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Las cuatro preguntas

1 abril, 2013 1 comentario

Cuatro preguntas, cuatro tipos de personas

Introducción

Una de las panes fundamentales del Séder pascual judío era la Haggadá o relato referido al capítulo 12 del Éxodo en el que se narra la salida de los israelitas de Egipto y la celebración de la primera Pascua. Su inclusión en la liturgia de esta noche viene dispuesta expresamente por la Escritura: “Y cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: ¿qué significa esto?, le dirás: “Con mano fuerte nos sacó Yahveh de Egipto, de la casa de servidumbre…” (Ex 13, 14)”

Este relato de carácter didáctico es realizado por el padre o, en su ausencia, la persona que desempeña la autoridad dentro de la comunidad familiar o del grupo celebrante. Es la respuesta a las preguntas de los más pequeños y constituye toda una catequesis cuya finalidad es transmitir la fe a la próxima generación.

Estas preguntas reciben en hebreo el nombre de “Ma Nishtaná“(“¿Qué hay de diferente… ? “). Su forma y contenido han variado con el paso del tiempo. En principio son cuatro preguntas fijas a las que se añaden las interrogantes espontáneas derivadas de la curiosidad infantil.

Ya en antiguos textos judíos como la “Misná” (colección de tradiciones que recogen la Torá oral) o la ”Mekilta de Rabbí Yismael”, las cuatro preguntas fijas del canto infantil se relacionan con los cuatro tipos de hijos y las cuatro actitudes diferentes que los participantes en la Pascua pueden mantener ante el paso salvador de Dios.

Basada en esta antigua tradición judía, sin ninguna duda plenamente válida para una catequesis cristiana actual sobre la Pascua, se desarrolla a continuación un breve comentario dirigido a los protagonistas más jóvenes de esta celebración fundamental para la fe.

Valga añadir que el hecho de que un niño haga una pregunta determinada no implica que se identifique con la actitud que la misma manifiesta. Es fácilmente comprensible que la finalidad de este diálogo es ayudar al entendimiento de los misterios y significados que contiene la Pascua.

¿Por qué esta noche estamos levantados?

A los niños que hacen esta pregunta, lo que más les llama la atención es el hecho de estar levantados y no acostados en la cama como es habitual a esas horas de la noche.

Estar despierto, de pie, levantado, es una postura normal en aquellos que sienten la proximidad de algo importante.

Basta con fijarse en el patio de cualquier colegio el día en que se inicia un nuevo curso. Será difícil encontrar un solo niño que permanezca sentado. La emoción y los nervios hacen que todos griten, corran y salten sin parar.

¿Qué niño permanecerá echado en la cama durante la mañana de la fiesta de los Reyes Magos?

Es imposible descansar o tumbarse cuando sentimos que algo maravilloso se acerca. Nuestra alma obliga al cuerpo a estar atento.

Cuando alguien se encuentra sufriendo o sumergido en la tristeza no tiene fuerzas ni para permanecer en pie. No quiere levantarse de la cama; prefiere estar tumbado. ¿Habéis escuchado esta palabra? “Tumbado”  ¿Os dais cuenta de que “tumbado” viene de tumba? ¿Y quién está en la tumba? ¿No es acaso el que está muerto, aquel que no tiene vida?

La fe no puede tumbarse. La fe nos mantiene levantados porque sabe que se acerca la Pascua. Es el mismo Jesucristo quien viene a nuestro encuentro para hacemos sentir la verdadera felicidad. Es el mismo Jesús resucitado de la “tumba” quien se acerca para demostramos su amor.

¿Por qué hemos ayunado?

Esta es la típica pregunta de los que viven la Pascua enfadados. Es la duda de los rebeldes.

Durante las horas anteriores a la Pascua, la Iglesia proclama un ayuno en el que se nos invita a participar a fin de estar bien dispuestos para la fiesta y el banquete pascual que disfrutaremos durante la madrugada del Domingo de Resurrección.

El ayuno hace sufrir .al cuerpo: el estómago molesta, las piernas se cansan, aparece un gusto desagradable en la boca. ¿Por qué tenemos que pasar este mal rato? En esta pregunta van incluidas muchas quejas, pero todas se podrían resumir en una sola: ¿Por qué tenemos que sufrir?

Es la gran duda de los que se creen listos y los sabios Cuando hacen la pregunta no les interesa para nada la respuesta que se les pueda dar. Lo que quieren en el fondo es interrumpir de una vez el ayuno para que les deje de molestar el estómago. Como quienes hacen esta pregunta son muy inteligentes, ellos mismos han encontrado la solución al problema: el ayuno es una exageración que no sirve para nada. No es necesario hacer cosas tan dolorosas y molestas para participar en la Pascua. ¿No repetimos continuamente que la Pascua es una fiesta7 ¿A qué viene entonces pasarse toda la noche con esa sensación tan desagradable causada por el ayuno? ¿No sería mucho mejor acudir a la Pascua bien cenado y con el cuerpo entonado? Todo lo demás es fanatismo y sacar las cosas de quicio.

Los que así piensan, los que así sienten, no tienen ningún interés por nada: ni Abraham, ni el Éxodo, ni las promesas, ni la cruz, ni los cantos, ni la resurrección… Lo único que interesa es que todo vaya rápido y que la iglesia esté caliente. Cuanto antes acabemos, mejor. Fuera sufrimiento, fuera pruebas, fuera todo. ¿No es una estupidez sufrir a lo tonto cuando se puede evitar de una forma tan sencilla?

¿Por qué esta noche esperamos?

Esta es la pregunta de los resignados, de los que viven la fe como un montón de mandamientos que hay que cumplir a la fuerza, sin alegría, sin entusiasmo, sin esperanza. ¿Qué nos puede traer la vida que ya no conozcamos? ¿Qué diablos esperamos de la Pascua si ya nos lo sabemos todo de memoria? ¿Es que por casualidad se van a solucionar nuestros problemas después de estar rezando o escuchando los mismos rollos durante tanto rato?

Ese niño está triste porque no es lo suficientemente listo. Aquél, porque no es lo suficientemente guapo. Este otro porque no se lleva bien con su padre. Aquél de camisa azul porque nadie le hace caso. “Pues yo te aseguro -dice el niño que hace esta  pregunta- que después de la Pascua ni el tonto va a ser más listo, ni el feo más guapo, ni el padre del otro muchacho va a cambiar, y ese que estaba sólo va a seguir exactamente igual”.

Para ser tan jóvenes, estos niños ya saben que no hay otra solución más que aguantarse y fastidiarse. La lección se la saben muy bien: Jesucristo ha sufrido mucho por los pecadores, ha muerto y ha resucitado. Pero es que Él era Dios y Dios es muy bueno y muy fuerte. Y Él está en el cielo pero nosotros tenemos que vivir en la tierra. Es cierto que a veces ayuda algo, pero a quien le toca la china, que se aguante.

Este niño, al igual que los listos que siempre están enfadados, no canta, ni pide, ni toca instrumentos, ni hace nada. El listo porque está en rebeldía. Éste, porque le da todo igual. Cumple lo que se le manda para que Dios no le castigue. Y se acabó.

Los que preguntan “¿qué esperamos?” es porque se asombran de que a estas alturas todavía haya alguien que mantenga la esperanza de que las cosas cambien, de que la felicidad y la vida verdadera aun sean posibles.

¿Por qué esta noche estamos levantados, hemos ayunado y estamos esperando?”

Ahora les toca el tumo a los que todo les llama la atención porque ni se han esmerado, ni entienden nada de lo que sucede a su alrededor.

Si estos niños en vez de personas fuesen animales, se les podría comparar con una tortuga. Tienen un caparazón duro como el cemento; se meten dentro y se apartan de todo lo que les rodea.

En su cabeza sólo habita un pensamiento: “Dejadme en paz”. ¿A qué viene tanto jaleo? Yo no comprendo nada, ni me interesa nada. No quiero que me molestéis.

Es fácil que quienes tienen esta actitud tan apática, hayan pasado en las hayan pasado en las Pascuas anteriores por todas las formas posibles de estar: primero, por la del niño rebelde que no quiere sufrir y después por la de aquel otro que no tiene esperanza. De esa forma ha acabado por no fiarse de nada ni de nadie. Él va a su aire y tal como entra en la celebración, sale de ella.

Emiliano Jiménez Hernandez

Categorías:Libros, Pascua

Las cuatro noches

1 abril, 2013 1 comentario

Primera noche: la Creación

La Pascua es acción de gracias por la Creación de Dios.

En el principio creó Dios cielo y tierra” (Gn 1, 1). La creación comienza con la irrupción de la luz divina en la oscuridad caótica. La acción creadora de Dios, por medio de su Palabra, aparece como un acto ubre del Señor que manifiesta la absoluta gratuidad con que actúa tanto en la historia de la salvación (Rom 9, 8.30) como en la llamada del mundo a la existencia. Dios crea y se da por puro amor y por pura gracia. La Pascua, al resaltar la alegría de la primavera, se convierte también en memorial de la creación.

Israel celebra con una misma alabanza el amor del Dios creador del universo y de la historia La Pascua es, en principio, la fiesta de la primavera como celebración de la creación. Pero la gran primavera de Israel es aquella en la que Dios lo libera de la esclavitud de Egipto. El Éxodo es el momento en que Dios engendra a Israel como pueblo (Dt 32,5-10; Ez 16,4-7).

La creación anticipa la ”redención”. Este lazo entre Pascua y creación quedaba subrayado por las lecturas bíblicas usuales en la liturgia sinagogal. El ciclo de lecturas era trienal. El primer año se empezaba el mes pascual de nisán justamente con el relato de la creación según el capítulo primero del Génesis; y el año segundo comenzaba con el capítulo decimosegundo del Éxodo. así pues, la liturgia enlazaba la fiesta de la creación y la del Éxodo.

AquedáhSegunda noche: Abraham

La segunda noche que recuerda la Pascua hebrea es la del sacrificio de Abraham, noche en la que, como proclama el Targum “apareció la fe sobre la tierra”. La tradición judía pone este acontecimiento en relación directa con la Pascua. En el libro de los Jubileos se afirma que Isaac fue ofrecido el 14 de Nisán, a la misma hora en que más tarde se inmolaría el cordero pascual, y la montaña del holocausto no fue otra que el monte Sión, lugar del futuro templo de Jerusalén. Igual que Isaac fue rescatado con la sangre del camero, todos los primogénitos hebreos serán salvados por la sangre del cordero pascual. Las promesas hechas a Abraham son gratuitas; no se fundan en sus posibilidades ni en sus méritos. A la promesa no corresponde por parte del hombre el “conocimiento”, sino la fe y la obediencia. Es el proceso opuesto al pecado original.

Yahveh es un Dios de vida; su presencia nunca es estática, es “paso”, pascua que pone al hombre en movimiento sacándole de sus seguridades. Abraham, movido por la promesa, vive abierto a un futuro no calculable, al proyecto de Dios que le es desconocido es inverosímil. Así la fe se presenta como un absoluto apoyarse en Dios. La orden y la promesa aparentemente se contradicen, pero Abraham cree y entra en una contradicción que llega a su culmen con la exigencia del sacrificio de Isaac, el hijo de la promesa. La fe vence al absurdo, esperando frente a la aniquilación de toda esperanza.

Tercera noche: el Éxodo

La descendencia de Abraham llegó a convertirse en el pueblo de la promesa, pero sometido a esclavitud quedaba reducido a la misma impotencia que su antepasado. Israel descubre a Dios en su actuar en la historia. a través de su liberación de la esclavitud.

La tercera noche que se celebra en la Pascua judía, es la del Éxodo.

No se trata de un aniversario de la antigua liberación de Egipto, sino de un misterio actualizado cada primavera, como si generación tras generación todo fiel fuera rescatado personalmente de la esclavitud. Los profetas mantendrán vivo el recuerdo de los acontecimientos del primer éxodo para que, a la luz de este memorial se haga eficaz en el presente de la historia la fuerza salvadora de Dios.

El culto, aquel que el faraón quería impedir a los israelitas, es el memorial conmemorativo de la intervención salvadora de Dios en la historia. La Pascua revive la  liberación de Israel de la esclavitud (Ex 12,23, 15; Dt 16, 1-8)

Dios que Libró una vez a su pueblo, lo salvará, lo recreará, en cada nueva situación de esclavitud. En la cena pascual, cada uno de los comensales tiene la certeza de que, por medio de la liturgia, está compartiendo junto con sus antepasados la salida de Egipto, experimentando de esa forma el paso de la esclavitud a la libertad, de la tristeza al gozo, del llanto a la alegría festiva de la muerte a la vida.

Cuarta noche: la fiesta eterna

La cuarta noche que se celebra en la Pascua es la del final de los tiempos “cuando el mundo llegue a su fin para ser rescatado… y el Rey Mesías venga de arriba” (Targum). Cada Pascua es profecía del día escatológico y mesiánico. “En esta noche han sido salvados, en esta noche serán salvados”, se decía en la Liturgia judía.

Todas las intervenciones salvíficas de Dios, unidas a la celebración de la liberación de Egipto, hacen esperar su intervención definitiva en el futuro con la llegada. Del Mesias. Esta salvación definitiva (escatología) aparece como una nueva creación (Is 65, 17), un éxodo irreversible (Is 65,22), una victoria absoluta y definitiva sobre el mal que recobra el paraíso de nuevo (Is 65,25). Por ello, en la noche pascual los judíos aguardan la llegada del Mesías, dejando en su mesa una silla vacía para Elías, que le precederá anunciando su venida.

Emiliano Jiménez Hernandez

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Este es el día en que actuó el Señor – Salmo 117

16 abril, 2012 Deja un comentario

Cuando el cristiano, en sintonía con la voz orante de Israel, canta el salmo 117, experimenta en su interior una emoción particular. En efecto, encuentra en este himno, de intensa índole litúrgica, dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. La primera se halla en el versículo 22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21,42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: «Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: «Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (…). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado» (Le Catechesi, Roma 1993, pp. 312-313).

Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el «Hallel pascual», es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (vv. 1 y 29).

La palabra «misericordia» traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas: todo Israel, la «casa de Aarón», es decir, los sacerdotes, y «los que temen a Dios», una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf. vv. 2-4).

La procesión parece desarrollarse por las calles de Jerusalén, porque se habla de las «tiendas de los justos» (v. 15). En cualquier caso, se eleva un himno de acción de gracias (cf. vv. 5-18), que contiene un mensaje esencial: incluso cuando nos embarga la angustia, debemos mantener enarbolada la antorcha de la confianza, porque la mano poderosa del Señor lleva a sus fieles a la victoria sobre el mal y a la salvación.

El poeta sagrado usa imágenes fuertes y expresivas: a los adversarios crueles se los compara con un enjambre de avispas o con un frente de fuego que avanza reduciéndolo todo a cenizas (cf. v. 12). Pero la reacción del justo, sostenido por el Señor, es vehemente. Tres veces repite: «En el nombre del Señor los rechacé» y el verbo hebreo pone de relieve una intervención destructora con respecto al mal (cf. vv. 10-12). En efecto, en su raíz se halla la diestra poderosa de Dios, es decir, su obra eficaz, y no ciertamente la mano débil e incierta del hombre. Por esto, la alegría por la victoria sobre el mal desemboca en una profesión de fe muy sugestiva: «el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación» (v. 14).

La procesión parece haber llegado al templo, a las «puertas del triunfo» (v. 19), es decir, a la puerta santa de Sión. Aquí se entona un segundo canto de acción de gracias, que se abre con un diálogo entre la asamblea y los sacerdotes para ser admitidos en el culto. «Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor», dice el solista en nombre de la asamblea procesional. «Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella» (v. 20), responden otros, probablemente los sacerdotes.

Una vez que han entrado, pueden cantar el himno de acción de gracias al Señor, que en el templo se ofrece como «piedra» estable y segura sobre la que se puede edificar la casa de la vida (cf. Mt 7,24-25). Una bendición sacerdotal desciende sobre los fieles, que han entrado en el templo para expresar su fe, elevar su oración y celebrar su culto.

El salmo 117 estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús «el día en que actuó el Señor», en el que «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud: «el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación» (v. 14). «Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (v. 24).

Este canto revela claramente un uso litúrgico en el interior del templo de Jerusalén. En efecto, en su trama parece desarrollarse una procesión, que comienza entre las «tiendas de los justos» (v. 15), es decir, en las casas de los fieles. Estos exaltan la protección de la mano de Dios, capaz de tutelar a los rectos, a los que confían en él incluso cuando irrumpen adversarios crueles. La imagen que usa el salmista es expresiva: «Me rodeaban como avispas, ardiendo como fuego en las zarzas; en el nombre del Señor los rechacé» (v. 12).

Al ser liberado de ese peligro, el pueblo de Dios prorrumpe en «cantos de victoria» (v. 15) en honor de la «poderosa diestra del Señor» (cf. v. 16), que ha obrado maravillas. Por consiguiente, los fieles son conscientes de que nunca están solos, a merced de la tempestad desencadenada por los malvados. En verdad, Dios tiene siempre la última palabra; aunque permite la prueba de su fiel, no lo entrega a la muerte (cf. v. 18).

3. En este momento parece que la procesión llega a la meta evocada por el salmista mediante la imagen de la «puerta de la justicia» (v. 19), es decir, la puerta santa del templo de Sión. La procesión acompaña al héroe al que Dios ha dado la victoria. Pide que se le abran las puertas, para poder «dar gracias al Señor» (v. 19). Con él «entran los justos» (v. 20). Para expresar la dura prueba que ha superado y la glorificación que ha tenido como consecuencia, se compara a sí mismo a la «piedra que desecharon los arquitectos», transformada luego en «la piedra angular» (v. 22).

Cristo utilizará precisamente esta imagen y este versículo, al final de la parábola de los viñadores homicidas, para anunciar su pasión y su glorificación (cf. Mt 21,42).

Aplicándose el salmo a sí mismo, Cristo abre el camino a una interpretación cristiana de este himno de confianza y de acción de gracias al Señor por su hesed, es decir, por su fidelidad amorosa, que se refleja en todo el salmo (cf. Sal 117,1.2.3.4.29).

Los símbolos adoptados por los Padres de la Iglesia son dos. Ante todo, el de «puerta de la justicia», que san Clemente Romano, en su Carta a los Corintios, comentaba así: «Siendo muchas las puertas que están abiertas, ésta es la puerta de la justicia, a saber: la que se abre en Cristo. Bienaventurados todos los que por ella entraren y enderezaren sus pasos en santidad y justicia, cumpliendo todas las cosas sin perturbación» (48, 4: Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 222).

El otro símbolo, unido al anterior, es precisamente el de la piedra. En nuestra meditación sobre este punto nos dejaremos guiar por san Ambrosio, el cual, en su Exposición sobre el evangelio según san Lucas, comentando la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo, recuerda que «Cristo es la piedra» y que «también a su discípulo Cristo le otorgó este hermoso nombre, de modo que también él sea Pedro, para que de la piedra le venga la solidez de la perseverancia, la firmeza de la fe».

Juan Pablo II

El salmo 117 evoca la historia de la victoria de un rey e incluye una liturgia de acción de gracias. Un personaje importante -probablemente, el rey o el pueblo entero, personificado en este personaje- ha tenido que librar una fuerte batalla contra el enemigo. El combate ha sido recio y el peligro grande; la misma vida ha estado en trance: Todos los pueblos me rodeaban, cerrando el cerco; me rodeaban como avispas y empujaban para derribarme. Ante tales dificultades, se acudió al Señor, y el Señor mostró su poder: En el peligro grité al Señor. El Señor me castigó, pero no me entregó a la muerte, me escuchó.

Por ello se celebra esta fiesta de acción de gracias, esta procesión jubilosa al templo, que constituye el segundo tema del salmo. Todo el pueblo se dirige al templo con cantos de acción de gracias. El Señor manifiesta realmente su poder en la guerra: Éste es el día en que actuó el Señor; dad, pues, gracias al Señor, porque es eterna su misericordia. Al son de estos cantos de acción de gracias, la procesión llega al templo, para celebrar una liturgia de acción de gracias: Abridme las puertas del triunfo (del templo), y entraré para dar gracias al Señor. Israel era, ciertamente, insignificante ante el poder de los enemigos, pero la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Dios ha bendecido con la victoria al débil, y por ello los sacerdotes, desde el templo, repiten esta bendición sobre la procesión que avanza: Bendito el que viene en nombre del Señor.

Para los cristianos, esta lucha y esta victoria evocan el misterio pascual de Jesús, luchando en la pasión y triunfando en la resurrección. El Señor mismo, a las puertas de su muerte, aplicó este salmo a su persona: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos…”?» (Mt 21, 42). Las turbas aplicaron a Jesús este canto en el domingo de ramos: «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21, 9). Los apóstoles, en su predicación, confirmaron esta interpretación (cf. Hch 4,11; cf. 1 Pe 2,4).

No es extraño, pues, que en todas las liturgias este salmo haya venido a ser un salmo dominical y pascual. A nosotros, recitado en la primera hora del domingo, debe invitarnos a una oración contemplativa del triunfo pascual y a la acción de gracias por el mismo. El salmo nos evoca la voz del Señor en la lucha de su pasión:«Todos los pueblos me rodeaban, cerrando el cerco; me rodeaban como avispas y empujaban para derribarme, pero acudí con lágrimas y súplicas al Padre (Hb 5,7), y el Señor, si bien me castigó en la cruz, cargando sobre mí el pecado del mundo, no me entregó a la muerte definitiva, y me escuchó». Por eso, el domingo resuena en todas las comunidades cristianas con cantos de victoria y acción de gracias. Escuchad, hay cantos de victoria: «La diestra del Señor es poderosa». No he de morir, viviré; porque el Señor, cual vencedor, sube al templo, a su gloria, a dar gracias al Padre –abridme las puertas del triunfo, ordenad una procesión con ramos, que la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular-; y la Iglesia, con Cristo, evoca este triunfo y se une a esta acción de gracias.

Pedro Farnés  

Categorías:Cantos, Pascua

Aleluya, alabad al Señor – Salmo 150

25 mayo, 2011 Deja un comentario

ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA,
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.

Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su fuerte firmamento.
Alabadlo por sus obras estupendas,
alabadlo por su inmensa grandeza.

Alabadlo al son de trompetas,
alabadlo con arpas y guitarras,
alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas.

Alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes.

TODO SER ALABE AL SEÑOR,
ALABE, ALABE AL SEÑOR.

El salmo 150 parece desarrollarse en tres momentos. Al inicio, en los primeros dos versículos (vv. 1-2), la mirada se dirige al «Señor» en su «santuario», a «su fuerza», a sus «grandes hazañas», a su «inmensa grandeza». En un segundo momento -semejante a un auténtico movimiento musical- se une a la alabanza la orquesta del templo de Sión (cf. vv. 3-5), que acompaña el canto y la danza sagrada. En el tercer momento, en el último versículo del salmo (cf. v. 6), entra en escena el universo, representado por «todo ser vivo» o, si se quiere traducir con más fidelidad al original hebreo, por «todo cuanto respira». La vida misma se hace alabanza, una alabanza que se eleva de las criaturas al Creador.

La primera sede en la que se desarrolla el hilo musical y orante es la del «santuario» (cf. v. 1). El original hebreo habla del área «sagrada», pura y trascendente, en la que mora Dios. Por tanto, hay una referencia al horizonte celestial y paradisíaco, donde, como precisará el libro del Apocalipsis, se celebra la eterna y perfecta liturgia del Cordero (cf., por ejemplo, Ap 5,6-14). El misterio de Dios, en el que los santos son acogidos para una comunión plena, es un ámbito de luz y de alegría, de revelación y de amor. Precisamente por eso, aunque con cierta libertad, la antigua traducción griega de los Setenta e incluso la traducción latina de la Vulgata propusieron, en vez de «santuario», la palabra «santos»: «Alabad al Señor entre sus santos».

Desde el cielo el pensamiento pasa implícitamente a la tierra al poner el acento en las «grandes hazañas» realizadas por Dios, las cuales manifiestan «su inmensa grandeza» (v. 2). Estas hazañas son descritas en el salmo 104, el cual invita a los israelitas a «meditar todas las maravillas» de Dios (v. 2), a recordar «las maravillas que ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca» (v. 5); el salmista recuerda entonces «la alianza que pactó con Abraham» (v. 9), la historia extraordinaria de José, los prodigios de la liberación de Egipto y del viaje por el desierto, y, por último, el don de la tierra. Otro salmo habla de situaciones difíciles de las que el Señor salva a los que «claman» a él; las personas salvadas son invitadas repetidamente a dar gracias por los prodigios realizados por Dios: «Den gracias al Señor por su piedad, por sus prodigios en favor de los hijos de los hombres» (Sal 106, 8.15. 21.31).

Así se puede comprender la referencia de nuestro salmo a las «obras fuertes», como dice el original hebreo, es decir, a las grandes «hazañas» (cf. v. 2) que Dios realiza en el decurso de la historia de la salvación. La alabanza se transforma en profesión de fe en Dios, Creador y Redentor, celebración festiva del amor divino, que se manifiesta creando y salvando, dando la vida y la liberación.

El texto es de una sencillez y transparencia admirables. Sólo debemos dejarnos llevar por la insistente invitación a alabar al Señor: «Alabad al Señor (…), alabadlo (…), alabadlo». Al inicio, Dios se presenta en dos aspectos fundamentales de su misterio. Es, sin duda, trascendente, misterioso, distinto de nuestro horizonte: su morada real es el «templo» celestial, su «fuerte firmamento», semejante a una fortaleza inaccesible al hombre. Y, a pesar de eso, está cerca de nosotros: se halla presente en el «templo» de Sión y actúa en la historia a través de sus «obras magníficas», que revelan y hacen visible «su inmensa grandeza» (cf. vv. 1-2).

Así, entre la tierra y el cielo se establece casi un canal de comunicación, en el que se encuentran la acción del Señor y el canto de alabanza de los fieles. La liturgia une los dos santuarios, el templo terreno y el cielo infinito, Dios y el hombre, el tiempo y la eternidad.

Durante la oración realizamos una especie de ascensión hacia la luz divina y, a la vez, experimentamos un descenso de Dios, que se adapta a nuestro límite para escucharnos y hablarnos, para encontrarse con nosotros y salvarnos. El salmista nos impulsa inmediatamente a utilizar un subsidio para nuestro encuentro de oración: los instrumentos musicales de la orquesta del templo de Jerusalén, como son las trompetas, las arpas, las cítaras, los tambores, las flautas y los platillos sonoros. También la procesión formaba parte del ritual en Jerusalén (cf. Sal 117,27). Esa misma invitación se encuentra en el Salmo 46,8: «Tocad con maestría».

Por tanto, es necesario descubrir y vivir constantemente la belleza de la oración y de la liturgia. Hay que orar a Dios no sólo con fórmulas teológicamente exactas, sino también de modo hermoso y digno.

A este respecto, la comunidad cristiana debe hacer un examen de conciencia para que la liturgia recupere cada vez más la belleza de la música y del canto. Es preciso purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra.

Es significativa, a este propósito, la exhortación de la carta a los Efesios a evitar intemperancias y desenfrenos para dejar espacio a la pureza de los himnos litúrgicos: «No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,18-20).

El salmista termina invitando a la alabanza a «todo ser vivo» (cf. Sal 150,5), literalmente a «todo soplo», «todo respiro», expresión que en hebreo designa a «todo ser que alienta», especialmente «todo hombre vivo» (cf. Dt 20,16; Jos 10,40; 11,11.14). Por consiguiente, en la alabanza divina está implicada, ante todo, la criatura humana con su voz y su corazón. Juntamente con ella son convocados idealmente todos los seres vivos, todas las criaturas en las que hay un aliento de vida (cf. Gn 7,22), para que eleven su himno de gratitud al Creador por el don de la existencia.

A este respecto, san Agustín, en sus Exposiciones sobre los salmos, ve simbolizados en los instrumentos musicales a los santos que alaban a Dios: «Vosotros, santos, sois la trompeta, el salterio, el arpa, la cítara, el tambor, el coro, las cuerdas y el órgano, los platillos sonoros, que emiten hermosos sonidos, es decir, que suenan armoniosamente. Vosotros sois todas estas cosas. Al escuchar el salmo, no se ha de pensar en cosas de escaso valor, en cosas transitorias, ni en instrumentos teatrales». En realidad, «todo espíritu que alaba al Señor» es voz de canto a Dios (Esposizioni sui Salmi, IV, Roma 1977, pp. 934-935).

Llegamos así al último versículo del salmo 150 (cf. v. 6). El término hebreo usado para indicar a los «vivos» que alaban a Dios alude a la respiración, como decíamos, pero también a algo íntimo y profundo, inherente al hombre.

Aunque se puede pensar que toda la vida de la creación es un himno de alabanza al Creador, es más preciso considerar que en este coro el primado corresponde a la criatura humana. A través del ser humano, portavoz de la creación entera, todos los seres vivos alaban al Señor. Nuestra respiración vital, que expresa autoconciencia y libertad (cf. Pr 20,27), se transforma en canto y oración de toda la vida que late en el universo.

Por eso, todos hemos de elevar al Señor, con todo nuestro corazón, «salmos, himnos y cánticos inspirados» (Ef 5,19).

Los manuscritos hebraicos, al transcribir los versículos del salmo 150, reproducen a menudo el Menorah, el famoso candelabro de siete brazos situado en el Santo de los Santos del templo de Jerusalén. Así sugieren una hermosa interpretación de este salmo, auténtico Amén en la oración de siempre de nuestros «hermanos mayores»: todo el hombre, con todos los instrumentos y las formas musicales que ha inventado su genio -«trompetas, arpas, cítaras, tambores, danzas, trompas, flautas, platillos sonoros, platillos vibrantes», como dice el Salmo- pero también «todo ser vivo» es invitado a arder como el Menorah ante el Santo de los Santos, en constante oración de alabanza y acción de gracias.

En unión con el Hijo, voz perfecta de todo el mundo creado por él, nos convertimos también nosotros en oración incesante ante el trono de Dios.

Juan Pablo II

Alabar al Señor por sus obras magníficas es particularmente apropiado a esta hora y en este día, domingo por la mañana, en que celebramos la mayor de estas obras magníficas, que nosotros conocemos mejor aun que el salmista, es decir, la resurrección de Cristo, manifestación y comienzo de la resurrección universal.

Pedro Farnés

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Tú has cubierto de vergüenza la muerte (Homilía de Melitón de Sardes sobre la Pascua – Oficio de Lecturas de Jueves Santo)

20 abril, 2011 Deja un comentario

Tú has cubierto de vergüenza la muerte,
tú has llenado de luto el infierno.

Has golpeado la iniquidad,
has privado a la injusticia de sus hijos,
como Moisés al Faraón,
como Moisés al Faraón.

Tú nos has pasado
de la esclavitud a la libertad,
de las tinieblas a la luz,
de la muerte a la vida,
de la tiranía al reino eterno.

Tú eres la pascua de la salvación;
tú eres el cordero nacido de María.

MARÍA, CORDERA SIN MANCHA,
MARÍA, LA INOCENTE CORDERA.

Tú has sido asesinado en Abel,
tú fuiste atado en Isaac,
vendido en José,
abandonado sobre las aguas en Moisés,
perseguido en David
y despreciado en todos los profetas.

Tú eres el cordero que no abre boca;
tú eres el cordero nacido de María.

Tú fuiste cogido del rebaño,
conducido al sacrificio, inmolado por la tarde,
sepultado en la noche; sobre la cruz
no te fue roto ningún hueso, ni en la tierra
experimentaste la corrupción.

Tú resucitando de la muerte
has hecho resurgir a la humanidad
de lo profundo del sepulcro.

Tú eres el cordero que no abre boca;
tú eres el cordero nacido de María.

La Pascua canta la victoria de Cristo sobre el peca­do y sobre la muerte. Canta al Crucificado exaltado y glorificado en la cruz. Canta la pasión que nos libró de nuestra pasión. Es lo que recogen las homilías pascuales de Melitón de Sardes y la atribuida a Hipólito.[1]

Ambas homilías son un canto al Cristo de la pa­sión. Cristo ha asumido la condición de «pasión» que caracteriza la existencia del hombre pecador

Notad bien quien es el que padece y quien el que compadece junto con el que padece; por qué el Señor ha descendido sobre la tierra, por qué se ha revestido de aquel que padecía y lo ha llevado consigo a lo más alto de los cielos (Melitón).

El Señor, habiéndose revestido del hombre y habiendo padecido por aquel que padecía…, resucitó de los muer­tos (Melitón).

Esta era la pascua que Jesús deseaba padecer por no­sotros. Con la pasión nos ha librado a nosotros de la pasión (Pseudo‑Hipólito).

Al asumir la situación de pasión del hombre en el mundo, Cristo está presente, sufriendo, en todos los personajes del Antiguo Testamento:

Cristo es la Pascua de nuestra salvación,
El es quien tuvo que padecer mucho en la persona de muchos,
El es quien fue:

asesinado en la persona de Abel,
maniatado en Isaac,
exiliado en Jacob,
vendido en José,
expuesto en Moisés,
inmolado en el cordero,
perseguido en David,
vilipendiado en los profetas (Melitón).

Pero, sobre todo, Cristo está presente en el cordero:

Cristo es el cordero sin voz,
éste es el cordero degollado,
éste es el mismo que nació de María,
la hermosa cordera;
el mismo que fue arrebatado del rebaño,
empujado a la muerte,
inmolado al atardecer,
y sepultado de noche;
que no fue quebrantado en el leño,
ni se descompuso en la tierra;
el mismo que resucitó de entre los muertos
e hizo que el hombre surgiese desde
lo más hondo del sepulcro (Melitón).

Cristo es, pues, el verdadero cordero pascual, in­molado por los hombres. Pero el acontecimiento pas­cual, que culmina en la muerte  del cordero, no termina ahí. Termina gloriosamente en la resurrección:

Este es aquel

que se encarnó en una virgen,
que fue colgado del madero,
que fue sepultado en la tierra,
que resucitó de entre los muertos,
que fue elevado a lo alto de los cielos (Melitón).

Con la resurrección Cristo inicia la ascensión, su retorno glorioso al Padre. Es su glorificación. Pero Cris­to no retorna al Padre en solitario. La humanidad, res­catada de la muerte, inicia su proceso pascual de retor­no al Padre con Cristo:

Venid pues todas las razas humanas,
sumergidas en el pecado.
Recibid el perdón de los pecados,
porque yo soy vuestro perdón,
yo la Pascua de la salvación.
Yo os llevo a las alturas de los cielos.
Yo os mostraré al Padre que existe desde los siglos.
Yo os resucitaré por medio de mi diestra (Melitón).

Habiéndose, pues, revestido de la imagen perfecta, Cristo transformó al hombre, que había revestido, en hombre celeste; entonces la imagen incorporada a El subió también al cielo (Pseudo‑Hipólito).

Esta transformación nos la describen como una exis­tencia en la luz y en la plenitud de vida, libre de toda opresión, especialmente libre del pecado y de la muerte:

El es el que nos ha hecho pasar

de la esclavitud a la libertad,
de las tinieblas a la luz,
de la muerte a la vida,
de la tiranía al reino eterno (Melitón).

¿Qué es la venida de Cristo?

liberación de la esclavitud,
liberación de la antigua fatalidad,
inicio de la libertad,
honor de la adopción,
fuente de la remisión de los pecados,
verdadera vida inmortal para todos (Hipólito).

Que un muerto vuelva a la vida no es una novedad en el ámbito bíblico. Pero no es esto lo que quiere decir la resurrección de Jesús. Jesús resucitado de entre los muertos pasa a un tipo de existencia que ha dejado tras sí la muerte de una vez para siempre (Rom 6,10), que ha llegado a Dios superando para siempre las frontera de este tiempo (Heb 9,26;1Pe 3,18). Al contrario de David, y de todos los resucitados por El mismo, Jesús se ve libre de la corrupción (He 13,34), vive para Dios vive, «por los siglos y tiene las llaves de la muerte y del hades» (Apo 1,17s). Rompe de una vez todo nuestro mundo de vida y muerte y así nos abre un camino nuevo hacia la vida eterna de Dios (1Cor 15,12s). Cristo entra en el mundo nuevo, en el tiempo eterno.[2]

Emiliano Jiménez Hernández


[1]      J. IBAÑEZ‑F. MENDOZA, Melitón de Sardes. Homilía sobre la pascua, Pamplona 1975;P. NAUTIN, Homelies pascales, París 1950; R. CANTALAMESSA, La Pasqua nella Chiesa antica, Torino 1978.

[2]      H. SCHLIER, De la Resurrección de Jesucristo, Bilbao 1970; F. MUSSNER, La Resurrección de Jesús, Santander 1971; X. LEON‑DUFOUR, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Salamanca 1987.

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A la víctima pascual (Secuencia de Pascua)

20 abril, 2011 Deja un comentario

by Niccolo di Pietro Gerini

A la víctima pascual
ofrecemos hoy
el sacrificio de alabanza.

El cordero ha redimido el rebaño,
el inocente ha reconciliado
los pecadores al Padre.

Muerte y vida se han enfrentado
en un prodigioso duelo
el autor de la Vida estaba muerto,
mas ahora está vivo y triunfa.

Dinos tú, María:
¿qué has visto en el camino?
«He visto: la tumba de Cristo vacía,
la Gloria del Señor y vivo a Cristo,
los ángeles, las vendas y el sudario.»

PORQUE CRISTO, MI ESPERANZA,
¡HA RESUCITADO!
Y NOS PRECEDE EN GALILEA,
Y NOS PRECEDE EN GALILEA.

SÍ QUE ES CIERTO,
CRISTO HA RESUCITADO.
SÍ QUE ES CIERTO,
CRISTO HA RESUCITADO.

Y NOS PRECEDE EN GALILEA,
Y NOS PRECEDE EN GALILEA.

Tú, Rey victorioso, danos tú la salvación.

“Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo: el Señor de la vida estaba muerto, pero ahora está vivo y reina”. La vida ha triunfado sobre la muerte: sucedió a Cristo y así nos sucederá un día también a nosotros.

Rainero Cantalamessa

«Dinos, María, ¿qué has visto en el camino?»

Una de las piezas maestras del canto gregoriano es, sin duda, la secuencia de la fiesta de hoy: Victimae paschali laudes, «Alabanzas a la víctima pascual». Con anterioridad al concilio de Trento existían numerosas secuencias litúrgicas medievales, un canto que precedía a la proclamación del evangelio. Desde ese Concilio, quedan sólo unas pocas en la liturgia que tienen una gran calidad musical: recordemos, por ejemplo, el famoso Veni Creator del día de Pentecostés, el Stabat Mater del Viernes de Dolores, o el Dies irae de la misa de difuntos.

El texto latino de la secuencia de hoy, que es del siglo Xl, no tiene especial valor, pero incluye un diálogo lleno de lirismo e ingenuidad con María Magdalena. La traducción oficial española lo versifica con dignidad: “¿Qué has visto de camino, María en la mañana?”. Y María responde: «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la pascua».

María Magdalena, la que los cuatro evangelios presentan al pie de la cruz, es la gran protagonista de las primeras apariciones del Resucitado. Su nombre está recogido por los tres sinópticos dentro del grupo de mujeres que fueron a embalsamar el cuerpo de Jesús y se encontraron con la tumba vacía y el anuncio de que Jesús había resucitado. En el evangelio de Juan, María Magdalena acude sola al sepulcro, lo encuentra vacío y vuelve corriendo a comunicarlo a los discípulos, como hemos escuchado en el relato de hoy. Inmediatamente después continúa con la aparición de Jesús a Magdalena en la que ésta le confunde con el hortelano.

María Magdalena pudo haber sido aquella mujer que experimentó, en aquella comida convencional ofrecida por el fariseo al maestro, que nadie la había mirado con tanta pureza y comprensión y nadie había sabido reconocer la existencia de su mucho amor en su corazón como lo hizo el maestro. Y fue ese amor nuevo, que la limpieza de Jesús había hecho surgir dentro de su ser, el que le empujó a derramar aquella libra de nardo puro, intuyendo de alguna manera que no lo iba a poder hacer en el día de su sepultura. Y aquella mujer nueva, que amaba mucho porque sentía que se la había perdonado mucho, será la que estará firme junto a la cruz y la protagonista del anuncio inesperado de que el maestro había resucitado.

En este día de pascua en que, como dice la vieja secuencia, los cristianos presentan «ofrendas de alabanza», nos dirigimos a esta mujer que fue primer testigo del centro de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Cristo. Y, podemos preguntarle también con esa vieja e ingenua secuencia de pascua: «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?». Ojalá nuestra fe nos pueda decir, en esta mañana de la pascua siempre florida -porque el grano de trigo ha comenzado a dar vida- lo que sintió aquella mujer que quizá había sido pecadora, de cuyo corazón Jesús había expulsado muchos demonios y que, fue fiel a su Señor en la cruz y en la resurrección.

«Dinos, María», en esta mañana de pascua, que nadie hablaba tan de verdad al corazón como aquel a quien tú escuchabas sentada a sus pies. Dinos que tenemos que trabajar, que entregarnos a la lucha de la vida, a las personas a las que queremos… Pero que nunca nos olvidemos de lo que es últimamente lo único necesario: estar a la escucha de nuestro yo, en donde pueda resonar la palabra del Señor resucitado.

«Dinos, María», que Jesús resucitado puede expulsar de nosotros todos esos demonios que están como agarrados a nuestro corazón; que él puede cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne y hacer que nos nazca una carne nueva sobre nuestra carne vieja y podrida.

«Dinos, María», lo que sentiste cuando Jesús te miraba a los ojos y al corazón en aquella fría comida del fariseo. Dinos que podemos encontrar en Jesús a alguien que nos mira siempre con limpieza; que espera de nosotros lo mejor; que sabe descubrir en los escondrijos de nuestro ser y de nuestra vida ese poso de bondad que todos llevamos dentro. Dinos que es más importante amar mucho que errar mucho, que al que mucho se le perdona, mucho ama. Dínoslo hoy, María, al corazón…

“Dinos, María”, que cuando se vive en el amor se está más allá de esas lógicas fariseas que siempre calculan todo; que la fuerza del amor es inseparable del riesgo y la generosidad, hasta de cierta locura… Es lo que tú hiciste derramando sobre los pies de Jesús esa libra de nardo puro.

“Dinos, María”, que valió la pena estar junto a la cruz del Señor, intentándole dar aunque sólo sea tu compañía y tu amor, y que el seguidor del maestro tiene que estar junto a las cruces del hombre de nuestro tiempo.

Y «dinos, sobre todo, María», en esta mañana de pascua, que podemos sentir que Cristo resucitado nos llama por nuestro propio nombre y nos dice siempre al corazón una palabra de aliento y esperanza. Dinos que hay siempre una Galilea, una patria de bondad, en la que Cristo nos aguarda. Dinos que Cristo debe ser nuestro amor y nuestra esperanza. Dinos que ese Cristo resucitó de veras que sigue hoy vivo ante mi propia vida. «Dinos, María», que ha resucitado Cristo nuestra esperanza y nos llama por nuestro nombre, con el mismo cariño con el que pronunció el tuyo; que el amor es más fuerte que el pecado y la vida más fuerte que la muerte.

«Dinos, María», en esta mañana de pascua, lo que decía la vieja secuencia medieval: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la pascua.

Javier Gafo

¡Cristo ha resucitado verdaderamente y trae a todos la paz!

Esta es la “buena noticia” de la Pascua. Hoy es el día nuevo “hecho por el Señor” (Sal 117, 24) que en el cuerpo glorioso del Resucitado devuelve al mundo, herido por el pecado, su belleza inicial, radiante de nuevo esplendor. Es la victoria sobre la muerte

“Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo” (Secuencia). Tras la durísima batalla, Cristo vuelve victorioso y avanza en la escena de la historia anunciando la Buena Noticia: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25), “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9, 5), Su mensaje se resume en una palabra: “Pax vobis –paz con vosotros”. Su paz es el fruto de la victoria, lograda por Él a un precio muy alto, sobre el pecado y la muerte. Cristo ha muerto y resucitado, y ha dejado como silencioso pero elocuente testimonio la tumba vacía. Destruyendo en sí mismo la enemistad, muro de separación entre los hombres, reconcilió a todos por medio de la Cruz (Cfr. Ef 2, 14-16), y ahora nos compromete a nosotros, sus discípulos, a eliminar cualquier causa de odio y venganza.

¡Y tú, Señor resucitado, que has vencido la tribulación y la muerte, danos tu paz!

Sabemos que esa se manifestará plenamente al final, cuando vendrás en la gloria. Paz que, no obstante, donde Tu estás presente, está ya ahora actuando en el mundo. Esta es nuestra certeza, fundada en Ti, hoy resucitado de la muerte. ¡Cordero inmolado por nuestra salvación!

Tú nos pides que mantengamos viva en el mundo la llama de la esperanza. Con fe y con gozo, la Iglesia canta en este día radiante: “Surrexit Christus, spes mea!

Sí, Cristo ha resucitado, y con Él ha resucitado nuestra esperanza. Aleluya.

Juan Pablo II

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Oh Señor, nuestro Dios (Salmo 8)

20 abril, 2011 Deja un comentario

¡OH SEÑOR, NUESTRO DIOS,
QUÉ ADMIRABLE ES TU NOMBRE
POR TODA LA TIERRA, TU NOMBRE,
HASTA EL CIELO SE ELEVA TU AMOR!

Con la boca de los niños pequeños
afirmas tu gloria, oh Señor,
y reduces al silencio enemigos y rebeldes.

Si contemplo el cielo, obra de tus manos,
la luna y las estrellas, que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el hijo del hombre para darle poder?

Lo hiciste, lo hiciste poco menos que los ángeles,
de gloria y honor lo has coronado;
todo lo has sometido bajo sus pies.

Este himno es una celebración del hombre, una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una «caña» frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una «caña pensante» que puede comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado, «coronado» por Dios mismo (cf. Sal 8,6). Como sucede a menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo: «Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (vv. 2 y 10).

El cuerpo del canto parece suponer una atmósfera nocturna, con la luna y las estrellas encendidas en el cielo. La primera estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A estos se les califica de «adversarios», «enemigos» y «rebeldes», porque creen erróneamente que con su razón y su acción pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13,1).

Inmediatamente después se abre el sugestivo escenario de una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta: «¿Qué es el hombre?» (Sal 8,5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es «tuyo», «has creado» la luna y las estrellas, que son «obra de tus dedos» (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más común: «obra de tus manos» (cf. v. 7): Dios ha creado estas realidades colosales con la facilidad y la finura de un recamado o de un cincel, con el toque leve de un arpista que desliza sus dedos entre las cuerdas.

Por eso, la primera reacción es de asombro: ¿cómo puede Dios «acordarse» y «cuidar» (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa: al hombre, criatura débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda: lo ha hecho poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6).

Entramos, así, en la segunda estrofa del Salmo (cf. vv. 6-10). El hombre es considerado como el lugarteniente regio del mismo Creador. En efecto, Dios lo ha «coronado» como un virrey, destinándolo a un señorío universal: «Todo lo sometiste bajo sus pies», y el adjetivo «todo» resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala: a las manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades.

Como declara la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, «el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios» (n. 12).

Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado en el salmo 8, puede ser mal entendido y deformado por el hombre egoísta, que con frecuencia ha actuado más como un tirano loco que como un gobernador sabio e inteligente. El libro de la Sabiduría pone en guardia contra este tipo de desviaciones, cuando precisa que Dios «formó al hombre para que dominase sobre los seres creados (…) y administrase el mundo con santidad y justicia» (Sb 9,2-3). También Job, aunque en un contexto diverso, recurre a este salmo para recordar sobre todo la debilidad humana, que no merecería tanta atención por parte de Dios: «¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que lo escrutes todas las mañanas?» (Jb 7,17-18). La historia documenta el mal que la libertad humana esparce en el mundo con las devastaciones ambientales y con las injusticias sociales más clamorosas.

El autor de la carta a los Hebreos, al releer el salmo 8, descubrió en él una visión más profunda del plan de Dios con respecto al hombre. La vocación del hombre no se puede limitar al actual mundo terreno. Cuando el salmista afirma que Dios lo sometió todo bajo los pies del hombre, quiere decir que le quiere someter también «el mundo futuro» (Hb 2,5), «un reino inconmovible» (Hb 12,28). En definitiva, la vocación del hombre es una «vocación celestial» (Hb 3,1). Dios quiere «llevar a la gloria» celestial a «muchos hijos» (Hb 2,10). Para que se cumpliera este designio divino, era necesario que la vida fuera trazada por un «pionero» (cf. Hb 2,10), en el que la vocación del hombre encontrara su primera realización perfecta. Ese pionero es Cristo.

El autor de la carta a los Hebreos observó, al respecto, que las expresiones del salmo se aplican a Cristo de modo privilegiado, es decir, de un modo más preciso que a los demás hombres. En efecto, el salmista utiliza el verbo «abajar», diciendo a Dios: «Abajaste al hombre un poco con respecto a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad» (Sal 8,6; Hb 2,7). Para los hombres en general este verbo es impropio, pues no han sido «abajados» con respecto a los ángeles, ya que nunca se han encontrado por encima de ellos. En cambio, para Cristo el verbo es exacto, porque, en cuanto Hijo de Dios, se encontraba por encima de los ángeles y fue abajado cuando se hizo hombre, pero luego fue coronado de gloria en su resurrección. Así Cristo cumplió plenamente la vocación del hombre y la cumplió, precisa el autor, «para bien de todos» (Hb 2,9).

A esta luz, san Ambrosio comenta el salmo y lo aplica a nosotros. Toma como punto de partida la frase en donde se describe la «coronación» del hombre: «Lo coronaste de gloria y dignidad» (v. 6). Sin embargo, en aquella gloria ve el premio que el Señor nos reserva para cuando hayamos superado la prueba de la tentación.

He aquí las palabras del gran Padre de la Iglesia en su Exposición del evangelio según san Lucas: «El Señor coronó a su hijo predilecto también de gloria y dignidad. El mismo Dios que desea conceder coronas, proporciona las tentaciones; por eso, has de saber que, cuando eres tentado, se te prepara una corona. Si se eliminan las pruebas de los mártires, se eliminan también sus coronas; si se eliminan sus suplicios, se elimina también su bienaventuranza» (IV, 41: SAEMO 12, pp. 330-333).

Dios nos tiene preparada la «corona de la justicia» (2 Tm 4,8), con la que recompensará nuestra fidelidad a él, mantenida incluso en el tiempo de la tempestad, que agita nuestro corazón y nuestra mente. Pero él está atento, en todo tiempo, a su criatura predilecta y quisiera que en ella resplandeciera siempre la «imagen» divina (cf. Gn 1,26), para que sepa ser en el mundo signo de armonía, de luz y de paz.

Juan Pablo II

El sábado es el día de la creación terminada; y el salmo 8 es un himno al Dios creador. El cosmos todo nos invita a cantar la grandeza de Dios. En la tierra, son los hombres -incluso los más insignificantes de ellos, los niños de pecho, por si entre los grandes hubiera rebeldes y soberbios- los encargados de entonar este canto; en el cielo, son los astros quienes nos impelen a dilatar nuestro espíritu en un horizonte abierto y a proclamar la grandeza de Dios.

Mañana, en el descanso y la paz del día del Señor, cantaremos la nueva creación, que perfecciona, con la resurrección, la obra terminada el sábado. Que esta celebración del sábado nos introduzca ya en la contemplación del domingo, que culminará, por unos caminos insospechados para el salmista, lo que ya él cantaba contemplando la sola creación natural: ¿Qué es el hombre, Señor, para que te acuerdes de él? Todo, incluso la muerte, lo sometiste bajo sus pies.

Pedro Farnés

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