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Me enseñarás el camino de la vida – Salmo 16 (15)

El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la «heredad», término que domina los versículos 5-6. En efecto, se habla de «lote de mi heredad, copa, suerte». Estas palabras se usaban para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora bien, sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara precisamente: «El señor es el lote de mi heredad. (…) Me encanta mi heredad» (Sal 15,5-6). Así pues, da la impresión de que es un sacerdote que proclama la alegría de estar totalmente consagrado al servicio de Dios.

San Agustín comenta: «El salmista no dice: “Oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me darás como heredad?”, sino que dice: “Todo lo que tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo”. (…) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar» (Sermón 334, 3: PL 38, 1469).

El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (cf. Sal 6,6; 87,6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios.

Son dos los símbolos que usa el orante. Ante todo, se evoca el cuerpo: los exégetas nos dicen que en el original hebreo (cf. Sal 15,7-10) se habla de «riñones», símbolo de las pasiones y de la interioridad más profunda; de «diestra», signo de fuerza; de «corazón», sede de la conciencia; incluso, de «hígado», que expresa la emotividad; de «carne», que indica la existencia frágil del hombre; y, por último, de «soplo de vida».

Por consiguiente, se trata de la representación de «todo el ser» de la persona, que no es absorbido y aniquilado en la corrupción del sepulcro (cf. v. 10), sino que se mantiene en la vida plena y feliz con Dios.

El segundo símbolo del salmo 15 es el del «camino»: «Me enseñarás el sendero de la vida» (v. 11). Es el camino que lleva al «gozo pleno en la presencia» divina, a «la alegría perpetua a la derecha» del Señor. Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna.

En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el salmo 15 refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: «Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio» (Hch 2,24).

San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta perspectiva, también nosotros lo proclamamos: «No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no experimentó la corrupción» (Hch 13,35-37).

Juan Pablo II

Literalmente, el salmo 15 es la plegaria de un justo que vive rodeado de paganos, que sirven a otros dioses, y de israelitas, que, cediendo ante la tentación de la cultura superior del pueblo que les rodea, mezclan el culto al Dios verdadero con los cultos idolátricos. Todos ellos multiplican las estatuas de dioses extraños; el autor de nuestro salmo, en cambio, quiere permanecer total y únicamente fiel al Dios verdadero: Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen, no derramaré sus libaciones con mis manos.

Ya en este sentido original, nuestro salmo es una oración muy apropiada para quienes, en el bautismo, hemos renunciado a todo para servir al único Dios verdadero y, en muchas ocasiones, hemos renovado nuestro compromiso bautismal. También es una oración muy propia para los que, en la profesión religiosa, han dicho a Dios: El Señor es el lote de mi heredad y mi copa.

Pero el salmo 15, sobre todo colocado como canto de inauguración del domingo en estas I Vísperas del día de la resurrección, nos evoca de una manera muy intensa, como lo indica ya san Pedro el día de Pentecostés (cf. Hch 2,25-28), el recuerdo de Jesús, el plenamente fiel al Padre, el que no siguió dioses extraños ni cedió cuando se trataba del amor al Padre. Por eso, el Padre no dejó a su fiel conocer la corrupción del sepulcro, sino que le enseñó el sendero de la vida y le sació de gozo en su presencia. Que este salmo, pues, nos afiance en nuestra fidelidad bautismal ante cualquier tentación, y, en este domingo, nos recuerde a Jesús resucitado de entre los muertos, dándonos la esperanza de que también nosotros, como él, seremos saciados de gozo en la presenciade Dios. Que, con esta esperanza, nuestra carne descanse serena.

Pedro Farnés

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