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Os tomaré de entre las naciones – Cántico de Ezequiel – Ez 36,24-28

OS TOMARÉ DE ENTRE LAS NACIONES,
OS REUNIRÉ DE TODOS LOS PUEBLOS.
OS ROCIARÉ CON AGUA PURA
Y YO OS PURIFICARÉ.

Os daré un corazón nuevo,
infundiré en vosotros un espíritu nuevo,
os quitaré el corazón de piedra,
os daré un corazón de carne.

Pondré mi Espíritu dentro de vosotros
y haré que caminéis según mi Palabra.
Vosotros seréis mi pueblo
y yo seré vuestro Dios.

El cántico que acaba de resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón fue compuesto por uno de los profetas mayores de Israel. Se trata de Ezequiel, testigo de una de las épocas más trágicas que vivió el pueblo judío: la de la caída del reino de Judá y de su capital, Jerusalén, a la que siguió el amargo destierro en Babilonia (siglo VI a.C.). Del capítulo 36 de Ezequiel está tomado el pasaje que entró a formar parte de la oración cristiana de Laudes.

El contexto de esta página, transformada en himno por la liturgia, quiere captar el sentido profundo de la tragedia que vivió el pueblo en aquellos años. El pecado de idolatría había contaminado la tierra que el Señor dio en herencia a Israel. Ese pecado, más que otras causas, es responsable, en definitiva, de la pérdida de la patria y de la dispersión entre las naciones. En efecto, Dios no es indiferente ante el bien y el mal; entra misteriosamente en escena en la historia de la humanidad con su juicio que, antes o después, desenmascara el mal, defiende a las víctimas y señala la senda de la justicia.

Pero la meta de la acción de Dios nunca es la ruina, la mera condena, el aniquilamiento del pecador. El mismo profeta Ezequiel refiere estas palabras divinas: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (…) Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere. Convertíos y viviréis» (Ez 18,23.32). A la luz de esas palabras se logra comprender el significado de nuestro cántico, lleno de esperanza y salvación.

Después de la purificación mediante la prueba y el sufrimiento, está a punto de surgir el alba de una nueva era, que ya había anunciado el profeta Jeremías cuando habló de una «nueva alianza» entre el Señor e Israel (cf. Jr 31,31-34). El mismo Ezequiel, en el capítulo 11 de su libro profético, había proclamado estas palabras divinas: «Yo les daré un corazón nuevo y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios» (Ez 11,19-20).

En nuestro cántico (cf. Ez 36,24-28), el profeta repite ese oráculo y lo completa con una precisión estupenda: el «espíritu nuevo» que Dios dará a los hijos de su pueblo será su Espíritu, el Espíritu de Dios mismo (cf. v. 27).

Así pues, no sólo se anuncia una purificación, expresada mediante el signo del agua que lava las inmundicias de la conciencia. No sólo está el aspecto, aun necesario, de la liberación del mal y del pecado (cf. v. 25). El acento del mensaje de Ezequiel está puesto sobre todo en otro aspecto mucho más sorprendente. En efecto, la humanidad está destinada a nacer a una nueva existencia. El primer símbolo es el del «corazón» que, en el lenguaje bíblico, remite a la interioridad, a la conciencia personal. De nuestro pecho será arrancado el «corazón de piedra», gélido e insensible, signo de la obstinación en el mal. Dios nos infundirá un «corazón de carne», es decir, un manantial de vida y de amor (cf. v. 26). En la nueva economía de gracia, en vez del espíritu vital, que en la creación nos había convertido en criaturas vivas (cf. Gn 2,7), se nos infundirá el Espíritu Santo, que nos sostiene, nos mueve y nos guía hacia la luz de la verdad y hacia «el amor de Dios en nuestros corazones» (Rm 5,5).

Así aparece la «nueva creación» que describe san Pablo (cf. 2 Co 5,17; Ga 6,15), cuando afirma la muerte en nosotros del «hombre viejo», del «cuerpo del pecado», porque «ya no somos esclavos del pecado», sino criaturas nuevas, transformadas por el Espíritu de Cristo resucitado: «Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3,9-10; cf. Rm 6,6). El profeta Ezequiel anuncia un nuevo pueblo, que en el Nuevo Testamento será convocado por Dios mismo a través de la obra de su Hijo. Esta comunidad, cuyos miembros tienen «corazón de carne» y a los que se les ha infundido el «Espíritu», experimentará una presencia viva y operante de Dios mismo, el cual animará a los creyentes actuando en ellos con su gracia eficaz. «Quien guarda sus mandamientos -dice san Juan- permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio» (1 Jn 3,24).

Concluyamos nuestra meditación sobre el cántico de Ezequiel escuchando a san Cirilo de Jerusalén, el cual, en su Tercera catequesis bautismal, vislumbra en la página profética al pueblo del bautismo cristiano.

En el bautismo -recuerda- se perdonan todos los pecados, incluidas las transgresiones más graves. Por eso, el obispo dice a sus oyentes: «Ten confianza, Jerusalén, el Señor eliminará tus iniquidades (cf. Sof 3,14-15). El Señor lavará vuestras inmundicias (…); “derramará sobre vosotros un agua pura que os purificará de todo pecado” (Ez 36,25). Los ángeles os rodean con júbilo y pronto cantarán: “¿Quién es la que sube inmaculada, apoyada en su amado?” (Ct 8,5). En efecto, se trata del alma que era esclava y ahora, ya libre, puede llamar hermano adoptivo a su Señor, el cual, acogiendo su propósito sincero, le dice: “¡Qué bella eres, amada mía!, ¡qué bella eres!” (Ct 4,1). (…) Así dice él, aludiendo a los frutos de una confesión hecha con buena conciencia (…). Quiera Dios que todos (…) mantengáis vivo el recuerdo de estas palabras y saquéis fruto de ellas traduciéndolas en obras santas para presentaros irreprensibles al místico Esposo, obteniendo así del Padre el perdón de los pecados» (n. 16: Le catechesi, Roma 1993, pp. 79-80).

Juan Pablo II

El cántico de Ezequiel se realiza plenamente en el nuevo Israel de Dios. También nosotros y toda la comunidad eclesial hemos sido infieles, nos hemos mancillado con nuestras repetidas infidelidades. Pero Dios no nos abandona: él ha derramado sobre nosotros un agua pura y, en el bautismo, con la sangre de su Hijo, nos ha purificado de todas nuestras inmundicias. Y, junto con el perdón de nuestros pecados, «hemos recibido el Espíritu» (Hch 2, 38), como prometió Pedro a los que se bautizaron el día de Pentecostés. Así preparados, el Señor nos promete un nuevo éxodo hacia la Jerusalén definitiva y santa: Os recogeré de entre las naciones, y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; allí, cuando «el primer cielo y la primera tierra habrán pasado», en «la ciudad santa, la nueva Jerusalén» (Ap 21,1.2), seremos definitivamente su pueblo y él será nuestro Dios.

Pedro Farnés

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Categorías:Cantos, Pentecostés
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