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Cántico de los tres jóvenes – Daniel 3,57-58

Pintura paleocristiana del s.IV d.C, procedente de la Catacumba de Priscila, en Roma, donde se recoge este pasaje del Antiguo Testamento.

Pintura paleocristiana del s.IV d.C, procedente de la Catacumba de Priscila, en Roma, donde se recoge este pasaje del Antiguo Testamento.

Criaturas todas del Señor.
BENDECID AL SEÑOR.

Ensalzadlo
CON HIMNOS POR LOS SIGLOS.

Ángeles del Señor. BENDECID …
Cielos. BENDECID …
Aguas del espacio. BENDECID …
Ejércitos del Señor. BENDECID …
Sol y Luna. BENDECID …
Astros del Cielo. BENDECID …
Lluvia y rocío. BENDECID …
Vientos todos. BENDECID …
Fuego y calor. BENDECID …
Fríos y heladas. BENDECID …
Rocíos y nevadas. BENDECID …
Témpanos y hielos. BENDECID …
Escarchas y nieves. BENDECID …
Noche y día. BENDECID …
Luz y tinieblas. BENDECID …
Rayos y nubes. BENDECID …

Bendiga la tierra al Señor.
LO ENSALCE CON HIMNOS POR LOS SIGLOS.

Montes y cumbres. BENDECID …
Cuanto germina en la tierra. BENDIGA …
Manantiales. BENDECID …
Mares y ríos. BENDECID …
Cetáceos y peces. BENDECID …
Aves del cielo. BENDECID …
Fieras y ganados. BENDECID …

Ensalzadlo
CON HIMNOS POR LOS SIGLOS.

Hijos de los hombres. BENDECID …
Bendiga Israel al Señor. BENDIGA …
Sacerdotes del Señor. BENDECID …
Siervos del Señor. BENDECID …
Almas y espíritus justos. BENDECID …
Santos y humildes de corazón. BENDECID …
Ananías, Azarías y Misael. BENDECID …

Ensalzadlo
CON HIMNOS POR LOS SIGLOS.

«Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor» (Dn 3,57). Este cántico, tomado del libro de Daniel, que laLiturgia de las Horas nos propone para las Laudes del domingo en las semanas primera y tercera, tiene una dimensión cósmica. Y esta estupenda plegaria en forma de letanía corresponde muy bien al dies Domini, al día del Señor, que en Cristo resucitado nos hace contemplar el culmen del designio de Dios sobre el cosmos y sobre la historia. En efecto, en Él, alfa y omega, principio y fin de la historia (cf. Ap 22,13), encuentra su pleno sentido la creación misma, puesto que, como recuerda san Juan en el prólogo de su evangelio, «todo fue hecho por él» (Jn 1,3). En la resurrección de Cristo culmina la historia de la salvación, abriendo las vicisitudes humanas al don del Espíritu y de la adopción filial, en espera de la vuelta del Esposo divino, que entregará el mundo a Dios Padre (cf. 1 Co 15,24).

En este pasaje, en forma de letanía, se pasa revista a todas las cosas. La mirada se dirige al sol, a la luna, a los astros; se posa sobre la inmensa extensión de las aguas; se eleva hacia los montes; recorre las más diversas situaciones atmosféricas; pasa del calor al frío, de la luz a las tinieblas; considera el mundo mineral y el vegetal; se detiene en las diversas especies de animales. Luego el llamamiento se hace universal: convoca a los ángeles de Dios, y llega a todos los «hijos de los hombres», pero implica de modo particular al pueblo de Dios, Israel, a sus sacerdotes, a los justos. Es un inmenso coro, una sinfonía en la que las diversas voces elevan su canto a Dios, Creador del universo y Señor de la historia. Recitado a la luz de la revelación cristiana, se dirige al Dios trinitario, como la liturgia nos invita a hacer al añadir al cántico una fórmula trinitaria: «Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo».

En cierto sentido, en este cántico se refleja el alma religiosa universal, que percibe en el mundo la huella de Dios, y se eleva a la contemplación del Creador. Pero en el contexto del libro de Daniel, el himno se presenta como acción de gracias elevada por los tres jóvenes israelitas -Ananías, Azarías y Misael- condenados a morir en un horno de fuego ardiente, por haberse negado a adorar la estatua de oro de Nabucodonosor, pero milagrosamente preservados de las llamas. En el fondo de este evento se halla aquella especial historia de salvación en la que Dios elige a Israel para ser su pueblo y establece con él una alianza. Precisamente a esa alianza quieren permanecer fieles los tres jóvenes israelitas, a costa de sufrir el martirio en el horno de fuego ardiente. Su fidelidad se encuentra con la fidelidad de Dios, que envía un ángel a alejar de ellos las llamas (cf. Dn 3,49).

De ese modo, el cántico se sitúa en la línea de los cantos de alabanza de quienes han sido librados de un peligro, presentes en el Antiguo Testamento. Entre ellos es famoso el canto de victoria recogido en el capítulo 15 del Éxodo, donde los antiguos hebreos expresan su acción de gracias al Señor por aquella noche en la que hubieran sido inevitablemente derrotados por el ejército del faraón si el Señor no les hubiera abierto un camino entre las aguas, «arrojando en el mar caballo y carro» (Ex 15,1).

No por casualidad, en la solemne Vigilia pascual, la liturgia nos hace repetir cada año el himno que cantaron los israelitas en el Éxodo. Ese camino abierto para ellos anunciaba proféticamente la nueva senda que Cristo resucitado inauguró para la humanidad en la noche santa de su resurrección de entre los muertos. Nuestro paso simbólico por las aguas del bautismo nos permite revivir una experiencia análoga de paso de la muerte a la vida, gracias a la victoria sobre la muerte que Jesús obtuvo en beneficio de todos nosotros.

Los discípulos de Cristo, al repetir en la liturgia dominical de las Laudes el cántico de los tres jóvenes israelitas, queremos ponernos en sintonía con ellos expresando nuestra gratitud por las maravillas que ha realizado Dios tanto en la creación como, sobre todo, en el misterio pascual.

En efecto, el cristiano descubre una relación entre la liberación de los tres jóvenes, de los que se habla en el cántico, y la resurrección de Jesús. En esta última, los Hechos de los Apóstoles ven escuchada la oración del creyente que, como el salmista, canta confiado: «No abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción» (Hch 2,27; Sal 15,10).

Referir este cántico a la Resurrección es muy tradicional. Existen testimonios muy antiguos de la presencia de este himno en la oración del día del Señor, Pascua semanal de los cristianos. Las catacumbas romanas conservan vestigios iconográficos en los que se ven los tres jóvenes que oran indemnes entre las llamas, testimoniando así la eficacia de la oración y la certeza de la intervención del Señor.

«Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos» (Dn 3,56). Al cantar este himno el domingo por la mañana, el cristiano no sólo se siente agradecido por el don de la creación, sino también por ser destinatario de la solicitud paterna de Dios, que en Cristo lo ha elevado a la dignidad de hijo.

Una solicitud paterna que nos hace mirar con ojos nuevos la creación misma y nos hace gustar su belleza, en la que se vislumbra, como en filigrana, el amor de Dios. Con estos sentimientos san Francisco de Asís contemplaba la creación y elevaba su alabanza a Dios, manantial último de toda belleza. Viene espontáneo imaginar que las elevaciones de este texto bíblico resonaran en su alma cuando, en San Damián, después de haber alcanzado la cima del sufrimiento en su cuerpo y en su espíritu, compuso el «Cántico del hermano sol»

Ahora hemos escuchado su parte fundamental, un grandioso coro cósmico, enmarcado por dos antífonas a modo de síntesis: «Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos. (…) Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos» (vv. 56 y 57).

Entre estas dos aclamaciones se desarrolla un solemne himno de alabanza, que se expresa con la repetida invitación «bendecid»: formalmente, se trata sólo de una invitación a bendecir a Dios dirigida a toda la creación; en realidad, se trata de un canto de acción de gracias que los fieles elevan al Señor por todas las maravillas del universo. El hombre se hace portavoz de toda la creación para alabar y dar gracias a Dios.

Los tres jóvenes el horno ardiente. La cuarta figura ha sido interpretada en ocasiones como el Arcángel Miguel. Icono del siglo XV de la escuela de Nóvgorod.

Los tres jóvenes el horno ardiente. La cuarta figura ha sido interpretada en ocasiones como el Arcángel Miguel. Icono del siglo XV de la escuela de Nóvgorod.

Este himno, cantado por tres jóvenes judíos que invitan a todas las criaturas a alabar a Dios, desemboca en una situación dramática. Los tres jóvenes, perseguidos por el soberano babilonio, son arrojados a un horno de fuego ardiente a causa de su fe. Y aunque están a punto de sufrir el martirio, se ponen a cantar, alegres, alabando a Dios. El dolor terrible y violento de la prueba desaparece, se disuelve en presencia de la oración y la contemplación. Es precisamente esta actitud de abandono confiado la que suscita la intervención divina.

En efecto, como atestigua sugestivamente el relato de Daniel: «El ángel del Señor bajó al horno junto a Azarías y sus compañeros, empujó fuera del horno la llama de fuego, y les sopló, en medio del horno, como un frescor de brisa y de rocío, de suerte que el fuego no los tocó siquiera ni les causó dolor ni molestia» (vv. 49-50). Las pesadillas se disipan como la niebla ante el sol, los miedos se disuelven y el sufrimiento desaparece cuando todo el ser humano se convierte en alabanza y confianza, espera y esperanza. Esta es la fuerza de la oración cuando es pura, intensa, llena de abandono en Dios, providente y redentor.

El cántico de los tres jóvenes hace desfilar ante nuestros ojos una especie de procesión cósmica, que parte del cielo poblado de ángeles, donde brillan también el sol, la luna y las estrellas. Desde allí Dios derrama sobre la tierra el don de las aguas que están sobre los cielos (cf. v. 60), es decir, la lluvia y el rocío (cf. v. 64).

Pero he aquí que soplan los vientos, estallan los rayos e irrumpen las estaciones con el calor y el frío, con el ardor del verano, pero también con la escarcha, el hielo y la nieve (cf. vv. 65-70 y 73). El poeta incluye también en el canto de alabanza al Creador el ritmo del tiempo, el día y la noche, la luz y las tinieblas (cf. vv. 71-72). Por último, la mirada se detiene también en la tierra, partiendo de las cimas de los montes, realidades que parecen unir el cielo y la tierra (cf. vv. 74-75).

Entonces se unen a la alabanza a Dios las criaturas vegetales que germinan en la tierra (cf. v. 76), las fuentes, que dan vida y frescura, los mares y ríos, con sus aguas abundantes y misteriosas (cf. vv. 77-78). En efecto, el cantor evoca también «los monstruos marinos» junto a los cetáceos (cf. v. 79), como signo del caos acuático primordial al que Dios impuso límites que es preciso respetar (cf. Sal 92,3-4; Jb 38,8-11; 40,15-41,26).

Viene luego el vasto y variado reino animal, que vive y se mueve en las aguas, en la tierra y en los cielos (cf. Dn 3,80-81).

El último actor de la creación que entra en escena es el hombre. En primer lugar, la mirada se extiende a todos los «hijos del hombre» (cf. v. 82); después, la atención se concentra en Israel, el pueblo de Dios (cf. v. 83); a continuación, vienen los que están consagrados plenamente a Dios, no sólo como sacerdotes (cf. v. 84) sino también como testigos de fe, de justicia y de verdad. Son los «siervos del Señor», las «almas y espíritus justos», los «santos y humildes de corazón» y, entre estos, sobresalen los tres jóvenes, Ananías, Azarías y Misael, portavoces de todas las criaturas en una alabanza universal y perenne (cf. vv. 85-88).

Constantemente han resonado los tres verbos de la glorificación divina, como en una letanía: «bendecid», «alabad» y «exaltad» al Señor. Esta es el alma auténtica de la oración y del canto: celebrar al Señor sin cesar, con la alegría de formar parte de un coro que comprende a todas las criaturas.

Quisiéramos concluir nuestra meditación citando a algunos santos Padres de la Iglesia como Orígenes, Hipólito, Basilio de Cesarea y Ambrosio de Milán, que comentaron el relato de los seis días de la creación (cf. Gn 1,1-2,4), precisamente en relación con el cántico de los tres jóvenes.

Nos limitamos a recoger el comentario de san Ambrosio, el cual, refiriéndose al cuarto día de la creación (cf. Gn 1,14-19), imagina que la tierra habla y, discurriendo sobre el sol, encuentra unidas a todas las criaturas en la alabanza a Dios: «En verdad, es bueno el sol, porque sirve, ayuda a mi fecundidad y alimenta mis frutos. Me ha sido dado para mi bien y sufre como yo la fatiga. Gime conmigo, para que llegue la adopción de los hijos y la redención del género humano, a fin de que también nosotros seamos liberados de la esclavitud. A mi lado, conmigo alaba al Creador, conmigo canta un himno al Señor, nuestro Dios. Donde el sol bendice, allí bendice la tierra, bendicen los árboles frutales, bendicen los animales, bendicen conmigo las aves» (I sei giorni della creazione, SAEMO, I, Milán-Roma 1977-1994, pp. 192-193).

Nadie está excluido de la bendición del Señor, ni siquiera los monstruos marinos (cf. Dn 3,79). En efecto, san Ambrosio prosigue: «También las serpientes alaban al Señor, porque su naturaleza y su aspecto revelan a nuestros ojos cierta belleza y muestran que tienen su justificación» (ib., pp. 103-104).

Con mayor razón, nosotros, los seres humanos, debemos unir a este concierto de alabanza nuestra voz alegre y confiada, acompañada por una vida coherente y fiel.

Juan Pablo II

La escena de los tres jóvenes en el horno de Babilonia es una de las páginas del Antiguo Testamento que más ha usado la Iglesia desde los tiempos primitivos, como lo prueba ya la antigua iconografía de las catacumbas.

La comunidad cristiana -sobre todo la que vivió las grandes persecuciones de los comienzos- veía en los jóvenes martirizados por el rey Nabucodonosor, que, en medio de las llamas y como si no sintieran el tormento del fuego, cantaban unánimes a Dios, una imagen evocadora de la actitud de la Iglesia. Perseguida por los poderes del mundo, sometida a los sufrimientos del martirio, la comunidad de Jesús se siente como refrigerada por una suave brisa, que no es otra sino la esperanza que le infunde la contemplación del Resucitado. También él fue perseguido y martirizado y, tras un breve sufrir, venció la muerte y ahora se sienta, feliz y glorioso, a la derecha del Padre.

La Iglesia de nuestros días necesita también este aliento; el domingo que estamos celebrando quiere infundirnos esta esperanza. Por muchos que sean los sufrimientos y las dificultades, el recuerdo de la resurrección, que hoy celebramos los cristianos, debe constituir como una brisa refrescante que, transportándonos en la esperanza al reino escatológico, donde Cristo reina, nos impida sucumbir ante la tristeza y nos haga vivir tranquilamente dedicados a la alabanza, como los tres jóvenes del horno de Babilonia.

Pedro Farnés

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