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El jacal de los pastores – Cantar de los Cantares 1,2-8

¡Que me bese con los besos de su boca!
Mejores son que el vino tus amores;
tu nombre es ungüento que se vierte,
por eso te aman las doncellas.

LLÉVAME EN POS DE TI: ¡SALGAMOS!
LLÉVAME TRAS DE TI: ¡CORRAMOS!
CELEBRAREMOS TUS AMORES MÁS QUE EL VINO;
¡CON CUÁNTA RAZÓN ERES AMADO!

HAZME SABER, AMADO DE MI ALMA,
DÓNDE APACIENTAS EL REBAÑO,
PARA QUE YO NO ANDE VAGABUNDA
DETRÁS DE OTROS COMPAÑEROS.

Si no lo sabes, ¡oh bella entre las bellas!,
sigue la senda de mis ovejas,
y lleva por allí tus cabras
hasta el jacal de los pastores.

El Cantar de los Cantares fue escrito, dicen los rabinos, en el Sinaí; por eso comienza: “Que me bese con besos de su boca”. La Palabra decía: ¿Aceptáis como Dios al Santo? Ellos respondían: Sí, sí. Al punto la Palabra les besaba en la boca, grabándose en ellos: “para no olvidarte de las cosas que tus ojos han visto” (Dt 4,9), es decir, cómo la Palabra hablaba contigo. El pueblo ve, oye y besa cada una de las diez palabras de la misma boca de Dios, sin interme­diario alguno, por eso dice: “que me bese con los besos de su boca”. Según el Midrás, cuando Dios hablaba, salían de su boca truenos y llamas de fuego. Así vieron su gloria. La voz iba y venía a sus oídos. La voz se apartaba de sus oídos y la besaban en la boca, y de nuevo se apartaba de su boca y volvía al oído.

Luego, ante el temor a morir, el pueblo se dirige a Moisés y le dice: Moisés, se tú nuestro mediador: “Habla tú con nosotros y te escucharemos” (Ex 20,16), “¿por qué tenemos que morir?” (Dt 5,22). Así se dirigían a Moisés para aprender, pero olvidaban lo que escuchaban. Entonces se decían: como Moisés es humano, también su palabra es perecedera. Le dijeron: ¡Moisés, ojalá se nos revele el Santo por segunda vez; ojalá “que nos bese con los besos de su boca”; ojalá que grabe las palabras de la Torá en nuestros corazones como en la vez primera. Moisés les contestó: No está previsto para ahora, sino para el futuro: “después de aquellos días pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón” (Jr 31,20). El Mesías cumplirá esta palabra. Los creyentes en él podrán decir: “En mi corazón he escondido tu palabra para que no pueda pecar contra Ti” (Sal 119,11).

Mejores son tus amores que el vino. Las palabras de la Torá, besos de la boca de Dios, son mejores que el vino. Se parecen una a otra como los pechos de una mujer; son compañeras una de otra; están entrelazadas una con otra y se esclarecen mutuamente. La Torá es comparada con el agua, con el vino, con el ungüento, con la miel y con la leche. Como el agua es  vida del mundo, “la fuente del jardín es pozo de agua viva” (Cant 4,15), “pues sus palabras son vida para quienes las encuentran” (Pr 4,22). Agua y palabra descienden del cielo, como don de Dios: “Al sonar de su voz se forma un tropel de aguas en los cielos” (Jr 10,13), “pues desde el cielo he hablado con vosotros” (Ex 20,19). Es la voz potente del Señor, envuelta en truenos y relámpagos: “la voz de Yahveh sobre las aguas”, pues “al tercer día, de mañana, hubo truenos y relámpagos” (Ex 19,16). Agua y palabra purifican al hombre de su impureza, “rociaré sobre vosotros agua pura y os purificaréis” (Ez 36,25). Y, como el agua no apetece si no se tiene sed,  tampoco se encuentra gusto en la Torá si no se tiene sed. Como el agua abandona los lugares altos y fluye hacia las profundida­des, así la Torá abandona a los orgullosos y se une a los humildes. Y como el agua se conserva, no en recipientes de oro ni de plata, sino en recipientes más baratos, así la Torá no se mantiene más que en quien se considera como un recipiente de barro.

“Perfume derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas y corren al olor de tus perfumes”. Estas palabras, dice Orígenes, encierran una profecía. Con la venida de nuestro Señor y Salvador, su nombre se difundió por toda la tierra: “Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan” (2Cor 2,15), es decir, las doncellas, que están creciendo en edad y en belleza, que cambian constante­mente, de día en día se renuevan y se revisten del hombre nuevo, creado según Dios (2Cor 4,16; Ef 4,23). Por estas doncellas se anonadó (Flp 2,7) aquel que tenía la condición de Dios, a fin de que su nombre se convirtiera en perfume derramado, de modo que no siguiera habitando en una luz inaccesible (1Tim 6,16;Flp 2,7), sino que se hiciera carne (Jn 1,14), para que estas doncellas pudieran atraerlo hacia sí. Ellas le atraen mediante la fe en su nombre, porque Cristo, al ver a dos o tres reunidos en su nombre, va en medio de ellos (Mt 18,20), atraído por su fe y comunión. Cuando lleguen a la unión plena con Cristo se harán un solo espíritu con él (1Cor 6,17), según su deseo: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también éstos sean uno en nosotros” (Jn 17,21).

Arrastrada por el esposo, la esposa dice con satisfacción: “Me ha introducido el rey en sus habitaciones. Exultaremos y nos alegraremos por ti”. Israel es arrastrado por Dios a la alegría y al júbilo: “Alégrate sin freno, hija de Sión” (Za 9,9). “Mucho me alegraré en Yahveh” (Is 61,10). “Alegraos con Jerusalén” (Is 66,10). “Regocíjate y alégrate, hija de Sión” (Za 2,14). “Prorrumpe en gritos de júbilo y exulta” (Is 54,1). “Exulta y grita de júbilo” (Is 12,6). “Mi corazón ha exultado en Yahveh” (1Sam 2,1). “Exulta mi corazón, y con mi canto le alabo” (Sal 28,7). “Aclama a Yahveh, tierra toda” (Sal 98,4). “Aclamad a Dios con voz de júbilo” (Sal 47,2).

Al ser introducida en la cámara del tesoro del rey, se convierte en reina. De ella se dice: “Está la reina a tu derecha, con vestido dorado, envuelta en bordado” (Sal 44,10). Y con ella “serán llevadas al rey las vírgenes; sus compañeras te serán traídas a ti entre alegría y algazara; serán introduci­das en el palacio real” (Sal 44,15). Y como el rey tiene una cámara del tesoro en la que introduce a la reina, su esposa, así también ella tiene su propia cámara del tesoro, donde el Verbo de Dios la invita a entrar, a cerrar la puerta y a orar al que ve en lo secreto (Mt 6,6).

La esposa ha aprendido a no fiarse de sí misma. Por eso, eleva al Esposo su oración: “Dime tú, amor de mi vida, dónde apacientas el rebaño, dónde lo llevas a sestear a mediodía, para que no ande  tras los rebaños de tus compañe­ros”. ¿Dónde apacientas el rebaño, tú, que eres el buen pastor y cargas sobre tus espaldas a la oveja descarriada y la devuelves al redil? (Lc 15,5ss). El amor gratuito despierta en ella el amor y el deseo de estar con el amado a la luz plena del mediodía.

Cuando le llegó a Moisés el tiempo de partir de este mundo, dijo ante el Señor: Se me ha revelado que este pueblo pecará contra ti e irá al exilio (Dt 31,27.29). Dime cómo les proveerá, pues habitarán entre naciones de leyes duras como la canícula y el ardor del sol a mediodía. ¿Por qué deberán vagar con los rebaños de los hijos de Esaú y de Ismael, que te asocian como compañero de sus ídolos? El amado responde a la amada: “Si no lo sabes, oh la más bella de las mujeres, sigue las huellas de las ovejas y lleva a pacer tus cabras al jacal de los pastores”. Así dijo el Señor: “Yo iré en su busca para poner fin a su exilio” (Ez 34,13.16). Yo les haré salir de en medio de los pueblos y los reuniré de las regiones; iré en busca de la oveja perdida. La Asamblea de Israel, que es como una niña hermosa a la que ama mi alma, caminará por la vía de los justos, aceptando la guía de sus pastores y enseñando a sus hijos, que son como cabritas, a ir a la sinagoga y a la casa de estudio. En recompensa se les proveerá en el destierro, hasta que mande al rey Mesías. El les guiará (Ez 34,23) con dulzura a su jacal, que es el santuario que para ellos construyeron David y Salomón, pastores de Israel (Sal 78,70-72).

Moisés, pastor fiel del Señor, se lo transmite a Josué: Te entrego este pueblo, que yo he guiado hasta aquí. No te entrego un rebaño de carneros sino de corderos, pues aún no han practicado suficientemente la Torá; aún no han llegado a ser cabras o carneros, según se dice: “Si no lo sabes, ¡oh la más bella de las mujeres!, sigue las huellas del rebaño y pastorea tus cabrillas junto al jacal de los pastores” (Cant 1,8). La morada de los pastores fieles es la morada del Señor.

Al grito anhelante de la esposa responden las “hijas de Jerusalén”, la Iglesia madre: “Si no lo sabes, tú, la más bella de las mujeres, sigue las huellas de las ovejas, y lleva a pastar tus cabritas junto al jacal de los pastores”. Sigue las huellas de los pastores que yo elegí para conducir a mis ovejas al monte de Sión, morada de los verdaderos pastores. Allí encontrarás “al Dios en cuya presencia anduvieron Abraham e Isaac, al Dios que ha sido mi pastor desde que existo hasta el día de hoy” (Gén 48,15). Pues en Belén, la menor de las familias de Judá, cuando dé a luz la que ha de dar a luz, “El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh” (Miq 5,1ss).

Emiliano Jiménez Hernández

Las almas sencillas no necesitan usar medios complicados. Y como yo soy una de ellas, una mañana, durante la acción de gracias, Jesús me inspiró un medio muy sencillo de cumplir mi misión. Me hizo [34rº] comprender estas palabras del Cantar de los Cantares: «Atráeme, y correremos tras el olor de tus perfumes». ¡Oh, Jesús!, ni siquiera es, pues, necesario decir: Al atraerme a mí, atrae también a las almas que amo. Esta simple palabra, «Atráeme», basta. Lo entiendo, Señor. Cuando un alma se ha dejado fascinar por el perfume embriagador de tus perfumes, ya no puede correr sola, todas las almas que ama se ven arrastradas tras de ella.

Y eso se hace sin tensiones, sin esfuerzos, como una consecuencia natural de su propia atracción hacia ti. Como un torrente que se lanza impetuosamente hacia el océano arrastrando tras de sí todo lo que encuentra a su paso, así, Jesús mío, el alma que se hunde en el océano sin riberas de tu amor atrae tras de sí todos los tesoros que posee… Señor, tu sabes que yo no tengo más tesoros que las almas que tú has querido unir a la mía. Estos tesoros tú me los has confiado. Por eso, me atrevo a hacer mías las palabras que tú dirigiste al Padre celestial la última noche que te vio, peregrino y mortal, en nuestra tierra. Jesús, Amado mío, yo no sé cuándo acabará mi destierro… Más de una noche me verá todavía cantar en el destierro tus misericordias.

Pero, finalmente, también para mí llegará la última noche, y entonces quisiera poder decirte, Dios mío: «Yo te he glorificado en la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. He dado a conocer tu nombre a los que me diste. Tuyos eran y tú me los diste. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido y han creído que tú me has enviado. Te ruego por éstos que tú me diste y que son tuyos».

Madre, creo necesario darle alguna explicación más sobre aquel pasaje del Cantar de los Cantares: «Atráeme y correremos», pues me parece que no quedó muy claro lo que quería decir.

«Nadie puede venir a mí, dice Jesús, si no lo trae mi Padre que me ha enviado». Y a continuación, con parábolas sublimes -y muchas veces incluso sin servirse de este medio, tan familiar para el pueblo-, nos enseña que basta llamar para que nos abran, buscar para encontrar, y tender humildemente la mano para recibir lo que pedimos…Dice también que todo lo que pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá. Sin duda, por eso el Espíritu Santo, antes del nacimiento de Jesús, dictó esta oración profética: Atráeme y correremos.

¿Qué quiere decir, entonces, pedir ser atraídos, sino unirnos de una manera íntima al objeto que nos cautiva el corazón? Si el fuego y el hierro tuvieran inteligencia, y éste último dijera al otro «Atráeme», ¿no estaría demostrando que quiere identificarse con el fuego de tal manera que éste lo penetre y lo empape de su ardiente sustancia hasta parecer una sola cosa con él?

Madre querida, ésa es mi oración. Yo pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan íntimamente a él que sea él quien viva y quien actúe en mí. Siento que cuanto más abrase mi corazón el fuego del amor, con mayor fuerza diré «Atráeme»; y que cuanto más se acerquen las almas a mí (pobre trocito de hierro, si me alejase de la hoguera divina), más ligeras correrán tras los perfumes de su Amado.

Porque un alma abrasada de amor no puede estarse inactiva. Es cierto que, como santa María Magdalena, permanece a los pies de Jesús, escuchando sus palabras dulces e inflamadas. Parece que no da nada, pero da mucho más que Marta, que anda inquieta y nerviosa con muchas cosas y quisiera que su hermana la imitase.

Santa Teresita de Jesús

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Categorías:Cantos, Matrimonios
  1. Gabriela
    14 julio, 2012 en 22:44

    me encanta este canto

  2. nelly moncada
    10 septiembre, 2013 en 15:29

    Al escuchar este canto, me sentía enamoradisima, lo que mehizo buscar estos comentarios

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