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Este es el mandamiento mío – Juan 15, 12ss

ESTE ES EL MANDAMIENTO MÍO: QUE OS AMÉIS.
ESTE ES EL MANDAMIENTO MÍO: QUE OS AMÉIS
LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO.
COMO YO OS HE AMADO, COMO YO OS HE AMADO.

Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos,
vosotros sois mis amigos, vosotros sois mis amigos.
Vosotros sois mis amigos,
vosotros sois mis amigos.

No me habéis elegido vosotros a mí.
sino que yo os he elegido a vosotros.

Si el mundo os odia sabed que antes
me ha odiado a mí, si el mundo os odia …

Padre: como tú estás en mí y yo estoy en ti
que ellos sean uno en nosotros
para que el mundo crea que tú me has enviado,
para que el mundo crea que tú me has enviado.

Estando todas las palabras del Señor llenas de preceptos, ¿por qué hace del amor como un especial mandato, sino porque en el amor radica todo mandato? ¿No pueden todos los preceptos reducirse a uno, supuesto que todos se basan en la caridad? Porque así como de un solo tronco nacen muchas ramas, así también muchas virtudes se derivan de la caridad. Y no tiene lozanía la rama de las buenas obras, si no está en el tronco de la caridad. Los preceptos del Señor son muchos, en cuanto a la diversidad de las obras, pero se unifican todos en su tronco, que es la caridad.

La prueba de la verdadera caridad consiste principalmente en que se ame hasta a los enemigos, porque la Verdad padeció hasta el suplicio de la cruz. Aun allí profesó amor a sus perseguidores, diciendo (Lc 23,34): “Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen”; llegando al colmo este amor cuando añade: “Nadie tiene mayor amor que éste, que es poner su vida por sus amigos”, para enseñarnos que no sólo puede convertirse en provecho nuestro la saña de nuestros enemigos, sino también que éstos deben reputarse como amigos.

El amigo es como el guardián del alma, y por tal razón se llama amigo de Dios el que cumple su voluntad guardando los preceptos.

Pero todo aquel que tenga el honor de ser llamado amigo de Dios, no atribuya a méritos propios la dignidad que siente en sí. Por esto dice: “No sois vosotros quienes me elegisteis, sino que yo os elegí”.

San Gregorio

Donde la caridad está, ¿qué es lo que puede faltar? En donde ella no existe, ¿qué puede haber de provecho? Pero este amor debe distinguirse del que los hombres se profesan como hombres. Por eso dice: “Como yo os he amado”. ¿Para qué nos amó Cristo, sino para que pudiésemos reinar con El? Amémonos mutuamente también con este designio, distinguiendo nuestro amor del de aquellos que no se aman para que Dios sea amado. Estos no se aman verdaderamente, y, al contrario, aquellos se aman con verdad, cuyo amor busca el amor de Dios.

San Juan dice en una epístola: “Así como Cristo puso su vida por nosotros, así nosotros debemos ponerla por nuestros hermanos” (1Jn 3,16) Esto hicieron los mártires con ferviente amor, y por esto no los conmemoramos en el altar para pedir por ellos, sino para que ellos pidan por nosotros, a fin de que sigamos sus huellas. Y al presentarse de tal suerte a sus hermanos, no hicieron otra cosa que manifestar las gracias que habían recibido en el altar.

¡He aquí una gracia inefable! ¿Qué éramos cuando aún no éramos cristianos, sino unos perversos y perdidos? Pues ni aun habíamos creído en El para que nos eligiese; porque si eligió a los creyentes, El los hizo creyentes para elegirlos. No tiene aquí lugar aquella vana argumentación de que Dios nos eligió antes de la creación, porque previó, no que El nos haría buenos, sino que nosotros lo seríamos por nosotros mismos. Y ciertamente que si Dios nos hubiera elegido porque previó que seríamos buenos, también habría previsto entonces que nosotros lo habíamos de elegir primero a El. Porque ésta es la única manera en que podemos ser buenos, a no ser que sea llamado bueno el que no elige lo bueno. ¿Qué es, pues, lo que eligió de entre aquello que no era bueno? No basta que digas: “fui elegido porque ya creía”, porque si creías en El ya lo habías elegido. Ni tampoco digas, “antes de creer ya obraba bien, y por eso fui elegido”, porque ¿qué obra puede ser buena antes de tener fe? ¿Qué hemos de decir, pues, sino que éramos malos, y fuimos elegidos para que fuésemos buenos por gracia del que nos eligió?

San Agustín

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