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Consolad a mi pueblo – Isaías 40,1-11

17 junio, 2011 1 comentario

CONSOLAD A MI PUEBLO,
Y HABLAD AL CORAZÓN DE JERUSALÉN
Y DECIDLE QUE SE ACABA SU ESCLAVITUD.

¡Ohey! Una voz en el desierto grita:
«preparad el camino, la senda al Señor.»

PORQUE EL SEÑOR VIENE CON POTENCIA,
TRAE CONSIGO EL PREMIO.
COMO EL PASTOR REÚNE SU REBAÑO;
LLEVA AL CORDERILLO EN SUS BRAZOS.

Como el pastor conduce con cuidado
las ovejas que van a ser madres;
como el pastor que lleva a sus hombros
la oveja perdida.

“Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne” (Is 40, 11).

La primera lectura que se acaba de proclamar en nuestra asamblea nos ha vuelto a proponer el inicio de lo que comúnmente se llama “Libro de la consolación”. Al pueblo elegido, obligado a vivir en el exilio, el profeta, conocido con el nombre de “segundo Isaías”, le anuncia el fin de los sufrimientos y el regreso a su tierra.

Este anuncio de esperanza se abre con la invitación:  “Consolad, consolad a mi pueblo” (Is 40, 1). Sigue una proclamación gozosa de la intervención decisiva de Yahveh, que vendrá a liberar a su pueblo:  “Mirad, Dios, el Señor, llega con poder” (Is 40, 10).

“¡Aquí está vuestro Dios!”. Es preciso prepararse para encontrarse con él. Es necesario preparar el camino al Señor (cf. Is 40, 3), porque viene a liberar a los suyos, oprimidos por la esclavitud. Viene presuroso y solícito a buscar la oveja perdida.

Las palabras del profeta se cumplen en la figura de Cristo, el buen Pastor, del que la página evangélica de hoy ofrece una breve descripción. En Cristo Dios no sólo sale al encuentro del hombre, sino que lo busca con conmovedora intensidad de amor.

“Mirad:  Dios, el Señor, llega con poder” (Is 40, 10).

En el clima de Adviento, que estamos viviendo, la afirmación del profeta tiene un eco aún más amplio y significativo. El Adviento es el tiempo de la espera vigilante del Mesías, que “llega con poder” a liberar a su pueblo, y al que acogeremos dentro de pocos días en la pobreza de Belén.

Vendrá como Rey victorioso al final de los tiempos, pero ya ahora, constantemente, “viene a renovar el mundo”. Debemos aprender a escrutar los “signos” de su presencia en los acontecimientos de la historia.

La liturgia de este tiempo nos invita a buscarlo y a descubrir que está cerca de nosotros aun cuando nos alejamos de él siguiendo senderos efímeros e ilusorios. Si lo buscamos, es porque antes él nos ha buscado y ha encontrado. Por eso, frente a las situaciones difíciles, en los momentos oscuros de la existencia, no faltan jamás la esperanza y la alegría en el corazón de los creyentes.

Permitidme que os repita una vez más, especialmente a vosotros:  “¡No tengáis miedo!”. “Remad mar adentro” e id con confianza al encuentro de Jesús, porque en él seréis libres y estaréis seguros, incluso cuando los caminos de la vida resultan abruptos e insidiosos. Fiaos de él, jóvenes de diversas naciones. Acogerlo significa abrirle la riqueza de cada cultura y nación, exaltando su originalidad, en el dinamismo de un diálogo fecundo y en la articulación armoniosa de las diversidades.

“Una voz dice:  “¡Grita!”” (Is 40, 6). Esta exhortación del profeta resuena con singular vigor en nuestra asamblea litúrgica. Queridos amigos, también vosotros debéis gritar. En efecto, no se puede callar la verdad de Cristo. Exige ser anunciada sin arrogancia, pero con firmeza y valentía. Esta es la parresía de la que habla el Nuevo Testamento, la cual debe caracterizar también el compromiso cultural de los cristianos.

¡Gritad, jóvenes universitarios, con el testimonio de vuestra fe! No os contentéis con una vida mediocre, sin impulsos ideales, orientada sólo a conseguir el provecho individual inmediato.
Trabajad por una universidad digna del hombre, que sepa ponerse también hoy al servicio de la sociedad de modo crítico.

Europa necesita una nueva vitalidad intelectual. Una vitalidad que proponga proyectos de vida austera, capaz de compromiso y sacrificio, sencilla en sus aspiraciones legítimas, clara en sus realizaciones y transparente en sus comportamientos. Es necesaria una nueva valentía del pensamiento, libre y creativo, dispuesto a aceptar, desde la perspectiva de la fe, las exigencias y los desafíos que surgen de la vida, para mostrar con claridad las verdades últimas del hombre.

Queridos hermanos y hermanas, procedéis de diferentes naciones de Europa, de Oriente y Occidente. Sois como un símbolo de la Europa que debéis construir juntos. Pero para cumplir esta ardua misión necesitáis la paciencia y la tenacidad del pastor que busca la oveja perdida, de la que habla el pasaje evangélico de san Mateo, que se acaba de proclamar.

Una búsqueda incansable, que no se desanima jamás aunque sean escasos los resultados, ni se paraliza por las inevitables y a veces crecientes incomprensiones y oposiciones. Una búsqueda inteligente y apasionada, como de quien conoce y ama. Para el pastor, la oveja perdida no es una entre cien; es como si fuera la única:  la llama por su nombre y reconoce su voz. En una palabra, la ama. Así actúa Dios con nosotros. El hombre de hoy necesita reconocer la voz de Cristo, el verdadero Pastor que da la vida por sus ovejas. Por tanto, sed apóstoles capaces de acercar las almas al Señor, ayudándoles a experimentar el consolador abrazo de su redención.

Juan Pablo II

Categorías:Adviento, Cantos

Un retoño brota del tronco de Jesé – Isaías 11,1-11

UN RETOÑO BROTA DEL TRONCO DE JESÉ,
UN GERMEN DE SUS RAÍCES.
SOBRE ÉL SE POSA EL ESPÍRITU DEL SEÑOR:
ESPÍRITU DE SABIDURÍA E INTELIGENCIA,
ESPÍRITU DE CONSEJO Y FORTALEZA,
ESPÍRITU DE CIENCIA Y DE PIEDAD,
ESPÍRITU DE TEMOR DEL SEÑOR.

No juzgará de oídas,
sino que ayudará a los oprimidos.
Su palabra será una vara contra el violento
y con el soplo de su boca matará al malvado.
El lobo vivirá con el cordero,
la pantera se echará con el cabrito,
el león y el novillo pacerán juntos,
y un niño los guiará, y un niño los guiará.

La vaca y la osa estarán juntas,
el león, como el buey, comerá paja.
El niño de pecho hurgará
en el agujero del áspid,
el recién nacido meterá la mano
en la hura de la víbora.
Porque ya nadie hará daño.
Porque la tierra estará llena
del conocimiento del Señor.
Porque aquel día
la raíz de Jesé se levantará
como estandarte de los pueblos,
y las gentes lo seguirán con ansia.
En aquel día el Señor extenderá su mano
y un camino se formará,
una vía para todas las naciones,
que la Virgen indicará.

Conviene remontarse ante todo a la profecía de Isaías, llamada a veces « el quinto evangelio » o bien el « evangelio del Antiguo Testamento ». Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelación neotestamentaria identificará con Jesús, Isaías relaciona la persona y su misión con una acción especial del Espíritu de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el Profeta:

« Saldrá un vástago del tronco de Jesé
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y de temor del Señor.
Y le inspirará en el temor del Señor ».52

Este texto es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de « espíritu », entendido ante todo como « aliento carismático », y el « Espíritu » como persona y como don, don para la persona. El Mesías de la estirpe de David (« del tronco de Jesé ») es precisamente aquella persona sobre la que « se posará » el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo, con aquella alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre, por decirlo de algún modo, la vía sobre la que se prepara la plena revelación del Espíritu Santo en la unidad del misterio trinitario, que se manifestará finalmente en la Nueva Alianza.

Juan Pablo II

El único Espíritu enriquece a la Iglesia con la diversi­dad de sus dones: “El Espíri­tu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo…Guía a la Iglesia y la provee con diversos dones jerárquicos y carismá­ticos y la embe­llece con sus fru­tos” (LG,­n.4). La acción vivi­fi­cante del Espíritu inspira con la multi­forme variedad de su dones toda la vida del cristiano. El es el inicio de la justi­ficación, moviendo al pecador a conver­sión (Denz.797):

También el inicio de la fe, más aún, la misma disposi­ción a creer tiene lugar en nosotros por un don de la gracia, es decir, de la inspiración del Espíritu Santo, quien lleva nuestra voluntad de la incredulidad a la fe.

Nadie puede acoger la predicación evangélica sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo, que da a todos la docilidad necesaria para aceptar y creer en la verdad.

Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe…y penetra más profundamente en ella con juicio certero (LG,n.12).

Esta fe suscitada en el fiel por el Espíritu Santo, lue­go, la guía e impulsa en todas las etapas de su santi­fica­ción, como “Espíritu santificador”. Actúa como principio de vida nueva en el baño de regene­ra­ción (Tit 3,5-7), que sella con su unción; forma el hombre nuevo (Ef 3,16) o la nueva criatu­ra (2Cor 5,17);consagra a los fieles como pueblo de Dios (2­Cor 1,22), tem­plo de Dios y templo pro­pio (1Cor 6,19-20);como dador de cono­cimiento y sabiduría (1Cor 12,8), instru­ye, mani­fies­ta y revela a Dios (Ef 1,17), enseña a orar (Rom 8,26);­habitando en el cristiano, su templo (1Cor 6,19-20), crea y atestigua nues­tra filiación adoptiva (Rom 8,16;Gál 4,5-6), derrama en noso­tros el amor de Dios (Rom 5,5), nos guía hacia Dios (Rom 8,14), nos une con Cristo (Rom 8,9), nos atestigua que estamos en el amor de Dios y en Dios mismo (1Jn 4,19;3,24), nos consa­gra a Dios (Ef 1,13-14), nos inserta en la vida trinitaria en comuni­cación con el Padre y el Hijo (1Jn 1,3);es prenda y primicia de nuestra glorificación plena en el cielo (Rom 8,23). Como dice San Ireneo, el Espíritu Santo es la escala de nues­tras ascen­siones hacia Dios. Y San Cirilo nos dice:

El Espíritu predicó acerca de Cristo en los profetas. Actuó en los Apóstoles. El, hasta el día de hoy, sella las almas en el bautismo. Y el Padre da al Hijo y el Hijo comunica al Espíritu Santo. Y el Padre por medio del Hijo, con el Espíritu Santo, da todos los dones. No son unos los dones del Padre y otros los del Hijo y otros los del Espíritu Santo, pues una es la salvación, uno el poder, una la fe (Ef 4,5). Un solo Dios, el Padre; un solo Señor, su Hijo unigénito; un solo Espíritu Santo, el Paráclito.

Entre los dones del Espíritu Santo cabe destacar el don de la esperanza (1Cor 12,13), que se ofrece a quien se abre a Cristo. Pablo desea que rebosemos “de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rom 15,13). Y Juan Pablo II dirá:

Se puede decir que la vida cristiana en la tierra es como una iniciación en la participación plena en la glo­ria de Dios; y el Espíritu Santo, como prenda de la feli­cidad futura (Ef 1,13-14), es la garantía de alcanzar la pleni­tud de la vida eterna cuando, por efecto de la Re­dención, sean vencidos también los restos del pecado, como el dolor y la muerte. Así, la esperan­za cristiana no sólo es garantía, sino también anticipación de la reali­dad futura.

Don importante del Espíritu es la parresía que hace a los após­toles anunciar con fuerza el Evangelio.El es el Pará­clito, que defiende en la persecución e inspira el testimonio ante jueces y magistrados (Mt 10,20). El Espíritu Santo, con el don de fortaleza, otorga al cristiano la fidelidad, la pacien­cia y la perseverancia en el camino del Evangelio (Gál 5,22).

Orígenes, por su parte, considera el don del discerni­miento como el más necesario y permanente en la Iglesia. Este discernimiento se basa, no en criterios de sabiduría humana, que es necedad ante Dios, sino en la sabiduría que viene de Dios. Y Novaciano, antes de su cisma de la Iglesia, escribió esta bella página:

El Espíritu que dio a los discípulos el don de no temer, por el nombre del Señor, ni los poderes del mundo ni los tormentos, este mismo Espíritu hace regalos similares, como joyas, a la esposa de Cristo, la Iglesia. El suscita profetas en la Iglesia, instruye a los doctores, anima las lenguas, procura fuerzas y salud, realiza maravillas, otorga el discernimiento de los espíritus, asiste a los que dirigen, inspira los consejos, dispone los restantes dones de la gracia. De esta manera perfecciona y consuma la Iglesia del Señor por doquier y en todo.

Santo Tomás, confrontando la ley antigua con la nueva, dice límpidamente: “…Puesto que el reino de Dios está hecho de santidad, paz y gozo interiores, todos los actos externos que se oponen a la santidad, a la paz y al gozo espirituales son contrarios al reino de Dios y, por tanto, deben rechazarse en el evangelio del reino”. Para él, precisamente, el don de consejo tiene la misión de “calmar el ansia de la duda”. La acción del Espíritu Santo da una luz especial, como una intui­ción que hace al cristiano actuar “con prontitud y seguridad”, “como si hubiese pedido consejo a Dios”.

Conviene insistir, con San Pablo, en que la riqueza de los dones del Espíritu Santo, al ser suscitados por el único Espí­ritu, hace que todos ellos converjan en “la edifica­ción del único Cuerpo” de Cristo, que es la Igle­sia (1Cor 12,13):

Ya que aspiráis a los dones espirituales, procurad abun­dar en ellos para la edificación de la asamblea (1Cor 14,12).

Por ello, es evidente que el don más excelente del Espí­ritu Santo es el amor (1Cor 14,1), al que Pablo eleva el himno del capítulo 13 de esta carta, “himno a la cari­dad que puede considerarse un himno a la influencia del Espí­ritu Santo en la vida del cristiano”. En el cristiano hay un amor nuevo, participación del amor de Dios:

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5).

El Espíritu Santo hace al cristiano partícipe del amor de Dios Padre y del amor filial del Hijo al Padre. Amor que lleva al cristiano a amar, no sólo a Dios, sino también al prójimo como Cristo le ama a él. Es el amor signo y distintivo de los cristianos (Jn 13,34-35).

Emiliano Jimenez Hernández
Categorías:Adviento, Cantos, Pentecostés

Viene el Señor – Salmo 93 (92) – Apocalipsis 1, 5-6

VIENE EL SEÑOR
VESTIDO DE MAJESTAD,
VESTIDO Y CEÑIDO DE PODER.

Así está firme el orbe y no vacila,
la santidad es el adorno de tu casa;
tu trono está firme desde siempre,
desde siempre tú eres Señor.

A aquél, a aquél que nos amó,
que nos libró de todos los pecados;
a aquél, a aquél que nos amó,
que nos ha hecho sacerdotes de su reino.

A ÉL, LA GLORIA Y EL PODER,
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.

Él viene en las nubes
y todos le verán,
también aquellos que le traspasaron;
todos los reyes y pueblos de la tierra
se lamentarán, se lamentarán.

Nadie puede aceptar a Cristo vestido de majestad, si previamente no lo ha reconocido vestido de humildad, de humillación y de sufrimiento. No un sufrimiento diferente al tuyo, sino en tu propio sufrimiento.

Jesús Higueras Esteban

Antes de abordar el contenido central del Salmo, dominado por la imagen de las aguas, queremos captar la tonalidad de fondo, el género literario en que está escrito. En efecto, los estudiosos de la Biblia definen este salmo, al igual que los siguientes (95-98), como «canto del Señor rey». En él se exalta el reino de Dios, fuente de paz, de verdad y de amor, que invocamos en el «Padre nuestro» cuando pedimos: «Venga tu reino».

En efecto, el salmo 92 comienza precisamente con la siguiente exclamación de júbilo: «El Señor reina» (v. 1). El salmista celebra la realeza activa de Dios, es decir, su acción eficaz y salvífica, creadora del mundo y redentora del hombre. El Señor no es un emperador impasible, relegado en su cielo lejano, sino que está presente en medio de su pueblo como Salvador poderoso y grande en el amor.

En la primera parte del himno de alabanza domina el Señor rey. Como un soberano, se halla sentado en su trono de gloria, un trono indestructible y eterno (cf. v. 2). Su manto es el esplendor de la trascendencia, y el cinturón de su vestido es la omnipotencia (cf. v. 1). Precisamente la soberanía omnipotente de Dios se revela en el centro del Salmo, caracterizado por una imagen impresionante, la de las aguas caudalosas.

El salmista alude más en particular a la «voz» de los ríos, es decir, al estruendo de sus aguas. Efectivamente, el fragor de grandes cascadas produce, en quienes quedan aturdidos por el ruido y estremecidos, una sensación de fuerza tremenda. El salmo 41 evoca esta sensación cuando dice: «Una sima grita a otra sima con voz de cascadas: tus torrentes y tus olas me han arrollado» (v. 8). Frente a esta fuerza de la naturaleza el ser humano se siente pequeño. Sin embargo, el salmista la toma como trampolín para exaltar la potencia, mucho más grande aún, del Señor. A la triple repetición de la expresión «levantan los ríos su voz» (Sal 92,3), corresponde la triple afirmación de la potencia superior de Dios.

Los Padres de la Iglesia suelen comentar este salmo aplicándolo a Cristo: «Señor y Salvador». Orígenes, traducido por san Jerónimo al latín, afirma: «El Señor reina, vestido de esplendor. Es decir, el que antes había temblado en la miseria de la carne, ahora resplandece en la majestad de la divinidad». Para Orígenes, los ríos y las aguas que levantan su voz representan a las «figuras autorizadas de los profetas y los apóstoles», que «proclaman la alabanza y la gloria del Señor, y anuncian sus juicios para todo el mundo» (cf. 74 Omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 666-669).

San Agustín desarrolla aún más ampliamente el símbolo de los torrentes y los mares. Como ríos llenos de aguas caudalosas, es decir, llenos de Espíritu Santo y fortalecidos, los Apóstoles ya no tienen miedo y levantan finalmente su voz. Pero «cuando Cristo comenzó a ser anunciado por tantas voces, el mar inició a agitarse». Al alterarse el mar del mundo -explica san Agustín-, la barca de la Iglesia parecía fluctuar peligrosamente, agitada por amenazas y persecuciones, pero «el Señor domina desde las alturas»: «camina sobre el mar y aplaca las olas» (Esposizioni sui salmi, III, Roma 1976, p. 231).

Sin embargo, el Dios soberano de todo, omnipotente e invencible, está siempre cerca de su pueblo, al que da sus enseñanzas. Esta es la idea que el salmo 92 ofrece en su último versículo: al trono altísimo de los cielos sucede el trono del arca del templo de Jerusalén; a la potencia de su voz cósmica sigue la dulzura de su palabra santa e infalible: «Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término» (v. 5).

Así concluye un himno breve pero profundamente impregnado de oración. Es una plegaria que engendra confianza y esperanza en los fieles, los cuales a menudo se sienten agitados y temen ser arrollados por las tempestades de la historia y golpeados por fuerzas oscuras y amenazadoras.

Un eco de este salmo puede verse en el Apocalipsis de san Juan, cuando el autor inspirado, describiendo la gran asamblea celestial que celebra la derrota de la Babilonia opresora, afirma: «Oí el ruido de muchedumbre inmensa como el ruido de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos. Y decían: “¡Aleluya!, porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo”» (Ap 19,6).

Juan Pablo II

El salmo 92 es uno de los llamados «cánticos nuevos» que celebran el reino restaurado después de la cautividad de Babilonia. Israel, después del largo destierro, ha podido regresar a Jerusalén y ha reconstruido la ciudad y el templo, desde donde nuevamente, como antes del destierro, el Señor reina vestido de majestad.

Es verdad que la persecución fue violenta, es innegable que, aun superada la prueba del exilio, las dificultades no faltan: Levantan los ríos, Señor, levantan los ríos su voz; pero también es verdad que más potente que el oleaje del mar -símbolo para los antiguos de las fuerzas del mal-, más potente en el cielo es el Señor.

Este salmo tiene su más plena realización en la Pascua de Jesucristo, que celebramos en el domingo. Los ríos de la persecución y de la muerte levantaron su voz contra el Señor, las aguas caudalosas del infierno se levantaron contra Dios y contra su Ungido, pero, pasada la hora de las tinieblas, el Señor reina vestido de majestad y ceñido de poder, porque más potente que el oleaje del mar, más potente en el cielo es el Señor: su trono ahora está firme y no vacila.

Si Israel cantaba entusiasmado con este salmo el nuevo reino de Dios restaurado después de Babilonia, que el entusiasmo del nuevo pueblo de Dios no sea menor ante la resurrección de Cristo: Tu triunfo, Señor, es admirable; llenos de alegría, celebramos tu reino.

Pedro Farnés

Confesamos la fuerza de Dios que armoniza el Universo: Las fuerzas del mal, de la división, del enfrentamiento, podrían hacer caótica la situación del universo y la existencia de la humanidad. La fuerza del oleaje del mar, el fragor impetuoso de los ríos son símbolos de la capacidad devastadora y mortífera de los poderes diabólicos. Sin embargo, hoy confiesa nuestra comunidad que más poderoso es el Señor; su presencia serena domina y doblega cualquier potencia maléfica.

La fuerza del pecado, el poderío de los malvados, puede acabar con la humanidad, destruyendo la fraternidad entre los hombres y tronchando las vidas humanas. Sin embargo, hoy confiesa nuestra comunidad que más poderosa es la Ley y los Mandatos que Dios ha incrustado en el corazón del hombre: ellos son seguros, santos, no pasarán.

Comunidad reunida a causa del Reinado de Dios, experimentamos el dinamismo vigoroso y liberador de su dominio. Anhelamos que se manifieste en todo el mundo y que nada ni nadie se sustraiga de su poderío salvador.

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

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