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Aleluya, alabad al Señor – Salmo 150

ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA,
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.

Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su fuerte firmamento.
Alabadlo por sus obras estupendas,
alabadlo por su inmensa grandeza.

Alabadlo al son de trompetas,
alabadlo con arpas y guitarras,
alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas.

Alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes.

TODO SER ALABE AL SEÑOR,
ALABE, ALABE AL SEÑOR.

El salmo 150 parece desarrollarse en tres momentos. Al inicio, en los primeros dos versículos (vv. 1-2), la mirada se dirige al «Señor» en su «santuario», a «su fuerza», a sus «grandes hazañas», a su «inmensa grandeza». En un segundo momento -semejante a un auténtico movimiento musical- se une a la alabanza la orquesta del templo de Sión (cf. vv. 3-5), que acompaña el canto y la danza sagrada. En el tercer momento, en el último versículo del salmo (cf. v. 6), entra en escena el universo, representado por «todo ser vivo» o, si se quiere traducir con más fidelidad al original hebreo, por «todo cuanto respira». La vida misma se hace alabanza, una alabanza que se eleva de las criaturas al Creador.

La primera sede en la que se desarrolla el hilo musical y orante es la del «santuario» (cf. v. 1). El original hebreo habla del área «sagrada», pura y trascendente, en la que mora Dios. Por tanto, hay una referencia al horizonte celestial y paradisíaco, donde, como precisará el libro del Apocalipsis, se celebra la eterna y perfecta liturgia del Cordero (cf., por ejemplo, Ap 5,6-14). El misterio de Dios, en el que los santos son acogidos para una comunión plena, es un ámbito de luz y de alegría, de revelación y de amor. Precisamente por eso, aunque con cierta libertad, la antigua traducción griega de los Setenta e incluso la traducción latina de la Vulgata propusieron, en vez de «santuario», la palabra «santos»: «Alabad al Señor entre sus santos».

Desde el cielo el pensamiento pasa implícitamente a la tierra al poner el acento en las «grandes hazañas» realizadas por Dios, las cuales manifiestan «su inmensa grandeza» (v. 2). Estas hazañas son descritas en el salmo 104, el cual invita a los israelitas a «meditar todas las maravillas» de Dios (v. 2), a recordar «las maravillas que ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca» (v. 5); el salmista recuerda entonces «la alianza que pactó con Abraham» (v. 9), la historia extraordinaria de José, los prodigios de la liberación de Egipto y del viaje por el desierto, y, por último, el don de la tierra. Otro salmo habla de situaciones difíciles de las que el Señor salva a los que «claman» a él; las personas salvadas son invitadas repetidamente a dar gracias por los prodigios realizados por Dios: «Den gracias al Señor por su piedad, por sus prodigios en favor de los hijos de los hombres» (Sal 106, 8.15. 21.31).

Así se puede comprender la referencia de nuestro salmo a las «obras fuertes», como dice el original hebreo, es decir, a las grandes «hazañas» (cf. v. 2) que Dios realiza en el decurso de la historia de la salvación. La alabanza se transforma en profesión de fe en Dios, Creador y Redentor, celebración festiva del amor divino, que se manifiesta creando y salvando, dando la vida y la liberación.

El texto es de una sencillez y transparencia admirables. Sólo debemos dejarnos llevar por la insistente invitación a alabar al Señor: «Alabad al Señor (…), alabadlo (…), alabadlo». Al inicio, Dios se presenta en dos aspectos fundamentales de su misterio. Es, sin duda, trascendente, misterioso, distinto de nuestro horizonte: su morada real es el «templo» celestial, su «fuerte firmamento», semejante a una fortaleza inaccesible al hombre. Y, a pesar de eso, está cerca de nosotros: se halla presente en el «templo» de Sión y actúa en la historia a través de sus «obras magníficas», que revelan y hacen visible «su inmensa grandeza» (cf. vv. 1-2).

Así, entre la tierra y el cielo se establece casi un canal de comunicación, en el que se encuentran la acción del Señor y el canto de alabanza de los fieles. La liturgia une los dos santuarios, el templo terreno y el cielo infinito, Dios y el hombre, el tiempo y la eternidad.

Durante la oración realizamos una especie de ascensión hacia la luz divina y, a la vez, experimentamos un descenso de Dios, que se adapta a nuestro límite para escucharnos y hablarnos, para encontrarse con nosotros y salvarnos. El salmista nos impulsa inmediatamente a utilizar un subsidio para nuestro encuentro de oración: los instrumentos musicales de la orquesta del templo de Jerusalén, como son las trompetas, las arpas, las cítaras, los tambores, las flautas y los platillos sonoros. También la procesión formaba parte del ritual en Jerusalén (cf. Sal 117,27). Esa misma invitación se encuentra en el Salmo 46,8: «Tocad con maestría».

Por tanto, es necesario descubrir y vivir constantemente la belleza de la oración y de la liturgia. Hay que orar a Dios no sólo con fórmulas teológicamente exactas, sino también de modo hermoso y digno.

A este respecto, la comunidad cristiana debe hacer un examen de conciencia para que la liturgia recupere cada vez más la belleza de la música y del canto. Es preciso purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra.

Es significativa, a este propósito, la exhortación de la carta a los Efesios a evitar intemperancias y desenfrenos para dejar espacio a la pureza de los himnos litúrgicos: «No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,18-20).

El salmista termina invitando a la alabanza a «todo ser vivo» (cf. Sal 150,5), literalmente a «todo soplo», «todo respiro», expresión que en hebreo designa a «todo ser que alienta», especialmente «todo hombre vivo» (cf. Dt 20,16; Jos 10,40; 11,11.14). Por consiguiente, en la alabanza divina está implicada, ante todo, la criatura humana con su voz y su corazón. Juntamente con ella son convocados idealmente todos los seres vivos, todas las criaturas en las que hay un aliento de vida (cf. Gn 7,22), para que eleven su himno de gratitud al Creador por el don de la existencia.

A este respecto, san Agustín, en sus Exposiciones sobre los salmos, ve simbolizados en los instrumentos musicales a los santos que alaban a Dios: «Vosotros, santos, sois la trompeta, el salterio, el arpa, la cítara, el tambor, el coro, las cuerdas y el órgano, los platillos sonoros, que emiten hermosos sonidos, es decir, que suenan armoniosamente. Vosotros sois todas estas cosas. Al escuchar el salmo, no se ha de pensar en cosas de escaso valor, en cosas transitorias, ni en instrumentos teatrales». En realidad, «todo espíritu que alaba al Señor» es voz de canto a Dios (Esposizioni sui Salmi, IV, Roma 1977, pp. 934-935).

Llegamos así al último versículo del salmo 150 (cf. v. 6). El término hebreo usado para indicar a los «vivos» que alaban a Dios alude a la respiración, como decíamos, pero también a algo íntimo y profundo, inherente al hombre.

Aunque se puede pensar que toda la vida de la creación es un himno de alabanza al Creador, es más preciso considerar que en este coro el primado corresponde a la criatura humana. A través del ser humano, portavoz de la creación entera, todos los seres vivos alaban al Señor. Nuestra respiración vital, que expresa autoconciencia y libertad (cf. Pr 20,27), se transforma en canto y oración de toda la vida que late en el universo.

Por eso, todos hemos de elevar al Señor, con todo nuestro corazón, «salmos, himnos y cánticos inspirados» (Ef 5,19).

Los manuscritos hebraicos, al transcribir los versículos del salmo 150, reproducen a menudo el Menorah, el famoso candelabro de siete brazos situado en el Santo de los Santos del templo de Jerusalén. Así sugieren una hermosa interpretación de este salmo, auténtico Amén en la oración de siempre de nuestros «hermanos mayores»: todo el hombre, con todos los instrumentos y las formas musicales que ha inventado su genio -«trompetas, arpas, cítaras, tambores, danzas, trompas, flautas, platillos sonoros, platillos vibrantes», como dice el Salmo- pero también «todo ser vivo» es invitado a arder como el Menorah ante el Santo de los Santos, en constante oración de alabanza y acción de gracias.

En unión con el Hijo, voz perfecta de todo el mundo creado por él, nos convertimos también nosotros en oración incesante ante el trono de Dios.

Juan Pablo II

Alabar al Señor por sus obras magníficas es particularmente apropiado a esta hora y en este día, domingo por la mañana, en que celebramos la mayor de estas obras magníficas, que nosotros conocemos mejor aun que el salmista, es decir, la resurrección de Cristo, manifestación y comienzo de la resurrección universal.

Pedro Farnés

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