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Dice el Señor a mi Senor – Salmo 110 (109)

Cristo en Juicio final por Fra Angelico

DICE EL SEÑOR A MI SEÑOR:
SIÉNTATE A MI DERECHA,
HASTA QUE PONGA A TUS ENEMIGOS
COMO ESCABEL DE TUS PIES;
DEBAJO DE TUS PIES,
DEBAJO DE TUS PIES.

El cetro de tu poder
extiende el Señor desde Sión:
¡domina en medio de tus enemigos!
Desde el seno de la aurora
como rocío yo te he engendrado;
desde antes de la aurora
como rocío yo te he engendrado.

El Señor ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote para siempre,
a semejanza de Melquisedec.»
Porque el Señor está a tu derecha,
destruirá tus enemigos,
tú juzgarás a los pueblos,
sentenciarás a las naciones.
En el camino bebe del torrente,
y levanta la cabeza.

Podemos distinguir claramente en él dos partes. La primera (cf. vv. 1-3) contiene un oráculo dirigido por Dios a aquel que el salmista llama «mi Señor», es decir, el soberano de Jerusalén. El oráculo proclama la entronización del descendiente de David «a la derecha» de Dios. En efecto, el Señor se dirige a él, diciendo: «Siéntate a mi derecha» (v. 1). Verosímilmente, se menciona aquí un ritual según el cual se hacía sentar al elegido a la derecha del arca de la alianza, de modo que recibiera el poder de gobierno del rey supremo de Israel, o sea, del Señor.

En el ambiente se intuyen fuerzas hostiles, neutralizadas, sin embargo, por una conquista victoriosa: se representa a los enemigos a los pies del soberano, que camina solemnemente en medio de ellos, sosteniendo el cetro de su autoridad (cf. vv. 1-2). Ciertamente, es el reflejo de una situación política concreta, que se verificaba en los momentos de paso del poder de un rey a otro, con la rebelión de algunos súbditos o con intentos de conquista. Ahora, en cambio, el texto alude a un contraste de índole general entre el proyecto de Dios, que obra a través de su elegido, y los designios de quienes querrían afirmar su poder hostil y prevaricador. Por tanto, se da el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, que se desarrolla en los acontecimientos históricos, mediante los cuales Dios se manifiesta y nos habla.

Cristo en el trono que preside el Concilio de Nicea

Quisiéramos releer el versículo inicial del salmo con el oráculo divino: «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies». Y lo haremos con san Máximo de Turín (siglo IV-V), quien en su Sermón sobre Pentecostés lo comenta así: «Según nuestra costumbre, la participación en el trono se ofrece a aquel que, realizada una empresa, llegando vencedor merece sentarse como signo de honor. Así pues, también el hombre Jesucristo, venciendo con su pasión al diablo, abriendo de par en par con su resurrección el reino de la muerte, llegando victorioso al cielo como después de haber realizado una empresa, escucha de Dios Padre esta invitación: “Siéntate a mi derecha”. No debemos maravillarnos de que el Padre ofrezca la participación del trono al Hijo, que por naturaleza es de la misma sustancia del Padre… El Hijo está sentado a la derecha porque, según el Evangelio, a la derecha estarán las ovejas, mientras que a la izquierda estarán los cabritos. Por tanto, es necesario que el primer Cordero ocupe la parte de las ovejas y la Cabeza inmaculada tome posesión anticipadamente del lugar destinado a la grey inmaculada que lo seguirá» (40, 2: Scriptores circa Ambrosium, IV, Milán-Roma 1991, p. 195).

El texto se presenta como un salmo regio, vinculado a la dinastía davídica, y probablemente remite al rito de entronización del soberano. Sin embargo, la tradición judía y cristiana ha visto en el rey consagrado el perfil del Consagrado por excelencia, el Mesías, el Cristo.

Precisamente desde esta perspectiva, el salmo se convierte en un canto luminoso dirigido por la liturgia cristiana al Resucitado en el día festivo, memoria de la Pascua del Señor.

Son dos las partes del salmo 109 y ambas se caracterizan por la presencia de un oráculo divino. El primer oráculo (cf. vv. 1-3) es el que se dirige al soberano en el día de su entronización solemne «a la diestra» de Dios, o sea, junto al Arca de la alianza en el templo de Jerusalén. La memoria de la «generación» divina del rey formaba parte del protocolo oficial de su coronación y para Israel asumía un valor simbólico de investidura y tutela, dado que el rey era el lugarteniente de Dios en la defensa de la justicia (cf. v. 3).

Naturalmente, en la interpretación cristiana, esa «generación» se hace real y presenta a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios. Así había sucedido en la lectura cristiana de otro célebre salmo regio-mesiánico, el segundo del Salterio, donde se lee este oráculo divino: «Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7).

Melquisedec con Abraham por Dirk Bouts

El segundo oráculo del salmo 109 tiene, en cambio, un contenido sacerdotal (cf. v. 4). Antiguamente, el rey desempeñaba también funciones cultuales, no según la tradición del sacerdocio levítico, sino según otra conexión: la del sacerdocio de Melquisedec, el soberano-sacerdote de Salem, la Jerusalén preisraelita (cf. Gn 14,17-20).

Desde la perspectiva cristiana, el Mesías se convierte en el modelo de un sacerdocio perfecto y supremo. La carta a los Hebreos, en su parte central, exalta este ministerio sacerdotal «a semejanza de Melquisedec» (Hb 5,10), pues lo ve encarnado en plenitud en la persona de Cristo.

El Nuevo Testamento recoge, en repetidas ocasiones, el primer oráculo para celebrar el carácter mesiánico de Jesús (cf. Mt 22,44; 26,64; Hch 2,34-35; 1Co 15,25-27; Hb 1,13). El mismo Cristo, ante el sumo sacerdote y ante el sanedrín judío, se referirá explícitamente a este salmo, proclamando que estará «sentado a la diestra del Poder» divino, precisamente como se dice en el versículo 1 del salmo 109 (Mc 14,62; cf. 12,36-37).

Volveremos a reflexionar sobre este salmo en nuestro comentario de los textos de la Liturgia de las Horas. Ahora, para concluir nuestra breve presentación de este himno mesiánico, quisiéramos reafirmar su interpretación cristológica.

Lo hacemos con una síntesis que nos ofrece san Agustín. En la Exposición sobre el salmo 109, pronunciada en la Cuaresma del año 412, definía este salmo como una auténtica profecía de las promesas divinas relativas a Cristo. Decía el célebre Padre de la Iglesia: «Era necesario conocer al único Hijo de Dios, que estaba a punto de venir a los hombres para asumir al hombre y para hacerse hombre a través de la naturaleza asumida: moriría, resucitaría, ascendería al cielo, se sentaría a la diestra del Padre y cumpliría entre las gentes todo lo que había prometido. (…) Todo esto, por tanto, debía ser profetizado, debía ser anunciado con anterioridad, debía ser señalado como algo que se iba a realizar, para que, al suceder de improviso, no suscitara temor, sino que fuera aceptado con fe y esperado. En el ámbito de estas promesas se inserta este salmo, el cual profetiza con palabras tan seguras y explícitas a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que no podemos poner en duda que en este salmo se anuncia al Cristo» (Esposizioni sui Salmi, III, Roma 1976, pp. 951 y 953).

Dirijamos ahora nuestra invocación al Padre de Jesucristo, único rey y sacerdote perfecto y eterno, para que haga de nosotros un pueblo de sacerdotes y profetas de paz y amor, un pueblo que cante a Cristo, rey y sacerdote, el cual se inmoló para reconciliar en sí mismo, en un solo cuerpo, a toda la humanidad, creando al hombre nuevo (cf. Ef 2,15-16).

Juan Pablo II

En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fuertes, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El Señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección».

Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia: el propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22,44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2,34-35; Rm 8,34; etc.); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.

A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de Cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobrados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: «Haré de tus enemigos -la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies». «Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos -que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva» (1 Pe 1,3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Pedro Farnés

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