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Archive for the ‘Virgen María’ Category

Magnificat – Lucas 1,46-55

12 junio, 2012 Deja un comentario

Visitación de la Virgen María

PROCLAMA MI ALMA
LA GRANDEZA DEL SEÑOR,
SE ALEGRA MI ESPÍRITU
EN DIOS MI SALVADOR.

Desde ahora me felicitarán
todas las generaciones.
DESDE AHORA ME FELICITARÁN
TODAS LAS GENERACIONES,
porque el Poderoso
ha hecho grandes cosas en mí:
su nombre es santo.
PORQUE EL PODEROSO
HA HECHO GRANDES COSAS EN MÍ:
SU NOMBRE ES SANTO.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón.
ÉL HACE PROEZAS CON SU BRAZO:
DISPERSA A LOS SOBERBIOS DE CORAZÓN,
derriba a los poderosos
y ensalza a los humildes,
A LOS HAMBRIENTOS
COLMA DE BIENES
Y A LOS RICOS DESPIDE VACÍOS.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia.
AUXILIA A ISRAEL, SU SIERVO,
ACORDÁNDOSE DE LA MISERICORDIA
como lo había prometido
en favor de Abraham.
COMO LO HABÍA PROMETIDO
EN FAVOR DE ABRAHAM.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.

Proclama la grandeza del Señor el alma de aquel que consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios y, con la observancia de los preceptos divinos, demuestra que nunca echa en olvido las proezas de la majestad de Dios.

Se alegra en Dios su salvador el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna.

Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno.

Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y úrica persona, su verdadero hijo y Señor.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. No se atribuye nada a sus méritos, sino que toda su grandeza la refiere a la libre donación de aquel que es por esencia poderoso y grande, y que tiene por norma levantar a sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes.

Muy acertadamente añade: Su nombre es santo, para que los que entonces la oían y todos aquellos a los que habían de llegar sus palabras comprendieran que la fe y el recurso a este nombre había de procurarles, también a ellos, una participación en la santidad eterna y en la verdadera salvación, conforme al oráculo profético que afirma: Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, ya que este nombre se identifica con aquel del que antes ha dicho: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.

Por esto se introdujo en la Iglesia la hermosa y saludable costumbre de cantar diariamente este cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina, ya que así el recuerdo frecuente de la encarnación del Señor enardece la devoción de los fieles y la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los corrobora en la solidez de la virtud. Y ello precisamente en la hora de Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y las múltiples preocupaciones del día, al llegar el tiempo del reposo, vuelva a encontrar el recogimiento y la paz del espíritu.

San Beda, el Venerable

Categorías:Cantos, Virgen María

Salve reina de los cielos – Himno

13 julio, 2011 Deja un comentario

Salve Reina de los CielosSalve, reina de los cielos,
señora, señora de los ángeles;
salve raíz, salve puerta,
tú, tú, tú abriste el camino a nuestra luz.

ALÉGRATE, VIRGEN MARÍA,
ENTRE TODAS LA MÁS BELLA;
SALVE, ETERNA DONCELLA,
RUEGA A CRISTO POR NOSOTROS.

SALVE, ETERNA DONCELLA,
RUEGA A CRISTO POR NOSOTROS.

Salve raíz, salve puerta,
tú, tú, tú abriste el camino a nuestra luz.

La primera palabra que quisiera meditar con vosotros es el saludo del ángel a María. En la traducción italiana el ángel dice:  “Te saludo, María”. Pero la palabra griega original —”Kaire”— significa de por sí “alégrate”, “regocíjate”. Y aquí hay un primer aspecto sorprendente:  el saludo entre los judíos era “shalom”, “paz”, mientras que el saludo en el mundo griego era “Kaire”, “alégrate”. Es sorprendente que el ángel, al entrar en la casa de María, saludara con el saludo de los griegos:  “Kaire”, “alégrate”, “regocíjate”. Y los griegos, cuando leyeron este evangelio cuarenta años después, pudieron ver aquí un mensaje importante:  pudieron comprender que con el inicio del Nuevo Testamento, al que se refería esta página de san Lucas, se había producido también la apertura al mundo de los pueblos, a la universalidad del pueblo de Dios, que ya no sólo incluía al pueblo judío, sino también al mundo en su totalidad, a todos los pueblos. En este saludo griego del ángel aparece la nueva universalidad del reino del verdadero Hijo de David.

Pero conviene destacar, en primer lugar, que las palabras del ángel son la repetición de una promesa profética del libro del profeta Sofonías. Encontramos aquí casi literalmente ese saludo. El profeta Sofonías, inspirado por Dios, dice a Israel:  “Alégrate, hija de Sión; el Señor está contigo y viene a morar dentro de ti” (cf. Sf 3, 14). Sabemos que María conocía bien las sagradas Escrituras.
Su Magníficat es un tapiz tejido con hilos del Antiguo Testamento. Por eso, podemos tener la seguridad de que la Virgen santísima comprendió en seguida que estas eran las palabras del profeta Sofonías dirigidas a Israel, a la “hija de Sión”, considerada como morada de Dios.

Y ahora lo sorprendente, lo que hace reflexionar a María, es que esas palabras, dirigidas a todo Israel, se las dirigen de modo particular a ella, María. Y así entiende con claridad que precisamente ella es la “hija de Sión”, de la que habló el profeta y que, por consiguiente, el Señor tiene una intención especial para ella; que ella está llamada a ser la verdadera morada de Dios, una morada no hecha de piedras, sino de carne viva, de un corazón vivo; que Dios, en realidad, la quiere tomar como su verdadero templo precisamente a ella, la Virgen. ¡Qué indicación! Y entonces podemos comprender que María comenzó a reflexionar con particular intensidad sobre lo que significaba ese saludo.

Pero detengámonos ahora en la primera palabra:  “alégrate”, “regocíjate”. Es propiamente la primera palabra que resuena en el Nuevo Testamento, porque el anuncio hecho por el ángel a Zacarías sobre el nacimiento de Juan Bautista es una palabra que resuena aún en el umbral entre los dos Testamentos. Sólo con este diálogo, que el ángel Gabriel entabla con María, comienza realmente el Nuevo Testamento. Por tanto, podemos decir que la primera palabra del Nuevo Testamento es una invitación a la alegría:  “alégrate”, “regocíjate”. El Nuevo Testamento es realmente “Evangelio”, “buena noticia” que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático, tal vez peligroso. Dios está cerca de nosotros, tan cerca que se hace niño, y podemos tratar de “tú” a este Dios.

El mundo griego, sobre todo, percibió esta novedad; sintió profundamente esta alegría, porque para ellos no era claro que existiera un Dios bueno, o un Dios malo, o simplemente un Dios. La religión de entonces les hablaba de muchas divinidades; por eso, se sentían rodeados por divinidades muy diversas entre sí, opuestas unas a otras, de modo que debían temer que, si hacían algo en favor de una divinidad, la otra podía ofenderse o vengarse.

Así, vivían en un mundo de miedo, rodeados de demonios peligrosos, sin saber nunca cómo salvarse de esas fuerzas opuestas entre sí. Era un mundo de miedo, un mundo oscuro. Y ahora escuchaban decir:  “Alégrate; esos demonios no son nada; hay un Dios verdadero, y este Dios verdadero es bueno, nos ama, nos conoce, está con nosotros hasta el punto de que se ha hecho carne”. Esta es la gran alegría que anuncia el cristianismo. Conocer a este Dios es realmente la “buena noticia”, una palabra de redención.

Tal vez a nosotros, los católicos, que lo sabemos desde siempre, ya no nos sorprende; ya no percibimos con fuerza esta alegría liberadora. Pero si miramos al mundo de hoy, donde Dios está ausente, debemos constatar que también él está dominado por los miedos, por las incertidumbres:  ¿es un bien ser hombre, o no?, ¿es un bien vivir, o no?, ¿es realmente un bien existir?, ¿o tal vez todo es negativo? Y, en realidad, viven en un mundo oscuro, necesitan anestesias para poder vivir.

Así, la palabra:  “alégrate, porque Dios está contigo, está con nosotros”, es una palabra que abre realmente un tiempo nuevo. Amadísimos hermanos, con un acto de fe debemos acoger de nuevo y comprender en lo más íntimo del corazón esta palabra liberadora:  “alégrate”.

Esta alegría que hemos recibido no podemos guardarla sólo para nosotros. La alegría se debe compartir siempre. Una alegría se debe comunicar. María corrió inmediatamente a comunicar su alegría a su prima Isabel. Y desde que fue elevada al cielo distribuye alegrías en todo el mundo; se ha convertido en la gran Consoladora, en nuestra Madre, que comunica alegría, confianza, bondad, y nos invita a distribuir también nosotros la alegría.

Este es el verdadero compromiso del Adviento:  llevar la alegría a los demás. La alegría es el verdadero regalo de Navidad; no los costosos regalos que requieren mucho tiempo y dinero. Esta alegría podemos comunicarla de un modo sencillo:  con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón. Llevemos esta alegría, y la alegría donada volverá a nosotros. En especial, tratemos de llevar la alegría más profunda, la alegría de haber conocido a Dios en Cristo. Pidamos para que en nuestra vida se transparente esta presencia de la alegría liberadora de Dios.

Juan Pablo II

Categorías:Cantos, Virgen María

Una gran Señal – Apocalipsis 12

18 mayo, 2011 Deja un comentario

UNA GRAN SEÑAL APARECIÓ EN EL CIELO:
UNA MUJER, UNA MUJER VESTIDA DEL SOL,
CON LA LUNA BAJO SUS PIES,
Y UNA CORONA DE DOCE ESTRELLAS;
ESTÁ ENCINTA, Y GRITA
CON LOS TORMENTOS DE DAR A LUZ.

Y apareció otra señal en el cielo:
un enorme Dragón rojo,
con siete cabezas y diez cuernos.
El Dragón se detuvo delante de la Mujer,
de la Mujer que iba a dar a luz,
para devorar a su Hijo en cuanto naciera.
Y la Mujer dio a luz un Hijo varón, aquel
que ha de regir las naciones de la tierra,
y su Hijo fue arrebatado
hasta Dios y hasta su trono.

Entonces se entabló una batalla en el cielo:
Miguel y sus Ángeles combatieron
con el Dragón, con el gran Dragón.
También el Dragón y sus Ángeles
combatieron, pero no prevalecieron
y no hubo ya lugar para ellos en el cielo.
Y fue arrojado el Dragón, el gran Dragón,
la Serpiente antigua, el llamado Diablo
y Satanás, el seductor del mundo entero,
fue arrojado a la tierra y sus Ángeles con él.

Cuando el Dragón vio que había sido
arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer
que había dado a luz al Hijo varón.
Pero se le dieron a la Mujer las dos alas
del águila grande, para volar al desierto,
donde tiene que ser alimentada
un tiempo, dos tiempos y medio tiempo.
Entonces, despechado contra la Mujer,
el gran Dragón, se fue a hacer
la guerra al resto de sus hijos
los que guardan los mandamientos de Dios
y mantienen el testimonio de Jesús.

Nuestra mirada va hacia el último libro de la Sagrada Escritura, el Apocalipsis, donde, en el capítulo 12, aparece precisamente esta síntesis. La mujer vestida de sol, con doce estrellas sobre la cabeza y la luna bajo sus pies, da a luz. Y da a luz con un grito de dolor, da a luz con gran dolor. Aquí el misterio mariano es el misterio de Belén extendido al misterio cósmico. Cristo nace siempre de nuevo en todas las generaciones y así asume, recoge a la humanidad en sí mismo. Y este nacimiento cósmico se realiza en el grito de la Cruz, en el dolor de la Pasión. Y a este grito de la Cruz pertenece la sangre de los mártires.

Estas ideologías que dominan que se imponen con fuerza, son divinidades. Y en el dolor de los santos, en el dolor de los creyentes, de la Madre Iglesia de la cual somos parte, deben caer estas divinidades, debe realizarse cuanto dicen las Cartas a los Colosenses y a los Efesios: las dominaciones, los poderes, caen y se convierten en súbditos del único Señor Jesucristo.

De esta lucha en la que estamos, de esta pérdida de poder de los dioses, de esta caída de los falsos dioses, que caen porque no son divinidades, sino poderes que destruyen el mundo, habla el Apocalipsis en el capítulo 12, también con una imagen misteriosa, para la cual, me parece, hay con todo distintas interpretaciones bellas. Se dice que el dragón pone un gran río de agua contra la mujer que huy para arrastrarla. Y parece inevitable que la mujer sea ahogada en este río. Pero la buena tierra absorbe este río y éste no puede hacer daño. Yo creo que el río es fácilmente interpretable: son estas corrientes que dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual ya no parece tener sitio ante la fuerza de estas corrientes que se imponen como la única racionalidad, como la única forma de vivir.
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¿Cuál es el significado de esta imagen? Ella representa al mismo tiempo a la Santísima Virgen y a la Iglesia.Antes que nada la “mujer” del Apocalipsis es María misma. Ella aparece “vestida de sol”, es decir vestida de Dios: la Virgen María en efecto está completamente circundada por la luz de Dios y vive en Dios. Este símbolo de la túnica luminosa claramente expresa una condición que alude a todo el ser de María: Ella es la “llena de gracia”, plena del amor de Dios. Y “Dios es luz”, dice también san Juan (1 Jn 1,5). Es por eso que la “llena de gracia”, la Inmaculada” refleja con toda su persona la luz del “sol” que es Dios.
Esta mujer tiene bajo sus pies la luna, símbolo de la muerte y de la mortalidad. María, en efecto, está completamente asociada a la victoria de Jesucristo, su Hijo, sobre el pecado y sobre la muerte; está libre de toda sombra de muerte y totalmente llena de vida. Porque la muerte ya no tiene poder sobre Jesús resucitado (cfr Rm 6,9), así, por una gracia y un privilegio singular de Dios Omnipotente, María la ha dejado tras de sí, la ha superado. Esto se manifiesta en los dos grandes misterios de su existencia: al inicio, al haber sido concebida sin pecado original, que es el misterio que celebramos hoy; y, al fin, al haber sido elevada en alma y cuerpo al Cielo, en la gloria de Dios. Pero también toda su vida terrena ha sido una victoria sobre la muerte, porque la ha gastado por entero al servicio de Dios, en la oblación total de sí a Él y al prójimo. Por esto María es en sí misma un himno a la vida: es la creatura en la que ha quedada cumplida la palabra de Cristo “yo he venidopara que tengan Vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
En la visión del Apocalipsis hay otro particular: sobre la cabeza de la mujer vestida de sol hay “una corona de doce estrellas”. Este signo representa las doce tribus de Israel y significa que la Virgen María está al centro del Pueblo de Dios, de toda la comunión de los santos. Y así ésta imagen de la corona de doce estrellas nos introduce a la segunda gran interpretación del signo celeste de la “mujer vestida de sol”: además de representar a la Santísima Virgen, este signo representa a la Iglesia, la comunidad cristiana de todos los tiempos.
Ella está encinta, en el sentido de que lleva en su seno a Cristo y lo debe hacer nacer al mundo: ese es el parto de la Iglesia peregrina sobre la tierra, que en medio a las consolaciones de Dios y a las persecuciones del mundo debe llevar a Jesús a los hombres. Es por este motivo, porque lleva a Jesús, que la Iglesia encuentra la oposición de un feroz adversario, representado en la visión apocalíptica por un “un enorme Dragón rojo” (Ap 12,3). Este dragón ha buscado inútilmente devorar a Jesús – el hijo varón que debía regir a todas las naciones” (12,5) –inútilmente porque Jesús, con su muerte y resurrección, fue elevado hasta Dios y hasta su trono. Por este motivo el dragón, derrotado de una vez por todas en el cielo, dirige sus ataques contra la mujer – la Iglesia – en el desierto del mundo. Pero en cada época la Iglesia es sostenida por la luz y por la fuerza de Dios, que la nutre en el desierto con el pan de su Palabra y de la santa Eucaristía. Y así en cada tribulación a través de todas las pruebas que encuentra en el curso de los tiempos y en las diversas partes del mundo, la Iglesia sufre persecuciones, pero resulta vencedora. Y de este modo la Comunidad cristiana es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.
La única insidia de la cual la Iglesia puede y debe tener temor es el pecado de sus miembros mientras en efecto María es Inmaculada, libre de toda mancha de pecado, la Iglesia es santa, pero al mismo tiempo marcada por nuestros pecados. Por esto el Pueblo de Dios, peregrino en el tiempo se dirige a su Madre celeste y le pide su ayuda; la pide para que Ella acompañe el camino de fe, para que aliente el compromiso de vida cristiana y para que lo apoye en la esperanza. Lo necesitamos, sobre todo en este momento tan difícil para Italia, para Europa, para varias partes del mundo.

Benedicto XVI

Este capítulo 12 del Apocalipsis nos recuerda el relato del Génesis (3,15), donde se anuncia la perenne enemistad entre la mujer y la serpiente, entre la descendencia de ésta y la descendencia de aquélla, hasta que la descendencia de la mujer aplaste la cabeza de la serpiente, “que tiene por nombre Diablo y Satanás y anda seduciendo a todo el mundo” (12,9). También evoca el Éxodo, con la alusión al desierto y con “las alas de águila” dadas a la mujer para volar hacia él: “Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí” (Ex 19,4). Este trasfondo permite reconocer en la Mujer al Israel de la espera y, sobre todo, al nuevo Israel del cumplimiento.

Al centro, como primer signo, aparece una figura gloriosa: una mujer vestida de la luz del sol, como lo está Dios mismo (Sal 104,2), apoyada sobre la luna, coronada de doce estrellas. Ante esta imagen podemos preguntarnos como en el Cantar de los Cantares: “¿Quién es ésa que surge como la aurora, bella como la luna, esplendorosa como el sol, terrible como escuadrones ordenados?” (Ct 6,10). Esta Mujer es la madre, la esposa, la ciudad santa, encinta del Mesías. Los dolores del parto aparecen en los profetas como preludio de la llegada del Mesías.

Por ello, en esta Mujer del Apocalipsis encontramos un gran símbolo del misterio de María, la Virgen Madre que da a luz al Mesías. En la Tradición se ha visto en esta Mujer el símbolo de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, y el símbolo de María, la Madre de Jesús. Pero, para entender este simbolismo, hay que partir viendo en esta Mujer el símbolo de Israel, la Hija de Sión, la Madre Israel, de la que ha nacido el Mesías: “la salvación viene de los judíos” (Jn 4,22). Jesús, en cuanto hombre, tiene una ascendencia judía, es hijo de la Mujer Sión. Pero, en el Nuevo Testamento, la Mujer Sión es la Iglesia. Y, uniendo Israel y la Iglesia, aparece María, donde desemboca la esperanza de Israel y se inicia la Iglesia.

La mujer vestida de sol es el símbolo arquetípico de la Iglesia indestructible, de la Iglesia eterna. Ella soporta siempre sufrimientos y persecuciones, pero nunca es abatida. Y al final alcanza la victoria como Esposa del Cordero. Sión-María-Iglesia es siempre la Mujer, que no pertenece a la tierra. Es una figura celeste, “vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas” (12,1). El adorno de esta Mujer del Apocalipsis es el que describe Isaías: “Levántate y resplandece, pues ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh alborea sobre ti… Ya no será el sol tu lumbrera de día, ni te alumbrará el resplandor de la luna, sino que Yahveh será tu eterna lumbrera y tu Dios será tu esplendor. Tu sol no se pondrá jamás ni menguará tu luna, porque Yahveh será tu eterna luz” (Is 60,1.19-21). Por eso, al final, como Jerusalén celestial, “desciende del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su Esposo” (21,2.10-11).

La luna puede ser muy hermosa, pero la luz no le pertenece, es una luz recibida. La belleza de la luna no es más que un reflejo del esplendor del sol. Brillando con la luz que recibe del sol es maravillosamente hermosa. Los Padres han aplicado este simbolismo a la Iglesia y a María: “hermosa como la luna” (Ct 6,10). La luz, el esplendor de la Iglesia, y de María, es gracia. En la Escritura y en la liturgia, la imagen del sol se aplica a Dios y a Cristo. El es el Sol de justicia: “Dios es luz” (1Jn 1,5) y la fuente de la luz (1Jn 1,7). La Mujer vestida del sol es la Iglesia vestida de Cristo. Pero, además, está “coronada con doce estrellas”, donde la Tradición ha visto a los “doce apóstoles del Cordero” (21,14), fundamento de la nueva Jerusalén, que a su vez nos remiten a las doce tribus de Israel; ya en el sueño de José las doce estrellas simbolizaban las tribus de Israel (Gn 37,9). Así, la Mujer coronada de doce estrellas es una imagen del antiguo y del nuevo Israel en su perfección escatológica.

El primer “signo” es, pues, la imagen de una mujer celeste, radiante de luz, que se presenta con el trasfondo del cielo estrellado. Todas las fuentes de luz convergen en ella. El sol es su vestido; la luna, peana de sus pies; doce estrellas, la diadema de su cabeza. Espléndida en su aspecto, la oímos gritar con los dolores de parto: “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (12,1-2).

La mujer está encinta y, por ello, revestida de sol. Dios mismo la ha preparado su traje de bodas, cubriéndola con el Espíritu de gloria. Es la nube que guió al pueblo del éxodo, que cubrió la cima del Sinaí, que llenó la tienda de Dios en el desierto y el templo en el día de su dedicación. Es la gloria de Dios que, según el anuncio de Isaías (4,5), se extenderá sobre la asamblea reunida en el monte Sión. Es la nube que cubrió a Jesús en la transfiguración (Mc 9,7). Esta espesa nube de luz, cargada de la gloria de Dios, cubrirá a María, revistiéndola de luz. El Espíritu Santo, que es el Espíritu de la gloria de Dios (1P 4,14), envolverá a María con su sombra luminosa, nube de fuego. El Espíritu de gloria y de poder (Rm 6,4; 2Co 13,4; Rm 8,11) desciende sobre María y la hace madre del Hijo de Dios en el mundo.

Esta Mujer es la Mujer en trance de dar a luz. Es la Mujer que está encinta y que grita con los dolores de parto. Son los dolores escatológicos de la Hija de Sión en cuanto madre. Así la describe el profeta Miqueas: “Retuércete y grita, hija de Sión, como mujer en parto” (Mi 4,10). Y con gran vigor Isaías describe este gran acontecimiento escatológico: “Voces, alborotos de la ciudad, voces que salen del templo. Es la voz de Yahveh, que da a sus enemigos el pago merecido. Antes de ponerse de parto, ha dado a luz: antes de que le sobrevinieran los dolores, dio a luz un varón. ¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vio nunca algo igual? ¿Es dado a luz un país en un día? ¿Una nación nace toda de una vez? Pues apenas ha sentido los dolores, ya Sión ha dado a luz a sus hijos. ¿Voy yo a abrir el seno materno para que no haya alumbramiento?, dice Yahveh. ¿Voy yo, el que hace dar a luz, a cerrarlo?, dice tu Dios. Alegraos con Jerusalén y regocijaos con ella todos los que la amáis” (Is 66,6-10; 26,17).

El hijo, que la Mujer Sión da a luz, son todos los hijos del pueblo de Israel, del nuevo pueblo mesiánico. Jesús recurre a la misma imagen en la última cena, inmediatamente antes de la Pasión y Resurrección (Jn 16,19-22). Los dolores de parto de la mujer, con los que se compara la tristeza de los discípulos, son un signo del nuevo mundo que ha de hacerse realidad para ellos en el acontecimiento pascual. A través de la Cruz y la Resurrección tendrá lugar el alumbramiento doloroso del nuevo pueblo de Dios. La conexión entre las angustias de la mujer, el odio de la bestia y la elevación del hijo hace presente el misterio pascual, como nacimiento de la muerte a la vida del nuevo pueblo de Dios (Hch 4,25-28).

Junto a este signo glorioso aparece otro signo caracterizado por sus colores y aspecto monstruosos. El color de su piel es semejante al del caballo de la guerra y la violencia (6,4): el rojo de la sangre de sus víctimas. Todo su ser está diseñado para destruir. Ser del abismo, emerge de él para estremecer el orden del cosmos y devolver la creación a las tinieblas y al caos: “Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz” (12,3-4).

El dragón es el adversario de Dios, que devasta el mundo y se opone al plan salvífico de Dios. Se dice explícitamente que es el diablo (12,9). Los detalles monstruosos de su aspecto están tomados del libro de Daniel (Dn 7,7; 8,10). Es, por otra parte, grotesca y ridícula su pretensión de suplantar a Dios, imitando al Cordero, verdadero Señor de la historia. Los siete ojos, símbolo del espíritu de Dios (5,6), se convierten en siete cabezas. Los “siete cuernos” (5,6) se transforman en diez; y las “muchas diademas” (19,12) aparecen aquí como siete coronas. Tales diferencias y la desproporción de toda la figura manifiestan que la imitación se ha cambiado en perversión.

Sin embargo no se debe menospreciar la potencia del diablo. Según se desprende de su figura, el diablo es en realidad muy fuerte; ese es el significado de los diez cuernos. Tiene el poder de dominar sobre la tierra, por lo que lleva “siete coronas”. Jesús le llama “el príncipe de este mundo” (Jn 12,31; 14,30; 16,11). Este monstruo potente y armado está frente a la figura luminosa de la mujer desarmada, para devorar al hijo apenas le haya dado a luz.

El niño nace. Es un varón, cuya identidad y misión se indican con una cita de un salmo mesiánico (Sal 2,9). El recién nacido es, pues, el Mesías prometido por Dios como Señor de todos los pueblos, que arrojará “al príncipe de este mundo” (Jn 12,31): “La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono” (12,5).

El diablo ve en este niño una amenaza mortal. Esto explica la tensión con que aguarda su nacimiento, para aniquilarlo desde el principio. Parece fácil que un potente dragón devore a un indefenso niño que acaba de nacer. Pero Dios interviene y salva al recién nacido, colocándolo, como dominador, sobre su mismo trono. El varón que la Mujer da a luz es Jesús ciertamente, pero no se trata del alumbramiento de Belén, sino del nacimiento de Cristo, que tiene lugar en la mañana de Pascua. Los dolores de parto corresponden a los del calvario. El nuevo Testamento describe en varias ocasiones la Resurrección como un nuevo nacimiento, como el día en que el Padre dice: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Hch 13,32-33). La Resurrección es el momento del “nacimiento” del Cristo glorificado, el comienzo de su vida gloriosa, de la “elevación del Hijo hacia Dios y su trono” (12,5), victorioso sobre el gran dragón.

El hijo es el Jesús histórico resucitado y glorificado. Es también el Cristo total, Cabeza y miembros, “el resto de su descendencia”, sus hermanos, que “son los que guardan los preceptos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (12,17). Estos son también hijos de la Mujer, hijos que María recibe de Cristo desde la cruz,  hijos que la Iglesia da a luz a lo largo de los siglos. La maternidad de María se halla ligada al Gólgota. Allí María es llamada “Mujer” lo mismo que en el Apocalipsis. Allí la madre de Jesús se convierte en madre del discípulo, de todos los discípulos de Jesús. Al pie de la cruz tiene lugar el nacimiento del nuevo pueblo de Dios, de la Iglesia, de la que María es a la vez imagen y madre.

Esta visión de Cristo, hecho hombre, partícipe de toda la debilidad humana, hasta morir en la cruz, pero exaltado victorioso a la gloria del Padre, constituido Señor de cielo y tierra (Flp 2,6-11), cumple una vez más la misión del Apocalipsis: dar ánimos a los fieles en medio de la persecución. En su debilidad Dios se manifestará fuerte y les hará vencer todas las insidias del maligno. “Ha elegido Dios a los débiles del mundo para confundir a los fuertes” (1Co 1,27).

La situación de la Iglesia es idéntica a la de la mujer ante en dragón. Aparentemente está a merced de Satanás. Pero también de ella, como de su Hijo, se ocupa Dios Padre. Todas las posibilidades de que se enorgullece el enemigo, por su superioridad, están condenadas al fracaso: “Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1.260 días” (12,6). En lugar del jardín del Edén, donde la serpiente ataca y vence a Eva, Dios salva a la Iglesia, llevándola al desierto. En el desierto, sin árboles, sólo Dios la alimenta.

El desierto es el refugio de los perseguidos (1R 17,2ss; 19,3ss; 1M 2,29-30). El único camino que se le ofrece a la Iglesia es el del pueblo de Dios cuando huía del poder del Faraón, dando vueltas por el desierto. En el desierto la Iglesia, lo mismo que Israel, encuentra la protección de Dios en su itinerario por este mundo. Dios, aunque no elija el camino más corto, siempre elige el camino que lleva a la tierra prometida. Durante todo el tiempo de su caminar por el desierto, Dios mismo alimenta a su pueblo. Este tiempo -mil doscientos sesenta días- es el tiempo de la ocupación de Jerusalén por parte de los paganos (11,2), el tiempo de la aparición de los dos testigos (11,3) y el tiempo del reinado del Anticristo (13,5).

Para entender el furor de la lucha del dragón contra la mujer y sus hijos, Juan nos traslada al cielo, donde asistimos a la guerra del dragón y sus ángeles contra Miguel y los suyos (12,7). A la base de esta representación está la concepción de una caída de los ángeles, que en los comienzos arrastró a los espíritus rebeldes derrotados por los ángeles fieles a Dios. El mal no es eterno. El mal entra en el mundo por la rebelión contra Dios de estos ángeles. Caídos de su gloria tientan al hombre, tratando de seducirlo para que se rebele contra Dios. Es el maligno quien mete el veneno de muerte en la historia de los hombres. Su deseo exorbitado de ser Dios se lo transmite a los hombres: “Seréis como Dios” (Gn 3,5). A esta tentación responde Miguel, según el significado de su nombre: ¿Quién como Dios? .

En el combate celeste los ángeles rebeldes son vencidos. Lo había anunciado Jesús (Lc 10,18) y Juan transmite a las Iglesias: “No prevalecieron y no hubo en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él” (12,8-9).

Juan no describe la batalla. Nos narra sólo la derrota de Satanás y las consecuencias de ella. Para el diablo y sus secuaces significa una caída definitiva e irremediable. Tres veces se repite la palabra “precipitado”, como para sellar la sentencia final de su condena. Los nombres que el dragón recibe en el Apocalipsis y en el resto de la Escritura expresan estas consecuencias. Es “la antigua serpiente”, que logró engañar a los primeros hombres (Gn 3,1-7; Sb 2,24; 2Co 11,3; 1Tm 2,14). Su forma de actuar le mereció para siempre el título de “padre de la mentira” y “asesino desde el comienzo” (Jn 8,44; Gn 3,8-24). Otro nombre repetido en varios lugares es el de “diablo”, el que divide al hombre de Dios y a los hombres entre sí, calumniador, crea enemistad entre los que le escuchan. Y el tercer nombre “Satanás” en hebreo significa acusador, adversario, enemigo de Dios. Es llamado también el “tentador”, el “que seduce y engaña”.

Miguel, único ángel que en el Apocalipsis tiene un nombre, es uno de los siete arcángeles (8,2). Daniel lo presenta como el protector de Israel en cuanto pueblo de Dios (Dn 10,21; 12,1). Miguel se enfrenta al dragón, proclamando la gloria única de Dios. La derrota de Satanás es celebrada en el cielo con un himno a Dios y a su Ungido. Un solista, representante de toda la humanidad redimida, en nombre de todos “sus hermanos”, eleva su voz en el canto. En él enuncia que ya Cristo ha combatido la batalla decisiva, que nos ha asegurado la victoria final.

El reinado de Dios ha inaugurado el tiempo de la salvación. Las escaramuzas del Adversario no podrán interrumpir el avance del reino de Dios. Gracias a la sangre del Cordero se alegran el cielo y sus habitantes: “Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron  su vida ante la muerte. Por eso, regocijaos, cielos y los que en ellos habitáis. ¡Ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo” (12,10-12).

El “acusador” del hombre ante Dios (Jb 1,9-11; 2,4-5; Za 3,1) pone en duda la sinceridad de la fe de los justos. Ahora, derrotado, se le obliga a callar. Sobre toda la humanidad y sobre todo el universo se extiendo el reino de Dios. Las últimas palabras del Resucitado en el evangelio de Mateo se ven cumplidas: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra… Y yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,18.20).

La fuerza de la victoria sobre el dragón está en la “sangre del Cordero”, fuente de toda redención. Pero a ella se asocia también el testimonio del martirio de los cristianos. Pablo escribe a los colosenses: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). La comunidad cristiana, con la pasión y muerte de sus fieles, participa en la obra redentora del Cordero. Los mártires, que “no amaron su vida hasta aceptar la muerte”, han experimentado la palabra de Cristo: “El que ama su vida la pierde y el que odia su vida en este mundo, la guarda para la vida eterna” (Jn 12,25).

La Iglesia conoce el tiempo de los dolores de parto y es objeto de la persecución del dragón. Pero, lo mismo que su Señor salió vencedor de la muerte y del antiguo Adversario en su resurrección, también la Iglesia superará la prueba y será salvada por el poder del que está junto al trono de Dios. El triunfo pascual del Hijo de la Mujer es anticipación y promesa segura del triunfo escatológico de la Iglesia, aun cuando en el tiempo presente viva en medio de los dolores de parto, atravesando su “desierto”, que es tiempo de prueba y de gracia.

El dragón desahoga su despecho contra Dios persiguiendo a la mujer que ha dado a luz al varón que le ha derrotado. Así el combate iniciado en el cielo continúa en la tierra, ahora contra la Iglesia. Pero desde el principio se sabe -es lo que desea comunicar Juan a los fieles de la Iglesia- que las pretensiones del Adversario son tan desesperadas como lo ha sido su batalla en el cielo. En un cuadro admirable, pintado con los colores de la historia de Israel salvado del Faraón en el desierto (Ex 19,4; Dt 32,10-12; Is 40,13), contemplamos a la Iglesia llevando a sus hijos al desierto sobre las alas de águila que se le han concedido: “Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón. Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo” (12,13-14).

Tras la victoria de Cristo, cuando “se enfureció el dragón contra la mujer y se fue a hacer la guerra contra el resto de su descendencia, contra los que guardan los preceptos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (12,7), la Mujer tiene que “huir al desierto”, al lugar donde se selló la alianza entre Yahveh y el pueblo, lugar donde Israel vivió sus esponsales con Yahveh, lugar de su refugio, donde es especialmente protegido y conducido por Dios (1R 19,4-16). El desierto es un lugar de protección y defensa contra el peligro de los enemigos, porque es el lugar privilegiado del encuentro con Dios. Rodeada de pruebas y persecuciones, la Mujer, la Iglesia, huye al desierto para permanecer por un tiempo aún, hasta que sea definitivamente derrotado “el gran dragón, la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás” (12,7), enemigo de la Mujer desde el comienzo hasta el final de la historia.

Por ello este tiempo es tiempo de combate. La Mujer “hermosa como la luna, resplandeciente como el sol”, es también “ terrible como escuadrones ordenados” (Ct 6,10). El sorprendente juego de imágenes, que expresa tanto el esplendor de la Mujer como su poder, muestra a la Mujer Sión y también a María. En María alcanzan su cumplimiento las promesas hechas a la Hija de Sión, que anticipa en su persona lo que será realidad para el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. En la liturgia se canta a María con esta antífona: “Alégrate, Virgen María, porque tú sola venciste a todas las herejías en el mundo entero”. La resonancia de los dogmas sobre la Virgen, vistos e integrados en el misterio de Cristo y de la Iglesia, asegura la solidez de la fe y fortalece en la lucha contra todas las herejías. En este sentido, María es “terrible, como escuadrones ordenados”. Con la fe en todo lo que en María se nos ha revelado, la Iglesia está segura de la victoria final sobre las fuerzas del mal.

La promesa de Jesús sobre la indestructibilidad de la Iglesia (Mt 16,18), como el anuncio de las persecuciones que sufrirían sus discípulos (Mt 5,10-12; 10,23; 23,34; Jn 15,20) aparecen realizadas simultáneamente. El águila, al ser el ave que vuela más alto, sabe que el peligro para sus polluelos sólo puede llegarles desde abajo. Por ello, para defenderles de todo ataque, los coloca sobre sus alas. Para herirles la flecha lanzada desde abajo tiene que atravesarle a ella antes de alcanzar a los polluelos. Así Dios ha llevado a sus hijos por el desierto (Dt 32,11). Y de este modo es defendida la Iglesia y sus hijos del ataque del maligno.

En su desesperación el dragón se transforma en serpiente y de serpiente en monstruo marino que vomita una enorme masa de agua para ahogar a la mujer. Ezequiel al Faraón, que desea anegar a Israel en el Mar Rojo, lo ve convertido en  “cocodrilo de los mares” (Ez 32,2): “Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente” (12,15).

Dios salva a Israel abriendo las fauces del mar y cerrándolas sobre el Faraón y su ejército. Lo mismo hace ahora con la tierra que se traga el río de agua del Adversario y así salva a la Iglesia: “ Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del Dragón” (12,16). La Iglesia está segura, pues cuenta con la ayuda de Dios. Pero esto no significa que los fieles puedan dormir en paz. Satanás, con las persecuciones contra los cristianos, trata de oponerse al reino de Dios: “Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (12,17).

Los creyentes son presentados como hijos de la misma mujer que ha dado a luz al Mesías, Hijo de Dios. La Iglesia es nuestra madre y Cristo nuestro hermano (12,7; Hb 2,10-18). Y la vida de los cristianos tiene como misión “dar testimonio de Jesús”, con la palabra y con su vida en conformidad con la voluntad de Dios, es decir, “cumpliendo sus mandamientos”. Los discípulos de Jesús son sus testigos (Hch 1,8; 10,49; 13,31), dispuestos a dar hasta la vida por fidelidad a su Maestro. De este modo el odio de Satanás sirve a vivificar a la Iglesia y a hacer crecer interiormente el reino de Dios.

Emiliano Jiménez Hernandez

Categorías:Cantos, Virgen María
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