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Quién es esta que sube del desierto – Cantar de los Cantares 8,5-7 (2/2)

16 marzo, 2014 Deja un comentario
Categorías:Cantos, Chus, Matrimonios Etiquetas:

Qué amables son tus moradas – Salmo 84 (83) 2/2

3 marzo, 2014 Deja un comentario

Hemos escogido como ejemplo de una himno de alabanza el salmo 84 que aparece en los laudes del lunes de la tercera semana. Este salmo es un notable ejemplo de la devoción judía hacia el santuario de Jerusalén. Lo hemos escogido para mostrar lo excitante que podía llegar a ser la experiencia de peregrinación que se anticipaba gozosamente antes de ponerse en camino, y culminaba al llegar a la vista del Templo, donde tendrían la oportunidad de participar en los cantos, en los sacrificios y en la plegaria.

a) Naturaleza del salmo

Aunque no forme parte explícitamente del grupo de “salmos de peregrinación” o graduales (120-130), en el fondo, en el contenido y en el estilo, encontramos aquí la oración de un peregrino que expresa su delectación en el Señor. La alegría comienza en el momento en que se decide a partir (Cfr. Sal 122: “¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!”). Acompaña al peregrino a través de las dificultades del viaje y llega a su cumbre cuando visita el templo y puede tomar parte en la liturgia de alabanza.

Una manera de alabar a Dios indirectamente es alabando todo lo que le pertenece, el templo, la ciudad santa, las bendiciones que emanan de ese lugar. El contexto podría ser la Fiesta de los Tabernáculos, si tenemos en cuenta la mención de la primera lluvia. En esta fiesta se pedía el don de la lluvia, se celebraba la realeza de Dios y se ofrecían oraciones por el rey davídico.

b) Análisis literario del salmo

En tres estrofas el poema va cantando el deseo del peregrino (2-5), el viaje (7-8) y su estancia en el Templo con la plegaria por el rey (9-11). Todo termina con un canto de gozo por las bendiciones que provienen de esa experiencia (12-13).

Deseo y nostalgia de Dios

v.3.- Este salmo nos recuerda el 42-43, en el que el poeta exiliado añora los atrios del Señor, y se identifica con la cierva que corre hacia las aguas. El salmo 84 utiliza la imagen del gorrión que es equivalente y está cargada de afectividad positiva. Es frecuente en la lírica el identificarse con los animales que uno contempla, proyectando sobre ellos los propios sentimientos del poeta.

Más adelante hablaremos de la experiencia del desterrado entre paganos que recuerda las fiestas gozosas del templo y desea intensamente poder viajar a Jerusalén para poder participar en ellas de nuevo. Esta nostalgia de la cierva está expresada en el salmo 84 mediante dos verbos: óñëð (nikhsaf) añorar y äìë (kalah) languidecer. Estos sentimientos afectan al hombre entero: alma, cuerpo y carne.

El nido del gorrión

v.4.- El salmista envidia la suerte del gorrión que ha hecho su nido junto al altar. El nido expresa la idea de residencia permanente (Nm 24,21, Abd 4, Hab 2,9), en contraste con la fugacidad de la visita del peregrino que sólo puede pasar unos días en el templo y debe regresar a vivir entre hombres malvados. “Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre”. Pero también, aunque menos, dichosos los peregrinos que preparan sus viajes.

Encontramos en el salmo tres macarismos o bienaventuranzas, dos al principio y uno al final. Uno de los macarismos se refiere a los que viven permanentemente en el templo (sacerdotes y levitas), el segundo al peregrino que se pone en camino. Y sin duda que la mejor parte es la del que reside permanentemente en el templo (Sal 65,5).

La puesta en camino

v.6-. “Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza al planear en su corazón una ascensión”. El texto hebreo tiene la palabra “ponerse en camino”, pero los LXX y la Vulgata traducen por “ascensión”, anábasis; palabra técnica para designar la peregrinación. Preparar una ascensión es una expresión sugerente en la vida espiritual, para unos ejercicios, un retiro, un tiempo de silencio… Desde el momento en que se proyecta esta aventura espiritual, el alma se llena de gozo.

Valle Baka

El valle

v.7.- Este verso contiene 3 palabras que se pueden leer diferentemente: el valle de Baka’ àëá puede ser el valle del terebinto o el valle de las lagrimas. Moreh  äøåî puede significar “maestro” (LXX, Vulgata), o “primeras lluvias”. Hay finalmente un juego de palabras con las consonantes de äëøá, que pueden leerse como berakah (bendición) o berekah (alberca).

La idea general es que en mitad de un árido valle, o valle de sufrimientos, las primeras lluvias son un signo de bendición que el peregrino sediento encuentra a lo largo de su viaje. La transformación del valle seco en lugar de aguas nos recuerda el texto de Os 2.17, donde el valle de Akor (infortunio) se transforma en Petah Tiqwah äå÷ú çúô  : la puerta de la esperanza.

El segundo Isaías también ha contemplado el regreso del exilio como un camino a través del desierto en el que brota el agua, la tierra abrasada se torna en estanque y el suelo seco en aguas vivas (Is 35,6-7).

Los baluartes

v.8a. “De baluarte en baluarte”. También aquí encontramos un juego de palabras. El verso se refiere quizás a las diversas fortalezas por las que había que pasar a lo largo del viaje, o a los baluartes de la ciudad que el peregrino circundaba en el momento de llegar. Pero también se puede traducir “de altura en altura”, de fuerza en fuerza, , en el sentido de que el peregrino renueva sus fuerzas, porque no se fatiga. Su deseo pone alas a sus pies (Cfr. Is 40,29-31). Cuando uno está muy ilusionado por algo parece que no siente en absoluto la fatiga.

Ver a Dios

v. 8b. “ser visto delante de Dios”. Es una antigua variante para evitar la expresión “ver a Dios”. El sentido original guardaba semejanzas con la peregrinación pagana en la que el peregrino al llegar al santuario veía la estatua del dios. “Ver a Dios” se convirtió en un sinónimo de visitar un santuario (Sal 42,3). La expresión pertenece al mundo de los santuarios cananeos. Más tarde los judíos la consideraron teológicamente impropia, porque en Jerusalén no había estatua de dios, y los escribas censuraron el texto simplemente cambiando las vocales en el texto masorético, y poniendo “ser visto” en lugar de “ver”: äàøéé en vez de äàøé ver, “será visto”, se presentará.

La oración por el rey

vv. 9-10.- Era corriente orar por el rey en el templo. El bienestar del rey era la garantía del bienestar del país. La palabra “nuestro escudo” puede ser leída como vocativo, referida a Dios; “¡Oh Dios, nuestro escudo, mira al rey!” (3,4; 18,3; 28,7), o como acusativo referido al rey: “¡Oh Dos, mira al rey, nuestro escudo!”. (Lm 4,20). En una lectura mesiánica el cristiano de hoy invoca a Dios Padre y le pide que se fije en el rostro de Cristo y derrame su gracia sobre su cuerpo místico que es la Iglesia y la comunidad concreta que está orando.

Un día en tus moradas

v.11.- “Un día en tus moradas vale más que mil”. La palabra hebrea éúøçá: “he escogido”, puede ir unida a la línea siguiente: “He escogido vivir en el umbral de la casa de Dios…” Pero quizás es un texto corrompido, y habría que leer behadri: en mi habitación. “Un día en tus moradas vale más que mil en mi habitación”. El contraste entre 1 y 1000 es convencional (Dt 34,20; Jos 23,10; Sal 90,4). La idea es que el peregrino sólo se puede quedar unos días en Jerusalén en contraste con los mil días que tiene que pasar en su casa, junto a las tiendas de los malvados.

El umbral

v.11b. “Quedarse en el umbral”, histofef  Se trata de un hapax, derivado de la palabra óñ umbral. Esto añade un contraste más a la oposición entre el Templo y la casa del peregrino. Es mejor vivir un solo día en el umbral del templo (en el último rincón), que mil días en el interior de mi casa, cómodamente arrellanado junto a los malvados.

Sol y escudo

v.12. Dios es sol y escudo, según el TM. Es el único texto donde Dios recibe el nombre de sol. La versión de los LXX es muy diversa. “El Señor ama la gracia y la verdad” y supone la traducción de un texto hebreo totalmente diverso del texto masorético actual.

k. Última bienaventuranza

Termina el poema con la tercera de las bienaventuranzas aplicada al hombre que confía en el Señor. La confianza en Dios es la fuente de la verdadera alegría. El peregrino está seguro de que su viaje transcurrirá sin percances, y esta seguridad es la causa de su alegría.

c) La peregrinación ética

Según Schökel el último verso introduce la idea de una peregrinación ética. Los que marchan en la honradez reciben del Señor favores, honor y bienestar. La estancia en el templo no es sólo una vivencia cúltica, sino que tiene como consecuencia una vida ética más exigente para el creyente. De nada serviría corretear por lugares santos si de hecho nuestra vida no se hace más santa. El camino hacia Jerusalén designa una vida de ascensión espiritual.

San Agustín ha escrito uno de sus comentarios más inspirados a este salmo, describiendo la tensión entre presencia y ausencia, posesión y nostalgia. San Juan de la Cruz en su “Subida al Monte Carmelo” aplica estos términos a la peregrinación espiritual de todo cristiano. Por eso este salmo resulta muy adecuado a la hora de comenzar alguna experiencia fuerte de oración, como pueden ser unos ejercicios espirituales y por supuesto podría ser un magnífico punto de partida para los que de hecho emprenden una peregrinación a Tierra Santa o a visitar algún otro Santuario especial donde uno espera tener un encuentro fuerte con Dios.

Juan Manuel Martin Moreno

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Dice el Señor a mi Senor – Salmo 110 (109)

6 octubre, 2012 Deja un comentario

Cristo en Juicio final por Fra Angelico

DICE EL SEÑOR A MI SEÑOR:
SIÉNTATE A MI DERECHA,
HASTA QUE PONGA A TUS ENEMIGOS
COMO ESCABEL DE TUS PIES;
DEBAJO DE TUS PIES,
DEBAJO DE TUS PIES.

El cetro de tu poder
extiende el Señor desde Sión:
¡domina en medio de tus enemigos!
Desde el seno de la aurora
como rocío yo te he engendrado;
desde antes de la aurora
como rocío yo te he engendrado.

El Señor ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote para siempre,
a semejanza de Melquisedec.»
Porque el Señor está a tu derecha,
destruirá tus enemigos,
tú juzgarás a los pueblos,
sentenciarás a las naciones.
En el camino bebe del torrente,
y levanta la cabeza.

Podemos distinguir claramente en él dos partes. La primera (cf. vv. 1-3) contiene un oráculo dirigido por Dios a aquel que el salmista llama «mi Señor», es decir, el soberano de Jerusalén. El oráculo proclama la entronización del descendiente de David «a la derecha» de Dios. En efecto, el Señor se dirige a él, diciendo: «Siéntate a mi derecha» (v. 1). Verosímilmente, se menciona aquí un ritual según el cual se hacía sentar al elegido a la derecha del arca de la alianza, de modo que recibiera el poder de gobierno del rey supremo de Israel, o sea, del Señor.

En el ambiente se intuyen fuerzas hostiles, neutralizadas, sin embargo, por una conquista victoriosa: se representa a los enemigos a los pies del soberano, que camina solemnemente en medio de ellos, sosteniendo el cetro de su autoridad (cf. vv. 1-2). Ciertamente, es el reflejo de una situación política concreta, que se verificaba en los momentos de paso del poder de un rey a otro, con la rebelión de algunos súbditos o con intentos de conquista. Ahora, en cambio, el texto alude a un contraste de índole general entre el proyecto de Dios, que obra a través de su elegido, y los designios de quienes querrían afirmar su poder hostil y prevaricador. Por tanto, se da el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, que se desarrolla en los acontecimientos históricos, mediante los cuales Dios se manifiesta y nos habla.

Cristo en el trono que preside el Concilio de Nicea

Quisiéramos releer el versículo inicial del salmo con el oráculo divino: «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies». Y lo haremos con san Máximo de Turín (siglo IV-V), quien en su Sermón sobre Pentecostés lo comenta así: «Según nuestra costumbre, la participación en el trono se ofrece a aquel que, realizada una empresa, llegando vencedor merece sentarse como signo de honor. Así pues, también el hombre Jesucristo, venciendo con su pasión al diablo, abriendo de par en par con su resurrección el reino de la muerte, llegando victorioso al cielo como después de haber realizado una empresa, escucha de Dios Padre esta invitación: “Siéntate a mi derecha”. No debemos maravillarnos de que el Padre ofrezca la participación del trono al Hijo, que por naturaleza es de la misma sustancia del Padre… El Hijo está sentado a la derecha porque, según el Evangelio, a la derecha estarán las ovejas, mientras que a la izquierda estarán los cabritos. Por tanto, es necesario que el primer Cordero ocupe la parte de las ovejas y la Cabeza inmaculada tome posesión anticipadamente del lugar destinado a la grey inmaculada que lo seguirá» (40, 2: Scriptores circa Ambrosium, IV, Milán-Roma 1991, p. 195).

El texto se presenta como un salmo regio, vinculado a la dinastía davídica, y probablemente remite al rito de entronización del soberano. Sin embargo, la tradición judía y cristiana ha visto en el rey consagrado el perfil del Consagrado por excelencia, el Mesías, el Cristo.

Precisamente desde esta perspectiva, el salmo se convierte en un canto luminoso dirigido por la liturgia cristiana al Resucitado en el día festivo, memoria de la Pascua del Señor.

Son dos las partes del salmo 109 y ambas se caracterizan por la presencia de un oráculo divino. El primer oráculo (cf. vv. 1-3) es el que se dirige al soberano en el día de su entronización solemne «a la diestra» de Dios, o sea, junto al Arca de la alianza en el templo de Jerusalén. La memoria de la «generación» divina del rey formaba parte del protocolo oficial de su coronación y para Israel asumía un valor simbólico de investidura y tutela, dado que el rey era el lugarteniente de Dios en la defensa de la justicia (cf. v. 3).

Naturalmente, en la interpretación cristiana, esa «generación» se hace real y presenta a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios. Así había sucedido en la lectura cristiana de otro célebre salmo regio-mesiánico, el segundo del Salterio, donde se lee este oráculo divino: «Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7).

Melquisedec con Abraham por Dirk Bouts

El segundo oráculo del salmo 109 tiene, en cambio, un contenido sacerdotal (cf. v. 4). Antiguamente, el rey desempeñaba también funciones cultuales, no según la tradición del sacerdocio levítico, sino según otra conexión: la del sacerdocio de Melquisedec, el soberano-sacerdote de Salem, la Jerusalén preisraelita (cf. Gn 14,17-20).

Desde la perspectiva cristiana, el Mesías se convierte en el modelo de un sacerdocio perfecto y supremo. La carta a los Hebreos, en su parte central, exalta este ministerio sacerdotal «a semejanza de Melquisedec» (Hb 5,10), pues lo ve encarnado en plenitud en la persona de Cristo.

El Nuevo Testamento recoge, en repetidas ocasiones, el primer oráculo para celebrar el carácter mesiánico de Jesús (cf. Mt 22,44; 26,64; Hch 2,34-35; 1Co 15,25-27; Hb 1,13). El mismo Cristo, ante el sumo sacerdote y ante el sanedrín judío, se referirá explícitamente a este salmo, proclamando que estará «sentado a la diestra del Poder» divino, precisamente como se dice en el versículo 1 del salmo 109 (Mc 14,62; cf. 12,36-37).

Volveremos a reflexionar sobre este salmo en nuestro comentario de los textos de la Liturgia de las Horas. Ahora, para concluir nuestra breve presentación de este himno mesiánico, quisiéramos reafirmar su interpretación cristológica.

Lo hacemos con una síntesis que nos ofrece san Agustín. En la Exposición sobre el salmo 109, pronunciada en la Cuaresma del año 412, definía este salmo como una auténtica profecía de las promesas divinas relativas a Cristo. Decía el célebre Padre de la Iglesia: «Era necesario conocer al único Hijo de Dios, que estaba a punto de venir a los hombres para asumir al hombre y para hacerse hombre a través de la naturaleza asumida: moriría, resucitaría, ascendería al cielo, se sentaría a la diestra del Padre y cumpliría entre las gentes todo lo que había prometido. (…) Todo esto, por tanto, debía ser profetizado, debía ser anunciado con anterioridad, debía ser señalado como algo que se iba a realizar, para que, al suceder de improviso, no suscitara temor, sino que fuera aceptado con fe y esperado. En el ámbito de estas promesas se inserta este salmo, el cual profetiza con palabras tan seguras y explícitas a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que no podemos poner en duda que en este salmo se anuncia al Cristo» (Esposizioni sui Salmi, III, Roma 1976, pp. 951 y 953).

Dirijamos ahora nuestra invocación al Padre de Jesucristo, único rey y sacerdote perfecto y eterno, para que haga de nosotros un pueblo de sacerdotes y profetas de paz y amor, un pueblo que cante a Cristo, rey y sacerdote, el cual se inmoló para reconciliar en sí mismo, en un solo cuerpo, a toda la humanidad, creando al hombre nuevo (cf. Ef 2,15-16).

Juan Pablo II

En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fuertes, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El Señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección».

Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia: el propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22,44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2,34-35; Rm 8,34; etc.); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.

A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de Cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobrados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: «Haré de tus enemigos -la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies». «Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos -que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva» (1 Pe 1,3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Pedro Farnés

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En medio de aquel gentío – Lucas 8,42b-48

4 octubre, 2012 1 comentario

Fresco de las catacumbas de los santos Marcelino y San Pedro, de Roma

EN MEDIO DE AQUEL GENTÍO,
EN MEDIO DE TODA AQUELLA GENTE
UNA MUJER, UNA MUJER LE TOCÓ.

«¿Quién es el que me ha tocado?»
Dijo Cristo, dijo Cristo y se paró.
Una mujer temblorosa,
dijo a Cristo: «¡He sido yo!»

QUE SOY UNA MUJER IMPURA,
QUE SUFRO FLUJO DE SANGRE.

Mas al tocar tu vestido,
el flujo de sangre se curó.
«Hija, tu fe, tu fe te ha salvado.»
Si quieres tú tocar a Cristo,
si quieres tú tocar a Cristo,
lo puedes tocar con la Fe.
Que Él es el Hijo de Dios,
que Él es el Hijo de Dios
que ha venido para curarte,
para salvarte.

Curar a la hemorroisa, una mujer creyente (Jesús)

Ayer he presentado una reflexión de Testos, precisando algunas relaciones entre menstruación y sensibilidad femenina, relacionadas con satisfacción y droga. Siguiendo en esa línea, quiero evocar una página central del NT, donde Jesús se sitúa ante una mujer de menstruación irregular (hemorroisa), condenada a vivir en soledad, como si estuviera ya muerta. Pero ella era creyente, una persona; y así pudo romper la barrera de la multitud que la condenaba como impura, de manera que tocó a Jesús, que se dejó tocar, y de esa forma “sucedió” la verdadera curación. Ésta es una historia del encuentro humano, que supera el nivel hormonal o legal de la pura “regla”

Una historia de libertad. La mujer es persona porque cree

Éste es uno de los pasajes más significativos de la Biblia, como ha mostrado un estudio de Elisa Estévez, El poder de una mujer creyente. Cuerpo, identidad y discipulado en Mc 5, 24b-34. Un estudio desde las ciencias sociales, Monografías, ABE-Verbo Divino, Estella 2003. Tuve el placer de acompañar a la autora en las fases iniciales del trabajo, leyendo para ello gran parte de la literatura antigua sobre el tema de la mujer y sus ciclos menstruales, desde la perspectiva de la religión, la cultura y la medicina de tiempos de Jesús. Yo mismo dediqué una larga página al tema en mi libro Pan, casa, palabra. La iglesia en Marcos (Sígueme, Salamanca 1997) y en Lectura de Marcos (VD, Estella 2003). Ahora evoco ese texto, teniendo como fondo lo que Testos ha dicho ayer. Hoy estamos en otro contexto social y ello se debe también al comportamiento de Jesús en este campo. Estamos ante una mujer que rompe los tabúes y ante un hombre que la acepta así, como persona, la hemorroisa y Jesús.

24b Mucha gente lo seguía y lo estrujaba, 25 y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues se decía: *Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré curada+. 29 Inmediatamente se secó la fuente de su sangre y sintió que estaba curada del mal. 30 Y Jesús, dándose cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se volvió en medio de la gente y preguntó: ¿Quién ha tocado mi manto?
31 Sus discípulos le replicaron:¿Ves que la gente te está estrujando y preguntas quién te ha tocado?
32 Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho. 33 La mujer, entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad 34 .Él le dijo:Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal (Mc 5, 24-34).

Persona disminuida: una hemorroisa

Es persona sin familia ni amigos que puedan “convivir” con ella, compartiendo su casa y tocando su cuerpo. Conforme a la ley sacral judía (Lev 15, 19-30), su condición de hemorroisa (mujer con hemorragia menstrual permanente) le expulsa de la sociedad: no puede tener relaciones sexuales ni casarse; no puede convivir con sus parientes ni tocar a los amigos, pues todo lo que toca se vuelve impuro a su contacto: la silla en que se sienta, el plato del que come… Es mujer condenada a soledad, maldición social y religiosa.

“Cuando una mujer tenga flujo de sangre, y su flujo salga de su cuerpo, quedará impura durante siete días. Cualquiera que la toque quedará impuro hasta el anochecer.
20 Todo aquello en que se acueste o se siente durante su impureza quedará inmundo.
21 Cualquiera que toque su cama lavará su ropa, se lavará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
22 Cualquiera que toque el mueble sobre el que ella se sentó lavará su ropa, se lavará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
23 El que toque algo que esté sobre la cama o sobre otro objeto sobre el que ella se sentó quedará impuro hasta el anochecer.
24 “Si algún hombre se acuesta con ella y su menstruo se vierte sobre él, quedará impuro durante siete días. Toda cama en que él se acueste quedará inmunda.
25 “Cuando una mujer tenga flujo de sangre por muchos días fuera del tiempo normal de su menstruación, o cuando tenga flujo de sangre más allá de su menstruación, todo el tiempo que dure el flujo de su impureza ella quedará impura como en el tiempo de su menstruación.
26 Toda cama en que se acueste durante todos los días de su flujo será para ella como la cama durante su menstruación. Igualmente, todo objeto sobre el que ella se siente será inmundo, como en la impureza de su menstruación.
27 Cualquiera que toque estas cosas quedará impuro. Lavará su ropa, se lavará con agua y quedará impuro hasta el anochecer.
28 “Cuando ella quede limpia de su flujo, contará siete días y después quedará purificada.
29 Al octavo día tomará consigo dos tórtolas o dos pichones de paloma, y los llevará al sacerdote, a la entrada del tabernáculo de reunión.
30 El sacerdote ofrecerá uno de ellos como sacrificio por el pecado y el otro como holocausto. Así el sacerdote hará expiación por ella delante de Yahvé a causa del flujo de su impureza.

El milagro de Jesús consiste en dejarse tocar por alla, ofreciéndole un contacto purificador. En el fondo del relato hay un recuerdo histórico (forma de actuar de Jesús) y una experiencia eclesial (la comunidad cristiana ha superado las normas de pureza humana y sexual del judaísmo.

Jesús no la ayuda para llevarla después a su grupo; no le dice que venga a sumarse la familia de sus seguidores, sino que hace algo previo: le valora como mujer, acepta el roce de su mano en el manto, ofreciéndole el más fuerte testimonio de su intimidad personal; le anima a vivir y le cura, para que sea sencillamente humana, persona con dignidad, construyendo el tipo de familia que ella misma decida. No la quiere convertir en nada (a nada) sino capacitarla para ser al fin y para siempre humana.

La hemorroisa, enferma de menstruación, sufría en la cárcel de su cuerpo, incapaz de crear comunicación en su entorno. La misma ley (Lev 15, 19-33) establecía las normas de su vida y sujeción femenina. La mujer era un viviente cercano a la impureza, tanto por los ciclos de su menstruación como por el parto, era una persona sometida a leyes de carácter sacral hechas para mantenerla de algún modo atada a sus procesos naturales y a su condición de servidora de la vida (engendradora). Neuróticamente impura era esta hemorroisa: rescatarla para la humanidad, para las relaciones personales, para la familia, esta ha sido una conquista capital del evangelio:

Esta hemorroisa. El gesto de Jesús

1 Era hemorroisa desde hace 12 años (5, 25). Nadie podía acercarse a su cuerpo, compartir su mesa, convivir con ella. Como solitaria, aislada tras el cordón sanitario y sacral de su enfermedad, vivirá en la cárcel de su impureza femenia. No puede curarla la ley, pues la misma ley social y sacral la rarifica como enferma, ha creado y ratificado su enfermedad. Por eso no puede acudir a los escribas ni a los sacerdotes para curarse.

2 Es mujer sin curación humana, pues los muchos médicos (pollôn iatrôn) fueron incapaces de curarla (5, 26). Lo ha gastado todo en sanidad y no ha sanado, como dice con ironía el texto. Pero más que la ironía destaca aquí la impotencia. Puede afirmarse que los médicos resultan mejores que los sacerdotes y escribas, pues al menos han intentado ayudarla. Pero al fin se han mostrado incapaces, a pesar del dinero que la mujer les ha dado: no pueden llegar a la persona en cuanto tal, no pueden penetrar (en cuanto médicos) en la raíz de la sangre manchada, fuente de todos los trastornos de la vida..

3 Es mujer solitaria, pues su mismo tacto ensucia lo que toca, pero tiene un deseo de curarse que desborda el nivel de los escribas de Israel y de los médicos del mundo. Lógicamente, su misma enfermedad se vuelve deseo de contacto personal. Ha oído hablar de Jesús y quiere entrar en contacto con él: (Si al menos pudiera tocar su vestido! (cf. 5, 27-28). No puede venir cara a cara, no puede avanzar a rostro descubierto, con nombre y apellido, cuerpo a cuerpo, porque todos tenderían a expulsarla, sintiéndose impuros a su roce. Por eso llega por detrás (opisthen), en silencio (5, 27).

4 Es mujer que conoce y sabe con su cuerpo (5, 29). Toca el manto de Jesús y siente que se seca la fuente “impura” de su sangre, se sabe curada. Alguien puede preguntar: )cómo lo sabe? )de qué forma lo siente, así de pronto? )No será ilusión, allí en medio del gentío? Evidentemente no. Lo que importa de verdad es que ella sepa, se sepa curada, que pueda elevarse y sentirse persona, rompiendo la cárcel de sangre que la tenía oprimida, expulsada de la sociedad por muchos años. Por eso es decisivo que ella sepa, se descubra limpia en contacto con Jesús..

5 Jesús irradia pureza y purifica a la mujer al ser tocado (5, 30-32). También él conoce y actúa por su cuerpo, vinculándose a ese plano con la hemorroisa. Sólo ellos dos, en medio del gentío de curiosos legalistas, se saben hermanados por el cuerpo. A ese nivel ha tocado la mujer, a ese nivel sabe Jesús que, más allá de los que aprietan y oprimen de manera puramente física, le ha tocado una persona pidiendo su ayuda; evidentemente, él se la ha dado. Los discípulos no saben entender, ni distinguir los roces de la gente: quedan en el plano físico del gentío que aprieta (5, 31). Jesús, en cambio, distingue y sabe que ha sido un roce de mujer, pues antes de mirarla y conocerla se vuelve para descubrir tên touto poiêsasan, es decir, a “la” que ha hecho esto (5, 32). Estamos en el lugar donde más allá de toda posible magia (algunos buscan poderes misteriosos por el tacto) viene a desvelarse el poder sanador del encuentro de los cuerpos..

6 La mujer debe confesar abiertamente lo que ha sido, lo que ha hecho, lo que en ella ha sucedido (5,33). Estaba invisible, encerrada en la cárcel de su impureza. Ha venido a escondidas, con miedo, pues quien viera lo que hace podría castigarla (5, 27). Pues bien, Jesús reacciona obligándole a romper ese ocultamiento vergonzoso, hecho de represiones exteriores y miedos interiores. En otras ocasiones, ha pedido a los curados que no digan lo que ha hecho, para que el milagro no rompa el secreto mesiánico o se vuelva propaganda mentirosa sobre su persona (cf. 1, 34. 44; 3, 12). Pero en esta pide a la mujer que salga al centro y cuente a todos lo que ha sido su vida en cautiverio y cómo ha conseguido la pureza de su cuerpo. Ella debe contar lo que ha pasado y sufrido, mostrando así en la plaza pública, ante todos los hombres legalistas y de un modo especial ante el Archisinagogo, lo que fue el tormento de su vida clausurada en la impureza de su enfermedad. No basta lo que diga Jesús, tiene que decirse ella misma: tomar su palabra de mujer y persona, proclamando ante todos su experiencia. Una mujer que dice toda su verdad (pasan tên alêtheian) ante los varones de la plaza: esta es la meta de la curación, este es el principio de la iglesia mesiánica, donde la mujeres pueden y deben decir lo que sienten y saben, lo que sufren y esperan, en historia que comparten con los varones.

7 Jesús ratifica en forma sanadora el gesto de confianza y el contacto humano de la mujer que le ha tocado. No se atribuye la curación, no quiere ponerse en primer plano. Cariñosamente le habla: (Hija! Tú fe te ha salvado. Vete en paz (5, 34). Todo nos permite suponer que esta palabra (hija! resulta en este caso la apropiada, la voz verdadera. Quizá nadie le ha llamado así, nadie le ha querido. Jesús lo hace, dejándose tocar por ella, reconociéndole persona (hija) y destacando el valor de su fe. Ella le ha curado.

[[Sobre la sangre menstrual, como fuente de vida y violencia cf. J.- P. Roux, La sangre. Mitos, símbolos y realidades, Península, Barcelona 1990, 51-82. Sobre el sentido social de la pureza cf. M. Douglas, Pureza y peligro, Siglo XXI , 1991, 1-26, 106-132; Id., Símbolos naturales, Alianza, Madrid 1988, 56-72]].

Conclusión. La libertad de la mujer

Puede seguir existiendo el problema de la sangre menstrual (trastorno físico, cambio emocional) en plano médico y psicológico, pero aquí ha perdido su carácter de maldición y su poder de exclusión religiosa, de rechazo humano. Esta mujer no aparece ya como impura sino como persona enferma a la que ha sanado su fe y su palabra (su forma de decirse en público). Así la ha valorado Jesús, superando una tendencia corporalizante (biologista) del judaísmo, codificada en Levítico y Misná. Frente a la mujer naturaleza, determinada por el ritmo normal o anormal de las menstruaciones, encerrada en la violencia que simboliza su sangre y proceso genético (para los varones), Jesús ha destacado su valor como creyente que vive y de despliega su humanidad a nivel de fe. Jesús ha destacado así el valor de la mujer como persona, capaz de vivir en libertad, de amar en plenitud, sin las limitaciones que el contexto social quiere imponerle en nombre de una falsa religión.

Jesús no se limita a definirla desde fuera, como cuerpo peligroso que se debe controlar, sino que la recibe en su intimidad de mujer, como persona: mano que puede tocar, mente capaz de expresarse y decir lo que siente, corazón que sufre y cree. Sólo una mujer a quien se deja que actúe y se exprese, diciendo lo que ha sido su dolor, puede madurar como persona.

Jesús no la retiene para su posible iglesia, ni le manda al sacerdote (para ratificar su curación sacral). Simplemente le dice que vaya sin miedo y asuma ante todos su camino de mujer en dignidad. De ahora en adelante no la definirá su menstruación sino su valor como persona. Sólo así podrá crear familia, hacerse humana (hermana, madre) dentro del corro de Jesús o de la iglesia (cf. 3, 31-35), abriendo hacia los otros la fe que ella ha mostrado “tocando” a Jesús.

Un espacio de intimidad donde los humanos pueden tocarse en fe, es decir, relacionarse en clave de confianza: eso es la comunidaad de seguidores de Jesús, conforme a este pasaje. Los tabúes de sangre y menstruación pasan a segundo plano, pierden importancia las reglas que han tenido sometidas desde antiguo a las mujeres por la propia “diferencia” de su cuerpo. Ellas son capaces de creer y realizar la vida en gesto de confianza, igual que los varones. Por eso, Jesús no les ofrece leyes especiales de sacralidad o pureza, como han hecho por siglos muchos sacerdotes (incluso cristianos). Que sea mujer, que viva en libertad como persona, eso es lo que Jesús le ha deseado (le ha ofrecido), dentro de una sociedad donde la ley de enfermedades corporales y purificaciones de mujeres ha sido construida casi siempre por varones para proteger sus privilegios.

Xabier Pikaza

Débora – Jueces 5

12 junio, 2012 Deja un comentario

Débora aparece como juez y profeta de Israel. El profeta bíblico es el intérprete de la historia a la luz de la Palabra de Dios: “Yahveh me ha dado una lengua de discípulo para que sepa dirigir al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como un discípulo: El Señor me ha abierto el oído” (Is 50,4). Es lo que Dios ha hecho con Débora. Con su palabra, recibida de Dios, Débora revela el poder de Dios en medio de un pueblo que vive desesperado. Su misión es desvelar que la historia que el pueblo vive es historia de salvación, porque Dios está en medio de su pueblo.

Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, se halla conquistando la tierra prometida, que habitan los cananeos. Pero, en la fértil llanura de Izre’el, el rey Yabin, bien armado con sus carros de guerra, opone una fuerte resistencia a Israel, gobernado por el titubeante Sangar y su débil general Baraq. En este momento Dios elige una mujer para salvar a Israel: “En los días de Sangar, hijo de Anat, en los días de Yael, no había caravanas… Vacíos en Israel quedaron los poblados, vacíos hasta tu despertar, oh Débora, hasta tu despertar, oh madre de Israel” (Ju 5,6-7). Una mujer, en su debilidad, es cantada como la “madre de Israel”, porque muestra a Israel la presencia potente de Dios en medio de ellos. Es lo que canta Débora en su oda admirable, que respira la alegría de la fe en Dios Salvador: “Bendecid a Yahveh” (Ju 5,9), que en la debilidad humana, sostenida por El, vence la fuerza del enemigo Sísara, que “a sus pies se desplomó, cayó, yació; donde se desplomó, allí cayó, deshecho” (v.27). Esta es la lógica de Dios, que sorprende a los potentes y opresores. Es la conclusión del cántico: “¡Así perezcan todos tus enemigos, oh Yahveh! ¡Y sean los que te aman como el sol cuando se alza con todo su esplendor!” (v.31).

Emiliano Jimenez Hernandez

Categorías:Cantos

Magnificat – Lucas 1,46-55

12 junio, 2012 Deja un comentario

Visitación de la Virgen María

PROCLAMA MI ALMA
LA GRANDEZA DEL SEÑOR,
SE ALEGRA MI ESPÍRITU
EN DIOS MI SALVADOR.

Desde ahora me felicitarán
todas las generaciones.
DESDE AHORA ME FELICITARÁN
TODAS LAS GENERACIONES,
porque el Poderoso
ha hecho grandes cosas en mí:
su nombre es santo.
PORQUE EL PODEROSO
HA HECHO GRANDES COSAS EN MÍ:
SU NOMBRE ES SANTO.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón.
ÉL HACE PROEZAS CON SU BRAZO:
DISPERSA A LOS SOBERBIOS DE CORAZÓN,
derriba a los poderosos
y ensalza a los humildes,
A LOS HAMBRIENTOS
COLMA DE BIENES
Y A LOS RICOS DESPIDE VACÍOS.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia.
AUXILIA A ISRAEL, SU SIERVO,
ACORDÁNDOSE DE LA MISERICORDIA
como lo había prometido
en favor de Abraham.
COMO LO HABÍA PROMETIDO
EN FAVOR DE ABRAHAM.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.

Proclama la grandeza del Señor el alma de aquel que consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios y, con la observancia de los preceptos divinos, demuestra que nunca echa en olvido las proezas de la majestad de Dios.

Se alegra en Dios su salvador el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna.

Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno.

Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y úrica persona, su verdadero hijo y Señor.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. No se atribuye nada a sus méritos, sino que toda su grandeza la refiere a la libre donación de aquel que es por esencia poderoso y grande, y que tiene por norma levantar a sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes.

Muy acertadamente añade: Su nombre es santo, para que los que entonces la oían y todos aquellos a los que habían de llegar sus palabras comprendieran que la fe y el recurso a este nombre había de procurarles, también a ellos, una participación en la santidad eterna y en la verdadera salvación, conforme al oráculo profético que afirma: Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, ya que este nombre se identifica con aquel del que antes ha dicho: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.

Por esto se introdujo en la Iglesia la hermosa y saludable costumbre de cantar diariamente este cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina, ya que así el recuerdo frecuente de la encarnación del Señor enardece la devoción de los fieles y la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los corrobora en la solidez de la virtud. Y ello precisamente en la hora de Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y las múltiples preocupaciones del día, al llegar el tiempo del reposo, vuelva a encontrar el recogimiento y la paz del espíritu.

San Beda, el Venerable

Categorías:Cantos, Virgen María

Exultad, justos, en el Señor – Salmo 33 (32)

19 abril, 2012 Deja un comentario

El salmo 32, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: «Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones» (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (tern’ah) va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es «nuevo», no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa.

San Basilio, considerando precisamente el cumplimiento final en Cristo, explica así este pasaje: «Habitualmente se llama “nuevo” a lo insólito o a lo que acaba de nacer. Si piensas en el modo de la encarnación del Señor, admirable y superior a cualquier imaginación, cantas necesariamente un cántico nuevo e insólito. Y si repasas con la mente la regeneración y la renovación de toda la humanidad, envejecida por el pecado, y anuncias los misterios de la resurrección, también entonces cantas un cántico nuevo e insólito» (Homilía sobre el salmo 32, 2: PG 29, 327). En resumidas cuentas, según san Basilio, la invitación del salmista, que dice: «Cantad al Señor un cántico nuevo», para los creyentes en Cristo significa: «Honrad a Dios, no según la costumbre antigua de la “letra”, sino según la novedad del “espíritu”. En efecto, quien no valora la Ley exteriormente, sino que reconoce su “espíritu”, canta un “cántico nuevo”» (ib.).

El cuerpo central del himno está articulado en tres partes, que forman una trilogía de alabanza. En la primera (cf. vv. 6-9) se celebra la palabra creadora de Dios. La arquitectura admirable del universo, semejante a un templo cósmico, no surgió ni se desarrolló a consecuencia de una lucha entre dioses, como sugerían ciertas cosmogonías del antiguo Oriente Próximo, sino sólo gracias a la eficacia de la palabra divina. Precisamente como enseña la primera página del Génesis: «Dijo Dios… Y así fue» (cf. Gn 1). En efecto, el salmista repite: «Porque él lo dijo, y existió; él lo mandó, y surgió» (Sal 32,9).

El orante atribuye una importancia particular al control de las aguas marinas, porque en la Biblia son el signo del caos y el mal. El mundo, a pesar de sus límites, es conservado en el ser por el Creador, que, como recuerda el libro de Job, ordena al mar detenerse en la playa: «¡Llegarás hasta aquí, no más allá; aquí se romperá el orgullo de tus olas!» (Jb 38,11).

El Señor es también el soberano de la historia humana, como se afirma en la segunda parte del salmo 32, en los versículos 10-15. Con vigorosa antítesis se oponen los proyectos de las potencias terrenas y el designio admirable que Dios está trazando en la historia. Los programas humanos, cuando quieren ser alternativos, introducen injusticia, mal y violencia, en contraposición con el proyecto divino de justicia y salvación. Y, a pesar de sus éxitos transitorios y aparentes, se reducen a simples maquinaciones, condenadas a la disolución y al fracaso.

En el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintéticamente: «Muchos proyectos hay en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza» (Pr 19,21). De modo semejante, el salmista nos recuerda que Dios, desde el cielo, su morada trascendente, sigue todos los itinerarios de la humanidad, incluso los insensatos y absurdos, e intuye todos los secretos del corazón humano.

«Dondequiera que vayas, hagas lo que hagas, tanto en las tinieblas como a la luz del día, el ojo de Dios te mira», comenta san Basilio (Homilía sobre el salmo 32,8: PG 29, 343). Feliz será el pueblo que, acogiendo la revelación divina, siga sus indicaciones de vida, avanzando por sus senderos en el camino de la historia. Al final sólo queda una cosa: «El plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad» (Sal 32,11).

Juan Pablo II

El autor del salmo 32 pudo tener como trasfondo de su himno alguna de las gloriosas liberaciones de su pueblo. En su lenguaje se trasluce el eco de unos planes de las naciones deshechos, de unos proyectos frustrados, de unos habitantes del orbe que tiemblan ante el poder de Dios, de un rey que no vence por su mucha fuerza, de unos caballos que nada valen para la victoria

Pero, frente a este trasfondo de debilidad humana, emerge la fuerza de la palabra creadora y de la providencia solícita del Señor para con sus fieles. Por ello, el salmista invita a los justos a esta bella oración tan apropiada para el comienzo del nuevo día. Del mismo modo que, al comienzo de la creación, Dios, por su palabra, mandó que surgiera el mundo, así también, nuevamente, al comienzo de este nuevo día, Dios, por su palabracreadora, mandará que surja el bien. Pero, si nuestra debilidad, siempre inclinada al mal, nos hace desconfiar, estamos convencidos de que la fuerza providente del Señor está al lado de aquellos que, sabiendo que nada valen sus caballos para la victoria, confiesan que sólo el Señor es su auxilio y escudo y que sólo en él se alegra su corazón.

Pedro Farnés

Confianza ilimitada en el poder conquistador de Dios: Que resuene sinfónicamente, con la aportación peculiar de cada uno de nosotros, la alabanza del Señor. Dios nos ha hablado. Cristo, que habita por la fe en nuestros corazones, es su Palabra siempre interpeladora y convocadora. Por esta Palabra Dios hizo el cielo, sujetó a la creatura inestable del agua, conduce la historia; por ella hemos adquirido nuestra identidad carismática, nos mantenemos unidos y congregados en el amor comunitario y lanzados hacia la misión.

Motivo de alabanza es la confianza ilimitada en el poder conquistador de Dios, porque su «plan subsiste por siempre y los proyectos de su corazón de edad en edad». Tenemos la certeza de que nuestro servicio a la causa del progresivo reinado de Dios tiene futuro y no es una ilusoria utopía. La certeza no nace de nuestro prestigio social, de nuestras obras o empresas, de nuestras cualidades humanas, de nuestro número o de nuestras técnicas: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza… ni por su gran ejército se salva». La certeza brota de la seguridad de que Dios ha puesto sus ojos en nuestra pobre comunidad, reanimándonos en nuestra escasez, alegrándonos en nuestras penas, auxiliándonos en las situaciones desesperadas: «Dichosa la comunidad cuyo Dios es el Señor»

Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Categorías:Cantos, neocatecumenal
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