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Si me he refugiado en el Señor – Salmo 11 (10)

El que hemos hecho resonar en nuestros corazones es el salmo 10, una breve plegaria de confianza que, en el original hebreo, está marcada por el nombre sagrado de Dios: Adonai, el Señor. Este nombre aparece al inicio (cf. v. 1), se repite tres veces en el centro del salmo (cf. vv. 4-5) y se encuentra de nuevo al final (cf. v. 7).

La tonalidad espiritual de todo el canto queda muy bien reflejada en el versículo conclusivo: «El Señor es justo y ama la justicia». Esta es la raíz de toda confianza y la fuente de toda esperanza en el día de la oscuridad y de la prueba. Dios no es indiferente ante el bien y el mal; es un Dios bueno, y no un hado oscuro, indescifrable y misterioso.

El salmo se desarrolla fundamentalmente en dos escenas. En la primera (cf. vv. 1-3) se describe a los malvados en su triunfo aparente. Se presentan con imágenes tomadas de la guerra y la caza: los perversos tensan su arco de guerra o de caza para herir violentamente a sus víctimas, es decir, a los fieles (cf. v. 2). Estos últimos, por ello, se ven tentados por la idea de escapar y librarse de una amenaza tan implacable. Quisieran huir «como un pájaro al monte» (v. 1), lejos del remolino del mal, del asedio de los malvados, de las flechas de las calumnias lanzadas a traición por los pecadores.

A los fieles, que se sienten solos e impotentes ante la irrupción del mal, les asalta la tentación del desaliento. Les parece que han quedado alterados los cimientos del orden social justo y minadas las bases mismas de la convivencia humana (cf. v. 3).

Pero entonces se produce un vuelco, descrito en la segunda escena (cf. vv. 4-7). El Señor, sentado en su trono celeste, abarca con su mirada penetrante todo el horizonte humano. Desde ese mirador trascendente, signo de la omnisciencia y la omnipotencia divina, Dios puede observar y examinar a toda persona, distinguiendo el bien del mal y condenando con vigor la injusticia (cf. vv. 4-5).

Es muy sugestiva y consoladora la imagen del ojo divino cuya pupila está fija y atenta a nuestras acciones. El Señor no es un soberano lejano, encerrado en su mundo dorado, sino una Presencia vigilante que está a favor del bien y de la justicia. Ve y provee, interviniendo con su palabra y su acción.

El justo prevé que, como aconteció con Sodoma (cf. Gn 19,24), el Señor «hará llover sobre los malvados ascuas y azufre» (Sal 10,6), símbolos del juicio de Dios que purifica la historia, condenando el mal. Los malvados, heridos por esta lluvia ardiente, que prefigura su destino último, experimentan por fin que «hay un Dios que hace justicia en la tierra» (Sal 57,12).

El salmo, sin embargo, no concluye con este cuadro trágico de castigo y condena. El último versículo abre el horizonte a la luz y a la paz destinadas a los justos, que contemplarán a su Señor, juez justo, pero sobre todo liberador misericordioso: «Los buenos verán su rostro» (Sal 10,7). Se trata de una experiencia de comunión gozosa y de confianza serena en Dios, que libra del mal.

Innumerables justos, a lo largo de la historia, han hecho una experiencia semejante. Muchas narraciones describen la confianza de los mártires cristianos ante los tormentos y su firmeza, que les daba fuerzas para resistir la prueba.

En los Hechos de Euplo, diácono de Catania, que murió hacia el año 304 bajo el emperador Diocleciano, el mártir irrumpe espontáneamente en esta serie de plegarias: «¡Gracias, oh Cristo!, protégeme, porque sufro por ti… Adoro al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Adoro a la santísima Trinidad… ¡Gracias, oh Cristo! ¡Ven en mi ayuda, oh Cristo! Por ti sufro, oh Cristo… Es grande tu gloria, oh Señor, en los siervos que te has dignado llamar a ti… Te doy gracias, Señor Jesucristo, porque tu fuerza me ha consolado; no has permitido que mi alma pereciera con los malvados, y me has concedido la gracia de tu nombre. Ahora confirma lo que has hecho en mí, para que quede confundido el descaro del Adversario» (A. Hamman, Preghiere dei primi cristiani, Milán 1955, pp. 72-73).

Juan Pablo II

Este salmo es un diálogo entre los amigos del salmista, pusilánimes y alarmados, y el propio salmista que, confiando en Dios, nada teme. En Israel, aparentemente, la fe mengua y las costumbres se corrompen; de ahí la actitud decaída de los amigos del salmista, de ahí el consejo que sale de sus bocas: Escapa como un pájaro al monte, porque, cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el justo?

La situación de temor ante el arraigamiento del mal en el mundo se repite también en nuestros días y puede constituir para muchos una gran tentación de desánimo; este salmo nos invita a rechazar los consejos de los «profetas de desdichas» que ante cualquier dificultad nos irán repitiendo: Cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el justo?

Que nuestra respuesta ante todo posible temor sea la misma que alentó la fe del salmista: Al Señor me acojo, porque el Señor es justo y se complace en los justos, y por ello estamos ciertos que, finalmente, los buenos verán su rostro.

Pedro Farnés

¿Cómo contemplar el rostro de Dios?: Somos Templo de Dios, construido con las piedras vivas y engarzadas de nuestras personas sobre el fundamento, que es Cristo. El amor, difundido en nuestros corazones por el Espíritu, hace inviolable nuestra comunidad religiosa. Aunque haya personas interesadas en herirnos o en disparar desde la sombra contra nosotros, aquí en la comunidad -santuario de Dios- encontraremos acogida y refugio.

Las amenazas contra la vida religiosa se multiplican hasta tal punto que incluso en el interior del Santuario se agazapan los enemigos. Y cuando éstos se presienten, en momentos especialmente difíciles, se nos puede ocurrir escapar, evadirnos, marchar a otro lugar «como un pájaro al monte», abandonar la comunidad. Pero el salmista nos indica que el Dios del cielo es el Dios presente en nuestro Templo comunitario, fuerza inconmovible para quien se acoge a Él.

Debemos construir la comunidad en el amor y en la justicia. Vivir así es ya contemplar el rostro de Dios aquí en la tierra, visibilizado en el sacramento de la comunidad.

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

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Categorías:Cantos
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