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Himno a la Kénosis – Filipenses 2, 1-11

Con un mismo amor,
con un mismo espíritu,
con los mismos sentimientos.
Nada por rivalidad, ni por vanagloria
mas todo con humildad.

Considerando a los otros
como superiores a ti,
no buscando tu propio interés,
teniendo los sentimientos de Jesús.

El cual, siendo Dios,
no retuvo ávidamente su dignidad,
sino que se hizo hombre.
Y hecho hombre, se humilló a sí mismo,
tomando condición de esclavo,
obedeciendo hasta la muerte.

¡Y qué muerte! muerte de pecador,
muerte de malhechor,
¡muerte de cruz!

Por eso Dios, lo resucitó,
lo exaltó y le dio el nombre
más alto que existe:

Cristo Jesús es el Señor. ALELUYA.
Cristo Jesús es el Señor. ALELUYA.
Cristo Jesús es el Señor. ALELUYA.
¡ALELUYA!

ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
¡ALELUYA!

Cristo Jesús es mi Señor, ALELUYA.
Cristo Jesús es tu Señor, ALELUYA.
Cristo Jesús es el Señor, ALELUYA.
¡ALELUYA!

Este cántico revela una doble trayectoria vertical, un movimiento, primero en descenso y, luego, en ascenso. En efecto, por un lado, está el abajamiento humillante del Hijo de Dios cuando, en la Encarnación, se hace hombre por amor a los hombres. Cae en la kénosis, es decir, en el «vaciamiento» de su gloria divina, llevado hasta la muerte en cruz, el suplicio de los esclavos, que lo ha convertido en el último de los hombres, haciéndolo auténtico hermano de la humanidad sufriente, pecadora y repudiada.

Por otro lado, está la elevación triunfal, que se realiza en la Pascua, cuando Cristo es restablecido por el Padre en el esplendor de la divinidad y es celebrado como Señor por todo el cosmos y por todos los hombres ya redimidos. Nos encontramos ante una grandiosa relectura del misterio de Cristo, sobre todo del Cristo pascual. San Pablo, además de proclamar la resurrección (cf. 1 Co 15,3-5), recurre también a la definición de la Pascua de Cristo como «exaltación», «elevación» y «glorificación».

Así pues, desde el horizonte luminoso de la trascendencia divina, el Hijo de Dios cruzó la distancia infinita que existe entre el Creador y la criatura. No hizo alarde «de su categoría de Dios», que le corresponde por naturaleza y no por usurpación: no quiso conservar celosamente esa prerrogativa como un tesoro ni usarla en beneficio propio. Antes bien, Cristo «se despojó», «se rebajó», tomando la condición de esclavo, pobre, débil, destinado a la muerte infamante de la crucifixión. Precisamente de esta suprema humillación parte el gran movimiento de elevación descrito en la segunda parte del himno paulino (cf. Flp 2,9-11).

Dios, ahora, «exalta» a su Hijo concediéndole un «nombre» glorioso, que, en el lenguaje bíblico, indica la persona misma y su dignidad. Pues bien, este «nombre» es Kyrios, «Señor», el nombre sagrado del Dios bíblico, aplicado ahora a Cristo resucitado. Este nombre pone en actitud de adoración a todo el universo, descrito según la división tripartita: el cielo, la tierra y el abismo.

De este modo, el Cristo glorioso se presenta, al final del himno, como el Pantokrátor, es decir, el Señor omnipotente que destaca triunfante en los ábsides de las basílicas paleocristianas y bizantinas. Lleva aún los signos de la pasión, o sea, de su verdadera humanidad, pero ahora se manifiesta en el esplendor de su divinidad. Cristo, cercano a nosotros en el sufrimiento y en la muerte, ahora nos atrae hacia sí en la gloria, bendiciéndonos y haciéndonos partícipes de su eternidad.

Concluyamos nuestra reflexión sobre el himno paulino con palabras de san Ambrosio, que a menudo utiliza la imagen de Cristo que «se despojó de su rango», humillándose y anonadándose (exinanivit semetipsum) en la encarnación y en la ofrenda de sí mismo en la cruz.

En particular, en el Comentario al salmo 118, el obispo de Milán afirma: «Cristo, colgado del árbol de la cruz… fue herido con la lanza, y de su costado brotó sangre y agua, más dulces que cualquier ungüento, víctima agradable a Dios, que difunde por todo el mundo el perfume de la santificación… Entonces Jesús, atravesado, esparció el perfume del perdón de los pecados y de la redención. En efecto, siendo el Verbo, al hacerse hombre se rebajó; siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su miseria (cf. 2 Co 8,9); era poderoso, y se mostró tan débil, que Herodes lo despreciaba y se burlaba de él; tenía poder para sacudir la tierra, y estaba atado a aquel árbol; envolvía el cielo en tinieblas, ponía en cruz al mundo, pero estaba clavado en la cruz; inclinaba la cabeza, y de ella salía el Verbo; se había anonadado, pero lo llenaba todo. Descendió Dios, ascendió el hombre; el Verbo se hizo carne, para que la carne pudiera reivindicar para sí el trono del Verbo a la diestra de Dios; todo él era una llaga, pero de esa llaga salía ungüento; parecía innoble, pero en él se reconocía a Dios» (III, 8, SAEMO IX, Milán-Roma 1987, pp. 131-133).

Cristo elige rebajarse desde la gloria hasta la muerte de cruz: este es el primer movimiento del cántico, sobre el que volveremos a reflexionar para ponderar otros aspectos. El segundo movimiento avanza en sentido inverso: desde abajo se eleva hacia lo alto, desde la humillación se asciende hacia la exaltación. Ahora es el Padre quien glorifica al Hijo, arrancándolo de la muerte y entronizándolo como Señor del universo (cf. v. 9). También san Pedro, en el discurso de Pentecostés, declara que «al mismo Jesús que vosotros crucificasteis Dios lo ha constituido Señor y Mesías» (Hch 2,36). Así pues, la Pascua es la epifanía solemne de la divinidad de Cristo, antes velada por su condición de siervo y de hombre mortal.

Ante la grandiosa figura de Cristo glorificado y entronizado todos se postran en adoración. No sólo en el horizonte de la historia humana, sino también en los cielos y en los abismos (cf. Flp 2,10) se eleva una intensa profesión de fe: «Jesucristo es Señor» (v. 11). «Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos» (Hb 2,9).

Concluyamos este breve análisis del cántico de la carta a los Filipenses, sobre el que hemos de volver, dando la palabra a san Agustín, el cual, en su Comentario al evangelio de san Juan, remite al himno paulino para celebrar el poder vivificador de Cristo que realiza nuestra resurrección, arrancándonos de nuestro límite mortal.

He aquí las palabras del gran Padre de la Iglesia: «Cristo, “a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios”. ¿Qué hubiera sido de nosotros, aquí en el abismo, débiles y apegados a la tierra, y por ello imposibilitados de llegar a Dios? ¿Podíamos ser abandonados a nosotros mismos? De ninguna manera. Él “se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo”, pero sin abandonar la forma de Dios. Por tanto, el que era Dios se hizo hombre, asumiendo lo que no era sin perder lo que era; así, Dios se hizo hombre. Por una parte, aquí encuentras la ayuda a tu debilidad; y, por otra, todo lo que necesitas para alcanzar la perfección. Que Cristo te eleve en virtud de su humanidad, te guíe en virtud de su humana divinidad y te conduzca a su divinidad. Queridos hermanos, toda la predicación cristiana y la economía de la salvación, centrada en Cristo, se resumen en esto y en nada más: en la resurrección de las almas y en la resurrección de los cuerpos. Ambos estaban muertos: el cuerpo, a causa de la debilidad; y el alma, a causa de la iniquidad; ambos estaban muertos y era necesario que ambos, el alma y el cuerpo, resucitaran. ¿En virtud de quién resucita el alma sino en virtud de Cristo Dios? ¿En virtud de quién resucita el cuerpo sino en virtud de Cristo hombre? (…) Que resucite tu alma de la iniquidad en virtud de su divinidad y resucite tu cuerpo de la corrupción en virtud de su humanidad» (Commento al Vangelo di san Giovanni, 23, 6, Roma 1968, p. 541).

En este himno, la referencia al escándalo de la cruz (cf. 1 Co 1,23) y, antes aún, a la verdadera humanidad del Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), se entrelaza y culmina con el acontecimiento de la resurrección. A la obediencia sacrificial del Hijo sigue la respuesta glorificadora del Padre, a la que se une la adoración por parte de la humanidad y de la creación. La singularidad de Cristo deriva de su función de Señor del mundo redimido, que le fue conferida por su obediencia perfecta «hasta la muerte». El proyecto de salvación tiene en el Hijo su pleno cumplimiento y los fieles son invitados, sobre todo en la liturgia, a proclamarlo y a vivir sus frutos.

Esta es la meta a la que lleva el himno cristológico que, desde hace siglos, la Iglesia medita, canta y considera guía de su vida: «Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

Veamos ahora la meditación que san Gregorio Nacianceno escribió sabiamente sobre nuestro himno. En un canto en honor de Cristo, ese gran doctor de la Iglesia del siglo IV declara que Jesucristo «no se despojó de ninguna parte constitutiva de su naturaleza divina y a pesar de ello me salvó como un médico que se inclina hasta tocar las heridas fétidas. (…) Era del linaje de David, pero fue el creador de Adán. Llevaba la carne, pero también era ajeno al cuerpo. Fue engendrado por una madre, pero por una madre virgen; era limitado, pero también inmenso. Y lo pusieron en un pesebre, pero una estrella hizo de guía a los Magos, que llegaron llevándole dones y ante él se postraron. Como un mortal se enfrentó al demonio, pero, siendo invencible, superó al tentador después de una triple batalla. (…) Fue víctima, pero también sumo sacerdote; fue sacrificador, pero era Dios. Ofreció a Dios su sangre y de este modo purificó a todo el mundo. Una cruz lo mantuvo elevado de la tierra, pero el pecado quedó clavado. (…) Bajó al lugar de los muertos, pero salió del abismo y resucitó a muchos que estaban muertos. El primer acontecimiento es propio de la miseria humana, pero el segundo corresponde a la riqueza del ser incorpóreo. (…) El Hijo inmortal asumió esa forma terrena porque te ama» (Carmina arcana, 2: Collana di Testi Patristici, LVIII, Roma 1986, pp. 236-238).

Juan Pablo II

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