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Qué amables son tus moradas – Salmo 84 (83) 1/2

¡Qué amables son tus moradas, Señor,
Señor de los ejércitos!
Mi alma ansía y anhela
los atrios del Señor.

Hasta el pájaro encuentra una casa,
la golondrina su nido;
¡junto a tus altares, Señor,
rey mío y Dios mío!
¡REY MÍO Y DIOS MÍO!

DICHOSOS LOS QUE VIVEN EN TU CASA,
SIEMPRE CANTAN TUS AMORES,
SIEMPRE CANTAN TUS AMORES.

DICHOSO EL QUE ENCUENTRA
EN TI LA FUERZA,
Y EN SU CORAZÓN DECIDE
EL SANTO VIAJE.

PASANDO POR EL VALLE DEL LLANTO,
ÉL LO CAMBIA EN BENDICIÓN.
CRECE EN EL CAMINO SU VIGOR,
HASTA LLEGAR A SIÓN,
HASTA LLEGAR A SIÓN.

Mejor es un día en tus atrios
que mil fuera de ellos,
QUE MIL FUERA DE ELLOS,

porque estar en el umbral de tu casa
es siempre mejor
QUE HABITAR EN LOS PALACIOS.

Se trata de un canto dulcísimo, penetrado de un anhelo místico hacia el Señor de la vida, al que se celebra repetidamente (cf. Sal 83,2.4.9.13) con el título de «Señor de los ejércitos», es decir, Señor de las multitudes estelares y, por tanto, del cosmos. Por otra parte, este título estaba relacionado de modo especial con el arca conservada en el templo, llamada «el arca del Señor de los ejércitos, que está sobre los querubines» (1 S 4,4; cf. Sal 79,2). En efecto, se la consideraba como el signo de la tutela divina en los días de peligro y de guerra (cf. 1 S 4,3-5; 2 S 11,11).

El fondo de todo el Salmo está representado por el templo, hacia el que se dirige la peregrinación de los fieles. La estación parece ser el otoño, porque se habla de la «lluvia temprana» que aplaca el calor del verano (cf. Sal 83, 7). Por tanto, se podría pensar en la peregrinación a Sión con ocasión de la tercera fiesta principal del año judío, la de las Tiendas, memoria de la peregrinación de Israel a través del desierto.

El templo está presente con todo su encanto al inicio y al final del Salmo. En la apertura (cf. vv. 2-4) encontramos la admirable y delicada imagen de los pájaros que han hecho sus nidos en el santuario, privilegio envidiable.

Esta es una representación de la felicidad de cuantos, como los sacerdotes del templo, tienen una morada fija en la Casa de Dios, gozando de su intimidad y de su paz. En efecto, todo el ser del creyente tiende al Señor, impulsado por un deseo casi físico e instintivo: «Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (v. 3). El templo aparece nuevamente también al final del Salmo (cf. vv. 11-13). El peregrino expresa su gran felicidad por estar un tiempo en los atrios de la casa de Dios, y contrapone esta felicidad espiritual a la ilusión idolátrica, que impulsa hacia «las tiendas del impío», o sea, hacia los templos infames de la injusticia y la perversión.

Sólo en el santuario del Dios vivo hay luz, vida y alegría, y es «dichoso el que confía» en el Señor, eligiendo la senda de la rectitud (cf. vv. 12-13). La imagen del camino nos lleva al núcleo del Salmo (cf. vv. 5-9), donde se desarrolla otra peregrinación más significativa. Si es dichoso el que vive en el templo de modo estable, más dichoso aún es quien decide emprender una peregrinación de fe a Jerusalén.

También los Padres de la Iglesia, en sus comentarios al Salmo 83, dan particular relieve al versículo 6: «Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación». Las antiguas traducciones del Salterio hablaban de la decisión de realizar las «subidas» a la Ciudad santa. Por eso, para los Padres la peregrinación a Sión era el símbolo del avance continuo de los justos hacia las «eternas moradas», donde Dios acoge a sus amigos en la alegría plena (cf. Lc 16,9).

Quisiéramos reflexionar un momento sobre esta «subida» mística, de la que la peregrinación terrena es imagen y signo. Y lo haremos con las palabras de un escritor cristiano del siglo VII, abad del monasterio del Sinaí.

Se trata de san Juan Clímaco, que dedicó un tratado entero –La escala del Paraíso- a ilustrar los innumerables peldaños por los que asciende la vida espiritual. Al final de su obra, cede la palabra a la caridad, colocada en la cima de la escala del progreso espiritual.

Ella invita y exhorta, proponiendo sentimientos y actitudes ya sugeridos por nuestro Salmo: «Subid, hermanos, ascended. Cultivad, hermanos, en vuestro corazón el ardiente deseo de subir siempre (cf. Sal 83,6). Escuchad la Escritura, que invita: “Venid, subamos al monte del Señor y a la casa de nuestro Dios” (Is 2,3), que ha hecho nuestros pies ágiles como los del ciervo y nos ha dado como meta un lugar sublime, para que, siguiendo sus caminos, venciéramos (cf. Sal 17,33). Así pues, apresurémonos, como está escrito, hasta que encontremos todos en la unidad de la fe el rostro de Dios y, reconociéndolo, lleguemos a ser el hombre perfecto en la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13)» (La scala del Paradiso, Roma 1989, p. 355).

El salmista piensa, ante todo, en la peregrinación concreta que conduce a Sión desde las diferentes localidades de la Tierra Santa. La lluvia que está cayendo le parece una anticipación de las gozosas bendiciones que lo cubrirán como un manto (cf. Sal 83,7) cuando esté delante del Señor en el templo (cf. v. 8). La cansada peregrinación a través de «áridos valles» (cf. v. 7) se transfigura por la certeza de que la meta es Dios, el que da vigor (cf. v. 8), escucha la súplica del fiel (cf. v. 9) y se convierte en su «escudo» protector (cf. v. 10).

Precisamente desde esta perspectiva la peregrinación concreta se transforma, como habían intuido los Padres, en una parábola de la vida entera, en tensión entre la lejanía y la intimidad con Dios, entre el misterio y la revelación. También en el desierto de la existencia diaria, los seis días laborables son fecundados, iluminados y santificados por el encuentro con Dios en el séptimo día, a través de la liturgia y la oración en el encuentro dominical.

Caminemos, pues, también cuando estemos en «áridos valles», manteniendo la mirada fija en esa meta luminosa de paz y comunión. También nosotros repetimos en nuestro corazón la bienaventuranza final, semejante a una antífona que concluye el Salmo: «¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que confía en ti!» (v. 13).

Juan Pablo II

Hoy empezamos nuestro nuevo día con un antiguo canto procesional de Israel que, en un ambiente de renovación postexílica, se dispone al retorno a su tierra, mientras soñaba en el nuevo templo: ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, después que de ellos ha vivido tanto tiempo alejado en el destierro. Será necesario preparar una larga y penosa peregrinación, pero no importa, cuando atravesemos áridos valles, la esperanza de volver a Jerusalén los convertirá en oasis y, con pie firme, sin titubear ante la dificultad, caminaremos de baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión.

Este salmo fue repetido después por Israel como canto de peregrinación en sus fiestas anuales cada vez que subía al templo. El Espíritu quiso que este salmo quedara cristalizado en la Escritura, para acompañar también la peregrinación del nuevo Israel, que camina hacia el reino. También nosotros, peregrinando, deseamos la Jerusalén definitiva, donde contemplaremos al Dios vivo, y envidiamos a los que llegaron ya al término de su peregrinación: Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Pero, también, dichosos nosotros, que, preparando nuestra peregrinación, vivimos alegres en la esperanza y, cuando atravesamos áridos valles de dificultades, los convertimos en oasis; teniendo a Dios como sol y escudo que nos protege,caminamos, con esperanza firme, de baluarte en baluarte hasta que veamos a Dios en Sión.

Pedro Farnés

Comunidad, sacramento y morada de Dios: No es nuestra comunidad un resultado del azar o un simple proyecto humano. Aquí nos ha congregado el Señor para que ésta sea nuestra morada, nuestro nido, nuestro altar. Esta es la casa de Dios, formada por aquellos que hemos escuchado la Palabra convocadora del Padre y lo hemos abandonado todo para llevarla a cumplimiento. Es verdad que no todo en nosotros es transparencia de Dios ni gozo que delate su presencia; nuestro caminar discurre frecuentemente por áridos valles. Mas, no obstante, la penetrante mirada de la fe nos lleva a reconocer en nuestra pobre comunidad la anticipación y el símbolo de las Moradas de Dios.

Podemos identificarnos con el salmista y decir: «¡Qué deseables son tus moradas… mi alma se consume y anhela los atrios del Señor!» Aquí es posible experimentar anticipadamente la dicha de los que viven en la casa del Señor, siendo una alabanza permanente para Dios; aquí podemos sentirnos vigorizados con la fuerza que el Espíritu comunica a quienes peregrinan hacia el Padre. Aquí podemos ver a Dios, que es nuestro sol y escudo y da la gracia y la gloria. Este es lugar de intercesión a Dios Padre por el mundo, por el hombre. El Señor no niega sus bienes a quienes confían en Él.

Angel Aparicio

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Categorías:Cantos
  1. rocio joaquin
    25 junio, 2011 en 12:16

    Es una bendicion el poder saborear estas palabras que el Señor nos ha dejado atraves de los salmos, gracias por encontrar un oasis de paz.

  2. luz isabel paz y mino moncayo
    26 junio, 2012 en 18:42

    se que dios esta en medio de ese camino tortuoso dandonos animo para llegar a la cima y contemplar su rostro,los abatares de la vida parecen voluminosos pero a la sola presencia del Sol q es Dios se desvanecen

  3. 27 junio, 2012 en 23:53

    La verdad es muy interesante todo este blog porque nos hace coprender mejor los canticos del resucito muchas gracias al administrador del blog.

  4. edgar bardales
    22 febrero, 2015 en 16:13

    muy bien esperando que este estudio impacte a otros como lo hizo en mi.

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