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Cuaresma – La conversión en la liturgia cristiana

La Cuaresma, al igual que Pentecostés, son tiempos litúrgicos que surgen a la sombra de la Pascua, fiesta primordial del cristianismo, sirviendo el primero de ellos como preparación y, el segundo, como prolongación festiva del gozo pascual.

Desierto: tiempo de esponsales
El simbolismo del desierto es doble.
El desierto como lugar geográfico es una tierra que Dios no ha bendecido: el agua es escasa, el suelo infértil, la vegetación raquítica o nula, la vida imposible. Lugar donde residen los demonios, tierra de maldición.
El simbolismo precedente quedará transformado por la actuación misericordiosa de Yahve. Aún manteniendo el carácter de lugar desolado y maldito, evocará sin embargo, una época privilegiada de la historia de salvación: el tiempo de los esponsales de Dios con su pueblo.
En el desierto, en la precariedad absoluta donde no hay camino abierto ni moran los dioses de la cultura, del pan, del poder, de la gloria, donde sólo mora el Dios creador del cielo y de la tierra, allí Él se manifiesta a su pueblo, le habla al corazón (Os 2,16) a solas, dándole su palabra sin interferencias, para enamorarle, a fin de ser para él “su primer amor”, manifestándose como el Señor que vence el terror del desierto y el dador de la vida.
En el desierto actúa potente su palabra, lo mismo que en medio del caos en los días de la creación. Por eso el pueblo que nace en el desierto, donde está a solas con Dios, sin distracciones, despertará el amor fresco de la juventud en el que el primer amor es único y lo es todo: creador, salvador, dador de todos los bienes cada día durante cuarenta años.
Los cuarenta años de lento caminar en la fe fueron una sublime pedagogía divina para que el pueblo se adaptara al ritmo de Dios y contemplara el triunfo de la misericordia sobre la infidelidad.

El desierto: lugar de paso

La vida del hombre es un éxodo, un atravesar el desierto de la existencia bajo la gloria de Dios hasta entrar en el Reino.
El desierto es el lugar de paso de la esclavitud a la libertad, de Egipto a la Tierra Prometida.
Salir-caminar-entrar sintetizan la experiencia de la vida humana. Salir es una experiencia fundamental, como salida del lugar cerrado, que supone al mismo tiempo, pérdida de seguridad para poder comenzar la vida. Polaridad en la que se encontrará frecuentemente el hombre, tentado por ello, de renunciar al riesgo de la libertad por temor a la inseguridad. Esta experiencia del salir, al nacer, se repetirá en las fases sucesivas del crecimiento humano; salir de la propia familia para formar una nueva, salir de un ambiente conocido, de una situación dada.
El salir está orientado al entrar. Si al salir no correspondiese un entrar, se trataría de un vagar sin meta y sin sentido. Pero entre el salir y el entrar está el desierto, el camino, el tiempo intermedio. La vida está llena de tiempos intermedios que crean una tensión dinámica entre el pasado y el futuro, como por ejemplo el noviazgo.
Características del tiempo intermedio son la provisionalidad y la tensión al término final, sin que esto signifique que el tiempo intermedio no conserve su valor. Dios ha querido asumir esta realidad humana fundamental y ha hecho del desierto una etapa privilegiada de la salvación.
El desierto, camino de la existencia del pueblo de Dios, es una prueba para saber si Israel cree en Dios, única meta auténtica de la vida. Es inútil la actividad del hombre; el desierto no produce nada, símbolo de la impotencia humana y, por ello, de la dependencia de Dios, que manifiesta su potencia vivificante dando el agua y el maná, juntamente con su palabra de vida.

Emiliano Jiménez Hernández

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