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Quién es esta que sube del desierto – Cantar de los Cantares 8,5-7 (1/2)

¿QUIÉN ES ÉSTA QUE SUBE DEL DESIERTO,
QUIÉN ES ÉSTA QUE SUBE DEL DESIERTO,
APOYADA EN SU AMADO, EN SU AMADO,
APOYADA EN SU AMADO?

Debajo del manzano te desperté,
allí donde te concibió tu madre,
allí donde tu madre te dio a luz,
allí donde tu madre te dio a luz.

Llévame como un sello en tu corazón,
como un tatuaje en tu brazo.
Porque es fuerte el amor como la muerte.
Y las aguas no lo pueden apagar,
ni los ríos lo pueden anegar.
Que si tú dieras los bienes de tu casa por el amor,
sólo encontrarías el desprecio.

¿Quién es esta que sube del desierto, llena de deleites recostada sobre su amado?

El Cantar nos presenta toda la historia de Israel, la amada del Señor. La amada comenzó, al presentarse a sí misma, confesando: “Soy negra como las tiendas de Quedar”. Era el origen de su historia, la época de los patriarcas, cuando acampaba en tiendas, guiada por Abraham, Isaac y Jacob. Entonces oyó la voz del amado, que la invitaba a salir de su tierra, de la casa paterna y ponerse en camino. La misma voz del Dios de los padres la llamó de nuevo invitándola a salir de Egipto. El amado abrió para ella un camino en el desierto hacia la libertad. ¿Quién es ésta que sube del desierto? Es la amada, que sube a tierra santa,  guiada por la nube del Señor.

Esta historia de los orígenes de Israel está presente en cada época. La la vive en su carne la amada constantemente. En el hoy del amado ella se ve negra y amada por él. Hoy escucha su voz y sube del desierto, bajo la nube protectora, del desierto a la tierra prometida. Desde la esclavitud o desde el exilio avanza triunfante como una reina al encuentro con su rey. La palabra del Cantar sigue viva en cada generación. Si nos situamos en un lugar alto de Jerusalén, como el monte de los Olivos, aparece toda la ciudad ante nosotros. Si, con los ojos abiertos, nos giramos en torno, a la izquierda vemos el desierto de Galaad, a la derecha el desierto de Judá, de frente el desierto oriental y detrás de nuevo está el desierto. Si mantenemos los ojos abiertos, en cualquier dirección contemplamos las columnas de humo blanco que se elevan hacia el sol, brillantes como el oro. Es siempre la amada, la yegua libre y ufana, que ha roto el freno de la esclavitud y retorna de su exilio. Es Rut que aparece en la mañana ante los ojos deslumbrados de Booz. Son los ciento cuarenta y cuatro mil marcados con el sello de todas las tribus de Israel (Ap 7,4), a los que sigue una multitud inmensa, incontable, de toda nación, razas, pueblos y lenguas (Ap 7,9). “¿Quiénes son y de donde vienen? Son los que vienen de la gran tribulación, han lavado sus vestidos y los han blanqueados con la sangre del Cordero” (Ap 7,13s).

La gloria del Señor amanece sobre Jerusalén. De los cuatro costados de la tierra avanzan las naciones hacia su luz. “Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos y a tus hijas las traen en brazos. Tú, al verlo, te pondrás radiante, se asombrará y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y Efá. Vienen de Saba, trayendo oro e incienso, y pregonando las alabanzas del Señor. ¿Quiénes son estos que como nube vuelan, como palomas a sus paloma­res?” (Is 60,4-8).

Todos vienen del desierto del mundo, del país de Canaán. Hijos de padre amorreo y madre hitita, al venir al mundo, nadie les cuidó. Quedaron expuestos en pleno campo, repugnantes, agitándose en su sangre. Pero el Señor pasó junto a la pequeña huérfana, la lavó, cuidó e hizo crecer hasta el tiempo de los amores. Entonces extendió sobre ella, con Booz sobre Rut, el borde de su manto, cubrió su desnudez, se comprometió con ella en alianza y la hizo suya (Ez 16).

Vienen todos del desierto de la prueba, del mundo donde anduvieron errantes por su infidelidad. El amado, con su amor celoso, dejó a la amada desnuda como el día de su nacimiento, convertida en un desierto, reducida a tierra árida (Os 2,5). Allí, despojada de todo, el amado le habló al corazón y la sedujo. En el desierto, amado y amada viven su primer amor y celebran los esponsales. El la alimentó con el maná, le dio agua de la roca, la envolvió en la nube de su gloria, como anticipo de la leche y miel de la tierra prometida. Ahora ella sube del desierto cual columna de humo.

La hija de Sión regresa a su tierra, abrazando a Dios, que vuelve con ella del exilio. Del desierto se levanta la nube de humo, seme­jante a la columna de polvo que levanta una caravana de peregrinos, que suben a la ciudad santa cantando los “himnos de las subidas” (Sal 120-134). Es una procesión nupcial. La nube emana perfumes de mirra, de incienso y aromas preciosos. Desde los muros de Jerusalén, los centinelas ven la columna de humo y exclama­n: ¿Qué es eso que sube del desierto? “¿Quién es ése que viene de Edom, vestido de rojo y de andar tan esforzado? Soy yo, un gran libertador; yo solo he pisado el lagar y la sangre ha salpicado mis vestidos” (Is 63,1ss).

Terminada la oración, sigue la vida con los demás, que preguntan: ¿Quién es esa que sube del desierto, apoyada en su amado? (3,6; 6,10). Siempre crea estupor el milagro del amor de Dios, que se manifiesta en la amada, trasformada por su amor. La amada apoyada en el brazo del amado, en  abandono total de sí misma en él, es “un espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres” (1Cor 4,9). El amor, manifestado en Cristo, es algo extraordinario (Mt 5,47). El amor y la unidad son los signos de la presencia de Dios entre los hombres: “Amaos como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos” (Jn 13,34). “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que yo soy tu enviado” (Jn 17,21).

Debajo del manzano te desperté, allí donde te concibió tu madre, allí donde tu madre te dio a luz. La asamblea de Israel dice: “Debajo del manzano te desperté” se refiere al Sinaí. ¿Y por qué se compara con el manzano? Como el manzano produce sus frutos en el mes de Siván, también la Torá fue dada en el mes de Siván. ¿Realmente fue en el Sinaí “donde les dio a luz su madre”? Se parece a uno que pasó por un lugar peligroso y se vio libre de la muerte. Cuando le encuentra un amigo, le dice: ¿Pasaste por ese lugar? ¡Hoy te ha dado a luz tu madre! ¡Hoy has nacido de nuevo! Después de pasar por tantos sufrimientos eres un hombre nuevo. Lo mismo dice la asamblea cristiana viendo a los recién bautizados acercarse al banquete con sus túnicas blancas, apoyados en Cristo, al que se han incorporado. Sepultados con Cristo, debajo del árbol de la cruz, han sido despertados de la muerte, resucitando con Cristo, para sentarse a la mesa de los santos. Sobre el árbol de la cruz, del costado abierto de Cristo, ha nacido la Iglesia, como Eva fue formada del costado de Adán dormido en el Edén.

El esposo, después del largo camino de noviazgo, desea sellar con alianza eterna su amor a la amada. El mismo despierta a la amada, dormida entre sus brazos; con ella sale de casa, dispuesto a celebrar la unión nupcial definitiva. Ella, del brazo del esposo, apoyada en él, avanza suscitando la admiración de las  doncellas de su cortejo nupcial. Antes (3,4), la amada ha abrazado al amado y lo ha llevado a casa de su madre; ahora, ella se abandona en los brazos del esposo, que la sostiene y conduce, allanándola el camino.

Grábame como sello sobre el corazón, como tatuaje sobre tu brazo. Porque es fuerte el amor como la muerte, implacable como el sol la pasión. Saetas de fuego sus saetas, una llama del Señor. En aquel día la asamblea de Israel dice a su Señor: Te suplicamos, ponme como un sello de anillo en tu corazón, como un sello de anillo sobre tu brazo para que no vuelva más al exilio. Porque fuerte como la muerte es mi amor por ti, pero duro como el Se’ol es el odio con que los pueblos nos odian. La hostilidad que nos tienen arde como brazos de fuego de la Gehenna, que tú, Señor, creaste en el segundo día de la creación del mundo, para quemar a los idólatras.

Nacida de la cruz de Cristo, la Iglesia quiere llevar el sello de la cruz en el corazón y en los brazos: en el corazón para mantenerse firme en la fe y en el brazo para que toda actividad sea conforme a esa fe. La esposa desea que el esposo la lleve como sello en el corazón, sede del pensamiento y decisiones, y como tatuaje en el brazo, sede de la acción. Es el deseo de ser indisolublemente suya en todo, en su fe y en la vida, sin divorcio posible.

Para vivir la unión con Dios en Cristo es necesaria la acción del Espíritu Santo, que imprime en nuestros corazones, como en la cera, la imagen de Cristo, que es imagen visible de Dios.

El amor es más fuerte que la muerte y que el Seol, que nunca se sacia (Pr 15,16). Sus llamas son inextinguibles. La fuerza de las aguas arrolladoras no lo apagan. La llama del Señor abre caminos en el mar y sendas en las aguas caudalosas (Is 43,16). Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera todos los bienes de su casa por el amor, se granjearía el desprecio. El Señor dijo a la casa de Israel: Aunque se reúnan todos los pueblos, que son como las grandes aguas del mar, no podrán apagar mi amor hacia ti; y aunque se reúnan todos los reyes de la tierra, que son como las aguas de los ríos, no podrán anegarte (Sal 46,2-4). El que construye su vida sobre la roca del amor indefectible de Dios está seguro. Aunque caiga la lluvia, se desborden los torrentes, soplen los vientos y embistan contra ella, no caerá por estar edificada sobre roca (Mt 7,24ss).

Si alguien diera todos los bienes de su casa por el amor, se granjearía el desprecio. El amor es gracia, don, libertad. Es superior a todos los bienes de este mundo, “más precioso que las perlas” (Pr 3,15), más que las piedras preciosas, ninguna cosa apetecible se le puede comparar (Pr 8,11s). El amor de Dios, como la sabiduría divina, es “preferible a cetros y tronos, y en comparación con ella nada es la riqueza. Ni la piedra más preciosa se la puede equiparar, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena, y barro parece la plata en su presencia” (Sb 7,8s). Es el tesoro escondido y la perla preciosa, que colma de alegría a quien la halla y todo el resto ya no le interesa (Mt 13,44ss).

Emiliano Jiménez Hernández

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Categorías:Cantos, Matrimonios
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