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No hay en él parecer – Cuarto canto del Siervo de Yahveh – Isaías 53, 2ss

No hay en él, parecer.
No hay hermosura,
que atraiga las miradas.
no hay en él belleza que agrade.

Despreciado,
desecho de los hombres,
varón de dolores,
conocedor de todos los quebrantos.

ANTE QUIEN SE VUELVE EL ROSTRO,
ANTE QUIEN SE VUELVE EL ROSTRO,
ANTE QUIEN SE VUELVE EL ROSTRO,
ANTE QUIEN SE VUELVE EL ROSTRO.

Menospreciado, estimado en nada.
Despreciado, desecho de los hombres,
varón de dolores,
conocedor de todos los quebrantos.

Pero fue él,
el que cargó con los pecados.
Pero fue él,
el que cargó con los dolores.

TODOS NOSOTROS
ANDÁBAMOS ERRANTES.
MALTRATADO, MAS ÉL SE SOMETIÓ.
NO ABRIÓ LA BOCA,
COMO CORDERO
LLEVADO AL MATADERO

¡MALTRATADO!
¡MALTRATADO!
¡MALTRATADO!

«Escuchemos (…) las palabras sobre el Siervo de Yahveh (…). El fragmento está construido según un esquema sencillísimo: se abre con un prólogo divino en el cielo; prosigue un largo monólogo de una multitud que, como hace el coro en las tragedias griegas, reflexiona sobre los hechos y saca de ellos sus propias conclusiones; concluye con Dios, que retoma la palabra para emitir su veredicto final.

La situación es tal que no puede ser comprendida adecuadamente más que partiendo de su epílogo; por esto Dios anticipa desde el inicio el resultado final: «He aquí que prosperará mi Siervo; será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera». Se alude a algo que nunca antes había sucedido, a pueblos que se maravillan, a reyes que cierran su boca: el horizonte se dilata hasta una absolutidad y universalidad que ninguna narración histórica, ni siquiera la de los Evangelios, sería capaz de producir, determinada como está por el tiempo y el espacio. Es la fuerza propia de la profecía que la hace querida e indispensable incluso después de que conozcamos su cumplimiento.

Toma la palabra la multitud. Antes de todo, casi para excusar la propia ceguera, aquella describe la irreconocibilidad del siervo. «No tenía apariencia ni presencia: ¿cómo podíamos reconocer “la mano de Dios” en lo que veíamos?».

Rainiero Cantalamessa

“No tenía apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni aspecto que pudiésemos estimar. Despreciado y repudiado por los hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro” (Is 53,2-3)

En aquel rostro se condensan las sombras de todos los sufrimientos, las injusticias, las violencias padecidas por los seres humanos de cada época de la historia. Pero ahora, delante de la Cruz, nuestras penas de cada día, y hasta la muerte, aparecen revestidas de la majestad de Cristo abandonado y moribundo.

El rostro del Mesías, sangrante y crucificado, revela que Dios se ha dejado implicar, por amor, en los hechos que atormentan a la humanidad. El nuestro ya no es un dolor solitario, porque Él ha pagado por nosotros con su sangre derramada hasta la última gota. Ha entrando en nuestro sufrimiento y ha roto la barrera de nuestro llanto desesperado.

En su muerte adquiere sentido y valor la vida del hombre y hasta su misma muerte. Desde la Cruz, Cristo hace un llamamiento a la libertad personal de los hombres y las mujeres de todos los tiempos y llama cada uno a seguirlo en el camino del total abandono en las manos de Dios. Nos hace redescubrir hasta la misteriosa fecundidad del dolor.

Juan Pablo II

¡Pero he aquí la reflexión, la «revelación»! Asistimos al surgimiento de la fe en su «estado naciente».

¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados.

Para comprender lo que sucede en este momento en la multitud, volvamos a pensar en lo que ocurre cuando la profecía se hace realidad. Por algo de tiempo, después de la muerte de Cristo, la única certeza sobre Él era que había muerto, y muerto en la cruz; que era «el maldito de Dios» porque estaba escrito: «Maldito todo el que está colgado de un madero» (Cf. Dt 21, 23; Ga 3, 13). Vino el Espíritu Santo, «convenció al mundo de pecado» y he aquí que brota la fe pascual de la Iglesia: «¡Cristo murió por nuestros pecados!» (Cf. Rm 4, 25); «Él, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo» (1 P 2, 24).

Nadie puede ser situado en el lugar del Siervo; por un lado está él, por otro «todos nosotros».

Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre Él la culpa de todos nosotros.

El profeta mismo que escribe se sitúa dentro de ese «nosotros». ¿Cómo se puede pensar que el Siervo sea una colectividad, un pueblo, si es justamente por los pecados de “su” pueblo que él es golpeado hasta la muerte (Cf. Is 53, 8)? El apóstol Pablo despejará toda duda al respecto: «Tanto judíos como griegos, están todos bajo el pecado… No hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rm 3,9.22-23).

La Biblia conoce un criterio privilegiado para distinguir la verdadera de la falsa profecía: su cumplimiento. Es verdadera profecía la que se verificará, falsa profecía la que no tendrá cumplimiento (Cf. Dt 18, 21 s; Jr 28, 9). ¿Pero dónde, cuándo o en quién, se ha llevado a cabo lo que se dice de este Siervo de Dios? ¿No se puede pensar que el profeta hable de sí o de algún personaje del pasado, sin reducir todo el canto a un conjunto de piadosas exageraciones?

¿En qué desconocido personaje del tiempo se ha realizado “la cosa inaudita” que aquel narra? ¿Dónde están las multitudes justificadas y los reyes que cierran su boca? ¿De qué persona, fuera de Cristo, miles de millones de seres humanos dicen, sin vacilación, desde hace veinte siglos: “¡Él es mi salvación!” “¡Por sus llagas he sido sanado!”?

Retoma la palabra Dios: Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará.

La mayor novedad, en todo el canto, no es que el Siervo permanezca como cordero manso y no invoque justicia y venganza de Dios, como hacían Job, Jeremías y muchos salmistas. La novedad mayor es que ni siquiera Dios trata de vengar al Siervo y hacerle justicia. Es más, la justicia que Él hace al Siervo no consiste en castigar a los perseguidores, sino en salvarlos; ¡no en hacer justicia a los pecadores, sino en hacer justos a los pecadores! «Justificará mi Siervo a muchos».

Este es el hecho «nunca oído» que el apóstol Pablo vio realizado en Cristo y proclama triunfalmente en la Carta a los Romanos: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rm 3, 24-25).

Persiste, es cierto, una sombra oscura sobre la actuación de este Dios. «El Señor ha querido abatirlo con dolores». Nos horrorizamos ante el pensamiento de un Dios que «se complace» con hacer sufrir a su propio Hijo y, en general, a cualquier criatura. ¡No ha querido el medio, sino el fin! No el sufrimiento del Siervo, sino la salvación de muchos. «Non mors placuit sed voluntas sponte morienti», explica San Bernardo [1]; no le complace la muerte del Hijo, sino su voluntad de morir espontáneamente para la salvación del mundo.

Por eso le daré su parte entre los grandes Y con poderosos repartirá despojos,
ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes.

Esto es lo que le ha agradado verdaderamente a Dios, lo que Él hizo con sumo gozo.

Rainiero Cantalamessa

La paradoja es clara; el siervo de Yavhé, su elegido, carga con lo que tradicionalmente procura la ira de Dios frente a los impíos. El “aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca”, aparece como víctima expiatoria (Lv. 4). El resultado es extraordinario: rompe el esquema tradicional de la justicia divina. Hasta entonces, quien la hace, la paga; el profeta, en cambio, descubre que puede que no sea así y revela en su oráculo un nuevo hecho: el sufrimiento tiene un valor salvador, no es sólo castigo sino que puede ser salud y, lo que es más notable, salud para los demás. Eso sí, tiene que sufrir el justo, y pues el injusto, el impío, al sufrir, paga, mientras que el justo, con el sufrimiento, salva. »

A. Gil Modrego, Dabar 1988

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Categorías:Cantos, Viernes Santo
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