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Abraham – Teofanía de Mambré – Génesis 18,1-5

Hacía calor aquel día
cuando Abraham estaba sentado
delante de su tienda.

Hacía calor aquel día
cuando Abraham estaba sentado
cerca del encinar de Mambré.

Alzando los ojos, miró,
y tres hombres de pie
estaban delante.

En cuanto los vio
se inclinó hasta el suelo y dijo:
«Oh Señor mío,
no pases te ruego sin detenerte.»

SIN DETENERTE, NO PASES TE RUEGO
SIN DETENERTE, SIN DETENERTE.

«Os traeré un poco de agua,
os lavaré los pies
y reposaréis a la sombra,
os traeré un bocado, os reconfortaréis
y luego seguiréis adelante.

No por casualidad
habéis pasado hoy delante de mí.»
«OH SEÑOR MÍO, NO PASES TE RUEGO
SIN DETENERTE, SIN DETENERTE.
SIN DETENERTE, NO PASES TE RUEGO
SIN DETENERTE, SIN DETENERTE.»

Pasado el Yom Kippur, al tercer día de la circuncisión, Abraham salió fuera de la tienda. Aún sentía en su carne los dolores de la circuncisión, pero no quería dejar pasar a los pasajeros sin ofrecerles hospitalidad, como solía hacer habitualmente. Su gran tienda estaba siempre abierta en las cuatro direcciones, para que, llegasen de donde llegasen los viajeros, si estaban cansados o tenían hambre, pudieran ser acogidos y atendidos inmediatamente. “Gracias a la hospitalidad, algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (Hb 13,2).

Aquel día hacía un calor sofocante. Abraham, sentado a la sombra de la encina de la entrada de la tienda, esperaba tener huéspedes, debido precisamente al sofoco del día. Pero, como no llegaba ninguno, Abraham se sintió un tanto triste y mandó a Eliezer que diera una vuelta por los alrededores a ver si veía algún caminante, que por el cansancio se hubiera detenido antes de llegar hasta la tienda. Al rato volvió el siervo, comunicándole que no se veía a nadie en el contorno.

Abraham, recordando la enseñanza de que nunca se debe confiar demasiado en los siervos, a pesar de los dolores, se levantó y fue él mismo a otear el horizonte en las cuatro direcciones. Tampoco él divisó a nadie en los caminos y volvió a sentarse a la sombra de la encina.

El Señor, contemplando el dolor de su siervo Abraham, se acordó del signo de la alianza y dijo a sus ángeles:

-Vamos a visitar a Abraham.

-Y ahora, ¿para qué?

-Pues, por nada, para hacerle una visita, para “manifestarle la gloria de la Sekináh” (Lv 9,23) y rendirle homenaje por la mizvá, ¿o es que no sentís el dolor de la milá?

-¿Pero qué nuevas normas tienes que darle?

-No se trata de darle ningún precepto, sino de mostrarle el agrado, el gozo que siento con él, es una simple visita, ¿o no veis que está esperando a la puerta de la tienda?

-¿Y tú irás a visitar así, sin más, a un hijo de hombre? ¿Irás, por nada, a un lugar impuro?

-Si no venís conmigo, iré yo solo, respondió el Señor, que había aumentado tanto el calor para que a nadie se le ocurriera ponerse en camino, y dar de este modo un tiempo de descanso a Abraham, aún enfermo. Pero, al ver que el amor de Abraham por la hospitalidad era mayor que el amor a sí mismo, el Señor no quiso privarlo ese día del gozo de recibir a alguien. Y entonces se decidieron a acompañar al Señor sus tres ángeles más queridos: Gabriel, Miguel y Rafael, a quienes el Señor encomendó una misión a cada uno. Gabriel anunciaría el nacimiento del hijo de Sara, Miguel iría a destruir Sodoma y Gomorra, y Rafael curaría a Abraham.

Estaba, pues, Abraham sentado a la sombra de la encina, cuando de pronto, alzando los ojos, vio a tres hombres que estaban en pie delante de él.  En cuanto les vio, corrió, todo feliz, a su encuentro, aunque al correr se le agudizó el dolor. Pero, sin pensar en sí, se inclinó hasta el suelo y dijo, reconociendo la Sekináh del Dios invisible en la presencia visible de sus tres ángeles:

-Oh, Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo sin detenerte junto a tu siervo. Os traeré un poco de agua y os lavaréis los pies y descansaréis un poco, recostados a la sombra de la encina. Yo, mientras tanto, iré a prepararos un bocado de pan y, así, repondréis vuestras fuerzas. Luego seguiréis adelante, pues no por casualidad habéis pasado hoy ante mi tienda.

¡Bendito sea nuestro padre Abraham, que promete poco y da mucho! Promete un bocado y preparó un banquete digno de la fastuosidad de la corte de Salomón. La aceptación de su invitación por parte de sus huéspedes, le puso alas en los pies y alegría en el corazón: corre a lavarles los pies, corre al establo, se apresura a buscar a Sara y entre todos preparan la suntuosa acogida. Los huéspedes, participando del gozo de Abraham, se sientan bajo la encina y le dicen:

-Haz como has dicho.

Y entonces Abraham se dirigió presuroso a la tienda, llamó a Sara y le dijo:

-Prepara tres medidas de flor de harina, amásalas y haz unas tortas.

Y con diligencia, él mismo corrió a los establos, escogió un ternero tierno y hermoso. Pero, cuando intentó agarrarlo, el ternero se le escapó y corrió a esconderse en la gruta de Makpelá. Abraham le siguió y, al entrar en la gruta, vio a Adán y Eva, que dormían el dulce sueño de los justos, entre luces y perfumes que solo podían provenir del Edén del Señor. Abraham se dijo en su corazón:

-Cuando se acerquen mis últimos días, compraré esta gruta, pagando por ella lo que me pidan.

Tomó, finalmente, el ternero y se lo entregó a Ismael, advirtiéndole que le aderezara en seguida. Cuando todo estuvo pronto, él mismo tomó cuajada y leche, junto con las tortas preparadas por Sara y el ternero guisado, y se lo presentó a los tres huéspedes, manteniéndose en pie delante de ellos, bajo la encina.

Y los ángeles comieron, comportándose según las costumbres del lugar. Moisés, cuando subió a la cumbre del Sinaí, convocado para el gran coloquio con el Señor (Ex 34,2), durante cuarenta días y sus cuarenta noche ni pan comió ni agua siquiera bebió (Ex 34,28), pues estaba con el Señor, que no necesita ni de pan ni de agua; aquí, en cambio, los ángeles, que no comen ni beben, siendo huéspedes de Abraham, comen y beben. El Señor, viendo la solicitud con que Abraham prepara el convite, para no causarle dolor con el desaire, abrió la boca de sus ángeles y ellos pudieron comer como si fueran hombres.

El Señor, presente en sus ángeles, se complacía viendo la solicitud con que Abraham servía a sus mensajeros y decidió que, cuando los descendientes de Abraham atravesaran el desierto, un pozo de agua abundante y fresca les acompañaría durante toda la travesía, y les mandaría además desde el cielo el maná, alimento de ángeles (Sb 16,20), y, finalmente, al llegar a la tierra, encontrarían en ella toda clase de frutos de la tierra, junto con manantiales de leche y miel.

Acabado el banquete, cada ángel se dispuso a cumplir su misión particular. Gabriel preguntó:

-¿Dónde está Sara, tu mujer?

-Ahí en la tienda.

-Pasado el tiempo de un embarazo, volveré sin falta y para entonces Sara tendrá un hijo.

Mientras Gabriel hablaba, Abraham volvió su mirada hacia la tienda donde estaba Sara y vio una gran luz que envolvía resplandeciente toda la tienda. Y Sara, que estaba escuchando tras  las cortinas de la tienda, oyendo al ángel, miró a Abraham, y le vio, por los dolores de la circuncisión, más encogido y viejo que nunca, se miró también a sí misma con la fuente de su matriz ya seca, y no pudo contener su risa, diciéndose para sus adentros:

-Ahora que se me han retirado las reglas, ¿volveré a sentir el placer, y además con mi marido tan viejo?

Dijo Yahveh a Abraham:

-¿Por qué se ha reído Sara? ¿Es que hay algo imposible para Yahveh? Cuando vuelva a verte, en el plazo fijado, Sara habrá tenido un hijo.

Sara, viéndose descubierta, se asustó, salió de la tienda y dijo:

-Yo no me he reído.

-No mientas, que sí te has reído.

Los tres se levantaron para dirigirse hacia Sodoma. Rafael, entonces curó a Abraham, que al instante sintió que le desaparecía todo dolor. Como si le hubieran quitado años de encima, Abraham se fue caminando con ellos durante un buen trecho de camino, hasta que, finalmente, se despidió de ellos.

Emiliano Jiménez Hernández

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Categorías:Cantos
  1. 13 julio, 2011 en 10:33

    MIL BENDICIONES A LA SIMIENTE DE ABRAHAM, Y A TODO ISRAEL.

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