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Viene el Señor – Salmo 93 (92) – Apocalipsis 1, 5-6

VIENE EL SEÑOR
VESTIDO DE MAJESTAD,
VESTIDO Y CEÑIDO DE PODER.

Así está firme el orbe y no vacila,
la santidad es el adorno de tu casa;
tu trono está firme desde siempre,
desde siempre tú eres Señor.

A aquél, a aquél que nos amó,
que nos libró de todos los pecados;
a aquél, a aquél que nos amó,
que nos ha hecho sacerdotes de su reino.

A ÉL, LA GLORIA Y EL PODER,
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.

Él viene en las nubes
y todos le verán,
también aquellos que le traspasaron;
todos los reyes y pueblos de la tierra
se lamentarán, se lamentarán.

Nadie puede aceptar a Cristo vestido de majestad, si previamente no lo ha reconocido vestido de humildad, de humillación y de sufrimiento. No un sufrimiento diferente al tuyo, sino en tu propio sufrimiento.

Jesús Higueras Esteban

Antes de abordar el contenido central del Salmo, dominado por la imagen de las aguas, queremos captar la tonalidad de fondo, el género literario en que está escrito. En efecto, los estudiosos de la Biblia definen este salmo, al igual que los siguientes (95-98), como «canto del Señor rey». En él se exalta el reino de Dios, fuente de paz, de verdad y de amor, que invocamos en el «Padre nuestro» cuando pedimos: «Venga tu reino».

En efecto, el salmo 92 comienza precisamente con la siguiente exclamación de júbilo: «El Señor reina» (v. 1). El salmista celebra la realeza activa de Dios, es decir, su acción eficaz y salvífica, creadora del mundo y redentora del hombre. El Señor no es un emperador impasible, relegado en su cielo lejano, sino que está presente en medio de su pueblo como Salvador poderoso y grande en el amor.

En la primera parte del himno de alabanza domina el Señor rey. Como un soberano, se halla sentado en su trono de gloria, un trono indestructible y eterno (cf. v. 2). Su manto es el esplendor de la trascendencia, y el cinturón de su vestido es la omnipotencia (cf. v. 1). Precisamente la soberanía omnipotente de Dios se revela en el centro del Salmo, caracterizado por una imagen impresionante, la de las aguas caudalosas.

El salmista alude más en particular a la «voz» de los ríos, es decir, al estruendo de sus aguas. Efectivamente, el fragor de grandes cascadas produce, en quienes quedan aturdidos por el ruido y estremecidos, una sensación de fuerza tremenda. El salmo 41 evoca esta sensación cuando dice: «Una sima grita a otra sima con voz de cascadas: tus torrentes y tus olas me han arrollado» (v. 8). Frente a esta fuerza de la naturaleza el ser humano se siente pequeño. Sin embargo, el salmista la toma como trampolín para exaltar la potencia, mucho más grande aún, del Señor. A la triple repetición de la expresión «levantan los ríos su voz» (Sal 92,3), corresponde la triple afirmación de la potencia superior de Dios.

Los Padres de la Iglesia suelen comentar este salmo aplicándolo a Cristo: «Señor y Salvador». Orígenes, traducido por san Jerónimo al latín, afirma: «El Señor reina, vestido de esplendor. Es decir, el que antes había temblado en la miseria de la carne, ahora resplandece en la majestad de la divinidad». Para Orígenes, los ríos y las aguas que levantan su voz representan a las «figuras autorizadas de los profetas y los apóstoles», que «proclaman la alabanza y la gloria del Señor, y anuncian sus juicios para todo el mundo» (cf. 74 Omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 666-669).

San Agustín desarrolla aún más ampliamente el símbolo de los torrentes y los mares. Como ríos llenos de aguas caudalosas, es decir, llenos de Espíritu Santo y fortalecidos, los Apóstoles ya no tienen miedo y levantan finalmente su voz. Pero «cuando Cristo comenzó a ser anunciado por tantas voces, el mar inició a agitarse». Al alterarse el mar del mundo -explica san Agustín-, la barca de la Iglesia parecía fluctuar peligrosamente, agitada por amenazas y persecuciones, pero «el Señor domina desde las alturas»: «camina sobre el mar y aplaca las olas» (Esposizioni sui salmi, III, Roma 1976, p. 231).

Sin embargo, el Dios soberano de todo, omnipotente e invencible, está siempre cerca de su pueblo, al que da sus enseñanzas. Esta es la idea que el salmo 92 ofrece en su último versículo: al trono altísimo de los cielos sucede el trono del arca del templo de Jerusalén; a la potencia de su voz cósmica sigue la dulzura de su palabra santa e infalible: «Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término» (v. 5).

Así concluye un himno breve pero profundamente impregnado de oración. Es una plegaria que engendra confianza y esperanza en los fieles, los cuales a menudo se sienten agitados y temen ser arrollados por las tempestades de la historia y golpeados por fuerzas oscuras y amenazadoras.

Un eco de este salmo puede verse en el Apocalipsis de san Juan, cuando el autor inspirado, describiendo la gran asamblea celestial que celebra la derrota de la Babilonia opresora, afirma: «Oí el ruido de muchedumbre inmensa como el ruido de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos. Y decían: “¡Aleluya!, porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo”» (Ap 19,6).

Juan Pablo II

El salmo 92 es uno de los llamados «cánticos nuevos» que celebran el reino restaurado después de la cautividad de Babilonia. Israel, después del largo destierro, ha podido regresar a Jerusalén y ha reconstruido la ciudad y el templo, desde donde nuevamente, como antes del destierro, el Señor reina vestido de majestad.

Es verdad que la persecución fue violenta, es innegable que, aun superada la prueba del exilio, las dificultades no faltan: Levantan los ríos, Señor, levantan los ríos su voz; pero también es verdad que más potente que el oleaje del mar -símbolo para los antiguos de las fuerzas del mal-, más potente en el cielo es el Señor.

Este salmo tiene su más plena realización en la Pascua de Jesucristo, que celebramos en el domingo. Los ríos de la persecución y de la muerte levantaron su voz contra el Señor, las aguas caudalosas del infierno se levantaron contra Dios y contra su Ungido, pero, pasada la hora de las tinieblas, el Señor reina vestido de majestad y ceñido de poder, porque más potente que el oleaje del mar, más potente en el cielo es el Señor: su trono ahora está firme y no vacila.

Si Israel cantaba entusiasmado con este salmo el nuevo reino de Dios restaurado después de Babilonia, que el entusiasmo del nuevo pueblo de Dios no sea menor ante la resurrección de Cristo: Tu triunfo, Señor, es admirable; llenos de alegría, celebramos tu reino.

Pedro Farnés

Confesamos la fuerza de Dios que armoniza el Universo: Las fuerzas del mal, de la división, del enfrentamiento, podrían hacer caótica la situación del universo y la existencia de la humanidad. La fuerza del oleaje del mar, el fragor impetuoso de los ríos son símbolos de la capacidad devastadora y mortífera de los poderes diabólicos. Sin embargo, hoy confiesa nuestra comunidad que más poderoso es el Señor; su presencia serena domina y doblega cualquier potencia maléfica.

La fuerza del pecado, el poderío de los malvados, puede acabar con la humanidad, destruyendo la fraternidad entre los hombres y tronchando las vidas humanas. Sin embargo, hoy confiesa nuestra comunidad que más poderosa es la Ley y los Mandatos que Dios ha incrustado en el corazón del hombre: ellos son seguros, santos, no pasarán.

Comunidad reunida a causa del Reinado de Dios, experimentamos el dinamismo vigoroso y liberador de su dominio. Anhelamos que se manifieste en todo el mundo y que nada ni nadie se sustraiga de su poderío salvador.

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

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