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Al despertar – Salmo 17

Los comentadores de este salmo observan justamente que sus palabras sólo se ajustan a los labios de Cristo. Durante su proceso —y no faltan ni siquiera los falsos testigos— podría haberlas pronunciado una a una sin ninguna corrección. No hay ninguna clase de dudas. Pero… con una buena dosis de valor se podría intentar un ejercicio un poco arriesgado: aplicarlas a nosotros. ¡Vamos, no hay que tener miedo! Naturalmente habría que hacer las correcciones oportunas. Así por ejemplo:

Presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño (v. 1).

Podríamos modificarla: me empeño en hablar con toda sinceridad. Y si alguna vez la mentira aflora a mis labios me siento el más vil de los hombres. «Miren tus ojos la rectitud» (v. 2), pero no olvides poner junto a esta «rectitud» el peso determinante de tu misericordia.

Aunque sondees mi corazón,
visitándolo de noche,
aunque me pruebes al fuego… (v. 3).

¡Alto’ Aquí es necesaria una corrección sustancial. En vez de «…no encontrarás malicia en mí», ,hay que corregir: y siempre has encontrado montones de suciedad. Pero también has visto mi vergüenza, el reconocimiento de mis culpas y siempre te has inclinado para barrerlo todo y dejarme limpio. «Porque si nuestro corazón nos acusa, Dios es mayor que nuestro corazón» (1 Jn 3, 20).

Mi boca no ha faltado
como suelen los hombres (v. 4).

Aquí basta añadir: sin que experimentase terribles sacudidas en mi conciencia.

Según tus mandatos, yo me he mantenido
en la senda establecida (v. 4).

En fin, los despistes no son infrecuentes en mi vida. Pero siempre hay una palabra tuya que se clava en mí, que me hace sentirme traidor. Y esa palabra fastidiosa, inquietante, implacable, termina por tener razón de todas mis deserciones y me lleva al camino justo.

«Mis pies estuvieron firmes en tus caminos» (v. 5). Seamos claros, Señor; debes admitir que no es un deporte fácil seguir tus huellas. Algunas veces hay bandazos tremendos (basta una ráfaga de viento), otras da verdadero vértigo. A pesar de todo, sigo, te lo aseguro, aunque los pies —y no sólo los pies— estén llagados. Sobre todo me esfuerzo por no olvidar tu mensaje. Y a pesar de estar particularmente… dotado, trato de evitar el camino más fácil.

El ejercicio propuesto podría continuar. Cada uno es libre de hacer las correcciones que vengan al caso.

En donde podemos refugiarnos Pero el salmo 16 no nos regala sólo la posibilidad de aplicarnos a nosotros mismos —con las debidas correcciones— esas palabras inauditas. Algunas de sus frases nos ofrecen un maravilloso «derecho de asilo».

En ciertos momentos de peligro, en nuestra existencia, tenemos la posibilidad de «refugiarnos» en algunas expresiones de este salmo, de una delicadeza infinita.

También aquí será suficiente algún ejemplo. Cuando nos sentimos amenazados por la avidez de otro, por su mezquindad, por la maldad de tanta gente.

Cuando el misterio de nuestra persona es saqueado por la vulgaridad, la indiscreción, por la arrogancia (v. 10).

Pues bien, hay alguien para quien somos preciosos. Alguien que nos defiende, que nos guarda con toda delicadeza:

Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme (v. 8).

Con frecuencia nos encontramos con muros de indiferencia y de egoísmo, los que «cierran sus entrañas» (v. 10). La traducción literal es todavía más expresiva: «Han revestido su corazón de grasa». Una odiosa corteza de .protección contra el sufrimiento de los demás. A través de esa repugnante corteza de grasa su corazón está seguro: no será herido ni molestado por el lamento del pobre.

Cuando se topa contra este muro untuoso, se produce la náusea. El horizonte se vuelve cada vez más oscuro. No se espera ya.

Pero no. Puede haber una sorpresa. Estoy autorizado a dirigirme a alguien y pedirle incluso un milagro de rescate ante tanto egoísmo feroz, tanta crueldad, tanta frialdad y tanta indiferencia: «Muestra las maravillas de tu misericordia» (v. 7). Ciertamente con el Señor incluso las peticiones más aventuradas, resultan perfectamente legítimas.

Finalmente, una situación también muy frecuente. Nadie me escucha. Demasiada gente distraída. Que no puede o que no tiene ganas de atender a mis palabras. Hay alguien dispuesto a escucharme. Puedo decir al Señor «inclina el oído y escucha mis palabras» (v. 6), porque él no está jamás distraído y toma en serio mis palabras. ¿Qué imagen puede ser más engrandecedora que la de un Dios que escucha mis palabras?

Dos episodios del Génesis ilustran esta imagen. Sara, mujer de Abrahán, está loca de celos por su esclava Agar. Esta no puede soportar todas las humillaciones de su rival y huye. Un ángel de Yahvé se acerca a ella en el desierto junto a una fuente y le dice: «Mira, estás encinta y darás a luz; un hijo y lo llamarás Ismael, porque el Señor ha escuchado tu aflicción» (Gén 16, 11).

Se trata de una expresión de una audacia desconcertante: Yahvé ha escuchado tu aflicción. Y el nombre de Ismael significa precisamente «Dios ha escuchado».

Después del retorno de la esclava y del nacimiento de Isaac las cosas van mal bajo la tienda de Abrahán. Están por medio el hijo legítimo (Isaac), el hijo de la concubina (Ismael), la mujer y la concubina. Abrahán después de una serie de incidentes, que será mejor no imaginar, se ve obligado a despedir definitivamente a la esclava.

Abrahán madrugó, tomó pan y un odre de agua, se lo cargó a los hombros de Agar y la despidió con el muchacho. Ella marchó y fue vagando por el desierto de Berseba. Cuando se le acabó el agua del odre, colocó al niño debajo de unas mantas; se apartó y se sentó a solas, a la distancia de un tiro de arco. Pues se decía: «no puedo ver morir a mi hijo». Y se sentó aparte. El niño rompió a llorar; Dios oyó la voz del niño y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo:

—¿Qué te pasa, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del chico, allí donde está. Levántate, toma al niño y agárrale fuerte de la mano, porque haré que sea un pueblo gigante.

Dios le abrió los ojos, y divisó un pozo de agua; fue allá, llenó el odre y dio de beber al muchacho.

Dios estaba con el muchacho, que creció y habitó en el desierto (Gén 21, 14-20).

Es una de las escenas más expresivas de toda la Biblia. El protagonista principal es Dios que «capta» la voz, el llanto de un niño perdido en el desierto. Armados con la certeza de un Dios que escucha, se puede incluso afrontar serenamente el desierto de la indiferencia, de la hostilidad y de la insensibilidad general. Es el salmo del «derecho de asilo» para el inocente. Es el salmo que canta la fortuna de los refugiados junto a Yahvé.

Me gusta concluir este comentario, refugiándome en esta imagen, en esta definición inédita de Dios: el que escucha.

Alessandro Pronzato

Muéstrame las maravillas de tu misericordia!».

Muéstrame, Señor. Tus obras san patentes, pero yo soy ciego y olvidadizo, y necesito que me las vuelvas a mostrar, que me las recuerdes, que me las hagas reales. Tu misericordia es tu amor, y si yo vivo es porque tú me amas. Cada palabra de tus escrituras y cada instante de mi existencia es un mensaje de amor que me envías en cuidado constante de mi efímera vida. Y tu misericordia es también tu perdón cuando yo te fallo y te vuelvo a fallar, y tú me acoges una y otra vez con incansable piedad. Sólo tengo que aprender a reconocer tu sello en mi vida para entender tus maravillas.

Y la que entiendo como mayor maravilla de tu misericordia es la confianza que me das de poder aparecer ante ti con la frente erguida y el corazón tranquilo. Yo nunca hubiera osado pronunciar las palabras que hoy pones tú en mis labios en este Salmo: «Aunque sondees mi corazón visitándolo de noche, aunque me pruebes al fuego, no encontrarás malicia en mí». Es verdad que no deseo hacer el mal, pero también es bien verdad que el mal anida en mí y hago sufrir a los demás y te entristezco a ti, y tú lo sabes muy bien y te dueles de mi dolor. Pero también es verdad, y me gozo en recibir de ti esta gracia ahora, que no soy malo en el fondo, que quiero hacer el bien, y que me alegra poder hacer algo por los demás y servirlos en tu nombre. Yo no soy inocente, pero tu misericordia me hace inocente, y ese gesto tuyo de borrar mi pasado y limpiar mis fondos me llena de alegría ante la responsabilidad de mi vida y la realidad de tu amor. Bendita sea tu misericordia que me abre las puertas del creer.

Ahora puedo acabar el Salmo con confianza: «Con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante».

Carlos G. Vallés

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