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Como la cierva – Salmo 42-43 (41-42)

© Copyright 2011 CorbisCorporation

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Una cierva sedienta, con la garganta seca, lanza su lamento ante el desierto árido, anhelando las frescas aguas de un arroyo. Con esta célebre imagen comienza el salmo 41. En ella podemos ver casi el símbolo de la profunda espiritualidad de esta composición, auténtica joya de fe y poesía. En realidad, según los estudiosos del Salterio, nuestro salmo se debe unir estrechamente al sucesivo, el 42, del que se separó cuando los salmos fueron ordenados para formar el libro de oración del pueblo de Dios. En efecto, ambos salmos, además de estar unidos por su tema y su desarrollo, contienen la misma antífona: «¿Por qué te acongojas, alma mía?, ¿por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío» (Sal 41,6.12; 42,5). Este llamamiento, repetido dos veces en nuestro salmo, y una tercera vez en el salmo sucesivo, es una invitación que el orante se hace a sí mismo a evitar la melancolía por medio de la confianza en Dios, que con seguridad se manifestará de nuevo como Salvador.

En efecto, la cierva sedienta es el símbolo del orante que tiende con todo su ser, cuerpo y espíritu, hacia el Señor, al que siente lejano pero a la vez necesario: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,3). En hebraico una sola palabra, nefesh, indica a la vez el «alma» y la «garganta». Por eso, podemos decir que el alma y el cuerpo del orante están implicados en el deseo primario, espontáneo, sustancial de Dios (cf. Sal 62,2). No es de extrañar que una larga tradición describa la oración como «respiración»: es originaria, necesaria, fundamental como el aliento vital.

Orígenes, gran autor cristiano del siglo III, explicaba que la búsqueda de Dios por parte del hombre es una empresa que nunca termina, porque siempre son posibles y necesarios nuevos progresos. En una de sus homilías sobre el libro de los Números, escribe: «Los que recorren el camino de la búsqueda de la sabiduría de Dios no construyen casas estables, sino tiendas de campaña, porque realizan un viaje continuo, progresando siempre, y cuanto más progresan tanto más se abre ante ellos el camino, proyectándose un horizonte que se pierde en la inmensidad» (Homilía XVII in Numeros, GCS VII, 159-160).

Tratemos ahora de intuir la trama de esta súplica, que podríamos imaginar compuesta de tres actos, dos de los cuales se hallan en nuestro salmo, mientras el último se abrirá en el salmo sucesivo, el 42, que comentaremos seguidamente. La primera escena (cf. Sal 41,2-6) expresa la profunda nostalgia suscitada por el recuerdo de un pasado feliz a causa de las hermosas celebraciones litúrgicas ya inaccesibles: «Recuerdo otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo marchaba a la cabeza del grupo hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta» (v. 5).

«La casa de Dios», con su liturgia, es el templo de Jerusalén que el fiel frecuentaba en otro tiempo, pero es también la sed de intimidad con Dios, «manantial de aguas vivas», como canta Jeremías (Jr 2,13). Ahora la única agua que aflora a sus pupilas es la de las lágrimas (cf. Sal 41,4) por la lejanía de la fuente de la vida. La oración festiva de entonces, elevada al Señor durante el culto en el templo, ha sido sustituida ahora por el llanto, el lamento y la imploración.

Por desgracia, un presente triste se opone a aquel pasado alegre y sereno. El salmista se encuentra ahora lejos de Sión: el horizonte de su entorno es el de Galilea, la región septentrional de Tierra Santa, como sugiere la mención de las fuentes del Jordán, de la cima del Hermón, de la que brota este río, y de otro monte, desconocido para nosotros, el Misar (cf. v. 7). Por tanto, nos encontramos más o menos en el área en que se hallan las cataratas del Jordán, las pequeñas cascadas con las que se inicia el recorrido de este río que atraviesa toda la Tierra prometida. Sin embargo, estas aguas no quitan la sed como las de Sión. A los ojos del salmista, más bien, son semejantes a las aguas caóticas del diluvio, que lo destruyen todo. Las siente caer sobre él como un torrente impetuoso que aniquila la vida: «tus torrentes y tus olas me han arrollado» (v. 8). En efecto, en la Biblia el caos y el mal, e incluso el juicio divino, se suelen representar como un diluvio que engendra destrucción y muerte (cf. Gn 6,5-8; Sal 68,2-3).

Esta irrupción es definida sucesivamente en su valor simbólico: son los malvados, los adversarios del orante, tal vez también los paganos que habitan en esa región remota donde el fiel está relegado. Desprecian al justo y se burlan de su fe, preguntándole irónicamente: «¿Dónde está tu Dios?» (v. 11; cf. v. 4). Y él lanza a Dios su angustiosa pregunta: «¿Por qué me olvidas?» (v. 10). Ese «¿por qué?» dirigido al Señor, que parece ausente en el día de la prueba, es típico de las súplicas bíblicas.

Frente a estos labios secos que gritan, frente a esta alma atormentada, frente a este rostro que está a punto de ser arrollado por un mar de fango, ¿podrá Dios quedar en silencio? Ciertamente, no. Por eso, el orante se anima de nuevo a la esperanza (cf. vv. 6 y 12). El tercer acto, que se halla en el salmo sucesivo, el 42, será una confiada invocación dirigida a Dios (cf. Sal 42, 1.2a.3a.4b) y usará expresiones alegres y llenas de gratitud: «Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría, de mi júbilo».

Ahora, en la continuación del salmo 42, ante los ojos del salmista está a punto de aparecer la solución tan anhelada: el regreso al manantial de la vida y de la comunión con Dios. La «verdad», o sea, la fidelidad amorosa del Señor, y la «luz», es decir, la revelación de su benevolencia, se representan como mensajeras que Dios mismo enviará del cielo para tomar de la mano al fiel y llevarlo a la meta deseada (cf. Sal 42,3).

Es muy elocuente la secuencia de las etapas de acercamiento a Sión y a su centro espiritual. Primero aparece «el monte santo», la colina donde se levantan el templo y la ciudadela de David. Luego entra en el campo «la morada», es decir, el santuario de Sión, con todos los diversos espacios y edificios que lo componen. Por último, viene «el altar de Dios», la sede de los sacrificios y del culto oficial de todo el pueblo. La meta última y decisiva es el Dios de la alegría, el abrazo, la intimidad recuperada con él, antes lejano y silencioso.

En ese momento todo se transforma en canto, alegría y fiesta (cf. v. 4). En el original hebraico se habla del «Dios que es alegría de mi júbilo». Se trata de un modo semítico de hablar para expresar el superlativo: el salmista quiere subrayar que el Señor es la fuente de toda felicidad, la alegría suprema, la plenitud de la paz.

La traducción griega de los Setenta recurrió, al parecer, a un término arameo equivalente, que indica la juventud, y tradujo: «al Dios que alegra mi juventud», introduciendo así la idea de la lozanía y la intensidad de la alegría que da el Señor. Por eso, el Salterio latino de la Vulgata, que es traducción del griego, dice: «ad Deum qui laetificat juventutem meam». De esta forma el salmo se rezaba al pie del altar, en la anterior liturgia eucarística, como invocación de introducción al encuentro con el Señor.

El lamento inicial de la antífona de los salmos 41-42 resuena por última vez al final (cf. Sal 42,5). El orante no ha llegado aún al templo de Dios; todavía se halla en la oscuridad de la prueba; pero ya brilla ante sus ojos la luz del encuentro futuro, y sus labios ya gustan el tono del canto de alegría. En este momento la llamada está más marcada por la esperanza. En efecto, san Agustín, comentando nuestro salmo, observa: «Espera en Dios, responderá a su alma aquel que por ella está turbado. (…) Mientras tanto, vive en la esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; pero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia esperamos (cf. Rm 8,24-25)» (Exposición sobre los salmos I, Roma 1982, p. 1019).

Entonces el salmo se transforma en la oración del que es peregrino en la tierra y se halla aún en contacto con el mal y el sufrimiento, pero tiene la certeza de que la meta de la historia no es un abismo de muerte, sino el encuentro salvífico con Dios. Esta certeza es aún más fuerte para los cristianos, a los que la carta a los Hebreos proclama: «Vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel» (Hb 12,22-24).

Juan Pablo II

La imagen de la cierva, jadeante de sed, es un clamor vital para quien encuentra satisfacción sólo en Dios. Se acumulan los recuerdos del pasado en el corazón del salmista: cómo desahogaba su vida con el «Tú» divino, cómo marchaba a la cabeza del grupo que subía a Sión… Pero ¿dónde está ahora el Amado de mi alma? Tal vez se imponga un silencio que traiga el eco de aquellas palabras: «Los sedientos, id por agua» (Is 55,1). ¿Dónde buscar el agua cuando los ríos se han secado? «El que beba del agua que yo le dé, jamás tendrá sed», dice el Señor. El agua que brota del costado abierto de Cristo harta las sequedades de la vida. Es el agua de la nueva Ciudad. Busquemos a Dios en Cristo. Busquémosle en los bosques y espesuras. Busquémosle en la jungla de cada día, que por esos sotos ha pasado.

La lejana Galilea, medio pagana, quema el alma del fervoroso judío con ascuas de nostalgia: quisiera estar junto a Dios, salud de su rostro. Más tarde será un galileo, Jesús, quien suspire por la casa del Padre, donde se entretiene y la purifica. Con gusto hubiera habitado en los aledaños del templo, pero los judíos no le dejaron. Su última peregrinación a Jerusalén le proporciona la ocasión de exponer el ardiente deseo de gozar nuevamente del Padre. Cuando retorna al Padre, dejando el mundo, levanta un nuevo templo sobre su carne e introduce en nuestro mundo el tenso anhelo de estar-con-Cristo, ya que «mientras moramos en este cuerpo, estamos ausentes del Señor porque caminamos en fe y no en visión» (2 Cor 5,6-7). Nuestra nostalgia es un vehemente deseo de retorno a Casa. No olvidemos nuestro destino: ¡Vamos al Padre!

El desterrado salmista debe soportar la burlona pregunta de los incrédulos: «¿Dónde está tu Dios?». Sencillamente no existe, piensan quienes preguntan, porque es inoperante. No basta con que el salmista se refugie en su pasado ni saboree el polvo de la humillación presente; un aliento de esperanza futura es el bálsamo de su herida. Prueba similar experimentó Jesús cuando los judíos le preguntaron: «¿Dónde está tu Padre?» Si es Dios, que te libere en la hora fatal. Hasta los discípulos le piden que les muestre al Padre. Pero he aquí que quien murió con una plegaria de confianza en los labios, entró en la presencia de Dios. Si hoy se nos formula tal zahiriente pregunta, derramemos sobre nuestra herida el aceite de la esperanza, procedente de la nube de testigos que nos rodea. Traigamos a consideración que Jesús sufrió la contradicción para que no decaigamos de ánimo rendidos por la fatiga y caminemos con la plegaria: «Después de este destierro, muéstranos a Jesús».

Mi alma tuvo siempre sed de Ti: Hay un ansia irrefrenable de Dios en lo más íntimo de nuestro ser. Todo lo que somos está secretamente imantado por Aquel que nos creó y redimió. Hay, sin embargo, un complicado entramado de mediaciones, que nos impide la unión con el Dios vivo y la visión de su rostro cautivador. Y por eso sufrimos como un desgarro interior: vivimos en dos mundos, entre dos polos de atracción.

«¿Dónde está tu Dios?», nos preguntan incesantemente quienes conviven con nosotros, aunque no comparten nuestra fe, al constatar que nuestro Dios todavía no ha permitido que se agote el manantial de nuestras lágrimas y deja que se rompan nuestros huesos por las burlas de nuestros adversarios.

La sed de Dios no es una ilusión utópica, que nos droga y descompromete. Tenemos sed de un agua que hemos probado alguna vez: «Recuerdo otros tiempos…». Ha habido momentos de inolvidable e indescriptible encuentro con Dios; sabemos que El no sólo es capaz de apaciguar nuestra sed, sino que «sus torrentes y sus olas nos han arrollado». Hay motivos para seguir alentando nuestra sed de Dios. Ese es justamente el itinerario de nuestra vocación personal y comunitaria: el camino de un grupo de sedientos, que no olvidan su sed, porque su alma tuvo siempre sed de Dios. Sacramentalizamos con ello al Jesús que en la cruz también clamó: «Tengo sed».

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

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Categorías:Cantos, Pascua Etiquetas:
  1. silvia velasco
    15 agosto, 2011 en 15:00

    Mis comentarios son breves debido a que no hablo inges me es difisil responder a los cuestionarios o informasion de Skype aunado que no se mucho de compu imaginense si a esto les digo que tengo 65 años si pude alguien entenderme ayudenme poniendome letreros en epñol mexicano grasias.

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