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Jerusalén reconstruida – Tobías 13, 11-17

 

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Bendice, alma mía al Señor.
Bendice, alma mía, al gran Rey
porque será reconstruida,
Jerusalén, Jerusalén.

JERUSALÉN, JERUSALÉN
JERUSALÉN, JERUSALÉN.
JERUSALÉN, RECONSTRUIDA,
JERUSALÉN PARA SIEMPRE.

Jerusalén será reconstruida,
con zafiros y esmeraldas.
De piedras preciosas sus murallas,
sus torres de oro puro;
sus plazas son de rubí,
sus calles de oro de Ofir,
en sus puertas se exultará
y en sus casas se cantará.

Brillará tu luz hasta los confines de la tierra
vendrán a ti pueblos numerosos,
vendrán a ti todas las naciones,
hasta la casa de su Nombre.
Las generaciones te cantarán,
todos los pueblos exultarán
y en ti el nombre de tu Elegido
será para siempre, será para siempre.

Malditos sean, los que te dicen palabras crueles
malditos sean los que te destruyen,
todos los que derriban tus murallas
y tiran por tierra tus torres.
Mas sean benditos, benditos para siempre,
los que te construyen, los que te edifican.
Benditos los que te aman,
los que lloran por tus castigos,
porque en tus puertas se exultará,
porque en tus casas se cantará.

ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.

El libro de Tobías pone nuestro cántico en labios del anciano patriarca Tobit, tan probado por Dios. Al ver Tobit que el Señor le ha devuelto la vista, después de los largos años de ceguera, siente crecer su esperanza. Como la ceguera ha conocido el fin, también tendrá fin el destierro de Babilonia, y Jerusalén, la ciudad amada, recobrará su antiguo esplendor, hasta tal punto que vendrán de lejos muchos pueblos, con ofrendas para el Rey del cielo.

A nosotros, cristianos, que vivimos ciegos, por nuestra ignorancia, y sumergidos en las dificultades del destierro, este cántico nos ha de abrir a la esperanza. Experimentamos la propia limitación -ceguera de nuestro espíritu- y las pruebas del destierro; con frecuencia, Dios nos ha castigado por nuestras obras, pero también hemos probado, incluso ya ahora durante nuestro destierro, el amor a Cristo, nuestro esposo, quien, con su palabra evangélica, ilumina nuestras tinieblas, como fueron iluminados los ojos de Tobit. Esta palabra nos hace esperar, para el futuro, el consuelo de la Jerusalén definitiva, donde nos alegraremos con el pueblo justo reunido en ella.

Pedro Farnés

Jerusalén, la esposa elegida: Jerusalén es la encrucijada del encuentro permanente de Dios con su pueblo. Jerusalén es el nombre de la esposa elegida por Yahvé; y esta esposa ha recibido un nombre que desvela su identidad imborrable, eterna: la Elegida.

Jerusalén es símbolo de la Iglesia, o la esposa elegida en perpetuidad por Jesús. La Iglesia es el cuerpo en cuyo ámbito Jesucristo -cabeza- despliega toda su fuerza vital. Ek-klesía es el nombre de la reunión, con-gregación de todos los con-vocados y elegidos por la Palabra eficaz del Padre y en la fuerza unificante del Espíritu.

Jerusalén, Iglesia, comunidad cristiana son tres nombres y tres momentos de la única realidad histórica en la que se manifiesta el poder amoroso de Dios: su amor esponsal.

Mas la esposa nunca ha sido elegida, ni lo es en la actualidad, por sus buenas obras. Los castigos históricos, las grandes infidelidades, la ingratitud, demuestran cuál ha sido la conducta de la esposa, de la comunidad. Se le prometió la Tierra, mas ella ha hecho alianzas estableciéndose en otra tierra que sólo era de paso, auto-desterrándose, expatriándose sin sentido y condenándose por ello a la desgracia, a sentirse sin patria, sin padre y sin esposo. Esta es no sólo experiencia del pasado; nuestro presente está marcado por ella.

Pero la esposa, Jerusalén, Iglesia, comunidad cristiana, goza de la protección del Dios amoroso y celoso, del rey imperecedero. Él hará de nosotros el maravilloso ámbito de su existencia, su templo; nos reconstruirá, provocará una ingente explosión de alegría; nos repatriará. Y seremos una luz en el mundo, que iluminará el universo. El amor apasionado hacia la esposa es sólo un pálido reflejo de aquello que nuestro Dios ha hecho por nosotros en Jesús y sigue haciendo en el oculto misterio del tiempo, que ya desemboca en el futuro de Dios.

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

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Categorías:Cantos, Jueves Santo
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