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Alzaos puertas – Salmo 24 (23)

El antiguo canto del pueblo de Dios que acabamos de escuchar, resonaba ante el templo de Jerusalén. Para poder descubrir con claridad el hilo conductor que atraviesa este himno es necesario tener muy presentes tres presupuestos fundamentales. El primero atañe a la verdad de la creación: Dios creó el mundo y es su Señor. El segundo se refiere al juicio al que somete a sus criaturas: debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados sobre nuestras obras. El tercero es el misterio de la venida de Dios: viene en el cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para entablar con los hombres una relación de profunda comunión. Un comentarista moderno ha escrito: «Se trata de tres formas elementales de la experiencia de Dios y de la relación con Dios; vivimos por obra de Dios, en presencia de Dios y podemos vivir con Dios» (G. Ebeling, Sobre los Salmos, Brescia 1973, p. 97).

A estos tres presupuestos corresponden las tres partes del salmo 23, que ahora trataremos de profundizar, considerándolas como tres paneles de un tríptico poético y orante. La primera es una breve aclamación al Creador, al cual pertenece la tierra, incluidos sus habitantes (vv. 1-2). Es una especie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de la historia. En la antigua visión del mundo, la creación se concebía como una obra arquitectónica: Dios funda la tierra sobre los mares, símbolo de las aguas caóticas y destructoras, signo del límite de las criaturas, condicionadas por la nada y por el mal. La realidad creada está suspendida sobre este abismo, y es la obra creadora y providente de Dios la que la conserva en el ser y en la vida.

Desde el horizonte cósmico la perspectiva del salmista se restringe al microcosmos de Sión, «el monte del Señor». Nos encontramos ahora en el segundo cuadro del salmo (vv. 3-6). Estamos ante el templo de Jerusalén. La procesión de los fieles dirige a los custodios de la puerta santa una pregunta de ingreso: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?». Los sacerdotes -como acontece también en algunos otros textos bíblicos llamados por los estudiosos «liturgias de ingreso» (cf. Sal 14; Is 33,14-16; Mi 6,6-8)- responden enumerando las condiciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto. No se trata de normas meramente rituales y exteriores, que es preciso observar, sino de compromisos morales y existenciales, que es necesario practicar. Es casi un examen de conciencia o un acto penitencial que precede la celebración litúrgica.

Son tres las exigencias planteadas por los sacerdotes. Ante todo, es preciso tener «manos inocentes y corazón puro». «Manos» y «corazón» evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que se ha de orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es «no mentir», que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos dioses, es decir, «mentira». Así se reafirma el primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe a las relaciones con el prójimo: «No jurar contra el prójimo en falso». Como es sabido, en una civilización oral como la del antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño; por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud.

Así llegamos al tercer cuadro, que describe indirectamente el ingreso festivo de los fieles en el templo para encontrarse con el Señor (vv. 7-10). En un sugestivo juego de llamamientos, preguntas y respuestas, se presenta la revelación progresiva de Dios, marcada por tres títulos solemnes: «Rey de la gloria; Señor valeroso, héroe de la guerra; y Señor de los ejércitos». A las puertas del templo de Sión, personificadas, se las invita a alzar los dinteles para acoger al Señor que va a tomar posesión de su casa.

El escenario triunfal, descrito por el salmo en este tercer cuadro poético, ha sido utilizado por la liturgia cristiana de Oriente y Occidente para recordar tanto el victorioso descenso de Cristo a los infiernos, del que habla la primera carta de san Pedro (cf. 1 Pe 3,19), como la gloriosa ascensión del Señor resucitado al cielo (cf. Hch 1,9-10). El mismo salmo se sigue cantando, en coros que se alternan, en la liturgia bizantina la noche de Pascua, tal como lo utilizaba la liturgia romana al final de la procesión de Ramos, el segundo domingo de Pasión. La solemne liturgia de la apertura de la Puerta santa durante la inauguración del Año jubilar nos permitió revivir con intensa emoción interior los mismos sentimientos que experimentó el salmista al cruzar el umbral del antiguo templo de Sión.

El último título: «Señor de los ejércitos», no tiene, como podría parecer a primera vista, un carácter marcial, aunque no excluye una referencia a los ejércitos de Israel. Por el contrario, entraña un valor cósmico: el Señor, que está a punto de encontrarse con la humanidad dentro del espacio restringido del santuario de Sión, es el Creador, que tiene como ejército todas las estrellas del cielo, es decir, todas las criaturas del universo, que le obedecen. En el libro del profeta Baruc se lee: «Brillan las estrellas en su puesto de guardia, llenas de alegría; las llama él y dicen: “Aquí estamos”. Y brillan alegres para su Hacedor» (Ba 3,34-35). El Dios infinito, todopoderoso y eterno, se adapta a la criatura humana, se le acerca para encontrarse con ella, escucharla y entrar en comunión con ella. Y la liturgia es la expresión de este encuentro en la fe, en el diálogo y en el amor.

Juan Pablo II

Una solemne procesión avanza hacia el templo, llevando quizá consigo el arca de la alianza. En esta procesión de Dios con su pueblo hacia el lugar santo, se alternan los cantos a la grandeza de Dios y a la santidad que debe adornar al pueblo que lo acompaña: Del Señor es la tierra y cuanto la llena, él la fundó, él la afianzó; pero,¿quién puede subir, acompañando a Dios, al monte del Señor?, ¿quién puede estar en el recinto sacro?

Al llegar ante el templo, la procesión se detiene. Unos momentos de expectación ante las puertas cerradas, para contemplar la grandeza de Dios y sus victorias, ayudarán a que la entronización del arca sea más apoteósica:¡Portones!, alzad los dinteles, va a entrar el Rey de la gloria, el Señor, héroe de la guerra.

Es éste un salmo muy apto para empezar la oración de la mañana. En esta hora, Cristo, saliendo del sepulcro como Señor, héroe de la guerra, Dios de los ejércitos, Rey de la gloria, verdadera arca en la que reside toda la plenitud de la divinidad, entró definitivamente en el templo de la gloria; en esta hora, la Iglesia, iluminada por el triunfo de su Señor, emprende nuevamente la ruta de un nuevo día que le acercará al triunfo definitivo de la Parusía, en la que ella también entrará en el templo de Dios. Nosotros, pues, cuerpo de Cristo en la tierra, avanzamos acompañando al Señor que, por su resurrección, subió a lo más alto de los cielos: cada día es un nuevo paso de esta procesión. Pero, antes de empezar nuestra jornada, al mismo tiempo que recordamos la victoria del Rey de la gloria, debemos preguntarnos a nosotros mismos: ¿Quién puede subir al monte del Señor? Que las acciones del nuevo día nos hagan dignos de acompañar al Señor que asciende a lo más alto de los cielos.

Pedro Farnés

El templo de Jerusalén y sus ritos no eran más que sombra, preparación e imagen de Cristo, verdadero templo de Dios, verdadero rey de la gloria por su resurrección gloriosa. En Cristo, Dios se hace presente a los hombres, y en el acto litúrgico, en el sacrificio cotidiano, en el ritmo anual del adviento, Cristo vuelve a venir a su Iglesia: la Iglesia lo trae como en una procesión, y él viene a los suyos. Pero también los suyos han de buscarlo sinceramente: bienaventurados los «puros de corazón», porque ellos verán a Dios. Todo el tiempo de la Iglesia es de nuevo preparación y símbolo de la consumación celeste: por eso el salmo puede ser proyectado hacia la parusía, cuando el Señor de la gloria se manifestará para instaurar su reino celeste; también entonces declarará las condiciones para entrar y él mismo guiará la procesión gozosa, final de todas las liturgias.

L. Alonso Schökel

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