Inicio > Cantos > Eres hermoso – Salmo 45 (44)

Eres hermoso – Salmo 45 (44)

Cristo entronizadoERES HERMOSO, EL MÁS HERMOSO
DE LOS HIJOS DE ADÁN,
DE LOS HIJOS DE ADÁN,
LA GRACIA ESTÁ EN TUS LABIOS.
ERES BENDITO,
EL BENDITO PARA SIEMPRE.

Ciñe la espada a tu flanco, oh valiente,
y marcha lleno de gloria y esplendor,
cabalga por la verdad,
la mansedumbre, la justicia.

¡Tensa tu arco,
que hace temible tu derecha!
Agudas son tus flechas,
te han sido entregados los pueblos.
TE HAN SIDO ENTREGADOS LOS PUEBLOS.

Desde los palacios de marfil
las cítaras cantan para ti.
Hijas de reyes son tus favoritas;
a tu derecha está la reina,
en oro de Ofir.
A TU DERECHA ESTÁ LA REINA,
EN ORO DE OFIR.

Escucha, hija y mira, inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa de tu padre,
y el rey se prendará de tu belleza.
Y EL REY SE PRENDARÁ DE TU BELLEZA.

Él es tu Señor, ¡entrégate a él!
Y en lugar de padres, tendrás hijos,
que serán príncipes sobre la tierra.

El judaísmo ha reconocido en el salmo 44 un canto nupcial, que exalta la belleza y la intensidad del don de amor entre los cónyuges. En particular, la mujer puede repetir con el Cantar de los cantares: «Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado» (Ct 2,16). «Yo soy para mi amado y mi amado es para mí» (Ct 6,3).

El perfil del esposo real está trazado de modo solemne, con el recurso a todo el aparato de una escena de corte. Lleva las insignias militares (Sal 44,4-6), a las que se añaden suntuosos vestidos perfumados, mientras en el fondo brillan los palacios revestidos de marfil, con sus salas grandiosas en las que suena música (cf. vv. 9-10). En el centro se encuentra el trono, y se menciona el cetro, dos signos del poder y de la investidura real (cf. vv. 7-8).

Al llegar aquí, quisiéramos subrayar dos elementos. Ante todo, la belleza del esposo, signo de un esplendor interior y de la bendición divina: «Eres el más bello de los hombres» (v. 3). Precisamente apoyándose en este versículo la tradición cristiana representó a Cristo con forma de hombre perfecto y fascinante. En un mundo caracterizado a menudo por la fealdad y la descortesía, esta imagen es una invitación a reencontrar la via pulchritudinis en la fe, en la teología y en la vida social para ascender a la belleza divina.

Sin embargo, la belleza no es un fin en sí misma. La segunda nota que quisiéramos proponer se refiere precisamente al encuentro entre la belleza y la justicia. En efecto, el soberano «cabalga victorioso por la verdad y la justicia» (v. 5); «ama la justicia y odia la impiedad» (v. 8), y su cetro es «cetro de rectitud» (v. 7). La belleza debe conjugarse con la bondad y la santidad de vida, de modo que haga resplandecer en el mundo el rostro luminoso de Dios bueno, admirable y justo.

Ahora, nuestra atención se fija en el perfil de la reina que el poeta de corte, autor del salmo (cf. Sal 44,2), traza con gran delicadeza y sentimiento. La indicación de la ciudad fenicia de Tiro (cf. v. 13) hace suponer que se trata de una princesa extranjera. Así asume un significado particular la invitación a olvidar el pueblo y la casa paterna (cf. v. 11), de la que la princesa se tuvo que alejar.

La vocación nupcial es un acontecimiento trascendental en la vida y cambia la existencia, como ya se constata en el libro del Génesis: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y vendrán a ser una sola carne» (Gn 2,24). La reina esposa avanza ahora, con su séquito nupcial que lleva los dones, hacia el rey, prendado de su belleza (cf. Sal 44,12-13).

Es notable la insistencia con que el salmista exalta a la mujer: está «llena de esplendor» (v. 14), y esa magnificencia se manifiesta en su vestido nupcial, recamado en oro y enriquecido con preciosos brocados (cf. vv. 14-15).

La Biblia ama la belleza como reflejo del esplendor de Dios mismo; incluso los vestidos pueden ser signo de una luz interior resplandeciente, del candor del alma.

El pensamiento se remonta, por un lado, a las páginas admirables del Cantar de los cantares (cf. capítulos 4 y 5) y, por otro, a la página del Apocalipsis donde se describen «las bodas del Cordero», es decir, de Cristo, con la comunidad de los redimidos, destacando el valor simbólico de los vestidos nupciales: «Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura. El lino son las buenas acciones de los santos» (Ap 19,7-8).

Además de la belleza, se exalta la alegría que reina en el jubiloso «séquito de vírgenes», o sea, las damas que acompañan a la esposa «entre alegría y algazara» (cf. Sal 44,15-16). La alegría genuina, mucho más profunda que la meramente externa, es expresión de amor, que participa en el bien de la persona amada con serenidad de corazón.

Ahora bien, según los augurios con que concluye el salmo, se vislumbra otra realidad radicalmente intrínseca al matrimonio: la fecundidad. En efecto, se habla de «hijos» y de «generaciones» (cf. vv. 17-18). El futuro, no sólo de la dinastía sino también de la humanidad, se realiza precisamente porque la pareja ofrece al mundo nuevas criaturas.

Se trata de un tema importante en nuestros días, en el Occidente a menudo incapaz de garantizar su futuro mediante la generación y la tutela de nuevas criaturas, que prosigan la civilización de los pueblos y realicen la historia de la salvación.

Coronación de Santa MaríaMuchos Padres de la Iglesia, como es sabido, han interpretado el retrato de la reina aplicándolo a María, desde la exhortación inicial: «Escucha, hija, mira, inclina el oído…» (v. 11). Así sucedió, por ejemplo, en laHomilía sobre la Madre de Dios de Crisipo de Jerusalén, un monje capadocio de los fundadores del monasterio de San Eutimio, en Palestina, que, después de su ordenación sacerdotal, fue guardián de la santa cruz en la basílica de la Anástasis en Jerusalén.

«A ti se dirige mi discurso -dice, hablando a María-, a ti que debes convertirte en esposa del gran rey; mi discurso se dirige a ti, que estás a punto de concebir al Verbo de Dios, del modo que él conoce. (…) “Escucha, hija, mira, inclina el oído”. En efecto, se cumple el gozoso anuncio de la redención del mundo. Inclina el oído y lo que vas a escuchar te elevará el corazón. (…) “Olvida tu pueblo y la casa paterna”: no prestes atención a tu parentesco terreno, pues tú te transformarás en una reina celestial. Y escucha -dice- cuánto te ama el Creador y Señor de todo. En efecto, dice, “prendado está el rey de tu belleza”: el Padre mismo te tomará por esposa; el Espíritu dispondrá todas las condiciones que sean necesarias para este desposorio. (…) No creas que vas a dar a luz a un niño humano, “porque él es tu Señor y tú lo adorarás”. Tu Creador se ha hecho hijo tuyo; lo concebirás y, juntamente con los demás, lo adorarás como a tu Señor» (Testi mariani del primo millennio, I, Roma 1998, pp. 605-606).

Juan Pablo II

Cuando Israel ya no tuvo reyes, aplicó este antiguo salmo al desposorio del pueblo elegido con Yahvé, su nuevo y único Rey. La Iglesia cristiana, en esta misma línea y desde muy antiguo, usó este canto nupcial para cantar las bodas de Cristo con su Iglesia y también para describir la vocación de María y de las vírgenes cristianas, personalización la más acabada del amor nupcial de la Iglesia hacia Cristo.

Hoy este salmo, pues, nos ha de servir de poema de amor en honor de Cristo, nuestro esposo. En su primera parte -aquella que, en su sentido original, estaba consagrada al esposo-, cantaremos, con las palabras del salmo, la belleza y la victoria pascual de Cristo y el amor con que el Padre lo ama: Eres el más bello de los hombres; los pueblos se te rinden, se acobardan los enemigos del rey (la muerte y el pecado); el Señor, tu Dios, te ha ungido. La segunda parte del salmo -la que en el texto original se dedicaba a la esposa- la hemos de escuchar como una exhortación a la fidelidad y al amor de Cristo, el esposo verdadero de la Iglesia, dirigida a la Iglesia y a cada uno de nosotros: Olvidemos nuestro pueblo y la casa paterna; a cambio de nuestros padres (los bienes que habremos dejado) tendremos hijos, que serán príncipes, es decir, que serán bienes imperecederos.

Pedro Farnés

Poseídos por la fuerza conquistadora de Cristo: Nuestra comunidad fija esta tarde sus ojos en Cristo Jesús, «el más bello de los hombres», el «Bendito de Dios por excelencia». Él nos ha seducido y captado para su seguimiento; es el objetivo primordial de nuestro vivir. Misteriosa y poderosa es esta relación de amor entre Él y nosotros. Estamos convencidos de su fuerza conquistadora, de su entrega victoriosa a la causa de la verdad y de la justicia, de la perennidad de su reino y de su Iglesia.

Por eso, las alabanzas de la comunidad eclesial a Cristo son como un concierto deleitoso de arpas al que nosotros, pequeña comunidad, nos unimos armónicamente. Mas vana sería la alabanza si no nos dejáramos transformar por la gracia de Jesús, por su valentía, su espíritu de lucha en favor de la verdad y de la justicia, si nos vacunáramos contra el contagio de su irrefrenable esperanza por dilatar el mundo nuevo, que ya existe entre nosotros y que perdurará para siempre.

Comunidad, esposa del Rey: En cuanto comunidad de Jesús hemos entrado en un ámbito nuevo, hemos sido transferidos a la casa del Rey. Esto ha supuesto muchas renuncias: a nuestro pueblo, a formar una casa, a un proyecto autónomo de vida. Ahora nuestra comunidad está llamada a ser la princesa bellísima de cuya belleza está prendado el Rey. Sin mérito alguno por nuestra parte, el Señor nos concede graciosamente una identidad, que todavía no se ha desvelado: la identidad de la comunidad de los hijos de Dios. Y nos ha elegido para ser suyos: «Jesucristo, de cuya humanidad no podía existir la menor duda, no ha tenido otra amada, novia, esposa u hogar fuera de su comunidad» (K. Barth).

Se nos ocurre la misma pregunta de Pedro: «He aquí que nosotros hemos dejado todo y te seguimos. ¿Qué tendremos, pues?» El salmista responde: «A cambio de tus padres tendrás hijos, que nombrarás príncipes por toda la tierra».

Nuestra vida comunitaria tiene vocación de fecundidad; se nos promete una peculiar paternidad y maternidad que establecerá por toda la tierra un nuevo estilo de libertad y dignidad humana. La virginidad de nuestra comunidad es el espacio abierto a la Gracia de Dios, capaz de crear y engendrar la Nueva Humanidad. Teniendo a Jesús, como Esposo, nuestra comunidad nunca será estéril.

Angel Aparicio

Anuncios
Categorías:Cantos
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: