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Amo al Señor – Salmo 116 (114-115)

Descendimiento a los infiernosAmo al Señor,
porque escucha mi voz suplicante;
inclina hacia mí su oído
el día en que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del infierno;
me rodeaban tristeza y angustia,
invoqué el nombre del Señor:
¡Te ruego, Señor, sálvame!

RECOBRA ALMA MÍA TU REPOSO,
PORQUE EL SEÑOR FUE BUENO CONTIGO.
ÉL TE HA SALVADO DE LA MUERTE,
HA PRESERVADO TUS PIES DE LA CAÍDA.
ÉL TE HA SALVADO DE LA MUERTE,
HA PRESERVADO TUS PIES DE LA CAÍDA.

¡Tenía fe, aún cuando dije:
«Yo soy un desgraciado»!,
y pensaba lleno de angustia:
«todo hombre es falso.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la bendición,
e invocaré el nombre del Señor.

En el salmo 114, que se acaba de proclamar, la voz del salmista expresa su amor agradecido al Señor, porque ha escuchado su intensa súplica: «Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco» (vv. 1-2). Inmediatamente después de esta declaración de amor, se describe de forma muy viva la pesadilla mortal que atenazaba la vida del orante (cf. vv. 3-6).

El drama se representa con los símbolos habituales en los salmos: lo envolvían las redes de la muerte, lo habían alcanzado los lazos del abismo, que quieren atraer a los vivientes sin cesar (cf. Pr 30,15-16).

Se trata de la imagen de una presa que ha caído en la trampa de un cazador inexorable. La muerte es como un cepo que ahoga (cf. Sal 114, 3). Así pues, el orante acaba de superar un peligro de muerte, pasando por una experiencia psíquica dolorosa: «Caí en tristezas y angustia» (v. 3). Pero desde ese abismo trágico lanzó un grito hacia el único que puede extender la mano y arrancar al orante angustiado de aquella maraña inextricable: «Señor, salva mi vida» (v. 4).

Es una oración breve pero intensa del hombre que, encontrándose en una situación desesperada, se agarra a la única tabla de salvación. Así, en el Evangelio, gritaron los discípulos durante la tempestad (cf. Mt 8,25), y así imploró Pedro cuando, al caminar sobre el mar, comenzó a hundirse (cf. Mt 14,30).

Ahora comienza un diálogo del salmista con su alma, que proseguirá en el salmo 115, el sucesivo, que debe considerarse una sola cosa con el 114. Es lo que ha hecho la tradición judía, dando origen al único salmo 116, según la numeración hebrea del Salterio. El salmista invita a su alma a recobrar la calma después de la pesadilla mortal (cf. Sal 114,7).

El Señor, invocado con fe, ha tendido la mano, ha roto los lazos que envolvían al orante, ha enjugado las lágrimas de sus ojos, ha detenido su caída hacia el abismo infernal (cf. v. 8). El viraje ya es evidente y el canto acaba con una escena de luz: el orante vuelve al «país de la vida», o sea, a las sendas del mundo, para caminar en la «presencia del Señor». Se une a la oración comunitaria en el templo, anticipación de la comunión con Dios que le espera al final de su existencia (cf. v. 9).

Repasemos los pasajes más importantes del Salmo, sirviéndonos de la guía de un gran escritor cristiano del siglo III, Orígenes, cuyo comentario en griego al salmo 114 nos ha llegado en la versión latina de san Jerónimo.

Leyendo que el Señor «escucha mi voz suplicante», explica: «Nosotros somos pequeños y bajos, y no podemos aumentar nuestra estatura y elevarnos; por eso, el Señor inclina su oído y se digna escucharnos. En definitiva, dado que somos hombres y no podemos convertirnos en dioses, Dios se hizo hombre y se inclinó, según lo que está escrito: “Inclinó el cielo y bajó” (Sal 17,10)».

En efecto, prosigue más adelante el Salmo, «el Señor guarda a los sencillos» (cf. Sal 114,6): «Si uno es grande, se enorgullece y se ensoberbece, y así el Señor no lo protege; si uno se cree grande, el Señor no tiene compasión de él. En cambio, si uno se humilla, el Señor tiene misericordia de él y lo protege. Hasta tal punto que dice: “Aquí estamos yo y los hijos que el Señor me ha dado” (Is 8,18). Y también: “Me humillé y él me salvó”».

Así, el que es pequeño y humilde puede recobrar la paz, la calma, como dice el salmo (cf. Sal 114,7) y como comenta el mismo Orígenes: «Al decir: “Recobra tu calma”, se indica que antes había calma y luego la perdió… Dios nos creó buenos y nos hizo árbitros de nuestras decisiones, y nos puso a todos en el paraíso, juntamente con Adán. Pero, dado que, por nuestra decisión libre, perdimos esa felicidad, acabando en este valle de lágrimas, por eso el justo invita a su alma a volver al lugar de donde había caído… “Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo”. Si tú, alma mía, vuelves al paraíso, no es porque seas digna de él, sino porque es obra de la misericordia de Dios. Si saliste del paraíso, fue por culpa tuya; en cambio, volver a él es obra de la misericordia del Señor. Digamos también nosotros a nuestra alma: “Recobra tu calma”. Nuestra calma es Cristo, nuestro Dios» (Orígenes-Jerónimo, 74 Omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 409. 412-413).

El Apóstol se siente espiritualmente de acuerdo con el salmista en la serena confianza y en el sincero testimonio, a pesar de los sufrimientos y las debilidades humanas. Escribiendo a los Romanos, san Pablo utilizará el versículo 2 del Salmo y presentará un contraste entre el Dios fiel y el hombre incoherente: «Dios es veraz y todo hombre mentiroso» (Rm 3,4).

La tradición cristiana ha leído, orado e interpretado el texto en diversos contextos y así se aprecia toda la riqueza y la profundidad de la palabra de Dios, que abre nuevas dimensiones y nuevas situaciones.

Alzare la copa de bendición

Al inicio se leyó sobre todo como un texto del martirio, pero luego, cuando la Iglesia alcanzó la paz, se transformó cada vez más en texto eucarístico, por la referencia al «cáliz de la salvación».

En realidad, Cristo es el primer mártir. Dio su vida en un contexto de odio y de falsedad, pero transformó esta pasión -y así también este contexto- en la Eucaristía: en una fiesta de acción de gracias. La Eucaristía es acción de gracias: «Alzaré el cáliz de la salvación».

El salmo 115, en el original hebreo, constituye una única composición con el salmo anterior, el 114. Ambos constituyen una acción de gracias unitaria, dirigida al Señor que libera de la pesadilla de la muerte, de los contextos de odio y mentira.

En nuestro texto aflora la memoria de un pasado angustioso: el orante ha mantenido en alto la antorcha de la fe, incluso cuando a sus labios asomaba la amargura de la desesperación y de la infelicidad (cf. Sal 115,1). En efecto, a su alrededor se elevaba una especie de cortina gélida de odio y engaño, porque el prójimo se manifestaba falso e infiel (cf. v. 2). Pero la súplica se transforma ahora en gratitud porque el Señor ha permanecido fiel en este contexto de infidelidad, ha sacado a su fiel del remolino oscuro de la mentira (cf. v. 3). Y así este salmo es siempre para nosotros un texto de esperanza, porque el Señor no nos abandona ni siquiera en las situaciones difíciles; por ello, debemos mantener elevada la antorcha de la fe.

Por eso, el orante se dispone a ofrecer un sacrificio de acción de gracias, durante el cual se beberá en el cáliz ritual, la copa de la libación sagrada, que es signo de gratitud por la liberación (cf. v. 4) y encuentra su realización plena en el cáliz del Señor. Así pues, la liturgia es la sede privilegiada para elevar la alabanza grata al Dios salvador.

El Salmo, reflejando las palabras del orante, concluye evocando de nuevo el rito de acción de gracias que se celebrará en el marco del templo (cf. vv. 8-10). Así su oración se situará en un ámbito comunitario. Se narra su historia personal para que sirva de estímulo a creer y amar al Señor. En el fondo, por tanto, podemos descubrir a todo el pueblo de Dios mientras da gracias al Señor de la vida, el cual no abandona al justo en el seno oscuro del dolor y de la muerte, sino que lo guía a la esperanza y a la vida.

Concluyamos nuestra reflexión con las palabras de san Basilio Magno, el cual, en la Homilía sobre el salmo 115, comenta así la pregunta y la respuesta recogidas en el Salmo: «”¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación”. El salmista ha comprendido los numerosísimos dones recibidos de Dios: del no ser ha sido llevado al ser, ha sido plasmado de la tierra y dotado de razón…; luego ha conocido la economía de la salvación en favor del género humano, reconociendo que el Señor se ha entregado a sí mismo en redención en lugar de todos nosotros, y, buscando entre todas las cosas que le pertenecen, no sabe cuál don será digno del Señor. “¿Cómo pagaré al Señor?”. No con sacrificios ni con holocaustos…, sino con toda mi vida. Por eso, dice: “Alzaré el cáliz de la salvación”, llamando cáliz al sufrimiento en la lucha espiritual, al resistir al pecado hasta la muerte. Esto, por lo demás, es lo que nos enseñó nuestro Salvador en el Evangelio: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”; y de nuevo a los discípulos, “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”, significando claramente la muerte que aceptaba para la salvación del mundo» (PG XXX, 109), transformando así el mundo del pecado en un mundo redimido, en un mundo de acción de gracias por la vida que nos ha dado el Señor.

Juan Pablo II

El salmo 114 es la oración de un enfermo en trance de muerte. Este salmo, rezado en un viernes, nos lleva fácilmente a la contemplación del Señor crucificado: Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Pero el enfermo autor de nuestro salmo fue salvado de su enfermedad:Estando yo sin fuerzas me salvó, arrancó mi alma de la muerte. Por ello el salmo no sólo describe los dolores de la pasión, sino también el triunfo de la resurrección; es decir, todo el misterio pascual que hoy, como cada viernes, empezamos y que, con todos los cristianos, culminaremos el domingo. Si el salmista, refiriéndose a su curación, pudo decir: Arrancó mi alma de la muerte, esta expresión resulta aún más real en labios de Jesús salido del sepulcro. Por esto este salmo -como, por otra parte, todas las prácticas penitenciales de los viernes- inaugura ya nuestra celebración semanal del misterio pascual que culminará el domingo.

Pero este salmo no solamente nos lleva a la contemplación del misterio de Cristo, sino que nos habla también de nuestra participación en el mismo. También el cuerpo de Cristo, que somos nosotros, sufre y será liberado. Mas no sólo el cuerpo de Cristo, sino incluso la humanidad entera, participan de este sufrimiento y de esta liberación. Diversas son las tribulaciones de cada uno de los hombres y cada uno de ellos puede aplicar a sus propias vivencias las palabras del salmo: Me envolvían redes de muerte, caí en tristeza y angustia; diversas también serán las liberaciones de Dios y cada uno habrá experimentado las suyas.

El salmo es la oración del enfermo que, «envuelto en redes de muerte y caído en tristeza y angustia, invocó el nombre del Señor» y pudo ver cómo «el Señor arrancó su alma de la muerte» (Sal 114,2-3. 8). En la parte del salmo que vamos a rezar hoy, el salmista da gracias a Dios por la curación y se dispone a celebrar, con el pueblo de Dios congregado, una libación eucarística: Alzaré la copa de la salvación, en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor.

Si la primera parte del salmo 116 hebreo (nuestro salmo 114), recitada en el viernes, nos llevaba a la contemplación de la primera faceta del misterio pascual de Cristo, su muerte en la cruz, de la que manó la vida y la resurrección, esta segunda parte del mismo salmo (nuestro salmo 115), recitada al empezar el domingo, nos lleva a la contemplación de la segunda faceta del mismo misterio pascual, la vida que brota de la muerte. Sí, aunque el Señor permita los sufrimientos del justo -de Cristo y de todos los que como él padecen en este mundo-, estos dolores, incluso la misma muerte, no son unos sufrimientos definitivos ni una muerte para siempre.  Dios «nos arrancó de la muerte» (Sal 114,8) rompiendo sus cadenas, ofreceremos un sacrificio de alabanza, en presencia de todo el pueblo.

Pedro Farnés

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