isaías, que vivió en el siglo VIII antes de Cristo. Casi es una cita, un texto de estilo sálmico, tal vez para uso litúrgico, que se incrusta en este punto para servir de conclusión del «libro del Emmanuel». En efecto, evoca algunos temas referentes a él: la salvación, la confianza, la alegría, la acción divina, la presencia entre el pueblo del «Santo de Israel», expresión que indica tanto la trascendente «santidad» de Dios como su cercanía amorosa y activa, con la que el pueblo de Israel puede contar.

El cantor es una persona que ha vivido una experiencia amarga, sentida como un acto del juicio divino. Pero ahora la prueba ha pasado, la purificación ya se ha producido; la cólera del Señor ha dado paso a la sonrisa y a la disponibilidad para salvar y consolar.

Las dos estrofas del himno marcan casi dos momentos. En el primero (cf. vv. 1-3), que comienza con la invitación a orar: «Dirás aquel día», domina la palabra «salvación», repetida tres veces y aplicada al Señor: «Dios es mi salvación… Él fue mi salvación… las fuentes de la salvación». Recordemos, por lo demás, que el nombre de Isaías -como el de Jesús- contiene la raíz del verbo hebreo yša’, que alude a la «salvación». Por eso, nuestro orante tiene la certeza inquebrantable de que en la raíz de la liberación y de la esperanza está la gracia divina.

Es significativo notar que hace referencia implícita al gran acontecimiento salvífico del éxodo de la esclavitud de Egipto, porque cita las palabras del canto de liberación entonado por Moisés: «Mi fuerza y mi canto es el Señor» (Ex 15,2).

La salvación dada por Dios, capaz de suscitar la alegría y la confianza incluso en el día oscuro de la prueba, se presenta con la imagen, clásica en la Biblia, del agua: «Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación» (Is 12,3). El pensamiento se dirige idealmente a la escena de la mujer samaritana, cuando Jesús le ofrece la posibilidad de tener en ella misma una «fuente de agua que salta para la vida eterna» (Jn 4,14).

Al respecto, san Cirilo de Alejandría comenta de modo sugestivo: «Jesús llama agua viva al don vivificante del Espíritu, por medio del cual sólo la humanidad, aunque abandonada completamente, como los troncos en los montes, y seca, y privada por las insidias del diablo de toda especie de virtud, es restituida a la antigua belleza de la naturaleza… El Salvador llama agua a la gracia del Espíritu Santo, y si uno participa de él, tendrá en sí mismo la fuente de las enseñanzas divinas, de forma que ya no tendrá necesidad de consejos de los demás, y podrá exhortar a quienes tengan sed de la palabra de Dios. Eso es lo que eran, mientras se encontraban en esta vida y en la tierra, los santos profetas y los Apóstoles y sus sucesores en su ministerio. De ellos está escrito: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación» (Comentario al Evangelio de san Juan II, 4, Roma 1994, pp. 272.75).

Por desgracia, la humanidad con frecuencia abandona esta fuente que sacia a todo el ser de la persona, como afirma con amargura el profeta Jeremías: «Me abandonaron a mí, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua» (Jr 2,13). También Isaías, pocas páginas antes, había exaltado «las aguas de Siloé, que corren mansamente», símbolo del Señor presente en Sión, y había amenazado el castigo de la inundación de «las aguas del río -es decir, el Éufrates- impetuosas y copiosas» (Is 8,6-7), símbolo del poder militar y económico, así como de la idolatría, aguas que fascinaban entonces a Judá, pero que la anegarían.

La segunda estrofa (cf. Is 12,4-6) comienza con otra invitación -«Aquel día diréis»-, que es una llamada continua a la alabanza gozosa en honor del Señor. Se multiplican los imperativos para cantar: «dad gracias, invocad, contad, proclamad, tañed, anunciad, gritad».

En el centro de la alabanza hay una única profesión de fe en Dios salvador, que actúa en la historia y está al lado de su criatura, compartiendo sus vicisitudes: «El Señor hizo proezas… ¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!» (vv. 5-6). Esta profesión de fe tiene también una función misionera: «Contad a los pueblos sus hazañas… Anunciadlas a toda la tierra» (vv. 4-5). La salvación obtenida debe ser testimoniada al mundo, de forma que la humanidad entera acuda a esas fuentes de paz, de alegría y de libertad.

Juan Pablo II

Para Israel el motivo de esta acción de gracias fue, pues, la llegada de este Rey mesiánico: «En los días de nuestras infidelidades -dice el pueblo- estabas airado contra nosotros, pero con la venida del Rey justo -nos dice- ha cesado tu ira y nos has consolado». Para el pueblo cristiano que hoy repite esta oración, el gran motivo de su acción de gracias es la venida del Libertador definitivo, Cristo, el Hijo de Dios. Israel confiaba en que podría sacar aguas con gozo de las fuentes de la salvación, aludiendo al rito de derramar agua, como signo de acción de gracias por la cosecha, cuando Israel, después del castigo, celebraría festivamente su liturgia en la fiesta de los tabernáculos; el pueblo cristiano cree firmemente que, «como dice la Escritura: de las entrañas del que cree en Dios manarán torrentes de agua viva» (Jn 7,38), y por esto da gracias al Señor, Dios y Salvador, que es fuerza y poder, incluso para el pueblo que le ha sido infiel.—

Pedro Farnés

El nombre de Isaías («Dios-salva») simboliza y localiza la fuente salvadora de Israel. Salvación que si en el pasado fue liberación de Egipto, en el presente es confianza sin temor. En uno y otro caso es lícito celebrar a Dios como fortaleza, poder y salvación. La iniquidad de Israel consistió en haber abandonado a Dios, fuente inagotable de agua viva, salvadora, y haber excavado cisternas agrietadas que no pueden retener el agua. A pesar de todo, el mensaje de Isaías se abre hacia el futuro al invitar a los sedientos a beber gratuitamente. Quien sienta sed está predispuesto a adherirse a Jesús, la roca de la que mana el agua, nuevo Templo y fuente abierta en Jerusalén. Quien bebe en el costado del Traspasado recibe el Espíritu de la nueva Creación. Es un hombre nacido de nuevo y de arriba; goza de la vida que caracteriza a la creación terminada. Este hombre nuevo forma parte de la comitiva del Éxodo iniciado por Jesús.

La comunidad posexílica puede proclamar ante el mundo cuanto Dios hizo por ella en el pasado. Corresponde a la comunidad restaurada celebrar jubilosamente las proezas de Dios, contar sus hazañas, proclamar la grandeza del «Santo de Israel», dar gracias a Dios salvador. Es la misma misión confiada a la Iglesia: primero vive la salvación que brota de sus fuentes y después la difunde por el mundo entero. Ser testigos del Resucitado en Jerusalén, en Judea y Samaria y hasta los confines de la Tierra es el programa misionero de la Iglesia. La finalidad del testimonio es llevar a otros hombres a la fe, a la adhesión personal a Jesús Mesías. Quienes aceptan el testimonio eclesial poseen en sí mismos el testimonio de Jesús, que es la Profecía de los tiempos nuevos. La sangre del Cordero y la Palabra del Testimonio son armas eficaces para vencer los poderes de la Bestia. Ser testigos de Jesús es gritar la grandeza del Santo de Israel.

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Categorías:Cantos, Pascua Etiquetas:

Aquedah – Del Targum Neofiti sobre el sacrificio de Isaac (Gn 22,1-19)

8 abril, 2011 2 comentarios

Era todavía de noche cuando Abraham
se disponía a sacrificar a su hijo;
los dos se miraban fijamente
cuando le dijo su hijo Isaac:

AQUEDAH, AQUEDAH,
AQUEDAH, AQUEDAH.

Átame, átame fuerte, Padre mío,
no sea que por el miedo me resista
y no sea válido tu sacrificio
y los dos seamos rechazados.

ÁTAME, ÁTAME FUERTE,
PADRE MÍO,
QUE YO NO ME RESISTA.

Venid y ved la fe sobre la tierra,
venid y ved la fe sobre la tierra,
el Padre que sacrifica a su hijo,
y el hijo querido,
que le ofrece su cuello.

Abraham seguía caminado en busca del lugar fijado por el Señor. El no lo conocía. Pero al tercer día, alzando los ojos, Abraham descubrió el lugar que sin duda el Señor había elegido. En efecto, una columna de fuego se elevaba desde la montaña hasta el cielo y una densa nube cubría la montaña, manifestando sobre ella la gloria del Señor. Se dirigió al hijo:

-Hijo mío Isaac, ¿ves también tú un monte allá a lo lejos como le veo yo?

-Sí, padre mío.

-¿Y qué más ves?

-Veo una columna de fuego que llega hasta el cielo y una densa nube que cubre la montaña como si la cobijara la gloria de Dios.

Abraham se dirigió entonces a los dos siervos y les preguntó:

-¿Veis vosotros un monte y algo sobre él?

-No, no vemos nada; sólo vemos el desierto, como aquí donde nos encontramos.

Abraham comprendió entonces que Isaac era la ofrenda agradable a Yahveh y que, en cambio, no le agradaba la presencia de los dos siervos. Por ello dijo a los siervos:

-Quedaos aquí con el asno (vosotros sois como el asno, veis tan poco como él, pensó para sí Abraham). Yo y el muchacho iremos hasta allí, haremos adoración y volveremos donde vosotros.[1] Leer más…

Categorías:Cantos, Pascua Etiquetas:

Por qué esta noche es diferente – Canto de los niños para la Noche de Pascua – de la Hagadá de Pésaj hebrea

N. ¿Por qué esta noche es diferente
de todas las otras noches?
A. DE TODAS LAS OTRAS NOCHES.
N. Que todas las otras noches
nos vamos a la cama pronto
y no nos quedamos levantados.
A. Y NO NOS QUEDAMOS LEVANTADOS.
N. Mas esta noche, esta noche
estamos levantados.
A. MAS ESTA NOCHE, ESTA NOCHE
ESTAMOS LEVANTADOS.

N. ¿Por qué esta noche es diferente
de todas las otras noches?
A. DE TODAS LAS OTRAS NOCHES.
N. Que todas las otras noches
nos vamos a la cama pronto
después de haber cenado.
A. DESPUÉS DE HABER CENADO.
N. Mas esta noche, esta noche hemos ayunado.
A. MAS ESTA NOCHE, ESTA NOCHE
HEMOS AYUNADO.

N. ¿Por qué esta noche es diferente
de todas las otras noches?
A. DE TODAS LAS OTRAS NOCHES.
N. Que todas las otras noches
nos vamos a la cama pronto
y no esperamos nada.
A. Y NO ESPERAMOS NADA.
N. Mas esta noche, esta noche
estamos esperando.
A. MAS ESTA NOCHE, ESTA NOCHE
ESTAMOS ESPERANDO.
A. ¿POR QUÉ ESTA NOCHE ES DIFERENTE
DE TODAS LAS OTRAS NOCHES,
DE TODAS LAS OTRAS NOCHES?
N. Para estar levantados,
para haber ayunado,
para estar todos esperando.
A. PARA ESTAR LEVANTADOS,
PARA HABER AYUNADO,
PARA ESTAR TODOS ESPERANDO.

¡Cuán diferente es esta noche de las demás noches!

PREGUNTA 1: En todas las noches podemos comer jametz o matzá. ¿Por qué esta noche comemos solamente matzá?

La matzá es harina, agua y fuego. Además de un poco de trabajo.
La matzá llena el estómago y sacia (pues tarda en digerirse), sin alimentar realmente.
Era el “manjar” de los esclavos en Mitzraim.
Es el lajma ania -pan de la pobreza.
Es la humilde masa hecha a las apuradas, que ni siquiera tuvo tiempo de leudar.
Y, sin embargo, este mismo objeto se erige como símbolo de la salvación.

Pues, es la demostración del poder de Dios.
Los hebreos no dependieron de la fuerza física, ni de armas, ni de logística…ni siquiera supieron como preparar la más escueta vianda para su “escape”.

Pero, su escudo es Dios, y Él salva.
Si “Hashem está conmigo; no temeré” (Tehilim / Salmos 118:6).
Ni al hambre, ni al Faraón, ni a nada…a nada más que a mi desconocimiento de H’.
En todas las otras noches, parece que confiamos en nuestra “mano”.
El resto del año tomamos para nosotros el título de los “libertadores”.

Pero, en Pesaj- la Libertad proviene de Dios.
Él nos hace libres, en una noche.
Pero, nosotros nos hacemos libres todas las otras noches.
Cuando, emerge algo que quizás nos quita la confianza. Leer más…

Categorías:Cantos, Pascua Etiquetas:

Canto de Moisés – Éxodo 15,1-18

8 abril, 2011 1 comentario

Este himno de victoria (cf. Ex 15,1-18), propuesto en las Laudes del sábado de la primera semana, nos remite a un momento clave de la historia de la salvación: al acontecimiento del Éxodo, cuando Israel fue salvado por Dios en una situación humanamente desesperada. Los hechos son conocidos: después de la larga esclavitud en Egipto, ya en camino hacia la tierra prometida, los hebreos habían sido alcanzados por el ejército del faraón, y nada los habría salvado de la aniquilación si el Señor no hubiera intervenido con su mano poderosa. El himno describe con detalle la insolencia de los planes del enemigo armado: «perseguiré, alcanzaré, repartiré el botín…» (Ex 15,9).

Pero, ¿qué puede hacer incluso un gran ejército frente a la omnipotencia divina? Dios ordena al mar que abra un espacio para el pueblo agredido y que se cierre al paso de los agresores: «Sopló tu aliento y los cubrió el mar, se hundieron como plomo en las aguas formidables» (Ex 15,10).

Son imágenes fuertes, que quieren expresar la medida de la grandeza de Dios, mientras manifiestan el estupor de un pueblo que casi no cree a sus propios ojos, y entona al unísono un cántico conmovido: «Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Él es mi Dios: yo lo alabaré; el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré» (Ex 15,2).

El cántico no habla sólo de la liberación obtenida; indica también su finalidad positiva, la cual no es más que el ingreso en la morada de Dios, para vivir en comunión con él: «Guiaste con misericordia a tu pueblo rescatado; los llevaste con tu poder hasta tu santa morada» (Ex 15,3). Así comprendido, este acontecimiento no sólo estuvo en la base de la alianza entre Dios y su pueblo, sino que se convirtió también en un «símbolo» de toda la historia de la salvación. Muchas otras veces Israel experimentará situaciones análogas, y el Éxodo se volverá a actualizar puntualmente. De modo especial aquel acontecimiento prefigura la gran liberación que Cristo realizará con su muerte y resurrección.

Por eso, nuestro himno resuena de un modo especial en la liturgia de la Vigilia pascual, para destacar con la intensidad de sus imágenes lo que se ha realizado en Cristo. En él hemos sido salvados, no de un opresor humano, sino de la esclavitud de Satanás y del pecado, que desde los orígenes pesa sobre el destino de la humanidad. Con él la humanidad vuelve a entrar en el camino, en el sendero que lleva a la casa del Padre.

Esta liberación, ya realizada en el misterio y presente en el bautismo como una semilla de vida destinada a crecer, llegará a su plenitud al final de los tiempos, cuando Cristo vuelva glorioso y «entregue el reino a Dios Padre» (1 Co 15,24). Precisamente a este horizonte final, escatológico, la Liturgia de las Horas nos invita a mirar, introduciendo nuestro cántico con una cita del Apocalipsis: «Los que habían vencido a la bestia cantaban el cántico de Moisés, el siervo de Dios» (Ap 15,2-3).

Al final de los tiempos se realizará plenamente para todos los salvados lo que el acontecimiento del Éxodo prefigura y la Pascua de Cristo ha llevado a cabo de modo definitivo, pero abierto al futuro. En efecto, nuestra salvación es real y profunda, pero está entre el «ya» y el «todavía no» de la condición terrena, como nos recuerda el apóstol san Pablo: «Porque nuestra salvación es en esperanza» (Rm 8,24).

«Cantaré al Señor, sublime es su vitoria» (Ex 15,1). Al poner en nuestros labios estas palabras del antiguo himno, la Liturgia de las Laudes nos invita a situar nuestra jornada en el gran horizonte de la historia de la salvación. Este es el modo cristiano de percibir el paso del tiempo. En los días que se acumulan unos tras otros no hay una fatalidad que nos oprime, sino un designio que se va desarrollando, y que nuestros ojos deben aprender a leer como en filigrana.

Los Padres de la Iglesia eran particularmente sensibles a esta perspectiva histórico-salvífica, pues solían leer los hechos más destacados del Antiguo Testamento -el diluvio del tiempo de Noé, la llamada de Abraham, la liberación del Éxodo, el regreso de los hebreos después del destierro de Babilonia,…- como «prefiguraciones» de eventos futuros, reconociendo que esos hechos tenían un valor de «arquetipos»: en ellos se anunciaban las características fundamentales que se repetirían, de algún modo, a lo largo de todo el decurso de la historia humana.

Por lo demás, ya los profetas habían releído los acontecimientos de la historia de la salvación, mostrando su sentido siempre actual y señalando la realización plena en el futuro. Así, meditando en el misterio de la alianza sellada por Dios con Israel, llegan a hablar de una «nueva alianza» (Jr 31,31; cf. Ez 36,26-27), en la que la ley de Dios sería escrita en el corazón mismo del hombre. No es difícil ver en esta profecía la nueva alianza sellada con la sangre de Cristo y realizada por el don del Espíritu. Al rezar este himno de victoria del antiguo Éxodo a la luz del Éxodo pascual, los fieles pueden vivir la alegría de sentirse Iglesia peregrina en el tiempo, hacia la Jerusalén celestial.

Así pues, se trata de contemplar con estupor siempre nuevo todo lo que Dios ha dispuesto para su pueblo: «Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad, lugar del que hiciste tu trono, Señor; santuario, Señor, que fundaron tus manos» (Ex 15,17). El himno de victoria no expresa el triunfo del hombre, sino el triunfo de Dios. No es un canto de guerra, sino un canto de amor.

Haciendo que nuestras jornadas estén impregnadas de este sentimiento de alabanza de los antiguos hebreos, caminamos por las sendas del mundo, llenas de insidias, peligros y sufrimientos, con la certeza de que nos envuelve la mirada misericordiosa de Dios: nada puede resistir al poder de su amor.

Juan Pablo II

La salida de Egipto y el paso del mar Rojo fueron vividos e idealizados por Israel, como la epopeya nacional y religiosa que dio nacimiento al pueblo de Dios. Siguiendo esta pedagogía que el mismo Dios nos dio al querer que esta poética epopeya fuera incluida como parte de la Biblia, la Iglesia cristiana, desde la antigüedad, se ha servido de esta narración, llena de imágenes, para cantar el triunfo de Cristo y de la Iglesia sobre el pecado y el poder del mal. El Faraón y su ejército personifican el pecado y la muerte que esclavizan al hombre; mientras que el pueblo de Israel que sale incólume de las aguas del mar Rojo, es símbolo del pueblo nacido en las aguas del bautismo. Ya el autor del Apocalipsis, en su visión del triunfo de los santos sobre la idolatría del Imperio romano, nos dice, refiriéndose a este himno de victoria, que «los que habían vencido a la bestia cantaban el cántico de Moisés, el siervo de Dios» (Ap 15, 2-3).

Cantemos, pues, al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar; ha vencido el pecado, por el bautismo, y la muerte, por la resurrección de Jesucristo y la esperanza de la resurrección universal. Que nuestro entusiasmo por la victoria de la mañana de Pascua no sea, pues, inferior al entusiasmo de Israel en su cántico por la victoria sobre el Faraón y su ejército.

Pedro Farnés

Categorías:Cantos, Pascua Etiquetas:

Como la cierva – Salmo 42-43 (41-42)

8 abril, 2011 1 comentario
© Copyright 2011 CorbisCorporation

© Copyright 2011 CorbisCorporation

Una cierva sedienta, con la garganta seca, lanza su lamento ante el desierto árido, anhelando las frescas aguas de un arroyo. Con esta célebre imagen comienza el salmo 41. En ella podemos ver casi el símbolo de la profunda espiritualidad de esta composición, auténtica joya de fe y poesía. En realidad, según los estudiosos del Salterio, nuestro salmo se debe unir estrechamente al sucesivo, el 42, del que se separó cuando los salmos fueron ordenados para formar el libro de oración del pueblo de Dios. En efecto, ambos salmos, además de estar unidos por su tema y su desarrollo, contienen la misma antífona: «¿Por qué te acongojas, alma mía?, ¿por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío» (Sal 41,6.12; 42,5). Este llamamiento, repetido dos veces en nuestro salmo, y una tercera vez en el salmo sucesivo, es una invitación que el orante se hace a sí mismo a evitar la melancolía por medio de la confianza en Dios, que con seguridad se manifestará de nuevo como Salvador.

En efecto, la cierva sedienta es el símbolo del orante que tiende con todo su ser, cuerpo y espíritu, hacia el Señor, al que siente lejano pero a la vez necesario: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,3). En hebraico una sola palabra, nefesh, indica a la vez el «alma» y la «garganta». Por eso, podemos decir que el alma y el cuerpo del orante están implicados en el deseo primario, espontáneo, sustancial de Dios (cf. Sal 62,2). No es de extrañar que una larga tradición describa la oración como «respiración»: es originaria, necesaria, fundamental como el aliento vital.

Orígenes, gran autor cristiano del siglo III, explicaba que la búsqueda de Dios por parte del hombre es una empresa que nunca termina, porque siempre son posibles y necesarios nuevos progresos. En una de sus homilías sobre el libro de los Números, escribe: «Los que recorren el camino de la búsqueda de la sabiduría de Dios no construyen casas estables, sino tiendas de campaña, porque realizan un viaje continuo, progresando siempre, y cuanto más progresan tanto más se abre ante ellos el camino, proyectándose un horizonte que se pierde en la inmensidad» (Homilía XVII in Numeros, GCS VII, 159-160).

Tratemos ahora de intuir la trama de esta súplica, que podríamos imaginar compuesta de tres actos, dos de los cuales se hallan en nuestro salmo, mientras el último se abrirá en el salmo sucesivo, el 42, que comentaremos seguidamente. La primera escena (cf. Sal 41,2-6) expresa la profunda nostalgia suscitada por el recuerdo de un pasado feliz a causa de las hermosas celebraciones litúrgicas ya inaccesibles: «Recuerdo otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo marchaba a la cabeza del grupo hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta» (v. 5).

«La casa de Dios», con su liturgia, es el templo de Jerusalén que el fiel frecuentaba en otro tiempo, pero es también la sed de intimidad con Dios, «manantial de aguas vivas», como canta Jeremías (Jr 2,13). Ahora la única agua que aflora a sus pupilas es la de las lágrimas (cf. Sal 41,4) por la lejanía de la fuente de la vida. La oración festiva de entonces, elevada al Señor durante el culto en el templo, ha sido sustituida ahora por el llanto, el lamento y la imploración.

Por desgracia, un presente triste se opone a aquel pasado alegre y sereno. El salmista se encuentra ahora lejos de Sión: el horizonte de su entorno es el de Galilea, la región septentrional de Tierra Santa, como sugiere la mención de las fuentes del Jordán, de la cima del Hermón, de la que brota este río, y de otro monte, desconocido para nosotros, el Misar (cf. v. 7). Por tanto, nos encontramos más o menos en el área en que se hallan las cataratas del Jordán, las pequeñas cascadas con las que se inicia el recorrido de este río que atraviesa toda la Tierra prometida. Sin embargo, estas aguas no quitan la sed como las de Sión. A los ojos del salmista, más bien, son semejantes a las aguas caóticas del diluvio, que lo destruyen todo. Las siente caer sobre él como un torrente impetuoso que aniquila la vida: «tus torrentes y tus olas me han arrollado» (v. 8). En efecto, en la Biblia el caos y el mal, e incluso el juicio divino, se suelen representar como un diluvio que engendra destrucción y muerte (cf. Gn 6,5-8; Sal 68,2-3).

Esta irrupción es definida sucesivamente en su valor simbólico: son los malvados, los adversarios del orante, tal vez también los paganos que habitan en esa región remota donde el fiel está relegado. Desprecian al justo y se burlan de su fe, preguntándole irónicamente: «¿Dónde está tu Dios?» (v. 11; cf. v. 4). Y él lanza a Dios su angustiosa pregunta: «¿Por qué me olvidas?» (v. 10). Ese «¿por qué?» dirigido al Señor, que parece ausente en el día de la prueba, es típico de las súplicas bíblicas.

Frente a estos labios secos que gritan, frente a esta alma atormentada, frente a este rostro que está a punto de ser arrollado por un mar de fango, ¿podrá Dios quedar en silencio? Ciertamente, no. Por eso, el orante se anima de nuevo a la esperanza (cf. vv. 6 y 12). El tercer acto, que se halla en el salmo sucesivo, el 42, será una confiada invocación dirigida a Dios (cf. Sal 42, 1.2a.3a.4b) y usará expresiones alegres y llenas de gratitud: «Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría, de mi júbilo».

Ahora, en la continuación del salmo 42, ante los ojos del salmista está a punto de aparecer la solución tan anhelada: el regreso al manantial de la vida y de la comunión con Dios. La «verdad», o sea, la fidelidad amorosa del Señor, y la «luz», es decir, la revelación de su benevolencia, se representan como mensajeras que Dios mismo enviará del cielo para tomar de la mano al fiel y llevarlo a la meta deseada (cf. Sal 42,3).

Es muy elocuente la secuencia de las etapas de acercamiento a Sión y a su centro espiritual. Primero aparece «el monte santo», la colina donde se levantan el templo y la ciudadela de David. Luego entra en el campo «la morada», es decir, el santuario de Sión, con todos los diversos espacios y edificios que lo componen. Por último, viene «el altar de Dios», la sede de los sacrificios y del culto oficial de todo el pueblo. La meta última y decisiva es el Dios de la alegría, el abrazo, la intimidad recuperada con él, antes lejano y silencioso.

En ese momento todo se transforma en canto, alegría y fiesta (cf. v. 4). En el original hebraico se habla del «Dios que es alegría de mi júbilo». Se trata de un modo semítico de hablar para expresar el superlativo: el salmista quiere subrayar que el Señor es la fuente de toda felicidad, la alegría suprema, la plenitud de la paz.

La traducción griega de los Setenta recurrió, al parecer, a un término arameo equivalente, que indica la juventud, y tradujo: «al Dios que alegra mi juventud», introduciendo así la idea de la lozanía y la intensidad de la alegría que da el Señor. Por eso, el Salterio latino de la Vulgata, que es traducción del griego, dice: «ad Deum qui laetificat juventutem meam». De esta forma el salmo se rezaba al pie del altar, en la anterior liturgia eucarística, como invocación de introducción al encuentro con el Señor.

El lamento inicial de la antífona de los salmos 41-42 resuena por última vez al final (cf. Sal 42,5). El orante no ha llegado aún al templo de Dios; todavía se halla en la oscuridad de la prueba; pero ya brilla ante sus ojos la luz del encuentro futuro, y sus labios ya gustan el tono del canto de alegría. En este momento la llamada está más marcada por la esperanza. En efecto, san Agustín, comentando nuestro salmo, observa: «Espera en Dios, responderá a su alma aquel que por ella está turbado. (…) Mientras tanto, vive en la esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; pero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia esperamos (cf. Rm 8,24-25)» (Exposición sobre los salmos I, Roma 1982, p. 1019).

Entonces el salmo se transforma en la oración del que es peregrino en la tierra y se halla aún en contacto con el mal y el sufrimiento, pero tiene la certeza de que la meta de la historia no es un abismo de muerte, sino el encuentro salvífico con Dios. Esta certeza es aún más fuerte para los cristianos, a los que la carta a los Hebreos proclama: «Vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel» (Hb 12,22-24).

Juan Pablo II

La imagen de la cierva, jadeante de sed, es un clamor vital para quien encuentra satisfacción sólo en Dios. Se acumulan los recuerdos del pasado en el corazón del salmista: cómo desahogaba su vida con el «Tú» divino, cómo marchaba a la cabeza del grupo que subía a Sión… Pero ¿dónde está ahora el Amado de mi alma? Tal vez se imponga un silencio que traiga el eco de aquellas palabras: «Los sedientos, id por agua» (Is 55,1). ¿Dónde buscar el agua cuando los ríos se han secado? «El que beba del agua que yo le dé, jamás tendrá sed», dice el Señor. El agua que brota del costado abierto de Cristo harta las sequedades de la vida. Es el agua de la nueva Ciudad. Busquemos a Dios en Cristo. Busquémosle en los bosques y espesuras. Busquémosle en la jungla de cada día, que por esos sotos ha pasado.

La lejana Galilea, medio pagana, quema el alma del fervoroso judío con ascuas de nostalgia: quisiera estar junto a Dios, salud de su rostro. Más tarde será un galileo, Jesús, quien suspire por la casa del Padre, donde se entretiene y la purifica. Con gusto hubiera habitado en los aledaños del templo, pero los judíos no le dejaron. Su última peregrinación a Jerusalén le proporciona la ocasión de exponer el ardiente deseo de gozar nuevamente del Padre. Cuando retorna al Padre, dejando el mundo, levanta un nuevo templo sobre su carne e introduce en nuestro mundo el tenso anhelo de estar-con-Cristo, ya que «mientras moramos en este cuerpo, estamos ausentes del Señor porque caminamos en fe y no en visión» (2 Cor 5,6-7). Nuestra nostalgia es un vehemente deseo de retorno a Casa. No olvidemos nuestro destino: ¡Vamos al Padre!

El desterrado salmista debe soportar la burlona pregunta de los incrédulos: «¿Dónde está tu Dios?». Sencillamente no existe, piensan quienes preguntan, porque es inoperante. No basta con que el salmista se refugie en su pasado ni saboree el polvo de la humillación presente; un aliento de esperanza futura es el bálsamo de su herida. Prueba similar experimentó Jesús cuando los judíos le preguntaron: «¿Dónde está tu Padre?» Si es Dios, que te libere en la hora fatal. Hasta los discípulos le piden que les muestre al Padre. Pero he aquí que quien murió con una plegaria de confianza en los labios, entró en la presencia de Dios. Si hoy se nos formula tal zahiriente pregunta, derramemos sobre nuestra herida el aceite de la esperanza, procedente de la nube de testigos que nos rodea. Traigamos a consideración que Jesús sufrió la contradicción para que no decaigamos de ánimo rendidos por la fatiga y caminemos con la plegaria: «Después de este destierro, muéstranos a Jesús».

Mi alma tuvo siempre sed de Ti: Hay un ansia irrefrenable de Dios en lo más íntimo de nuestro ser. Todo lo que somos está secretamente imantado por Aquel que nos creó y redimió. Hay, sin embargo, un complicado entramado de mediaciones, que nos impide la unión con el Dios vivo y la visión de su rostro cautivador. Y por eso sufrimos como un desgarro interior: vivimos en dos mundos, entre dos polos de atracción.

«¿Dónde está tu Dios?», nos preguntan incesantemente quienes conviven con nosotros, aunque no comparten nuestra fe, al constatar que nuestro Dios todavía no ha permitido que se agote el manantial de nuestras lágrimas y deja que se rompan nuestros huesos por las burlas de nuestros adversarios.

La sed de Dios no es una ilusión utópica, que nos droga y descompromete. Tenemos sed de un agua que hemos probado alguna vez: «Recuerdo otros tiempos…». Ha habido momentos de inolvidable e indescriptible encuentro con Dios; sabemos que El no sólo es capaz de apaciguar nuestra sed, sino que «sus torrentes y sus olas nos han arrollado». Hay motivos para seguir alentando nuestra sed de Dios. Ese es justamente el itinerario de nuestra vocación personal y comunitaria: el camino de un grupo de sedientos, que no olvidan su sed, porque su alma tuvo siempre sed de Dios. Sacramentalizamos con ello al Jesús que en la cruz también clamó: «Tengo sed».

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Categorías:Cantos, Pascua Etiquetas:

Cuando Israel salió de Egipto – Salmo 114 (113)

8 abril, 2011 1 comentario

El canto alegre y triunfal que acabamos de proclamar evoca el éxodo de Israel de la opresión de los egipcios. El salmo 113 A forma parte de la colección que la tradición judía ha llamado el «Hallel egipcio». Se trata de los salmos 112-117, una especie de fascículo de cantos, usados sobre todo en la liturgia judía de la Pascua.

El cristianismo asumió el salmo 113 A con la misma connotación pascual, pero abriéndolo a la nueva lectura que deriva de la resurrección de Cristo. Por eso, el éxodo que celebra el salmo se convierte en figura de otra liberación más radical y universal. Dante, en la Divina Comedia, pone este himno, según la versión latina de la Vulgata, en labios de las almas del Purgatorio: «In exitu Israel de Aegypto / cantaban todos juntos a una voz…» (Purgatorio II, 46-47). O sea, ve en el salmo el canto de la espera y de la esperanza de quienes, después de la purificación de todo pecado, se orientan hacia la meta última de la comunión con Dios en el paraíso.

Sigamos ahora la trama temática y espiritual de esta breve composición orante. Al inicio (cf. vv. 1-2) se evoca el éxodo de Israel desde la opresión egipcia hasta el ingreso en la tierra prometida, que es el «santuario» de Dios, o sea, el lugar de su presencia en medio del pueblo. Más aún, la tierra y el pueblo se funden: Judá e Israel, términos con los que se designaba tanto la tierra santa como el pueblo elegido, se consideran como sede de la presencia del Señor, su propiedad y heredad especial (cf. Ex 19,5-6).

Después de esta descripción teológica de uno de los elementos de fe fundamentales del Antiguo Testamento, es decir, la proclamación de las maravillas de Dios en favor de su pueblo, el salmista profundiza espiritual y simbólicamente en los acontecimientos que las constituyen.

El Mar Rojo del éxodo de Egipto y el Jordán del ingreso en la Tierra santa están personificados y transformados en testigos e instrumentos que participan en la liberación realizada por el Señor (cf. Sal 113A, 3.5).

Al inicio, en el éxodo, el mar se retira para permitir que Israel pase y, al final de la marcha por el desierto, el Jordán remonta su curso, dejando seco su lecho para permitir que pase la procesión de los hijos de Israel (cf. Jos 3-4). En el centro, se evoca la experiencia del Sinaí: ahora son los montes los que participan en la gran revelación divina, que se realiza en sus cimas. Semejantes a criaturas vivas, como los carneros y los corderos, saltan de gozo. Con una vivísima personificación, el salmista pregunta entonces a los montes y las colinas cuál es el motivo de su conmoción: «¿Por qué vosotros, montes, saltáis como carneros, y vosotras, colinas, como corderos?» (Sal 113A, 6). No se refiere su respuesta; se da indirectamente por medio de una orden dirigida en seguida a la tierra: «Tiembla, tierra, ante la faz del Señor» (v. 7). La conmoción de los montes y las colinas era, por consiguiente, un estremecimiento de adoración ante el Señor, Dios de Israel, un acto de exaltación gloriosa del Dios trascendente y salvador.

Este es el tema de la parte final del salmo 113A (cf. vv. 7-8), que introduce otro acontecimiento significativo de la marcha de Israel por el desierto, el del agua que brotó de la roca de Meribá (cf. Ex 17,1-7; Nm 20,1-13). Dios transforma la roca en una fuente de agua, que llega a formar un lago: en la raíz de este prodigio se encuentra su solicitud paterna con respecto a su pueblo.

El gesto asume, entonces, un significado simbólico: es el signo del amor salvífico del Señor, que sostiene y regenera a la humanidad mientras avanza por el desierto de la historia.

Como es sabido, san Pablo utilizará también esta imagen y, sobre la base de una tradición judía según la cual la roca acompañaba a Israel en su itinerario por el desierto, interpretará el acontecimiento en clave cristológica: «Todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo» (1 Co 10,4).

En esta misma línea, un gran maestro cristiano, Orígenes, comentando la salida del pueblo de Israel de Egipto, piensa en el nuevo éxodo realizado por los cristianos. En efecto, dice así: «No penséis que sólo entonces Moisés sacó de Egipto al pueblo; también ahora el Moisés que tenemos con nosotros…, es decir, la ley de Dios, quiere sacarte de Egipto; si la escuchas, quiere alejarte del faraón… No quiere que permanezcas en las obras tenebrosas de la carne, sino que salgas al desierto, que llegues al lugar donde ya no existen las turbaciones y fluctuaciones del mundo, que llegues a la paz y el silencio… Así, cuando hayas llegado a ese lugar de paz, podrás hacer ofrendas al Señor, podrás reconocer la ley de Dios y el poder de la voz divina» (Omelie sull’Esodo, Roma 1981, pp. 71-72).

Usando la imagen paulina que evoca la travesía del Mar Rojo, Orígenes prosigue: «El Apóstol llama a esto un bautismo, realizado en Moisés en la nube y en el mar, para que también tú, que fuiste bautizado en Cristo, en el agua y en el Espíritu Santo, sepas que los egipcios te están persiguiendo y quieren ponerte a su servicio, es decir, al servicio de los señores de este mundo y de los espíritus del mal, de los que antes fuiste esclavo. Estos, ciertamente, tratarán de perseguirte, pero tú baja al agua y saldrás incólume; y, después de lavar las manchas de los pecados, sube como hombre nuevo dispuesto a cantar el cántico nuevo» (ib., p. 107).

Juan Pablo II

Ahora el salmo 113 nos hará contemplar al pueblo que, también triunfante, sigue a Cristo, caminando hacia la libertad definitiva: el nuevo Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente.

Para la comunidad cristiana este salmo es, sobre todo en el domingo, una evocación de su propia peregrinación, triunfante por lo menos en la esperanza. Como Israel se sintió acompañado por Dios durante los años del desierto -Judá fue el santuario de Dios, Israel su dominio-, así también el pueblo cristiano se ve acompañado por la fuerza de Cristo y de su misterio pascual en su caminar por este mundo.

Que este salmo nos invite, pues, a la contemplación de la victoria de Cristo participada por la Iglesia. Cuando Israel salió de Egipto, en presencia del Señor se estremeció la tierra; cuando el nuevo pueblo de Dios, siguiendo a Cristo, camina hacia la libertad definitiva, también las peñas duras de las dificultades se transforman en manantiales de agua abundante, y así, con paso firme y seguro, contemplando como el mar huye y los montes saltan como carneros -es decir, como se allanan todas las dificultades-, el nuevo pueblo de Dios camina hacia la tierra de la vida.

Pedro Farnes

Categorías:Cantos, Pascua Etiquetas:
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 53 seguidores

%d personas les gusta esto: