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Historia de un alma (2/4)

Desde hacía algún tiempo, me había ofrecido al Niño Jesús para ser su juguetito. Le había dicho que no me tratase como a uno de esos juguetes caros que los niños se contentan con mirar sin atreverse a tocarlos, sino como a una pelotita sin valor que pudiera tirar al suelo, o golpear con el pie, o agujerear, o dejarla en un rincón, o bien, si le apetecía, estrecharla contra su corazón. En una palabra, quería divertir al Niño Jesús, agradarle, entregarme a sus caprichos infantiles… Y él había escuchado mi oración… En Roma Jesús agujereó su juguetito. Quería ver lo que había dentro. Y luego, una vez que lo vio, satisfecho de su descubrimiento, dejó caer su pelotita y se quedó dormido…

¿Y qué hizo mientras dormía dulcemente, y qué fue de la pelotita abandonada…? Jesús soñó que seguía divirtiéndose con su juguete, tirándolo y cogiéndolo una y otra vez; y luego, que, después de haberlo echado a rodar muy lejos, lo estrechaba contra su corazón sin dejarlo alejarse ya nunca más de su manita…

Imagínate, Madre querida, lo triste que se sentiría la pelotita al verse tirada por el suelo… Sin embargo, no dejé de esperar contra toda esperanza (…)

Me abandoné con entera confianza. Había hecho todo lo que dependía de mí, todo, hasta hablarle al Santo Padre; por lo que ya no sabía qué más tenía que hacer. Tú me dijiste que escribiese a Monseñor, recordándole su promesa. Lo hice enseguida lo mejor que supe, pero en unos términos que a nuestro tío le parecieron demasiado ingenuos. El rehizo la carta. Cuando yo iba a echarla al correo, recibí una tuya, diciéndome que no escribiese, que esperase unos días más. Obedecí enseguida, pues estaba segura de que ésa era la mejor forma de no equivocarme.

Por fin, diez días antes de Navidad, ¡salió mi carta! Plenamente convencida de que la respuesta no se haría esperar, todas las mañanas iba a correos con papá después de misa, pensando encontrar allí el permiso para echarme a volar; pero cada mañana me traía una nueva decepción, que sin embargo no hacía vacilar mi fe…

Pedía a Jesús que rompiese mis ataduras. Y las rompió, pero de una forma totalmente diferente a como yo esperaba… Llegó la fiesta de Navidad, y Jesús no despertó… Dejó en el suelo a su pelotita, sin echarle siquiera una mirada…

Al ir a la Misa de Gallo llevaba roto el corazón. ¡Tenía tantas esperanzas de asistir a ella tras las rejas del Carmelo…!

Esta prueba fue muy dura para mi fe. Pero Aquel cuyo corazón vela mientras él duerme me hizo comprender que él obra auténticos milagros y cambia la montañas de lugar en favor de quienes tienen una fe como un grano de mostaza, pero que con sus íntimos, con su Madre, él no hace milagros hasta haber probado su fe. ¿No dejó morir a Lázaro, a pesar de que Marta y María le habían hecho saber que estaba enfermo…? Y en las bodas de Caná, cuando la Virgen le pidió que ayudara a los anfitriones, ¿no le contestó que todavía no había llegado su hora…? Pero después de la prueba, ¡qué recompensa! ¡El agua se convierte en vino…! ¡Lázaro resucita…!

Así actuó Jesús con su Teresita: después de haberla probado durante mucho tiempo, colmó todos los deseos de su corazón… Por la tarde de aquel radiante día de fiesta, que yo pasé llorando, fui a visitar a las carmelitas. Me llevé una gran sorpresa cuando, al abrir la reja, vi un precioso Niño Jesús que tenía en la mano una pelota en la que estaba escrito mi nombre. Las carmelitas, en lugar de Jesús, que era demasiado pequeño todavía para hablar, me cantaron una canción compuesta por mi Madre querida. Cada una de sus palabras derramaba en mi alma un dulce consuelo. Jamás olvidaré aquella delicadeza del corazón maternal que siempre me colmó de los más exquisitos detalles de ternura…

Después de dar las gracias derramando dulces lágrimas, les conté la sorpresa que me había dado mi querida Celina al volver de la Misa de Gallo. En mi habitación, en medio de una preciosa jofaina, había encontrado un barquito que llevaba al Niño Jesús dormido con una pelotita a su lado. En la blanca vela Celina había escrito estas palabras: «Duermo, pero mi corazón vela», y en el barco esta sola palabra: «¡Abandono!» ¡Ay!, si Jesús no hablaba todavía a su pequeña prometida, si sus ojos divinos seguían cerrados, por lo menos se revelaba a ella por medio de otras almas que comprendían todas las delicadezas y todo el amor de su corazón…

Santa Teresita del Niño Jesús

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