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Actas de los Mártires – Martirio de San Apolonio

Apolonio, senador romano, era conocido entre los cristianos por su elevada condición social y profunda cultura. Denunciado probablemente por un esclavo suyo, el juez invitó a Apolonio a sincerarse frente al senado.

El presentó una elocuentísima defensa de la propia fe, pero igualmente fue condenado a muerte.

El procónsul Perenne, en atención a la nobleza y fama de Apolonio deseaba sinceramente salvarlo, pero se vio obligado a pronunciar la condena por el decreto del emperador Cómodo (alrededor del año 185).

Reproducimos aquí un pasaje del proceso, en que el mártir afirma su amor por la vida, recuerda las normas morales de los cristianos recibidas del Señor Jesús, y proclama la esperanza en una vida futura.

Perenne: “Con estas ideas, Apolonio, ¿sientes gusto en morir?”

Apolonio: “Amo la vida, Perenne; y, sin embargo el amor a la vida no me hace temer la muerte. ciertamente no hay nada más precioso que la vida, pero yo hablo de la vida eterna, que es la inmortalidad del alma que vivió santamente en esta vida”.

Perenne: “No comprendo lo que dices, ni entiendo de qué ley (= religión) quieres darme noticia”.

Apolonio: “¿Cómo podrían comunicarse nuestras almas? ¡Tú comprendes tan poco de las maravillas de la gracia! La verdad del Señor llega solamente al alma que ve, como la luz a los ojos sanos. Es inútil hablar a los que no pueden comprender, como es inútil la luz para los ciegos”.
Entonces un filósofo cínico intervino: “Apolonio, búrlate de ti mismo, pues estás desvariando, aunque te creas muy instruido”.

Apolonio: “Yo aprendí a orar, a no burlarme de nadie. Tu intervención delata la ceguera de tu corazón, a pesar de los vanos discursos que nos podrías hacer. Cuando uno ve en la verdad una burla, quiere decir que no comprende nada”.

Perenne: “Nosotros también sabemos que el Verbo de dios es el creador tanto del alma como del cuerpo de los justos, y que es el maestro que habló y enseñó cómo agradar a Dios”.

Apolonio: “Ese Verbo es nuestro salvador Jesucristo, nacido como hombre en Judea. Era justo en todas las cosas y colmado de sabiduría divina. Por amor a los hombres nos hizo conocer al Dios del universo y nos señaló el ideal de virtud conveniente a nuestras almas para una vida santa. Por su pasión, puso fin a la tiranía del pecado.
Nos enseñó a domar nuestras pasiones, moderar las apetencias, disciplinar los palceres, cortar de raíz nuestras tristezas, poner en común con los demás, fomentar la caridad, evitar la vanagloria, no buscar la venganza por las injurias; por respeto a la justicia, no temer la muerte; no perjudicar a nadie, sino soportar a los que nos perjudican; obedecer su ley, honrar al emperador, adorar al Dios único e inmortal, creer en la inmortalidad del alma, aguardar el juicio después de la muerte y, después de la resurrección, esperar la recompensa de la virtud que Dios prometió a los que vivan piadosamente.

Estas son las terminantes enseñanzas de Cristo, quien nos dio grandes pruebas demostrativas. Con ello adquirió gran fama de virtud, pero se atrajo también el odio de los ignorantes, como aconteció a los justos y filósofos antes de él. En efecto, los justos son molestos a los injustos. Según la Escritura, los insensatos claman injustamente: Arrojemos a la cárcel al justo, porque nos es molesto (Is 3,10)

Igualmente entre los griegos, se citan estas palabras del filósofo Platón: ‘El justo será azotado, torturado, encarcelado; le quemarán los ojos; y, después de todos estos tormentos, lo clavarán en un palo’ (Rep. 11, 361).

Como los sicofantes atenienses hicieron condenar injustamente a Sócrates, engañando al pueblo, así entre nosotros algunos hombres malvados, después de haberlo detenido, hicieron condenar a muerte a nuestro maestro y salvador.

Lo mismo sucedió a los profetas que predijeron muchas maravillas acerca de él: que vendría un hombre muy justo y santo, que haría el bien a todos los hombres para llevarlos a la virtud y los persuadiría a dar culto al Dios del universo. A este Dios nosotros lo homramos con fervor, porque de él hemos aprendido santos mandamientos que ignorábamos y así ya no estamos en el error.

Con todo, como ustedes dicen, aunque fuere errónea nuestra fe en la inmortalidad del alma, en el juicio después de la muerte, en la recompensa de la virtud el día de la resurrección y en un Dios jues; con gozo sobrellevaríamos esta ilusión, porque de ella hemos aprendido a vivir bien y esperar en los bienes venideros, a pesar de los males presentes que sufrimos”.

Perenne: “Quisiera ponerte el libertad, Apolonio, pero me lo impide el decreto del emperador Cómodo. Sin embargo, quiero tratarte humanamente en el suplicio”. Y dio orden de que se le decapitara.

Apolonio, de sobrenombre Saqueas, dijo: “Doy gracias a mi Dios, oh procónsul Perenne, junto con todos los que confiesan al Dios omnipotente y a su unigénito hijo Jesucristo y al Espíritu santo, por esta sentencia tuya que para mi es salvadora”.

El beatísimo Apolonio, sufrió el martirio once días antes de las calendas de mayo, según los romanos; según los asíaticos, el mes octavo; según nosotros, bajo el reinado de nuestro Señor Jesucristo, a quién sea la gloria por los siglos.

Contardo Migloranza

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