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Pentecostés – Himno

SI SIENTES UN SOPLO DEL CIELO,
UN VIENTO QUE MUEVE LAS PUERTAS,
ESCUCHA LA VOZ QUE TE LLAMA,
TE INVITA A CAMINAR LEJOS.
ES FUEGO QUE NACE
EN QUIEN SABE ESPERAR,
EN QUIEN SABE NUTRIR
ESPERANZAS DE AMOR.

Eran pobres hombres
como tú, como yo,
habían echado las redes al lago,
recogido los impuestos
a la puerta de la ciudad.

Que yo recuerde
entre ellos no había ningún doctor;
y aquel que llamaban Maestro
estaba muerto y sepultado.

Tenían un corazón como tú, como yo,
que una mano de hielo oprimía;
tenían los ojos llenos de lágrimas.
Pensaban sin duda en el amigo perdido;
en la mujer dejada en la puerta de la casa;
en la cruz levantada en la cima del monte.

Y el viento llamó a la puerta de la casa,
entró como un rayo en toda la estancia;
y tuvieron los ojos y el corazón llenos fuego,
salieron a la calle gritando de alegría.

Hombre que esperas
escondido en las sombras,
la voz que canta es para ti;
te trae la alegría de una buena noticia:
¡EL REINO DE DIOS HA LLEGADO YA!

Pentecostés era la fiesta de la recolección, cuyas primicias habían sido ofrecidas el día después de pascua, con lo que ambas fiestas quedaban unidas como principio y fin de la cosecha. Luego, Pentecostés pasó a ser la fiesta de la donación de la Ley de la alianza. Pentecostés será el don pleno de la ley de la nueva alianza: el Espíritu Santo. Las tablas de la ley fueron escritas por el dedo de Dios (Ex 31,18). En adelante ese dedo será el Espíritu Santo (Lc 11,20), que graba la ley nueva en el corazón de los cristianos.

Así como el nuevo santuario es Jesucristo, abierto a todas las naciones, la ley nueva será el Espíritu Santo, que da testimonio de Jesús en todos los pueblos. El signo de las lenguas profetiza la catolicidad de la evangelización. Los discípulos hablan la lengua de todos los pueblos, anuncian en esas lenguas las maravillas de Dios. Los padres de la Iglesia, la liturgia y, sin duda, también ya san Lucas, han visto en este milagro la inversión de la dispersión de Babel (Gén 11,1-9).

“Pero otros burlándose decían: están llenos de mosto” (He 2,8). Decían la verdad, aunque fuera de burla. Porque el vino era realmente nuevo: la gracia del Nuevo Testamento. Pero este vino nuevo procedía de la viña espiritual que ya había dado muchas veces fruto en los profetas y que había rebrotado en el Nuevo Testamento. Porque así como de manera visible la viña permanece siempre la misma, pero a sus tiempos da frutos nuevos, de igual manera el mismo Espíritu, permaneciendo lo que es, actuó también muchas veces en los profetas y ahora se ha mostrado en modo nuevo y admirable. En efecto, la gracia vino también sobre los Padres, pero ahora ha venido sobreabundantemente. Cierto que allí participaban del Espíritu Santo, pero aquí han sido plenamente bautizados.[1]

 Pero Pedro, que tenía el Espíritu Santo y era consciente de ello, dice: “Israelitas”, que predicáis a Joel sin conocer las Escrituras, “éstos no están ebrios como vosotros pensáis”, sino como está escrito: ‘Se embriagarán de la abundancia de tu casa y les darás a beber de los torrentes de tus delicias’ (Sal 35,9). Están ebrios con sobria embriaguez que da muerte al pecado y vivifica el corazón, con una embriaguez contraria a la del cuerpo. Pues ésta produce el olvido incluso de lo conocido, y aquella proporciona el conocimiento incluso de lo desconocido. Están ebrios porque han bebido de la vid espiritual, que dice: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15,15).[2]

La embriaguez del Espíritu es embriaguez no de vino, de aquí que sea sobria, lúcida y penetrante. Son muchos los Padres que hablan de la sobria embriaguez, viendo en el Espíritu Santo el vino nuevo. Baste citar un texto más:

Nuestro Salvador después de su resurrección, cuando todo lo viejo ya había pasado y todo se había hecho nuevo (2Cor 5,17), siendo El en persona el hombre nuevo (Ef 2,15) y el primogénito de entre los muertos (Col 1,18), dice a los Apóstoles, renovados también por la fe en su resurrección: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22). Esto es sin duda lo que el mismo Señor y Salvador indicaba en el Evangelio cuando decía que el vino nuevo no puede verterse en odres viejos (Mt 9,17), sino que mandaba que los odres se hicieran nuevos, es decir, que los hombres anduvieran conforme a la novedad de vida (Rom 6,4), para recibir el vino nuevo, es decir, la novedad de la gracia del Espíritu Santo.[3]

Emiliano Jimenez Hernández


     [1] Lo mismo dice Novaciano: “Es, pues, el único e idéntico Espíritu el que actúa en los profetas y en los Apóstoles, salvo que en aquellos eventualmente y en éstos siempre. Por lo demás, allí no con el propósito de estar en ellos siempre, en éstos para morar siempre en ellos. Y allí distribuido limitadamente, aquí en una total efusión; allí otorgado con parsimonia, aquí concedido con largueza”(De Trinitate, XXIX 165).

     [2] SAN CIRILO DE JERUSALEN, Cat. XVII 18-19.

     [3] ORIGENES, De Principiis I 3,7. San Pablo dirá a los Efesios: “No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu”(5,18).

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Categorías:Cantos, Pentecostés
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