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Quién es esta que sube del desierto – Cantar de los Cantares 8,5-7 (2/2)

Categorías:Cantos, Chus, Matrimonios Etiquetas:

Huye amado mío – Cantar de los Cantares 8,10-14

¡Tú, que vives en los jardines,
donde tus compañeros te están escuchando:
hazme oír tu voz, hazme oír tu voz!

¡HUYE, AMADO MÍO,
COMO UNA GACELA,
COMO UN CERVATILLO,
HASTA EL MONTE DE LAS BALSAMERAS!

Yo soy para mi amado
como aquella que encontró la paz.
Mi viña está aquí, está ante mí,
mi viña está aquí, está ante mí.

Tú que habitas en los jardines, donde tus compañeros te escuchan, déjame oír tu voz. El Señor dice: ¡Oh Asamblea de Israel, tú que estás entre las naciones como un pequeño jardín, hazme oír la voz de tus cantos, la alabanza de tus labios. Levanta tu voz y que la oigan todos los que te rodean. Los compañeros, los amigos fieles, que han seguido el itinerario de la esposa hasta el final, escuchan su voz, eco de la voz del Señor, que dice: “Escuchad al amado” (Mt 17,5). La esposa repite: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5).

Se parece a un rey que se irritó con algunos de sus vasallos y los encerró en el calabozo. ¿Qué hizo el rey? Tomó a todos sus oficiales y fue a escuchar qué himno cantaban. Entonces oyó que entonaban: “Nuestro señor, el rey, es nuestra alabanza, él es nuestra vida”. Entonces el rey exclamó: Hijos míos, alzad vuestras voces para que todos lo escuchen. Así mismo, aunque los israelitas tengan que dedicarse durante seis días a sus ocupaciones y pasen tribulaciones, el sábado madrugan y van a la sinagoga y recitan el Shemá, danzan ante el armario que guarda los rollos y leen la Torá. Entonces el Santo les dice: Hijos míos, alzad vuestras voces para que todos lo escuchen.

¡Huye, Amado mío, sé como una gacela o como un joven cervatillo, hasta el monte de las balsameras! Entonces dirán los ancianos de la Asamblea de Israel: ¡Huye, Amado mío, de esta tierra contaminada y haz habitar tu Shekinah en los cielos excelsos! Y en el tiempo de la angustia, cuando oremos a ti, sé como la gacela que, cuando duerme, tiene un ojo cerrado y otro abierto, o como un cervatillo que, cuando huye, mira hacia atrás. De la misma manera, cuida tú de nosotros y, desde los cielos excelsos, mira nuestra angustia y nuestra aflicción (Sal 11,4) hasta que te dignes redimirnos y nos hagas subir al monte de Jerusalén: allí te ofreceremos el incienso de aromas (Sal 51,20s).

Simón el justo, uno de las últimos miembros de la Gran Asamblea de Israel, solía decir: “El mundo se sostiene sobre un trípode: la Torá, el Culto y la Misericordia”. La amada escucha la palabra del amado; el amado se complace en oír la voz de la amada en el canto de la asamblea; y de la palabra oída y cantada brota la misericordia que salva al mundo.

Mi viña, la mía, está ante mí. ¡Qué largo camino ha recorrido la amada! Ella que empezó confesado “mi propia viña no la he guardado” (1,6), ocupada en las viñas ajenas, ahora está bien atenta a su propia viña (Lc 16,12). Al final puede decir: “He competido en el noble combate, he llegado a la meta, he conservado la fe” (2Tim 4,7).

El Cantar no termina instalando a los esposos; la esposa guarda en su memoria la imagen del esposo como gacela o cervatillo saltando por los montes. Siendo así es como ella se ha enamorado de él y eso quiere que siga siendo: ¡Sé como gacela o el joven cervatillo por los montes de las balsameras! Día a día le seguirá esperando, anhelando que él llegue y la sorprenda. El amor no es rutina, siempre es nuevo, esperado, deseado, recreado.

Así seguirá su peregrinación por este mundo hasta que, al final, una muchedumbre inmensa, con el fragor de grandes aguas y fuertes truenos, cantará: “¡Aleluya! Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria porque han llegado las bodas del Cordero y su Esposa se ha engalanado con vestidos de lino deslumbran­te de blancura” (Ap 19,7).

Emiliano Jiménez Hernández

Categorías:Cantos, Matrimonios

Ven del Líbano – Cantar de los Cantares 4,8ss

6 mayo, 2011 1 comentario

Monte Hermón

Ven del Líbano, esposa,
ven del Líbano, ven.
Tendrás por corona la cima de los montes,
la alta cumbre del Hermón.
Tú me has herido, herido el corazón.
¡Oh, esposa, amada mía!
Ven del Líbano, esposa,
ven del Líbano, ven.

BUSQUÉ EL AMOR DEL ALMA MÍA,
LO BUSQUÉ SIN ENCONTRARLO.
ENCONTRÉ EL AMOR DE MI VIDA,
LO HE ABRAZADO Y NO LO DEJARÉ JAMÁS.

Yo pertenezco a mi amado y él es todo para mí.
Ven, salgamos a los campos,
y nos perderemos por los pueblos.
Salgamos al alba a las viñas
y recogeremos de su fruto.
Yo pertenezco a mi amado y él es todo para mí.

Levántate deprisa, amada mía,
ven, paloma, ven.
Porque el invierno ya ha pasado,
el canto de la alondra ya se oye.
Las flores aparecen en la tierra,
el fuerte sol ha llegado.
Levántate deprisa, amada mía,
ven, paloma, ven.

Como un sello en el corazón,
como tatuaje en el brazo.
El amor es fuerte como la muerte,
las aguas no lo apagarán.
Dar por este amor
todos los bienes de la casa
sería despreciarlo.
Como un sello en el corazón,
como tatuaje en el brazo.

Los puros de corazón ven a Dios (Mt 5,8). Esta visión de Dios es inagotable, pues cada manifestación de Dios suscita el deseo de una mayor manifestación. La fuente, que sacia la sed, enciende nuevamente la sed: Ven del Líbano, novia mía, ven del Líbano conmigo. La fuente misma dice: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn 7,37). Quien ha gustado el agua, experimentando cuán bueno es el Señor (1Pe 2,3), desea beber de nuevo. A ello invita el amor con sus continuos y repetidos reclamos: “Ven, amada mía”, “ven, paloma mía”, “ven al reparo de la roca”, “ven del Líbano, esposa mía”. Ven tú, que me has seguido en las experiencias pasadas y has llegado conmigo al monte de la mirra, donde has sido sepultada conmigo en el bautismo, ven tú, que has llegado conmigo al monte del incienso, donde te has hecho partícipe de mi resurrección (Rom 6,4).

El Líbano, con su cadena montañosa, ciñe como una corona a la Palestina del norte. Pero el Líbano es también símbolo de la idolatría (Is 17,10; Ez 8,14). En medio de la idolatría viven los exiliados, más allá del Tigris y el Eufrates.

Como guarida de fieras estos montes son lugares peligrosos, de donde el amado quiere sacar a la amada: ¡Ven, novia mía! Ven a mí, sal del dominio del maligno, que ha sido juzgado y condenado. Escapa de los cubiles de leones y panteras. Conmigo subirás al Templo, donde te ofrecerán dones los jefes del pueblo, que habitan junto al Amaná (2Re 5,12), los que moran en la cima del monte de las nieves, las naciones que están sobre el Hermón (Is 66,20; Sal 72,10). Desde la cumbre de los montes, donde están los manantiales del Jordán, contempla el misterio de tu regeneración. En esas aguas has dejado el hombre viejo, con todas sus fieras, leones (Sal 9,30-31) y leopardos, para renacer a una vida nueva. Contempla de donde te ha sacado el Señor, para transformarte en su esposa, a través de las aguas del Jordán.

Al hacerte su esposa, el amado te ha hecho hermana suya: “A partir de ahora, tú eres su hermano y ella es tu hermana. Tuya es desde hoy para siempre” (Tob 7,11;8,4ss). La amada es para el esposo hermana, en todo igual a él (Flp 2,7;Heb 2,17), su ayuda adecuada, hija del mismo padre (Jn 20,17). Jesús lo proclama en casa de Pedro: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,31-35;Mt 12,46-50;Lc 8,19-21). La familia de Jesús se halla constituida por aquellos que cumplen la voluntad del Padre.

Yo soy de mi Amado y hacia mí tiende su deseo. La esposa, que ha hecho del esposo la roca de su corazón, siente que “su bien es estar junto a Dios, pues se ha cobijado en el Señor, a fin de publicar todas sus obras” (Sal 72,28). Con firmeza proclama: “Yo exulto a la sombra de tus alas; mi alma se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene” (Sal 62,8-9). Con esta confianza, desea salir al mundo a proclamar las maravillas que él ha hecho en ella. Por ello dice al Amado: ¡Ven, Amado mío, salgamos al campo!, pasemos la noche en las aldeas, amanezcamos en las viñas. Las mandrágoras han exhalado su fragancia. A nuestras puertas hay toda clase de frutas. Las nuevas, igual que las añejas, Amado mío, que he guardado para ti. “El campo donde ha sido sembrada la semilla de la Palabra es el mundo” (Mt 13,38). Por todas partes se ha extendido el Evangelio y las Iglesias han surgido en todas las aldeas. La predicación ha florecido en las viñas; en ellas se ha esparcido el suave aroma de los granados, teñidos del color de la sangre de Cristo. Los pechos de la Iglesia han nutrido a los fieles, las mandrágoras han exhalado su fragancia, con el aroma de la fe.

El campo, por otra parte, se contrapone a la ciudad por su aire abierto; ofrece a los amantes la posibilidad de sumergirse en la primavera en flor. La naturaleza se llena de vida, signo de la recreación que hace el amor. El día despierta con la aurora invitando a recorrer los campos, para ver si ha brotado la vid  en “la viña de Yahveh, que es la casa de Israel” (Is 5,7). La hija de Sión, que lleva en su seno la esperanza mesiánica desde Eva, suspira por la llegada del Mesías. Cuando Israel pecó, el Señor lo desterró a la tierra de Seír, heredad de Edom. Dijo entonces la Asamblea de Israel: Te suplico, Señor, que acojas la oración, que elevo a ti desde la ciudad de mi exilio, en la tierra de las naciones. Los hijos de Israel se dijeron el uno al otro: Alcémonos pronto, en la mañana, busquemos en el libro de la Torá y veamos si ha llegado el tiempo de la redención, el tiempo de ser rescatados del exilio; veamos si ha llegado el tiempo para subir a Jerusalén y allí alabar al Señor, nuestro Dios.

Antes era el esposo quien invitaba a la amada a salir (2,10-14). Ahora es ella quien le invita a él a salir al campo en la madrugada para descubrir los signos de la primavera; a recorrer los senderos de los prados perfumados por el brotar de la vida. Apenas despunte la aurora recorrerán la viñas, que están echando sus yemas. Con la mirada saltarán de las flores a los granados, símbolo del amor y la fecundidad. El áspero aroma de las mandrágoras les mantendrá despierto el amor. Todo será una invitación al amor: “Allí te daré mi amor”, los frutos exquisitos del corazón: frutos frescos y fragantes y también frutos conservados de la estación anterior: “Comerán de cosechas almacenadas y sacarán lo almacenado para hacer sitio a lo nuevo” (Lv 26,10). El amor antiguo se hace nuevo cada día: “Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, lo cual es verdadero en él y en vosotros, pues las tinieblas pasan y la luz verdadera brilla ya” (1Jn 2,7-8).

Cuando llegó la mañana (Ex 12,22), el amado tomó la palabra y dijo: Levántate, ven, asamblea de Israel, amada mía desde el principio. ¡Parte! ¡Sal de la esclavitud de Egipto! ¡Mira! El invierno ha pasado, han cesado ya las lluvias y se han ido. El tiempo de la esclavitud, que es como el invierno, se ha acabado; y el dominio egipcio, que es como la lluvia incesante, ha pasado y se ha ido; ya no lo veréis nunca más (Ex 14,13). Aparecen las flores en la tierra, el tiempo de las canciones ha llegado, el arrullo de la tórtola se deja oír en nuestra tierra. Moisés y Aarón, que son como las flores de la palma, han aparecido para obrar prodigios en la tierra de Egipto (Ex 4,29s). El tiempo de la poda de los primogénitos ha llegado. Y la voz del Espíritu, arrullo de la paloma, anuncia la redención de que hablé a Abraham; ya llega a su cumplimiento. Ahora me complazco en hacer lo que juré con mi palabra.

Echa la higuera sus yemas y las viñas en ciernes exhalan su fragancia. Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente. La Asamblea de Israel, que es como los primeros frutos de la higuera, abrió su boca y dijo el cántico del Mar Rojo (Ex 15,1). Hasta los pequeños y lactantes, las yemas y las viñas en ciernes, alabaron al Señor con sus lenguas (Sab 10,20; Sal 8,3). Incluso los embriones en el seno de sus madres son invitados a cantar: “En las asambleas bendecid a Dios, al Señor, fuente de Israel” (Sal 68,27). “Fuentes de Israel” son las madres; por consiguiente, desde el seno de las madres, bendecid al Señor. Al oír el cántico, el Señor dijo: ¡Levántate, ven, Asamblea del Israel! Amada mía, bella mía, sal de aquí, ven hacia la tierra que juré a tus padres que te daría (Ex 13,5; 33,1). La misma voz anuncia a Israel cautiva que llega su salvación: “¡Despierta, despierta! ¡Levántate, Jerusalén!” (Is 51,17). Es la voz que repite en cada cautiverio: “Despierta, despierta! ¡Vístete tus ropas de gala, Jerusalén, ciudad santa! Sacúdete el polvo, levántate, cautiva Jerusalén. Líbrate de las ligaduras de tu cerviz, cautiva hija de Sión. Soy yo quien dice: Aquí estoy” (Is 52,1ss). “¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido!” (Is 60).

Es también la voz del Rey Mesías que pregona: “¡cuán bellos son sobre los montes los pies del que trae buenas noticias” (Is 52,7). Mirad, se ha parado tras la tapia, está mirando por la ventana, atisba por las celosías. Las ventanas y celosías son la ley y los profetas, por los que llega a la casa del mundo la luz verdadera (Jn 1,9), iluminando a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte (Lc 1,79). Con la voz de los profetas, el Amado dice a la Iglesia: ¡Levántate, amada mía, hermana mía! ¡Vente! Ha pasado el invierno, el tiempo del hielo de la idolatría, en que se han convertido quienes han hecho los ídolos y cuantos en ellos han puesto su confianza (Sal 113,16). Como quien contempla a Dios se asemeja a Dios, quien mira a los ídolos se hace semejante a ellos (Ez 36,25-26), se congela. Pero llega el sol de justicia (Mal 3,20) y con él el deshielo. El hielo se hace agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4,14): “Envía su palabra y hace derretirse el hielo, sopla su viento y corren las aguas” (Sal 147,7), pues “cambia la peña en un estanque y el pedernal en una fuente” (Sal 113,8).

Para las aves, el tiempo del canto es el tiempo del amor. La tórtola, que durante el invierno emigra, vuelve con la primavera y deja oír su voz en nuestra tierra. Hay un tiempo para todo, tiempo para llorar y tiempo para cantar (Eclo 3). Y cada cosa tiene sus signos anunciadores: “Cuando la higuera echa sus brotes se sabe que está cerca el verano” (Mc 13,18). El amado dice: ¡Levántate de la nada y vive! ¡Levántate del sueño de la muerte y recobra la vida! ¡Levántate del pecado y vuelve a mí! ¡Responde al amor con amor! ¡Levántate y ven! ¡Yo he abierto para ti un camino desde la muerte a la vida! ¡Yo soy el camino y la vida! ¡Ven!

Emiliano Jiménez Hernández

Categorías:Cantos, Matrimonios

El jacal de los pastores – Cantar de los Cantares 1,2-8

¡Que me bese con los besos de su boca!
Mejores son que el vino tus amores;
tu nombre es ungüento que se vierte,
por eso te aman las doncellas.

LLÉVAME EN POS DE TI: ¡SALGAMOS!
LLÉVAME TRAS DE TI: ¡CORRAMOS!
CELEBRAREMOS TUS AMORES MÁS QUE EL VINO;
¡CON CUÁNTA RAZÓN ERES AMADO!

HAZME SABER, AMADO DE MI ALMA,
DÓNDE APACIENTAS EL REBAÑO,
PARA QUE YO NO ANDE VAGABUNDA
DETRÁS DE OTROS COMPAÑEROS.

Si no lo sabes, ¡oh bella entre las bellas!,
sigue la senda de mis ovejas,
y lleva por allí tus cabras
hasta el jacal de los pastores.

El Cantar de los Cantares fue escrito, dicen los rabinos, en el Sinaí; por eso comienza: “Que me bese con besos de su boca”. La Palabra decía: ¿Aceptáis como Dios al Santo? Ellos respondían: Sí, sí. Al punto la Palabra les besaba en la boca, grabándose en ellos: “para no olvidarte de las cosas que tus ojos han visto” (Dt 4,9), es decir, cómo la Palabra hablaba contigo. El pueblo ve, oye y besa cada una de las diez palabras de la misma boca de Dios, sin interme­diario alguno, por eso dice: “que me bese con los besos de su boca”. Según el Midrás, cuando Dios hablaba, salían de su boca truenos y llamas de fuego. Así vieron su gloria. La voz iba y venía a sus oídos. La voz se apartaba de sus oídos y la besaban en la boca, y de nuevo se apartaba de su boca y volvía al oído.

Luego, ante el temor a morir, el pueblo se dirige a Moisés y le dice: Moisés, se tú nuestro mediador: “Habla tú con nosotros y te escucharemos” (Ex 20,16), “¿por qué tenemos que morir?” (Dt 5,22). Así se dirigían a Moisés para aprender, pero olvidaban lo que escuchaban. Entonces se decían: como Moisés es humano, también su palabra es perecedera. Le dijeron: ¡Moisés, ojalá se nos revele el Santo por segunda vez; ojalá “que nos bese con los besos de su boca”; ojalá que grabe las palabras de la Torá en nuestros corazones como en la vez primera. Moisés les contestó: No está previsto para ahora, sino para el futuro: “después de aquellos días pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón” (Jr 31,20). El Mesías cumplirá esta palabra. Los creyentes en él podrán decir: “En mi corazón he escondido tu palabra para que no pueda pecar contra Ti” (Sal 119,11).

Mejores son tus amores que el vino. Las palabras de la Torá, besos de la boca de Dios, son mejores que el vino. Se parecen una a otra como los pechos de una mujer; son compañeras una de otra; están entrelazadas una con otra y se esclarecen mutuamente. La Torá es comparada con el agua, con el vino, con el ungüento, con la miel y con la leche. Como el agua es  vida del mundo, “la fuente del jardín es pozo de agua viva” (Cant 4,15), “pues sus palabras son vida para quienes las encuentran” (Pr 4,22). Agua y palabra descienden del cielo, como don de Dios: “Al sonar de su voz se forma un tropel de aguas en los cielos” (Jr 10,13), “pues desde el cielo he hablado con vosotros” (Ex 20,19). Es la voz potente del Señor, envuelta en truenos y relámpagos: “la voz de Yahveh sobre las aguas”, pues “al tercer día, de mañana, hubo truenos y relámpagos” (Ex 19,16). Agua y palabra purifican al hombre de su impureza, “rociaré sobre vosotros agua pura y os purificaréis” (Ez 36,25). Y, como el agua no apetece si no se tiene sed,  tampoco se encuentra gusto en la Torá si no se tiene sed. Como el agua abandona los lugares altos y fluye hacia las profundida­des, así la Torá abandona a los orgullosos y se une a los humildes. Y como el agua se conserva, no en recipientes de oro ni de plata, sino en recipientes más baratos, así la Torá no se mantiene más que en quien se considera como un recipiente de barro.

“Perfume derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas y corren al olor de tus perfumes”. Estas palabras, dice Orígenes, encierran una profecía. Con la venida de nuestro Señor y Salvador, su nombre se difundió por toda la tierra: “Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan” (2Cor 2,15), es decir, las doncellas, que están creciendo en edad y en belleza, que cambian constante­mente, de día en día se renuevan y se revisten del hombre nuevo, creado según Dios (2Cor 4,16; Ef 4,23). Por estas doncellas se anonadó (Flp 2,7) aquel que tenía la condición de Dios, a fin de que su nombre se convirtiera en perfume derramado, de modo que no siguiera habitando en una luz inaccesible (1Tim 6,16;Flp 2,7), sino que se hiciera carne (Jn 1,14), para que estas doncellas pudieran atraerlo hacia sí. Ellas le atraen mediante la fe en su nombre, porque Cristo, al ver a dos o tres reunidos en su nombre, va en medio de ellos (Mt 18,20), atraído por su fe y comunión. Cuando lleguen a la unión plena con Cristo se harán un solo espíritu con él (1Cor 6,17), según su deseo: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también éstos sean uno en nosotros” (Jn 17,21).

Arrastrada por el esposo, la esposa dice con satisfacción: “Me ha introducido el rey en sus habitaciones. Exultaremos y nos alegraremos por ti”. Israel es arrastrado por Dios a la alegría y al júbilo: “Alégrate sin freno, hija de Sión” (Za 9,9). “Mucho me alegraré en Yahveh” (Is 61,10). “Alegraos con Jerusalén” (Is 66,10). “Regocíjate y alégrate, hija de Sión” (Za 2,14). “Prorrumpe en gritos de júbilo y exulta” (Is 54,1). “Exulta y grita de júbilo” (Is 12,6). “Mi corazón ha exultado en Yahveh” (1Sam 2,1). “Exulta mi corazón, y con mi canto le alabo” (Sal 28,7). “Aclama a Yahveh, tierra toda” (Sal 98,4). “Aclamad a Dios con voz de júbilo” (Sal 47,2).

Al ser introducida en la cámara del tesoro del rey, se convierte en reina. De ella se dice: “Está la reina a tu derecha, con vestido dorado, envuelta en bordado” (Sal 44,10). Y con ella “serán llevadas al rey las vírgenes; sus compañeras te serán traídas a ti entre alegría y algazara; serán introduci­das en el palacio real” (Sal 44,15). Y como el rey tiene una cámara del tesoro en la que introduce a la reina, su esposa, así también ella tiene su propia cámara del tesoro, donde el Verbo de Dios la invita a entrar, a cerrar la puerta y a orar al que ve en lo secreto (Mt 6,6).

La esposa ha aprendido a no fiarse de sí misma. Por eso, eleva al Esposo su oración: “Dime tú, amor de mi vida, dónde apacientas el rebaño, dónde lo llevas a sestear a mediodía, para que no ande  tras los rebaños de tus compañe­ros”. ¿Dónde apacientas el rebaño, tú, que eres el buen pastor y cargas sobre tus espaldas a la oveja descarriada y la devuelves al redil? (Lc 15,5ss). El amor gratuito despierta en ella el amor y el deseo de estar con el amado a la luz plena del mediodía.

Cuando le llegó a Moisés el tiempo de partir de este mundo, dijo ante el Señor: Se me ha revelado que este pueblo pecará contra ti e irá al exilio (Dt 31,27.29). Dime cómo les proveerá, pues habitarán entre naciones de leyes duras como la canícula y el ardor del sol a mediodía. ¿Por qué deberán vagar con los rebaños de los hijos de Esaú y de Ismael, que te asocian como compañero de sus ídolos? El amado responde a la amada: “Si no lo sabes, oh la más bella de las mujeres, sigue las huellas de las ovejas y lleva a pacer tus cabras al jacal de los pastores”. Así dijo el Señor: “Yo iré en su busca para poner fin a su exilio” (Ez 34,13.16). Yo les haré salir de en medio de los pueblos y los reuniré de las regiones; iré en busca de la oveja perdida. La Asamblea de Israel, que es como una niña hermosa a la que ama mi alma, caminará por la vía de los justos, aceptando la guía de sus pastores y enseñando a sus hijos, que son como cabritas, a ir a la sinagoga y a la casa de estudio. En recompensa se les proveerá en el destierro, hasta que mande al rey Mesías. El les guiará (Ez 34,23) con dulzura a su jacal, que es el santuario que para ellos construyeron David y Salomón, pastores de Israel (Sal 78,70-72).

Moisés, pastor fiel del Señor, se lo transmite a Josué: Te entrego este pueblo, que yo he guiado hasta aquí. No te entrego un rebaño de carneros sino de corderos, pues aún no han practicado suficientemente la Torá; aún no han llegado a ser cabras o carneros, según se dice: “Si no lo sabes, ¡oh la más bella de las mujeres!, sigue las huellas del rebaño y pastorea tus cabrillas junto al jacal de los pastores” (Cant 1,8). La morada de los pastores fieles es la morada del Señor.

Al grito anhelante de la esposa responden las “hijas de Jerusalén”, la Iglesia madre: “Si no lo sabes, tú, la más bella de las mujeres, sigue las huellas de las ovejas, y lleva a pastar tus cabritas junto al jacal de los pastores”. Sigue las huellas de los pastores que yo elegí para conducir a mis ovejas al monte de Sión, morada de los verdaderos pastores. Allí encontrarás “al Dios en cuya presencia anduvieron Abraham e Isaac, al Dios que ha sido mi pastor desde que existo hasta el día de hoy” (Gén 48,15). Pues en Belén, la menor de las familias de Judá, cuando dé a luz la que ha de dar a luz, “El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh” (Miq 5,1ss).

Emiliano Jiménez Hernández

Las almas sencillas no necesitan usar medios complicados. Y como yo soy una de ellas, una mañana, durante la acción de gracias, Jesús me inspiró un medio muy sencillo de cumplir mi misión. Me hizo [34rº] comprender estas palabras del Cantar de los Cantares: «Atráeme, y correremos tras el olor de tus perfumes». ¡Oh, Jesús!, ni siquiera es, pues, necesario decir: Al atraerme a mí, atrae también a las almas que amo. Esta simple palabra, «Atráeme», basta. Lo entiendo, Señor. Cuando un alma se ha dejado fascinar por el perfume embriagador de tus perfumes, ya no puede correr sola, todas las almas que ama se ven arrastradas tras de ella.

Y eso se hace sin tensiones, sin esfuerzos, como una consecuencia natural de su propia atracción hacia ti. Como un torrente que se lanza impetuosamente hacia el océano arrastrando tras de sí todo lo que encuentra a su paso, así, Jesús mío, el alma que se hunde en el océano sin riberas de tu amor atrae tras de sí todos los tesoros que posee… Señor, tu sabes que yo no tengo más tesoros que las almas que tú has querido unir a la mía. Estos tesoros tú me los has confiado. Por eso, me atrevo a hacer mías las palabras que tú dirigiste al Padre celestial la última noche que te vio, peregrino y mortal, en nuestra tierra. Jesús, Amado mío, yo no sé cuándo acabará mi destierro… Más de una noche me verá todavía cantar en el destierro tus misericordias.

Pero, finalmente, también para mí llegará la última noche, y entonces quisiera poder decirte, Dios mío: «Yo te he glorificado en la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. He dado a conocer tu nombre a los que me diste. Tuyos eran y tú me los diste. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido y han creído que tú me has enviado. Te ruego por éstos que tú me diste y que son tuyos».

Madre, creo necesario darle alguna explicación más sobre aquel pasaje del Cantar de los Cantares: «Atráeme y correremos», pues me parece que no quedó muy claro lo que quería decir.

«Nadie puede venir a mí, dice Jesús, si no lo trae mi Padre que me ha enviado». Y a continuación, con parábolas sublimes -y muchas veces incluso sin servirse de este medio, tan familiar para el pueblo-, nos enseña que basta llamar para que nos abran, buscar para encontrar, y tender humildemente la mano para recibir lo que pedimos…Dice también que todo lo que pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá. Sin duda, por eso el Espíritu Santo, antes del nacimiento de Jesús, dictó esta oración profética: Atráeme y correremos.

¿Qué quiere decir, entonces, pedir ser atraídos, sino unirnos de una manera íntima al objeto que nos cautiva el corazón? Si el fuego y el hierro tuvieran inteligencia, y éste último dijera al otro «Atráeme», ¿no estaría demostrando que quiere identificarse con el fuego de tal manera que éste lo penetre y lo empape de su ardiente sustancia hasta parecer una sola cosa con él?

Madre querida, ésa es mi oración. Yo pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan íntimamente a él que sea él quien viva y quien actúe en mí. Siento que cuanto más abrase mi corazón el fuego del amor, con mayor fuerza diré «Atráeme»; y que cuanto más se acerquen las almas a mí (pobre trocito de hierro, si me alejase de la hoguera divina), más ligeras correrán tras los perfumes de su Amado.

Porque un alma abrasada de amor no puede estarse inactiva. Es cierto que, como santa María Magdalena, permanece a los pies de Jesús, escuchando sus palabras dulces e inflamadas. Parece que no da nada, pero da mucho más que Marta, que anda inquieta y nerviosa con muchas cosas y quisiera que su hermana la imitase.

Santa Teresita de Jesús

Categorías:Cantos, Matrimonios

Quién es esta que sube del desierto – Cantar de los Cantares 8,5-7 (1/2)

¿QUIÉN ES ÉSTA QUE SUBE DEL DESIERTO,
QUIÉN ES ÉSTA QUE SUBE DEL DESIERTO,
APOYADA EN SU AMADO, EN SU AMADO,
APOYADA EN SU AMADO?

Debajo del manzano te desperté,
allí donde te concibió tu madre,
allí donde tu madre te dio a luz,
allí donde tu madre te dio a luz.

Llévame como un sello en tu corazón,
como un tatuaje en tu brazo.
Porque es fuerte el amor como la muerte.
Y las aguas no lo pueden apagar,
ni los ríos lo pueden anegar.
Que si tú dieras los bienes de tu casa por el amor,
sólo encontrarías el desprecio.

¿Quién es esta que sube del desierto, llena de deleites recostada sobre su amado?

El Cantar nos presenta toda la historia de Israel, la amada del Señor. La amada comenzó, al presentarse a sí misma, confesando: “Soy negra como las tiendas de Quedar”. Era el origen de su historia, la época de los patriarcas, cuando acampaba en tiendas, guiada por Abraham, Isaac y Jacob. Entonces oyó la voz del amado, que la invitaba a salir de su tierra, de la casa paterna y ponerse en camino. La misma voz del Dios de los padres la llamó de nuevo invitándola a salir de Egipto. El amado abrió para ella un camino en el desierto hacia la libertad. ¿Quién es ésta que sube del desierto? Es la amada, que sube a tierra santa,  guiada por la nube del Señor.

Esta historia de los orígenes de Israel está presente en cada época. La la vive en su carne la amada constantemente. En el hoy del amado ella se ve negra y amada por él. Hoy escucha su voz y sube del desierto, bajo la nube protectora, del desierto a la tierra prometida. Desde la esclavitud o desde el exilio avanza triunfante como una reina al encuentro con su rey. La palabra del Cantar sigue viva en cada generación. Si nos situamos en un lugar alto de Jerusalén, como el monte de los Olivos, aparece toda la ciudad ante nosotros. Si, con los ojos abiertos, nos giramos en torno, a la izquierda vemos el desierto de Galaad, a la derecha el desierto de Judá, de frente el desierto oriental y detrás de nuevo está el desierto. Si mantenemos los ojos abiertos, en cualquier dirección contemplamos las columnas de humo blanco que se elevan hacia el sol, brillantes como el oro. Es siempre la amada, la yegua libre y ufana, que ha roto el freno de la esclavitud y retorna de su exilio. Es Rut que aparece en la mañana ante los ojos deslumbrados de Booz. Son los ciento cuarenta y cuatro mil marcados con el sello de todas las tribus de Israel (Ap 7,4), a los que sigue una multitud inmensa, incontable, de toda nación, razas, pueblos y lenguas (Ap 7,9). “¿Quiénes son y de donde vienen? Son los que vienen de la gran tribulación, han lavado sus vestidos y los han blanqueados con la sangre del Cordero” (Ap 7,13s).

La gloria del Señor amanece sobre Jerusalén. De los cuatro costados de la tierra avanzan las naciones hacia su luz. “Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos y a tus hijas las traen en brazos. Tú, al verlo, te pondrás radiante, se asombrará y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y Efá. Vienen de Saba, trayendo oro e incienso, y pregonando las alabanzas del Señor. ¿Quiénes son estos que como nube vuelan, como palomas a sus paloma­res?” (Is 60,4-8).

Todos vienen del desierto del mundo, del país de Canaán. Hijos de padre amorreo y madre hitita, al venir al mundo, nadie les cuidó. Quedaron expuestos en pleno campo, repugnantes, agitándose en su sangre. Pero el Señor pasó junto a la pequeña huérfana, la lavó, cuidó e hizo crecer hasta el tiempo de los amores. Entonces extendió sobre ella, con Booz sobre Rut, el borde de su manto, cubrió su desnudez, se comprometió con ella en alianza y la hizo suya (Ez 16).

Vienen todos del desierto de la prueba, del mundo donde anduvieron errantes por su infidelidad. El amado, con su amor celoso, dejó a la amada desnuda como el día de su nacimiento, convertida en un desierto, reducida a tierra árida (Os 2,5). Allí, despojada de todo, el amado le habló al corazón y la sedujo. En el desierto, amado y amada viven su primer amor y celebran los esponsales. El la alimentó con el maná, le dio agua de la roca, la envolvió en la nube de su gloria, como anticipo de la leche y miel de la tierra prometida. Ahora ella sube del desierto cual columna de humo.

La hija de Sión regresa a su tierra, abrazando a Dios, que vuelve con ella del exilio. Del desierto se levanta la nube de humo, seme­jante a la columna de polvo que levanta una caravana de peregrinos, que suben a la ciudad santa cantando los “himnos de las subidas” (Sal 120-134). Es una procesión nupcial. La nube emana perfumes de mirra, de incienso y aromas preciosos. Desde los muros de Jerusalén, los centinelas ven la columna de humo y exclama­n: ¿Qué es eso que sube del desierto? “¿Quién es ése que viene de Edom, vestido de rojo y de andar tan esforzado? Soy yo, un gran libertador; yo solo he pisado el lagar y la sangre ha salpicado mis vestidos” (Is 63,1ss).

Terminada la oración, sigue la vida con los demás, que preguntan: ¿Quién es esa que sube del desierto, apoyada en su amado? (3,6; 6,10). Siempre crea estupor el milagro del amor de Dios, que se manifiesta en la amada, trasformada por su amor. La amada apoyada en el brazo del amado, en  abandono total de sí misma en él, es “un espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres” (1Cor 4,9). El amor, manifestado en Cristo, es algo extraordinario (Mt 5,47). El amor y la unidad son los signos de la presencia de Dios entre los hombres: “Amaos como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos” (Jn 13,34). “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que yo soy tu enviado” (Jn 17,21).

Debajo del manzano te desperté, allí donde te concibió tu madre, allí donde tu madre te dio a luz. La asamblea de Israel dice: “Debajo del manzano te desperté” se refiere al Sinaí. ¿Y por qué se compara con el manzano? Como el manzano produce sus frutos en el mes de Siván, también la Torá fue dada en el mes de Siván. ¿Realmente fue en el Sinaí “donde les dio a luz su madre”? Se parece a uno que pasó por un lugar peligroso y se vio libre de la muerte. Cuando le encuentra un amigo, le dice: ¿Pasaste por ese lugar? ¡Hoy te ha dado a luz tu madre! ¡Hoy has nacido de nuevo! Después de pasar por tantos sufrimientos eres un hombre nuevo. Lo mismo dice la asamblea cristiana viendo a los recién bautizados acercarse al banquete con sus túnicas blancas, apoyados en Cristo, al que se han incorporado. Sepultados con Cristo, debajo del árbol de la cruz, han sido despertados de la muerte, resucitando con Cristo, para sentarse a la mesa de los santos. Sobre el árbol de la cruz, del costado abierto de Cristo, ha nacido la Iglesia, como Eva fue formada del costado de Adán dormido en el Edén.

El esposo, después del largo camino de noviazgo, desea sellar con alianza eterna su amor a la amada. El mismo despierta a la amada, dormida entre sus brazos; con ella sale de casa, dispuesto a celebrar la unión nupcial definitiva. Ella, del brazo del esposo, apoyada en él, avanza suscitando la admiración de las  doncellas de su cortejo nupcial. Antes (3,4), la amada ha abrazado al amado y lo ha llevado a casa de su madre; ahora, ella se abandona en los brazos del esposo, que la sostiene y conduce, allanándola el camino.

Grábame como sello sobre el corazón, como tatuaje sobre tu brazo. Porque es fuerte el amor como la muerte, implacable como el sol la pasión. Saetas de fuego sus saetas, una llama del Señor. En aquel día la asamblea de Israel dice a su Señor: Te suplicamos, ponme como un sello de anillo en tu corazón, como un sello de anillo sobre tu brazo para que no vuelva más al exilio. Porque fuerte como la muerte es mi amor por ti, pero duro como el Se’ol es el odio con que los pueblos nos odian. La hostilidad que nos tienen arde como brazos de fuego de la Gehenna, que tú, Señor, creaste en el segundo día de la creación del mundo, para quemar a los idólatras.

Nacida de la cruz de Cristo, la Iglesia quiere llevar el sello de la cruz en el corazón y en los brazos: en el corazón para mantenerse firme en la fe y en el brazo para que toda actividad sea conforme a esa fe. La esposa desea que el esposo la lleve como sello en el corazón, sede del pensamiento y decisiones, y como tatuaje en el brazo, sede de la acción. Es el deseo de ser indisolublemente suya en todo, en su fe y en la vida, sin divorcio posible.

Para vivir la unión con Dios en Cristo es necesaria la acción del Espíritu Santo, que imprime en nuestros corazones, como en la cera, la imagen de Cristo, que es imagen visible de Dios.

El amor es más fuerte que la muerte y que el Seol, que nunca se sacia (Pr 15,16). Sus llamas son inextinguibles. La fuerza de las aguas arrolladoras no lo apagan. La llama del Señor abre caminos en el mar y sendas en las aguas caudalosas (Is 43,16). Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera todos los bienes de su casa por el amor, se granjearía el desprecio. El Señor dijo a la casa de Israel: Aunque se reúnan todos los pueblos, que son como las grandes aguas del mar, no podrán apagar mi amor hacia ti; y aunque se reúnan todos los reyes de la tierra, que son como las aguas de los ríos, no podrán anegarte (Sal 46,2-4). El que construye su vida sobre la roca del amor indefectible de Dios está seguro. Aunque caiga la lluvia, se desborden los torrentes, soplen los vientos y embistan contra ella, no caerá por estar edificada sobre roca (Mt 7,24ss).

Si alguien diera todos los bienes de su casa por el amor, se granjearía el desprecio. El amor es gracia, don, libertad. Es superior a todos los bienes de este mundo, “más precioso que las perlas” (Pr 3,15), más que las piedras preciosas, ninguna cosa apetecible se le puede comparar (Pr 8,11s). El amor de Dios, como la sabiduría divina, es “preferible a cetros y tronos, y en comparación con ella nada es la riqueza. Ni la piedra más preciosa se la puede equiparar, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena, y barro parece la plata en su presencia” (Sb 7,8s). Es el tesoro escondido y la perla preciosa, que colma de alegría a quien la halla y todo el resto ya no le interesa (Mt 13,44ss).

Emiliano Jiménez Hernández

Categorías:Cantos, Matrimonios
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