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Luz del mundo – Entrevista a Benedicto XVI (3/3)

¿Y con respecto a la anticoncepción, no debería hacer la Iglesia caso a la mayoría de la gente?

En 1968 Pablo VI hizo de la cuestión de la anticoncepción el tema de su célebre encíclica Humanae Vitae. En su tiempo, él remitió al hecho de que tiene consecuencias fatales cuando el hombre interviene en el orden natural. Que la vida es demasiado grande, demasiado santa como para que nos esté permitido andar con chapuzas con ella. Fue como si quisiera decirnos: si no respetamos la vida de los niños, perderemos la vida también nosotros, nuestra sociedad, nuestro mundo.

Tal vez en aquel entonces no se podía comprender todavía esa visión. Hoy experimentamos no sólo los efectos enormemente perjudiciales de la píldora anticonceptiva en la salud y en el medio ambiente, sino también cómo nuestros sistemas sociales colapsan porque nos hemos convertido en una sociedad sin hijos, que se queda sin bases. No obstante, la Iglesia católica aún apenas logra hacer siquiera comprensible su ética sexual. Una modelo top brasileña opina, por ejemplo, que hoy ya no hay ninguna mujer que llegue virgen al matrimonio. Un obispo auxiliar emérito critica que las cuestiones de la sexualidad prematrimonial reciban de la Iglesia respuestas tales «que resultan a los hombres casi imposibles de vivir, y que ciertamente se viven también de otra manera».

Esta es un área de problemas importantes. En este marco no podemos entrar a considerar los múltiples estratos y los detalles del asunto. Es correcto que muchas cosas en esa área deben ser pensadas de nuevo y dichas nuevamente. Pero, por otra parte, frente a lo que opina la modelo top y lo que piensan muchas otras personas, yo seguiría sosteniendo que la estadística no puede ser ya el parámetro de la moral. Ya es bastante malo que la demoscopia se convierta en parámetro de las decisiones políticas y se esté buscando con avidez: « ¿Dónde consigo más seguidores?», en lugar de preguntarse: « ¿Qué es lo correcto?». Así, también los resultados de las encuestas acerca de lo que se hace, de cómo se vive, no son ya en sí mismos el parámetro de lo verdadero y lo correcto.

¿Y no sería mejor que los curas se casen?

Pero ahora hay hasta obispos que recomiendan desarrollar «más imaginación y un poco más de generosidad» para «hacer posible, junto a la forma fundamental del sacerdocio célibe, también el servicio de un hombre casado como sacerdote».

Puedo entender que haya obispos que, en la confusión de la época, reflexionen también al respecto. Difícil será después decir cómo tiene que ser tal coexistencia. Creo que el celibato gana en su importante carácter de signo y sobre todo también en su posibilidad de ser vivido si se forman comunidades de sacerdotes. Es importante que los sacerdotes no vivan aislados en alguna parte, sino que convivan en pequeñas comunidades, que se sostengan mutuamente y que, de ese modo, experimenten la unión en su servicio por Cristo y en su renuncia por el reino de los cielos y tomen conciencia siempre de nuevo de ello.

El celibato es siempre, por así decirlo, un ataque a lo que el hombre piensa normalmente, algo que sólo es realizable y creíble si Dios existe y si, a través del celibato, lucho por el reino de Dios. En tal sentido el celibato es un signo de índole especial. El escándalo que suscita consiste también en el hecho de que muestra que hay hombres que creen en eso. En ese sentido, ese escándalo tiene también su lado positivo.

¿No dicen que los científicos son ateos?

Según admite el físico nuclear Werner Heisenberg, la realidad está constituida de tal modo que también lo improbable es en principio susceptible de ser pensado. El científico, premio Nobel, lo resume en esta frase: «El primer sorbo de la copa de la ciencia vuelve ateo, pero en el fondo de la copa está esperando Dios».

En eso le daría toda la razón. Sólo mientras se está en la embriaguez de los conocimientos aislados se afirma: no va más, con esto lo sabemos todo. Pero en el momento en que se reconoce la inaudita grandeza del conjunto, la mirada se extiende más allá y surge la pregunta por un Dios del que proviene todo.

 Los cristianos viven expuestos a un enorme reto: Permanecer fieles en medio de un contexto en donde se ensalzan los valores anti-cristianos:

Un gran problema para los cristianos es su exposición en un mundo que, en el fondo, bombardea permanentemente los valores alternativos de la cultura cristiana. ¿No es realmente imposible resistirse por completo a este tipo de propaganda mundial a favor de un comportamiento negativo?

Realmente necesitamos en cierto modo islas en las que la fe en Dios y la sencillez interior del cristianismo estén vivas e irradien; oasis, arcas de Noé en las que el hombre pueda refugiarse siempre de nuevo. Los ámbitos de la liturgia son ámbitos de refugio. Pero también en las diferentes comunidades y movimientos, en las parroquias, en las celebraciones de los sacramentos, en las prácticas de piedad, en las peregrinaciones, etcétera, la Iglesia intenta brindar defensas y desarrollar también refugios en los que, en contraposición a todo lo roto que nos rodea, se haga visible nuevamente la belleza del mundo y de la posibilidad de vivir

 Algunos dicen que el fin del mundo está cerca… Algún teólogo católico dice que estamos en los días.

No podemos determinar cuándo llegará el mundo a su fin. Cristo mismo dice que nadie lo sabe, ni siquiera el Hijo. Tenemos que estar siempre, por así decirlo, en la cercanía de su venida, y, sobre todo en las tribulaciones, estar seguros de que Él se halla cerca. Al mismo tiempo, deberíamos saber que, en nuestras propias acciones, estamos bajo juicio.

No sabemos cuándo será, pero, conforme al evangelio, sabemos que sucederá. «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los ángeles con Él -dice en Mateo-, entonces se sentará en su trono de gloria.» Separará a la humanidad como un pastor separa a las ovejas de los cabritos. A las primeras les dirá: «Venid, benditos de mi Padre: tomad en herencia el reino que para vosotros está preparado desde la creación del mundo». Y a los otros: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno».

Muchos dicen que el destino del hombre está en  manos del hombre. El hombre procura hacerse autónomo, maduro según él. ¿Qué puede salvarlo?

Hace 14 años le pregunté si acaso vale todavía la pena subirse a esta nave de la Iglesia, que parece un poco debilitada por la edad. Hoy hay que preguntar si esa nave no se asemeja cada vez más a un arca de Noé, ¿Qué piensa el papa? ¿Podemos salvar todavía este planeta por nuestras propias fuerzas?

De cualquier manera, por sus propias fuerzas el hombre no puede dominar la historia, Que el hombre está amenazado, que se amenaza a sí mismo y amenaza el mundo se hace hoy de algún modo visible a través de las pruebas científicas. Sólo puede ser salvado si en su corazón crecen las fuerzas morales; fuerzas que sólo pueden provenir del encuentro con Dios; fuerzas que ofrecen resistencia. En tal sentido lo necesitamos a Él, al Otro, que nos ayuda a ser lo que nosotros mismos no podemos; y necesitamos a Cristo, que nos reúne en una comunidad a la que llamamos Iglesia.

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