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Pentecostés en la tradición judía y cristiana

En la Tradición judía

Como las demás fiestas judías (Pascua, Fiesta de las Tiendas, etc.). Pentecostés fue en su inicio una celebración relacionada con un acontecimiento de orden natural. Los textos bíblicos más antiguos han conservado su nombre original: la Fiesta de la Siega.

El pueblo judía iluminado por la sabiduría divina, va transformando los ritos paganos y cósmicos en celebraciones con un sentido más histórico y espiritual.

En el mes de mayo, “tercer mes del año” según el calendario hebreo, las cosechas de cereales alcanzan su madurez en Palestina: la fiesta debe santificar y coronar la siega, de la misma manera que Sukkot o la Fiesta de las Tiendas santificaba y coronaba la cosecha de las viñas y de los furtales en el inicio del otoño.

El Deuteronomio elevará la Fiesta de la Siega al rango de la Pascua y de Sukkot, obligando a los fieles a peregrinar a Jerusalén para ofrecer a Yahveh las primicias de la cosecha y manifestar así el gozo y la gratitud experimentada por las bendiciones divinas. En esta época adquirirá el nombre de Savuot o Fiesta de las Semanas, es decir, “la que se celebra después de una semana de semanas (7×7 = 49 días después de la Pascua).

El primer intento de espiritualizar la fiesta se produce después del destierro. La Fiesta de las Semanas deja de vincularse directamente con la cosecha de cereales para pasar a ser un satélite de la Pascua. De 49 días se pasa a contar 50, es decir, siete veces siete más un día, que es símbolo de perfección y plenitud dentro de la tradición cabalística judía. De los intensos debates relacionados con el sentido de la fiesta, mantenidos entre los movimientos sectarios de Israel (fariseos, esenio, saduceos…), comienza a surgir una nueva visión de la fiesta de Pentecostés (=50 dias) que deja de ser un rito vinculado con la naturaleza para pasar a conmemorar un acontecimiento histórico recordatorio del Éxodo. A partir de aquí es cuando Pentecostés se convierte en la celebración de la entrega de la Ley en el Sinaí. La relación entre Pascua y Pentecostés se intensifica: la primera proporciona el acontecimiento y la segunda ofrece la manera de vivir en función del mismo.

En la Tradición cristiana

La mañana de Pentecostés siguiente a la Pascua del Señor, los apóstoles se hallaban reuniros mientras, problablemente al igual que el resto de sus contemporáneos, meditaban la promulgación de la Ley, renovándose para ellos los acontecimientos y los fenómentos del Sinaí en una dimensión distinta a cómo los venían celebrando.

La intención de San Lucas en la narración recogida en los Hechos es describir la constitución del nuevo pueblo de Dios en el tiempo escatológico, como un nuevo Israel en el Sinaí. Ya la sabiduría hebrea consideraba la Alianza como una renovación de la humanidad, una nueva creación que devolvía al ser humano a su condición original antes del pecado. No lo interpreta como un don de Dios para beneficiar exclusivamente a un pueblo, sino que trasciende a todo el género humano, Este mismo sentido se desprende del relato de los Hechos de los Apóstoles ya que la efusión del Espíritu no se concibe únicamente como una santificación personal e interior, sino como una investidura profética de quienes han de llevar adelante la evangelización.
Existen referencias paralelas entre los relatos del Éxodo (Alianza del Sinaí) y de los Hechos (Pentecostés): viento fuerte, ruido que hace temblar la tierra, lenguas de fuego, un pueblo unido “en un solo corazón”…

En la tradición judía se da gran importancia a la figura de Moisés que asciende al Sinaí para buscar las Tablas de la Ley y entregárselas a Israel. Este sentido es aplicado a la Ascensión de Jesús en el relato cristiano: la subida del Señor al cielo para buscar la Nueva Ley, la Nueva Alianza que es el Espíritu Santo para convertirlo en don gratuito para los hombres.

Este don del Espíritu no es citado por ninguna fuente judía en las interpretaciones que se hacen de la Alianza del Sinaí, donde según su criterio lo único que se entregó por Dios fueron las Tablas de la Ley. El Espíritu quedaba reservado para la era mesiánica en la que el mismo Yahveh ha de restaurar a Israel. Precisamente esta es la constancia que quiere dejar San Lucas por medio de su relato en los Hechos: con el Pentecostés cristiano se inaugura la era mesiánica en el poder de Jesucristo resucitado.

Así concluye la evolución de la fiesta de Pentecostés en la Escritura. Después de permanecer largo tiempo en un plano agrícola, pasó a significar la promulgación de la Alianza. La Pascua situaba a los judíos en un estado de salvación y liberación; Pentecostés, por el don de la Ley, les ofrecía la posibilidad de mantenerse en ese estado para no volver jamás a la esclavitud.

También para los cristianos la Pascua supone un acontecimiento redentor, mientras que Pentecostés consuma la obra dándoles el Espíritu Santo que les permite alcanzar la filiación divina y la liberación en el poder de Jesucristo resucitado. La ley cede su puesto al Espíritu para mantener a sus hijos en estado de resucitados:
“Una vez celebrada la Pascua, nos espera una fiesta que lleva la imagen del cielo, una fuesta espléndida, como si ya estuviéramos reunidos con nuestro Salvador en posesión de su Reino…” (Eusebio de Cesárea)

Emiliano Jiménez Hernandez

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Categorías:Libros, Pentecostés
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